Una puerta siempre abierta
Sobre mi padre y mi madre
Anastasia no es una princesa Disney, sino una princesa Fox. Se trata de un título vitalicio e intransferible que el personaje ostenta en solitario, pues la dramática liquidación de Fox Animation Studios (que tuvo lugar tan sólo unos años después del estreno de la película) privó a Anastasia de futuras e hipotéticas compañeras. La noticia del cierre, por cierto, fue recibida con risas condescendientes en las oficinas de Disney, que nunca habían considerado a Fox como un competidor real en el mercado de la animación. De hecho, Disney compró en 2019 todas las acciones de la compañía, de modo que Anastasia figura, como una princesa más, en el catálogo de recomendaciones de su servicio de streaming.
A primera vista, en efecto, Anastasia parece replicar la Princess Formula que tantos éxitos había granjeado al estudio Disney a lo largo de la década de los 90. La audiencia se encuentra ante una mujer joven, bella y soñadora, una mujer con un talle esbelto, una larga melena de bucles pelirrojos, una voz dulce, un sidekick animal y un interés amoroso fluctuante que culmina con un beso estándar. La trama, por su parte, nos presenta un emocionante viaje por Europa, un villano caricaturesco, muchas canciones y un tono sostenidamente dramático que se combina con ocasionales escarceos humorísticos. Sin embargo, Anastasia se aleja ligeramente del modelo de comportamiento que esperaríamos de una princesa Disney: a lo largo de su viaje, vemos al personaje poner los ojos en blanco, resoplar, sacar la lengua, golpear a su interés amoroso, dar patadas, utilizar explosivos e incluso dormir en el suelo. Sus movimientos son desahogados y resueltos, sus gestos destacan por su espontaneidad y sus palabras recuerdan, a veces, a las de una adolescente combativa, irascible y visiblemente harta. Desde luego, la actitud que muestra ante sus problemas excede con creces la de sus homólogas contemporáneas del estudio Disney, que a duras penas se atreven a fruncir levemente el ceño y, si acaso, a echarse a llorar dramáticamente sobre la cama.
Sin embargo, si algo distingue a Anastasia de sus pusilánimes competidoras es el motivo de su viaje, que no se centra en el amor romántico o en la búsqueda de aventuras, sino en hallar a su verdadera familia. Este deseo se envuelve en una nostalgia evanescente magníficamente encapsulada en la canción más célebre de la película, Una vez en diciembre, en la que Anastasia vaga por los salones en ruinas del Palacio de Invierno y se desliza entre los ecos de un pasado olvidado y esplendoroso: danzantes figuras fantasmagóricas, remolinos de faldas de seda, lejanos destellos plateados, el brillo de un ámbar a contraluz y el abrazo casi onírico de sus padres y hermanas, que bailan con ella al son de una música que ya nadie puede oír. Anastasia, que ha perdido todos los recuerdos de infancia, apenas posee una pista para desentrañar el misterio de estas nebulosas imágenes: un colgante dorado con la inscripción Juntas en París.
Siguiendo esta ínfima promesa, Anastasia (o Anya, como la conocemos durante toda la película) abandona el orfanato socialista en el que se ha criado y pone rumbo a San Petersburgo a través de un resplandeciente bosque nevado. En este escenario de cuento, que aúna reminiscencias de obras invernales rusas como El Cascanueces o Pedro y el lobo, Anastasia canta su menos conocida I Want Song, cuyo torpe título en castellano es Dónde vas. Tras las primeras estrofas, Anastasia se topa con la casa de lo que parece ser una incongruente familia de kulaks, la clase de campesinos ricos que fue brutalmente suprimida en los primeros años de la colectivización. Primero, Anastasia deja que los niños jueguen un rato con Pukka, el perro que acaba de adoptar, pero luego prosigue con su incierto viaje, despidiéndose de la alegre familia con un ademán cargado de melancolía: En mis padres —canta—, una vez, tal vez, yo también hallé el amor. Son mis padres, una puerta siempre abierta a mis recuerdos.
Hoy, mientras escucho estos versos desde el ordenador de mi cuarto, la vista se me emborrona disimuladamente. Anastasia es una película que siempre he llevado en el corazón, a pesar de que no sea de Disney, a pesar de sus obvios problemas argumentales, a pesar incluso de la obscena banalización que lleva a cabo de la Revolución Bolchevique (basta recordar que, en el prólogo, la Emperatriz Viuda describe la opresión que sufría el pueblo ruso como una chispa de infelicidad). Aun así, esta película me atrapa porque va a unida a un recuerdo muy especial: la primera vez que alquilé una cinta de vídeo en el videoclub del barrio.
Para mí, los videoclubes pertenecen a la más remota infancia, a un mundo que ya no existe, un mundo formado por sintonías electrónicas, juguetes de plástico, canciones de Amaral y coches de asientos duros, a veces sin cinturones. El videoclub de Cornellà estaba situado en la carretera que conducía a Sant Joan Despí, cerca del centro cívico y del parque en el que, una vez, creí atisbar la silueta de un cervatillo alado. Recuerdo que, encima de la entrada, había un inmenso cartel de neón cuya potente luz azul teñía los rostros de mis padres con un resplandor arcano, tal vez futurista, que a mí siempre me hacía pensar en esa serie sobre viajes en el espacio, Ulises 31, que a veces veía los fines de semana en el canal autonómico. Al cruzar el umbral de la tienda, debo confesar que siempre arrugaba la nariz, pues siempre me recibía el mismo olor característico, una mezcla inconfundible de desinfectante, sudor y plástico que me era ligeramente desagradable. Esa tarde, sin embargo, mis padres me dijeron que podía alquilar la cinta que yo quisiera, así que bajé corriendo la rampa de acceso y fui flechado hacia la sección infantil, situada al fondo del local, donde todo eran colores intensos, paredes cubiertas de pegatinas y enormes cartones con las figuras de Aladdín o de Los Rescatadores sonriéndome con complicidad. ¿Estás listo para empezar tu nueva aventura?, parecían decirme con la mirada. Por supuesto, yo todavía no era consciente de mi anormalidad, así que mis ojos se dirigieron de forma natural hacia la estantería rosa, donde estaban las películas de princesas: Cenicienta, La Bella y la Bestia, La Bella Durmiente, leía con dificultad. La caja de Anastasia no era rosa ni dorada, sino azul, pero aun así me llamó la atención, la cogí entre mis manos y observé durante unos segundos su carátula, donde podía verse el rostro de una mujer joven, un paisaje nevado y la silueta lejana de un castillo, o tal vez de una iglesia… Aquello fue lo que terminó de seducirme. Sin molestarme en leer la sinopsis, me puse la cinta de vídeo bajo el brazo y volví corriendo junto a mis padres, que hacían tiempo curioseando en las aburridas secciones para adultos, donde sólo había cintas de color negro, un póster antediluviano de la película The Matrix y varios anuncios de cámaras de fotos (sobre la perturbadora sección de cine pornográfico, que estaba completamente a la vista, hablaré en otro momento).
Una vez llegamos a casa y concluimos los engorrosos trámites de la cena y el aseo, pude por fin arrodillarme ante el reproductor de vídeo y sacar la cinta de su caja. Ahora, a casi tres décadas de distancia, rememorar esa secuencia de acciones es como reconstruir un antiguo ritual desvanecido de la memoria colectiva, una suerte de investigación etnográfica. De la cinta en sí misma apenas recuerdo la silueta desdibujada de un rectángulo negro lleno de lengüetas y tapas muy frágiles que tenía prohibido tocar. También había dos círculos blancos, creo, uno a cada lado del rectángulo, que quizás había que girar para rebobinar la cinta (¿?). Lo que sí que recuerdo perfectamente es el momento de introducir la cinta en la ranura del reproductor, pues había que ejercer una ligerísima presión sobre el lado horizontal y luego alzar las manos de golpe, mientras la cinta, milagrosamente, terminaba de meterse ella sola en el reproductor. La operación concluía con un curioso chasquido de eficiencia, como si la propia máquina te estuviera felicitando por la delicadeza con la que la habías manejado.
En cualquier caso, tras poner la cinta en el reproductor, volví al sofá y ocupé mi sitio de siempre, justo en el centro, entre mi padre y mi madre. De inmediato, el redoble de tambores tan característico de 20th Century Fox nos indicó que la película estaba a punto de empezar. Yo me arrellané gustosamente en el sofá, alisé los pliegues de la manta y empecé a escuchar la voz solemne de la Emperatriz Viuda: Hubo una época, no hace mucho tiempo, en que vivíamos en un mundo encantado, de grandes palacios y elegantes fiestas. Corría el año 1916, y mi hijo, Nicolás, era el zar de la Rusia imperial. Al llegar a este punto, mi madre bajó la intensidad de la luz del comedor y empezó a acariciarme el pelo. Yo me dormí poco después, tumbado entre mis padres, sin ser consciente de lo que todos ya sospecháis: que, lo que deseaba Anastasia, yo ya lo tenía con creces.
Volví a tener esa sensación el domingo pasado, cuando acompañé a mis padres al cine a ver la nueva adaptación de Cumbres Borrascosas. Para variar, yo me encontraba en un estado emocional muy turbulento a causa de un chico. No puedo escribir mucho más sobre ello porque, francamente, todavía no entiendo cómo pudo sacudirme tanto, cómo pudo dejarme sentado al borde de la silla, casi jadeando de intensidad, casi reprimiendo las ganas de cogerle la cara entre las manos y susurrarle Amor mío, amor mío, quédate, por favor. El caso es que me sentía agitado, vulnerable, lloroso y totalmente pillado por sorpresa, además de avergonzado por el infantil exabrupto1. En ese estado de confusión y agotamiento, recuerdo que subí con mis padres las escaleras mecánicas del cine del mismo modo en que veíamos películas en mi infancia: mi padre se colocó en el escalón de delante, mi madre en el de atrás y yo en el del medio. Entonces, obedeciendo un impulso largamente olvidado, apoyé la frente en la espalda de mi padre y me quedé así, quieto y empequeñecido, durante varios segundos. Mi padre, al notar el peso de mi cabeza, movió el brazo a ciegas para darme unas palmadas en el costado, y mi madre, que enseguida se percató del gesto, me abrazó fuertemente desde atrás. Fueron unos pocos segundos en los que ninguno de los tres pronunció palabra, pero no hizo falta, porque yo me sentí consolado.
Esta escena me ha acompañado constantemente a lo largo de los últimos días. A diferencia de Anastasia, yo no necesito cruzar un continente para estar con mi familia, ni enfrentarme a fuerzas oscuras, ni perseguir recuerdos neblinosos en palacios en ruinas, ni siquiera tengo que vestir mis mejores galas o mantener en todo momento la postura erguida. Estar con mis padres nunca es una prueba que tenga que superar, aunque a veces su comportamiento me resulte irritante, aunque haya agradecido sinceramente no vivir ya con ellos. Sin embargo, volver a Cornellà a pasar el fin de semana se ha convertido en un hábito amable, en una suerte de puerto seguro. Con mis padres, las ásperas exigencias de la vida barcelonina se diluyen entre ecos de ruido y furia, y el omnímodo peso de las decepciones y las ausencias parece aliviarse ligeramente al comprobar que sí, que todavía necesito ser cuidado por ellos y que no pasa nada, que aterrizar en su abrazo sigue siendo (y espero que siempre sea) un auténtico regalo de la vida.
Sé que aún me queda mucho por aprender. Quizás, lo más importante es conseguir darme a mí mismo, en esta nueva etapa, el amor y la protección que mis padres supieron darme cuando era pequeño, con cinta de vídeo o sin ella.
Gracias a ellos, sé que eso es posible.
El resultado de este nubarrón emocional fue El problema de los dos cuerpos, un texto intempestivo que rompió el ritmo de las publicaciones semanales y que ni siquiera envié por correo electrónico. Pido disculpas por ello… o no.


Qué suerte tan inmensa Abel de tener un refugio tan grande en tus padres. Uno siempre querrá volver a donde lo han cuidado, y recurrir a ello para descansar y refugiarse es absolutamente necesario y más entre males de amores y las hiperexigencias de la adultez. Todas las anastasias del mundo te envidiamos en privado🙊. Disfruta de tu rincón de paz 🌿✨
Yo amooo Anastasia, la pongo siempre para dormir. Me encantó cómo conectaste todo y me hiciste darme cuenta que yo también tengo lo que a Anastasia le hacía falta y qué duro es a veces darlo por sentado.
Te mando un abrazo. Espero que esa desventura amorosa se haya vuelto más llevadera.