Vueltas y vueltas
Un sábado en la lavandería
Estás muy lejos de mí, pienso mientras levanto la persiana de la habitación del ordenador. Esta noche he dormido aquí, sumido en una oscuridad poco familiar, con lucecitas rojas en puntos extraños y formas duras que han detenido mis naturales movimientos nocturnos. Al fin y al cabo, esta no es mi cama, ni siquiera es la cama de otra persona. Es, simplemente, un colchón sobre un somier. Una parte más del mobiliario.
En realidad, ya no tiene sentido llamar a este cuarto habitación del ordenador porque, a estas alturas del siglo XXI, tenemos un ordenador en prácticamente cada estancia de la casa. De hecho, mi padre la ha convertido en una especie de taller personal. A través de la luz que se cuela por las rendijas de la persiana, distingo la silueta estrambótica de la impresora 3D, los bultos blancos de los prototipos y las montañas de documentos, herramientas y otros objetos incongruentes que abarrotan los anaqueles de las estanterías. Mis padres discuten mucho acerca de esta habitación. Antes era un despacho recoleto y profesional, pero ahora parece un sótano o el cuarto trasero de un garaje. Así es como me siento mientras me incorporo: como un desertor que huye del ejército y se esconde en un cobertizo abandonado.
Al abrir la puerta de la habitación, mi perra Sora viene corriendo a saludarme. Con una punzada de angustia, la aparto con gestos rápidos para que no se me suba a las piernas, que todavía tengo muy irritadas a causa del tratamiento a medio concluir. Sora, desconcertada, da vueltas a mi alrededor con las orejitas caídas, moviendo el rabo desalentadoramente. Luego se sienta delante de mí y yo me agacho para acariciarle el morro con una mano. Es todo cuanto puedo hacer por el momento. Aun así, siento que algo se rompe en mi interior, una membrana frágil y finísima que, tal vez, recibe el nombre de integridad. Sora permanece inmóvil mientras la acaricio, gruñendo elocuentemente, pero enseguida vuelve junto a mi padre. Sé que está decepcionada.
Mientras espero a que las doce horas lleguen a su fin, me limito a pasearme por casa cabizbajo, semidesnudo, embadurnado en crema pegajosa y cubierto con una manta granate. La verdad es que doy un poco de pena, pero a una parte de mí le complace exhibirme tan lastimosamente. En la última media hora, leo de nuevo el prospecto de la crema, que es igual de amenazador que la noche anterior: Se han detectado muy frecuentemente síntomas como quemazón, picor, enrojecimiento, entumecimiento, hormigueo, pinchazos y ardor en la piel hasta dos semanas después de la aplicación.
Dios santo. Es imposible no verlo como un castigo.
Tras la incómoda ducha con agua tibia, me observo desnudo en el espejo de cuerpo entero que hay en la habitación de mis padres. Es un desastre, se mire por donde se mire. Normalmente, la amable opacidad que genera mi vello corporal disimula todas las imperfecciones de la piel, iguala los ángulos más horridamente punzantes e incluso otorga cierta ilusión de volumen a mis músculos irrisorios. Ahora, en cambio, parezco un pollo desplumado, pálido y esquelético, con la cadera protuberante, el pecho estrechísimo y toda la piel áspera y enrojecida. No puedo ir a natación. No puedo ir al gimnasio. No puedo permitir que nadie (absolutamente nadie) me vea así.
Y menos tú.
Ay, Dios, tengo ganas de llorar.
Al volver a mi habitación, paso sobre las numerosas bolsas de ropa que cubren el suelo y abro los armarios vacíos. Ayer por la mañana, mi madre y yo lavamos toda mi ropa a sesenta grados en la lavandería 24h del barrio. Utilizamos las tres lavadoras de veinte kilos y dos más de dieciséis. Al final, cuando las cinco iniciaron la centrifugación a la vez, las marquesinas de plástico empezaron a temblar precariamente, como si estuviéramos en la central de Chernóbil minutos antes de la explosión. Después, trasladamos la ropa mojada hasta las dos secadoras que había junto a la entrada, unas máquinas enormes, de aspecto soviético y retrofuturista, con gigantescos óculos acristalados y muchos pitidos y lucecitas de colores. Parecía el motor de una nave espacial reconvertido en electrodoméstico… un bello símbolo del fin del imperio.
Me resultaba muy hipnótico observar mi ropa dando vueltas en el interior de las secadoras. Las sábanas bajeras describían amplios y majestuosos círculos concéntricos, las perneras de los pantalones se sacudían como serpentinas liberadas y las capuchas de las sudaderas formaban una miríada de rostros fantasmales, tímidos y huidizos. Contemplando las secadoras en funcionamiento, pude comprender perfectamente la fascinación humana por el vórtice, la morbidez del Maelström, ese remolino oscuro e iracundo, frío y estremecedor, pero también suave, también invitante. Vueltas y vueltas… Y vueltas y vueltas…
Mientras esperábamos, mi madre se acercó al quiosco de la esquina y compró por sorpresa un paquete de Kinder Bueno. Cada uno se comió una barrita, ella la de la derecha y yo la de la izquierda. Después, estuvimos charlando sobre cosas sin importancia: la compra de la semana, el estado de las plantas de la terraza (que en este momento atraviesan un incongruente período de apogeo), mis estudios, los achaques de mis abuelos y un podcast que mi madre había escuchado la noche anterior sobre Relaciones Modernas. Yo me sentía bastante abatido y participé en la conversación con asentimientos, suspiros y algún comentario desganado, pero, en esa soleada mañana de sábado, en medio de la lavandería vacía, pude al menos apreciar la belleza de los ojos de mi madre. Ella tiene los ojos de un color verde pálido, casi azul, que yo siempre he denominado verde laguna. Los ojos de mi hermana son luminosos y azucarados, similares a un rayo de sol danzando trémulamente en un tarro de miel, pero la mirada de mi madre posee una tonalidad diferente, más melancólica y nemorosa, como los ojos de una náyade que te contempla desde el fondo de un lago.
Después de guardar la ropa en los armarios, salgo a la terraza y me tumbo en la hamaca plegable, desperezándome bajo el único rayo de sol que logra colarse entre los toldos bajados. Sora, que me ha seguido a través del piso, se sienta a mi lado ceremoniosamente, erguida y elegante, casi felina, como una esfinge guardando un tesoro. Yo apoyo la cabeza en el respaldo de la hamaca y cierro los ojos, sintiendo que la calidez del sol otoñal envuelve todo mi cuerpo y calma mi piel irritada. En medio del silencio, es casi inevitable que me venga a la mente esa carta que escribió Albert Camus a María Casares en 1948: estoy sin ánimos y me agoto esperándote. Al menos, cuando me duermo al sol, me parece que su calor es el tuyo y que duermo en ti…
Pero el calor sólo es calor.
Y tú, amado mío… tú ya no estás.

Me encanta!!! Soy el único que ve en la ropa en la secadora una metáfora de ti mismo recreándote en la ausencia del amado y la pausa de la corriente frenética del día??
Buenas Abel, me ha encantado ese final, ¿Donde podría encontrar esas cartas de Camus? Parecen preciosas, ojalá volviéramos a enviarnos cartas.