Y el insomnio fue
Reseña de "El Staccato" de Alejandro Lanchas
Los parques son pequeñas naturalezas reglamentadas. En principio, todas las especies que aloja (humanas, animales, vegetales) se someten gustosamente a una configuración escenificada, a una doctrina común que recorta arbustos, despeja caminos y aclara riachuelos con el objetivo de delectar el espíritu y apaciguar los sentidos de los visitantes que acuden a descansar en sus idílicas laderas. Sin embargo, cuando Agatha Christie se acerca al ventanal de su mansión, que le ofrece una vista panorámica del West Park, se ve sacudida por unas crípticas sensaciones que se acercan más a lo sublime gótico que al romanticismo rousseauniano:
Las vistas del frondoso West Park eran tan absorbentes, que cualquiera que se sentase frente a la cristalera podría ser fácilmente acuchillado por la espalda.
[…]
La visión del West Park al desnudo, con un magnetismo superior al de cualquier broche sexual, era mayor de lo que nunca había sentido. El zumbido creció gradualmente… ¿Acaso no escribiría mejor allí? Si una extensión verde, infame, cubierta de hojas, tenía las más mínima influencia en sus procesos psíquicos. ¿No sería mejor confrontarla cara a cara?
Con esta visión de pesadilla comienza El Staccato de Alejandro Lanchas, nuestro morrocotudo Madrid por la noche. La historia pone en escena a una anciana y confundida Agatha Christie que se enfrenta a la escritura de su última novela, su opus magnum, el caudal de aguas vivas que sellará definitivamente su fama como autora de prestigio mundial. Sin embargo, Alejandro crea una Agatha Christie que se aleja enormemente de la imagen tradicional que todos tenemos de la escritora, una elegante dama británica que ofrece tramas milimétricamente compuestas donde la intriga siempre deviene claridad y los secretos de los personajes siempre convergen en la mirada aguda del Narrador, una mirada omnímoda, imperturbable, carente de todo apasionamiento. La Agatha Christe de El Staccato, muy al contrario, se ve arrastrada por una historia que no es la suya, por unas palabras y unos personajes que no son los suyos, como una profetisa de la Antigüedad cuyo cuerpo es solamente el receptáculo del Mensaje, pero no un ente creador. De hecho, la voz que escribe en su interior la confronta diariamente, la sacude, la disloca, la vuelve frágil y arrogante, monstruosa y desvalida: una víctima de su propia creatividad:
Qué texto tan horrible. Aquella sucesión de pensamientos, tramas y exabruptos le hacían sentir profundamente frustrada. La misma extrañeza, la misma amargura en la boca se filtraba desde la laringe hasta la tripa. ¿Loca? ¿Estaba perdiendo el control de su propia cabeza?
[…]
¿Falta de inspiración o mala inspiración? ¿Inspiración no consentida? Lo irritante de aquel texto no estaba en un mal estilo, o en una trama débil, estaba en el hecho de que no podía reconocer como suyas las palabras que había escrito. ¿Cómo achacárselo a algo que no fuese la inspiración?
Sólo alguien como Alejandro podría plantear de un modo tan genial el problema de la creación literaria. ¿De dónde viene la inspiración? ¿Por qué escribimos? ¿Y quién nos pone esas palabras en la cabeza? El peso de estos dilemas degrada progresivamente la salud mental de Agatha Christie, a la que vemos revolverse como un animal enjaulado, gritar compulsivamente a su criada, ignorar las llamadas de familiares y amigos, ver pornografía, conducir temerariamente, fumar, discutir, escribir… ¿Escribir? Más bien morir. Con cada chasquido de su pluma.
A pesar de todas estas angustias alrededor de la escritura, El Staccato está paradójicamente muy bien escrito. Alejandro desguaza con precisión musicológica todos los recursos del oficio: especulaciones, divagaciones, conversaciones crípticas, monólogos tentaculares, escenarios vivísimos que transcienden los límites de la página escrita… Cada palabra está cuidadosamente colocada y activada (en el sentido aristotélico del término) para que la historia impregne la mente del lector, para lograr lo que Edgar Allan Poe llama the unity of effect, esto es, la transmisión de un estado emocional particular que sujeta toda la urdimbre compositiva. En el caso de El Staccato, esa emoción se identifica, sin duda, con una omnipresente sensación de extrañeza, con esa cualidad de uncanniness que Borges empleó para describir el Limbo de la Commedia. Después de todo, nos hallamos ante una Agatha Christie que no reconocemos, viviendo en un Londres fantasmagórico y brutal que no logramos localizar en los mapas de la ciudad (¿dónde está el West Park? ¿Alguien lo ha encontrado?), rodeada de unos personajes taimados y sutilmente alevosos, atormentada por una profunda escisión que separa su consciencia diurna de los espesos deseos que verdaderamente la empujan a actuar. ¿Por qué escribe lo que escribe? ¿Por qué hace lo que hace? ¿Por qué dice lo que dice? Son preguntas que todos nos hacemos constantemente, pero, en El Staccato, estos familiares interrogantes adquieren un matiz siniestro, casi atroz; en definitiva, uncanny.
Nada refleja mejor esta cualidad de los escritos de Alejandro que el tremendusco personaje de Miss Alice, la joven criada encargada de cuidar la mansión de Agatha Christie. A primera vista, se trata de una mujer sumida en un tedio indefinido, una mujer inexpresiva, indiferente a todo lo que la rodea, torpe, distraída e incapaz del más mínimo ápice de introspección. A la renombrada escritora le enervan su cara blanca y redonda, sus vacíos ojos azules, la aparente apatía con la que recibe sus gritos y malos tratos. No obstante, Miss Alice esconde un mundo interior vibrante y truculento, sacudido por unos intensísimos deseos de Amor y Muerte que ella no puede intelectualizar, solamente satisfacer. Estas violentas dobleces se intuyen desde el primer momento en que se nos describe el personaje, cuyas apariciones están siempre envueltas en un halo de extraña y fervorosa animalidad: Su cabeza por dentro era un castillo de muñecas, decorado completamente de color rosa, por el que circulaban ratas gordas y sucias, murciélagos y algún perro. ¡¡Ay, Dios!!
El resto de personajes se sitúa alrededor de este dueto de mujeres: el amante de Miss Alice, el agente editorial de Agatha Christie, los mendigos del parque, la joven aristócrata que las visita en la mansión… Todos ellos se ven atravesados (transverberados, incluso) por esta horrísona ablación que separa la consciencia del subconsciente, la voluntad del instinto, la moral del deseo. Alejandro navega magistralmente por estos avatares del espíritu, manteniéndose siempre fiel al estilo de Madrid por la noche, que combina las reflexiones más transcendentes con el hedonismo más vulgar, a veces rozando la obscenidad, y otras el discurso teológico: Y vino el Dios en el que creen los ateos, el Ente descentralizado politrascendental, y dijo: Hágase el insomnio. Y el insomnio fue. Una luz blanca y fría flotante, cortando las noches de verano como una estrella helada.
Sobre estas noches de verano, a todas horas, planea la influencia malévola del West Park, que no es solamente un parque, un escenario o una ambientación, sino una fuerza de la naturaleza, un personaje por derecho propio, quizás el más importante de todos. Sus masas boscosas no simbolizan los pensamientos de Agatha Christie, sino que son los pensamientos de Agatha Christie. No hay alegoría en funcionamiento, ni figura retórica alguna: sólo una enigmática yuxtaposición de realidades. Nuestro es el deber, pues, de penetrar en sus umbrías florestas.
Así que, por favor, leed El Staccato. Leed lo que ha escrito Agatha Christie. Y leed los pensamientos de Miss Alice…
A poder ser, durante las noches de insomnio.

Muy buena reseña, Abel. ¡Lo uncanny!
El libro me encantó. Alejandro tiene un mundo propio al que te arrastra como la marea. Una lujuria de prosa, todo excesos, con la avidez de un “mapache sumergido en la basura”… dice él en un momento…. jajaja. Genial.
Como me ha encantado la reseña, y tu criterio me parece sumamente fiable, me lo apunto sin duda en mi lista de pendientes ❤️