Tuum est
Lecturas bíblicas, un funeral y un poco de despecho
¿Confío en Dios?, me pregunto de repente ante el cuerpo sin vida del papa Francisco. ¿Y él? ¿Confió en Dios hasta el final? ¿O tuvo una chispa de duda en aquellos últimos y terroríficos segundos, cuando su vista se oscureció y nada, absolutamente nada, apareció para recibirlo? Ni una voz, ni un rayo de luz, ni siquiera una lejana melodía que anunciase pastos más verdes y aguas más cristalinas, ahora y para siempre, per saecula saeculorum.
Rezo tres avemarías por el alma de Francisco, uno por cada persona de la Trinidad. Me parece un homenaje apropiado. A mi lado tengo un nutrido grupo de monjas carmelitas que corean en voz baja una desconocida oración en latín. Al otro lado, en cambio, hay un hombre de mediana edad, vestido con un traje sencillo y un rosario entre las manos. Cuando doy la vuelta al altar mayor, dispuesto a salir de la Basílica, el grupo de monjas ya ha desaparecido, pero el hombre sigue exactamente en la misma posición, con la diferencia de que, ahora, tiene los ojos humedecidos.
Temiendo ponerme a llorar yo también, abandono precipitadamente la Basílica y tomo asiento en los escalones de la columnata de Bernini, en el lado izquierdo de la plaza. La multitud entra y sale mansamente, obedeciendo las indicaciones de los voluntarios, pero salta a la vista que muy pocos son católicos dolientes. La mayoría son grupos de turistas que ríen emocionados, hacen fotos con el móvil y corretean por la cola con la intención de avanzar un par de posiciones. Su comportamiento es sumamente irritante, pero, en realidad, sé que a Francisco no le habría importado. ¿Quién era él para juzgarlos?, se habría preguntado a sí mismo. ¿Y quién soy yo?
(Por desgracia, sé muy bien quién soy yo. Y, sobre todo, sé muy bien lo mucho que me gusta sentirme moralmente superior a los demás, aunque no los conozca de nada.)
En el móvil me aparecen varios reels con declaraciones del papa y breves resúmenes de su pontificado. Por supuesto, mi dedo se detiene en esa conmovedora entrevista donde Francisco afirma que, si una persona homosexual busca a Dios, él no tiene ningún derecho a condenarla ni a expulsarla de la Iglesia. El cardenal que oficia su multitudinario entierro, acaecido varios días después, enfatiza esta idea en su oración fúnebre: il filo conduttore della sua missione è stato anche la convinzione che la Chiesa è una casa per tutti; una casa dalle porte sempre aperte. Al escuchar sus palabras, ahora sí, mi cuerpo se estremece y mis ojos se llenan de lágrimas. Los versículos que leía durante la adolescencia resurgen en mi corazón con la misma fuerza de siempre y sobrevuelan el límpido cielo del Vaticano como pequeñas palomas liberadas: Ama al prójimo como a ti mismo (Mateo 22:39). El que no ama, no conoce a Dios; porque Dios es amor (1 Juan 4:8). Venid a mí todos los que estáis fatigados y cansados, porque yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y mi carga, ligera (Mateo 11:28-30).
Amén.
Amén.
Amén.
Sin embargo, la Escritura es bastante explícita en la condena del deseo homosexual. Insoslayablemente explícita. Aparte de la proscripción del Levítico, que dispone la pena de muerte para los hombres que yacen con hombres (Levítico 20:13), la homosexualidad es varias veces censurada en las cartas paulinas, sobre todo en los pasajes de exhortación moral, donde el Apóstol lista los pecados que las comunidades cristianas deben evitar. Ahí van dos citas al canto:
Así mismo los hombres dejaron las relaciones naturales con la mujer y se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros. Hombres con hombres cometieron actos vergonzosos y sufrieron en sus propios cuerpos el castigo que merecía su perversión (Romanos 1:26-27).
¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. (1 Corintios 6:9-11).
A lo largo de los años, he leído varios estudios que han intentado matizar el significado de estas palabras. Según algunos críticos, San Pablo no condena la homosexualidad en general, sino que hace referencia a otros desórdenes sexuales más específicos, como la prostitución, la pederastia o el incesto entre hombres de una misma familia. Estos teóricos alegan que el vocablo original griego que se suele traducir por «homosexuales» en las biblias modernas (arsenokoitēs, literalmente ‘hombres que se acuestan con hombres’) no está testimoniado en ninguna otra fuente antigua, lo que hace más difícil precisar su significado. Estás teorías, tibias y en absoluto aceptadas de forma unánime, proceden de sectores académicos generalmente progresistas. Sus detractores afirman, no sin cierta razón, que estos filólogos ven lo que quieren ver.
No sé por qué sigo dándole tanta importancia a estas frases grandilocuentes escritas por un asceta barbudo hace más de dos mil años. En realidad, mi familia no es religiosa. Tampoco lo son mis amistades ni mi entorno de trabajo. Toda esta extraña obsesión ha sido siempre un delirio estrictamente personal. De pequeño, mi tendencia natural al barroquismo me hacía inevitablemente afín a la liturgia católica: las oraciones solemnes, la música abrumadora, el humo del incienso elevándose entre haces de luz dorada, las vestimentas rojas de los oficiantes, sus gestos pausados y ceremoniosos, el misterio, el milagro, la grandeza. Era imposible no sentirme atraído por el culto, incluso cuando no sabía qué significaba exactamente. Después, en la adolescencia, el cristianismo me proporcionó una justificación lógica a mis tribulaciones. El desprecio de Dios reflejaba mi propio autoodio, y su cólera terrible, que ardía brillantemente en lo altísimo, reflejaba las burlas y los insultos de mis compañeros de clase, que yo debía soportar con la ardorosa devoción de los mártires para así hacerme digno de Su amor. Había en estas reflexiones una humildad ligeramente impostada, una contrición paradójicamente consoladora que abría mi alma a las delicias de lo sagrado y me hacía sentir especial, importante y, en definitiva, elegido: elegido para la Salvación.
Ah, ¡cuántas veces recé para dejar de ser homosexual! ¡Con qué tenacidad! ¡Con qué ahínco! Y, sin embargo, la sexualidad seguía creciendo en mi interior como una cepa pútrida e infecciosa, envileciendo mi cuerpo y envenenando mi mente con imágenes tan turbadoras y tan dilectísimas (tan sobreabundantes, como decían los tratados de patrística) que en todo momento sentía que me faltaba el aire, que me iba ahogar en un puño de insoportable pero exquisita opresión.
No podía hacer nada. Tenía aquello pegado a mis huesos. Una noche, mientras estaba tumbado boca arriba en la cama, me imaginé que Jesús flotaba sobre mí y me sonreía con ojos serenos y compasivos, y entonces empezaba a descender hasta que nuestros rostros quedaban uno frente al otro y Él me envolvía en un abrazo cálido y humano; demasiado, demasiado humano. No podía engañarme hasta ese punto: era yo quien me estaba abrazando a mí mismo, y no Él; y eran mis manos, y no las Suyas, las que en ese momento me arañaban lentamente la piel de los antebrazos. Lo hacían con un rencor larvado, quizás vagamente lascivo, pero, al mismo tiempo, incuestionablemente devoto.
En fin. Después del funeral, deambulo por el centro de Roma sin rumbo fijo. En cada barrio, abro Grindr y envío unos cuantos taps al tuntún. El resultado de mi enfermizo peregrinaje es P., un chico unos cuantos años mayor que yo que vive cerca de la Piazza Vittorio Emanuele. Voy a su casa bajo la luz del ocaso, caminando a grandes zancadas por calles que nunca he visto. Él, todo sea dicho, me recibe con mucha formalidad: me da la mano, me guía hasta su cocina y me ofrece una copa de vino que yo rechazo amablemente. Luego nos sentamos en el sofá, muy cerca el uno del otro. A partir de entonces, se suceden embriagadoramente varias glorias incomparables. Tras los primeros titubeos, descubro que P. es un concertista de piano con una sólida fama a nivel internacional. Mañana viaja a Turín para participar en un recital en la Catedral de San Juan Bautista, donde está custodiado el Sudario de Cristo. Durante varios años, además, ejerció como organista principal de la Basílica de Santa María la Mayor, y antes de eso participó como contratenor en el coro de la Capilla Sixtina. Ha conocido a Francisco, a Benedicto XVI, a Juan Pablo II y a varios maestros italianos de los que yo nunca he oído hablar. También es católico practicante. Cuando le relato mi tortuosa relación con el cristianismo, P. me asegura enfáticamente que Dios es amor, que la música es Su instrumento, que el sexo forma parte de la naturaleza humana y que él mismo conoció a sus dos ex parejas en el seno de la Iglesia, que tradicionalmente ha sido refugio de homosexuales y demás almas torturadas. Llegados a este punto, nos quedamos en silencio y yo empiezo a acariciarle con un dedo la piel de su antebrazo. La conversación me ha dejado casi completamente erecto. Entretanto, P. alza la vista, me observa con una sonrisa incómoda y me dice que no siente ni pizca de atracción sexual hacia mí. Que soy muy puro e inocente. Que tengo una alma muy bella.
Mi mano se queda congelada a medio gesto. La retiro inmediatamente y, con una hórrida sensación de deformidad, me levanto del sofá y agarro mi mochila. En menos de cinco minutos estoy de nuevo en la calle, temblando imperceptiblemente. Un fuego terrible se me ha subido a la cabeza: es el ego, me digo a mí mismo; el ego estéril y vociferante que clama desde lo más hondo de mis intestinos con la ansiedad furiosa de un animal herido. Me agarro el vientre con ambas manos, tratando de apaciguarlo. Me meso los cabellos, me restriego los ojos, me crujo los nudillos. Pero es inútil: todo abulta. Todo sobra. Todo quema.
¡Soy tan poco cristiano en realidad! Mis únicas preocupaciones reales son el amor, el sexo y lo que la gente piense de mí. Además, ni siquiera es la primera vez que esto me pasa. Ni la segunda. Ni la tercera. Estas cosas funcionan así. No obstante, una infatigable parte de mí piensa que Dios me está castigando por esta lujuria desenfrenada, por insistir en pecar incluso en el día del funeral del papa.
A partir de aquí, mis pensamientos van perdiendo coherencia poco a poco, degenerando en los pozos familiares del patetismo y la autocompasión. Sé que estos chicos desconocidos no me harán olvidar que nadie me ha amado nunca, ni tampoco que los pocos que sí que han querido hacerlo se han acabado alejando de mí porque yo mismo los he ahuyentado. Tal vez, el verdadero pecado radica precisamente en seguir buscándolos, en seguir esperándolos, en seguir haciéndonos daño día tras día y semana tras semana, alimentados por una rueda de deseos que nunca deja de girar.
No, lo cierto es que no confío en Dios. No puedo. Tal vez Él pueda perdonar a P. (¿cómo no va a hacerlo, con lo guapo y sofisticado que es?) pero conmigo ha trazado siempre una delgada línea roja, un tajante y aleccionador «Tú no» que todavía resuena en la parte posterior de mi cráneo. Aun así, días después del encuentro fallido, comprendo a mi pesar que nunca lograré alejarme totalmente de Él, de esa figura flotante que me juzga y me comprende, que me dignifica y me denigra, que me abraza y me desprecia. Yo soy Suyo; Él es mío.
Este es mi único consuelo. Y esta será mi última cita en Roma.
Tuum est: cuida de mí hasta el final.

❤️🩹❤️🩹❤️🩹