Vámonos de aquí
Susurros tras una puerta en ruinas
La tarde antes de volver a Barcelona, mi madre y yo fuimos al huerto que hay detrás de la casa de mis abuelos y cogimos varios tomates para la cena. Yo nunca he cogido un tomate directamente de la tomatera, de modo que mi madre, tras un suspiro elocuente, tuvo que enseñarme cómo arrancarlos del tallo, cómo hay que darles la vuelta varias veces y cómo luego hay que tirar poco a poco hasta que el fruto se desprende de la rama. Se dejan coger suavemente, los tomates, sin tensiones ni resistencias, como si lo que más desearan en el mundo fuera caer en la palma de nuestras manos y acomodarse al cierre de nuestros dedos. Tal vez por eso se revisten de ese rojo tan intenso y atractivo, tan dócil y tan simpático a nuestra vista: para, simplemente, llamar nuestra atención, una atención cada vez más compulsiva y demandante, pero todavía sensible a las más elementales señales que nos brinda la naturaleza.
Después, lavé los tomates con el agua del pozo, los corté y los serví en dos platos hondos que coloqué, no sin cierto orgullo, en la mesa del jardín delantero. Mis abuelos discutieron brevemente sobre si debíamos echarles vinagre, pero mi padre zanjó enseguida la cuestión cuando les recordó que, de hecho, ya no quedaba vinagre en la cocina. Así pues, tras colocar el resto de enseres y aliñar ceremoniosamente los tomates con el aceite y la sal restantes, mi familia tomó asiento alrededor de la mesa y todos empezamos a cenar.
La conversación se desenvolvió perezosamente. Recuerdo que la pulpa de los tomates relucía bajo el sol del atardecer, un sol que ya empezaba a ocultarse tras el perfil de los campos. En verano, el sol gallego no termina de abandonar el cielo hasta las diez de la noche, tal vez para compensar los largos meses de opacidad a los que somete a esta tierra lejana que es mía sólo a medias y cuyos misterios yo apenas alcanzo a rozar con la punta de los dedos. Al fin y al cabo, aquellos tomates que estaba masticando habían estado colgando de una rama hacía tan solo cinco minutos. ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Literalmente colgando de una rama?, se repetía mi cerebro, atónito e inmóvil, incapaz de asimilar una sucesión de causalidades que, de tan sencilla, debía ser forzosamente irreal.
Seguro que te ríes cuando leas esto. No sé si lo sabes, pero hacerte reír siempre ha sido uno de mis grandes placeres, incluso cuando las cosas cambiaron y el placer mismo se convirtió en un recuerdo doloroso, o tal vez en nada, en una simple reverberación en el aire, o en un destello pálido y fino, como el sonido que produce una sábana al secarse al sol.
La vida en el campo, en todo caso, posee un carácter sensorial, casi matérico, que apela al cuerpo y lo despierta con una voracidad sutil, intensa y a la vez infinitamente suave. Así se redondea la naturaleza: como el más perfecto de los oxímoros. Y así la sentía yo cuando iba a la fuente de Los Caños y el agua me salpicaba las piernas; o cuando, por la mañana, abría las contraventanas de mi habitación y oía el canto de los pájaros, tan variado y estridente; o cuando, a última hora de la tarde, paseaba por los alrededores de la casa y observaba la linde del bosque, que se cernía misteriosamente sobre el margen del camino. A veces, me detenía durante unos minutos y simplemente entornaba los ojos y ahogaba la mirada en sus espesuras, en esos arbustos tan imposiblemente enmarañados, en esos robledales cubiertos de musgo en los que descansaba una luz antigua, umbría, no del todo de este mundo, cuyas texturas infinitas parecían esconder un secreto inefable, una intuición sin dueño, acaso sin forma, que, sin embargo, residía también en mi interior, en mi cuerpo, en la memoria más remota del ser… Cómo no iban a imaginar los antiguos que los bosques estaban poblados de náyades, silfos, ninfas y otras criaturas que casi podían verse revolotear por ahí, justo ahí, entre los parpadeos de esta luz nemorosa que me atrae, me susurra y me expulsa de sí al mismo tiempo. A su lado, la vida en la ciudad deviene un pálido artificio, un decorado insustancial donde nuestras emociones, desprovistas de su base material, se inflaman áridamente, estérilmente, como los colores chillones que revisten los pasillos de los supermercados. Ahora mismo, me atrevería a afirmar que comer esa ensalada de tomates me aquietó más que un mes entero de terapia.
Bueno, o no exactamente. Quizás me he extralimitado con esto último. Ya sabes que, a veces, me dejo llevar por el romanticismo, o más bien por el deseo tonto de decir algo rompedor. Pero sé que sabrás disculparme. Después de todo, yo no venía a la casa de mis abuelos desde 2019. Antes, cuando era pequeño, veraneábamos aquí cada año. Tanto para mi primo como para mí, estar en la casa de Galicia constituía un hecho extraordinario, casi onírico, que nos permitía vivir en primera persona aquello que los dibujos animados llamaban una vida de aventuras: los chapuzones en el río, las excursiones por el bosque, los lugares prohibidos de la finca de mis abuelos, el crujir de la hierba, el frío nocturno, los secretos, los descubrimientos, y, allí arriba sobre la montaña, la silueta imponente del castillo de Monforte, que descollaba entre la bruma matinal como una vaga promesa de gloria. Todo eso formaba parte del mundo maravilloso de la televisión, de esas ilustraciones fantasiosas que acompañaban los libros de cuentos, de esas historias privadas que inventábamos para no aburrirnos y que proporcionaban formas confusas a unos anhelos aún más secretos, aún más íntimos y desesperados, que todavía no nos era dable nombrar. Ciertamente, aunque fuese sólo durante unos pocos días al año, Galicia me hacía sentir como un entrenador Pokémon perdido en la selva, o como una princesa Disney, o como un niño que sabía hablar con los animales, o como un mago, un fugitivo, un duende o incluso (a veces) un dios.
Me alivió mucho comprobar que la magia de Galicia nunca se disipará del todo. Recuerdo con especial afecto el día en el que, siguiendo una tradición familiar largamente establecida, mi padre nos llevó en coche a la aldea donde nació, que está situada en el fondo de un valle, rodeada de colinas, bosques y viñedos. Al llegar, visitamos primero el cementerio polvoriento donde están enterrados mis bisabuelos y mis tatarabuelos, y luego seguimos el camino hasta San Paio, el monasterio en ruinas, en el que mi padre aún llegó a recibir el bautismo. Según me contó aquella mañana, la Xunta había restaurado hacía unos años los capiteles románicos que conservaba la iglesia y había abierto el edificio al público, un público que, sospecho, se reduce a mi padre y a mí, porque nunca he visto a ningún turista merodeando por esa aldea abandonada. Los rayos de sol, en cualquier caso, entraban por un enorme agujero en el techo de la iglesia, iluminando quedamente los deslucidos frescos barrocos que a duras penas se distinguían en las paredes cubiertas de humedad. En cambio, los capiteles románicos desprendían un brillo espantosamente artificial a consecuencia de la reciente restauración. Sus figuras esculpidas representaban una serie de monstruos con ojos enormes, inertes y magnéticos, cuyos intensos colores atraían la vista como una amapola creciendo en un campo de trigo segado. Son quimeras, dije a mi padre tras leer el cartel divulgador de la Xunta. ¿Quimeras?, repitió él, alzando la vista hacia las esculturas con aire escéptico. Sí… como los sueños, respondí para mis adentros. Luego accedimos a la sacristía, donde había una pequeña tumba perteneciente al desventurado Dr. Avelino Quevedo y Medialdea, que había muerto en 1876 a los veintiún años de edad, poco después de licenciarse. Así lo explicitaba la placa de piedra negra que señalaba la ubicación de su sepulcro, cuyos costes, como en el caso de Vincenzo Carino, también habían corrido a cargo de la madre doliente. De inmediato, me vino a la cabeza la delicada imagen de Enzo, mi suave amante de mármol, que en ese momento debía estar languideciendo bajo las sombras tonales del agosto romano… ¿Se acordaría de mí, después de tanto tiempo? ¿Te acordarías tú?
Venga, Abel, vámonos ya, dijo entonces mi padre. Yo aparté la vista de la tumba, lo miré y, con una sorprendente sensación de calidez, me di cuenta de que estaba contento de estar allí conmigo. Tras un instante de queda reverberación, en el que el majestuoso silencio del campo pareció despertar de repente, yo sacudí la cabeza, sonreí, y lo seguí fuera de la iglesia.
La última parada del trayecto era la fuente de Los Caños, de donde brota un agua cristalina y salutífera que, en mi humilde opinión, no se puede encontrar en ningún otro lugar de la Península. Mientras mi familia bebía, yo me acerqué a la casa que se levanta justo delante de la fuente, de la que apenas quedaban un par de muros derruidos y una indeterminada estructura cuadrangular que tal vez, en su día, fue un corral de animales. La gruesa puerta de madera, carcomida por la humedad y el abandono, estaba inclinada peligrosamente hacia fuera, revelando tras de sí un pequeño bosquecillo de zarzas y arbustos que había crecido en el interior de la casa. De esa guisa, el verde rabioso de las plantas salvajes contrastaba fuertemente con la pétrea textura del marco de la puerta, que resistía fútilmente el paso del tiempo, sin saber que ya no había nadie a quien proteger, nadie a quien franquear la entrada o impedir el acceso… Nadie salvo yo, que me aproximé a la puerta con lentitud, como quien está a punto de acceder a otro mundo. Entonces, apoyé la mano en el marco, incliné la cabeza y, tras unos segundos inmóvil, empecé a escuchar los susurros de las hojas, que se mecían suavemente al viento y ocultaban, tal vez, los susurros de mis propios antepasados.
En todas estas acciones, por supuesto, tú estabas a mi lado. A veces, cuando surgía alguna tensión entre mis padres o entre mis abuelos, me imaginaba que me mirabas a través del aire limpio, me hacías un gesto con los ojos hacia la puerta de la casa, me ofrecías la mano y yo te murmuraba quedamente: Vámonos de aquí. Otras veces, cuando paseaba por Monforte, me imaginaba que te iba señalando mis lugares preferidos y que compartía contigo esos recuerdos de infancia que no he explicado a nadie más, esos secretos familiares que ya no debía ocultarte porque, ahora, tú también formabas parte de mi familia. Luego imaginaba que subíamos al castillo, nos asomábamos a las almenas de la torre y contemplábamos en silencio el paisaje, un segundo, dos segundos, tres segundos, hasta que tú volvías el rostro hacia mí y yo veía, con cierta zozobra, que te sentías verdaderamente afortunado de estar conmigo. El momento abría la puerta a nuevas confesiones, a nuevos secretos, a verdades que, hasta entonces, tú tampoco habías dicho nunca en voz alta… pero sí en voz baja. Quizás, ese mismo día, por la noche, nos escabulliríamos hasta la iglesia de San Paio y nos besaríamos bajo la mirada muda de las quimeras, tiernamente primero, y con mucha hambre después, que es, a mi parecer (y al tuyo también, si la memoria no me falla), la mejor y más exquisita forma de besar.
Y tu voz… Qué difícil se me hacía no escucharla a todas horas. Tu voz no es simplemente suave, melodiosa o dulce, es toda una variedad fonética, la más bella de todas las que ha desarrollado el castellano en toda su historia, la más valiosa, la más especial, la que más merece ser preservada. Para mí, tu voz es mucho más que un acento, un deje o una cadencia: es un pequeño paraíso. Un pequeño refugio, cálido e invitante.
Tus recuerdos, en cambio, los arrastraba a mi paso como sombras fatigadas. De entre todos, había dos que me perturbaban de un modo especialmente preciso: la noche de nuestro primer encuentro sexual, en el que descubrí tu honda pasión por las estrellas, y un momento muy específico del día siguiente en el que conversamos abrazados bajo el agua de tu piscina. Recuerdo con mucha claridad la silueta de tu cuerpo difuso, iluminado trémulamente por los rayos de sol, y también el rumor del agua, y la quietud de tus palabras perezosas, y cómo cerrabas los ojos cuando alzabas el rostro hacia el cielo, estirándote lenta y zalameramente… Ah, ah, mejor detengo aquí esta evocación, si es que eso es posible, si es que aún me quedan fuerzas para ello.
La poesía, en cambio, me ofrecía (a diferencia de la memoria) un consuelo real ante tu ausencia. Sé que suena muy melodramático, pero es la verdad: la poesía, la auténtica poesía, sólo logra conmoverme cuando estoy enamorado. Así pues, el segundo día de nuestra estancia fui a la librería de Monforte y compré los Veinte poemas de Pablo Neruda, donde pude leer por primera vez aquello de Tan corto el amor y tan largo el olvido, que me hizo levantar la vista de la página y sentir, de forma privada, que el universo entero se encendía agónicamente a mi alrededor.
De Barcelona, me había traído una copia del Cantar de los Cantares, mi obsesión particular desde hace varios años, que leí, esta vez, bajo la guía enardecida de Fray Luis de León. Tendrás que disculparme de nuevo, porque no puedo resistirme a citar los primeros versos de este prodigioso, suavísimo y eterno cantar bíblico:
Que me besen los besos de su boca,
pues sus amores son más gratos que el vino.
Tu nombre es como ungüento derramado,
tu suave perfume enamora a las doncellas.
¡Apréstate junto a mí, corramos!
El gran rey me introduce en sus alcobas…
Por el momento, esto es todo lo que te puedo decir. Ya no me es dable evocar tus virtudes, ni tampoco tu sensibilidad, ni lo mucho que aprendía contigo, ni, por supuesto, lo largos que se me hacían los días cuando no nos veíamos o cuando esperaba un mensaje tuyo. Supongo que, llegados a este punto, lo único que me queda por hacer es darte las gracias por este tiempo que hemos pasado conociéndonos. He experimentado contigo algunos sentimientos que no sabía que era posible sentir, y he compartido aspectos de mí mismo que muy poca gente conoce. Sobre mí has dejado una impronta de miedo, ternura, poder, e incluso una vaga sensación de protección cuando estaba entre tus brazos. También hubo sueños, caricias, palabras, la suavidad de tus contornos, mi piel contra la tuya, la exquisita intimidad de nuestros alientos entremezclados, esa sonrisa gentil (¡y tan tranquila siempre!) cuando salías al portal y me veías bajar la calle hasta tu casa… O aquella vez, de noche, después de cenar, cuando me preguntaste qué era lo que más odiaba de mí mismo y tú me acariciaste la mejilla cuando terminé de hablar y casi, casi, casi rompí a llorar por… por… ¡por todo!
Uf.
Antes he dicho que las cosas cambiaron entre nosotros. No obstante, tras escribir esto, tengo la impresión de que las cosas nunca llegaron a empezar. Tal vez, todos estos recuerdos (e incluso tú mismo) no son más que una ficción hecha por un escritor con ínfulas que confunde el deseo con la realidad, la memoria con la vana ensoñación. No lo sé. Creo que me tienes que ayudar a averiguarlo.
Así que ven, ven aquí conmigo a la puerta en ruinas y escucha en silencio las voces de los antepasados. ¿No ves lo que dicen? ¿No ves lo que te piden?
Vámonos de aquí.
Vámonos de aquí.
Vámonos de aquí, X.


Guau me encanta porque no escribes otro libro? no has pensado en crear algo u algún proyecto literario nuevo? talentazo
Me ha traído tantos recuerdos este texto... De adolescente (y más mayor, he de decir) cada vez que viajaba con mis padres imaginaba que el chico del que estuviese enamorada entonces estaba conmigo y entonces podía explicarle y compartir con él las cosas que me traían recuerdos o que me habían emocionado, para mí es una sensación muy específica que con tu texto he vuelto a sentir casi de forma física, me ha encantado❤️🩹