Tú no puedes estar aquí
Reflexiones sobre los lugares prohibidos
Mi abuela tenía una amiga en Cádiz que, siendo muy joven, profesó como monja de clausura. Todas las amigas de mi abuela eran bastante religiosas, pero sólo ella se atrevió a renunciar a las vanas promesas del matrimonio para esposarse con Cristo, el Dios hecho carne, el único hombre que merecía la pena. Su ceremonia de profesión de votos, según me explicaba mi abuela, fue deliciosamente emotiva: todas las novicias se presentaron engalanadas con vestidos de novia y coronas de flores, la capilla relució con los esplendores del mediodía andaluz y las madres y amigas de las novicias apenas lograron contener las lágrimas, con esa mezcla de júbilo y angustia tan propia del catolicismo español. Fue un día maravilloso, suspiraba mi abuela cada vez que me lo contaba. Absolutamente maravilloso.
Unos años después, esta amiga (de la que nunca supe el nombre) se quedó embarazada y abandonó precipitadamente el convento para enfrentarse a la dura experiencia de la maternidad en solitario. Durante los primeros años, tanto ella como su hijo natural sufrieron muchísimas dificultades, pues a la furia del Esposo ultrajado se sumaba la furia del Estado, tanto o más destructiva cuando se trataba de mujeres caídas. Mi abuela siempre contaba las tribulaciones de su amiga con los ojos brillantes y un tono pulcramente piadoso que, aun sensible al drama humano, no lograba enmascarar un cierto regodeo costumbrista ante las desgracias ajenas. Pobrecilla —terminaba mi abuela negando fatalmente con la cabeza—. Pero así era la vida entonces, Abel. Así nos habían criado: con un puño metido en la garganta.
Pensé mucho en la amiga de mi abuela cuando, durante nuestras vacaciones en Andalucía, mis padres y yo visitamos el convento de Santa Ana de Sevilla, donde reside una pequeña congregación femenina de Carmelitas de la Antigua Observancia. En una de las esquinas del claustro empedrado, junto a la capilla y el refectorio, había un curioso torno de madera que, según nos explicó la guía turística, había servido para depositar a los bebés ilegítimos, permitiendo así ocultar la identidad de las madres pecadoras que acudían allí a dejárselos a las monjas. La guía, tras una pausa de efecto, añadió con voz alegre que ahora se utilizaba para vender los dulces del convento sin romper el voto de clausura. Una vez hubo terminado la visita, mi madre se acercó al torno dubitativamente y, tras intercambiar conmigo una mirada de extrañeza, le dijo al mueble de madera: ¿Buenos días? Al instante, del otro lado del torno surgió una voz tímida y agitada: Buenos días, ¿qué desea? Mi madre le echó un ojo al cartel de dulces que había colgado en la pared y empezó a enumerar diversas ofertas con el mismo tono intranquilo que (imaginábamos) estaba empleando la monja que había al otro lado del torno.
Mientras completaban la transacción, me alejé de allí y empecé a pasear bajo las bóvedas del claustro. Al final del corredor, había una tupida cortina de lana que, supuse, ocultaba la entrada a los lavabos. No obstante, al apartar la cortina con la mano, me topé con una pequeña estancia donde cuatro o cinco monjas rezaban parsimoniosamente el rosario. Las paredes del cuarto estaban cubiertas con gruesos tapices sobre los que había colgados diversos óleos que representaban escenas devocionales: distinguí una Flagelación de Cristo, una Crucifixión de San Pedro y una Salomé danzando con la cabeza del Bautista. Me pareció una selección de episodios algo inquietante, pero he de reconocer que la Salomé me causó un aguijonazo de placer particularmente irreprimible, fiero y oscuro (estaba atravesando una de mis primeras decepciones amorosas, ya sabéis). Las monjas, por su parte, parecían representar ellas mismas una escena barroca salida directamente de los tiempos de Santa Teresa: a pesar de estar ya a finales de abril, todas vestían pesados hábitos de lana e imponentes velos negros que caían casi hasta el suelo. Además, rezaban el rosario en latín, según las antiguas disposiciones, con un tono quedo, adocenado, pero indudablemente pasional: Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu inter mulieribus… Ninguna de ellas me había visto porque estaban todas orientadas hacia el pequeño altar del Niño Jesús que había en una esquina de la habitación (o más bien del oratorio, como me recordé a mí mismo). Iba a quedarme un rato más mirando, pero, aterrado repentinamente ante la idea atávica de violar un espacio sagrado, corrí de nuevo la cortina y volví junto a mi madre. ¡Mira, Abel! ¡Mira! exclamó señalando el torno, en cuyo compartimento había colocado varias monedas y un billete de cinco euros. Al dar un pequeño golpecito en la superficie de madera, el torno empezó a girar trabajosamente hasta que el dinero desapareció de nuestra vista. Al cabo de unos minutos, el artilugio volvió a girar hasta recuperar su posición original, de modo que, en el compartimento donde antes estaban las monedas, había ahora una pequeña bolsa de dulces. ¡Gracias! ¡Muchísimas gracias!, le dijo mi madre a la nada. ¡Gracias a usted! ¡Qué Dios la bendiga!, respondió la voz de la monja con un tono mucho más afectuoso.
No compartí con mis padres mi descubrimiento. Yo aún era muy joven, y, por ende, temía que se enfadaran conmigo. Aun así, el recuerdo de ese sofocante oratorio carmelita me persiguió durante el resto de las vacaciones, pues, allí dentro, había visto algo que no me era permitido ver. Bajo ese nuevo prisma, mi aliento, mis ojos, mis manos y mi cuerpo entero devenían una presencia corruptora, indecentemente masculina, horridamente mundana, que ellas habrían rechazado con energía de haberme descubierto. A pesar de ello, yo había mancillado su espacio sagrado, había accedido a la intimidad de unas mujeres que, refugiadas en la clausura milenaria, habían dado la espalda al mundo para, de alguna manera, recuperar la presencia del mundo en ellas mismas. Y lo había hecho en secreto. Y luego no se lo había dicho a nadie. A nadie…
¿Cómo se debió sentir el amante de la futura exclaustrada cuando entró por primera vez en el convento? ¿Alimentó su vanidad franquear las verjas de la clausura, penetrar en el umbral de lo sagrado, derruir suavemente sus resistencias? ¿Y ella? ¿Por qué renunció a la paz que prometía la Regla? Al cerrar los ojos, me vienen a la mente imágenes inconexas de santos decapitados, niños expósitos, un suave arrullo en latín, corazones ensangrentados y rostros en éxtasis tallados en mármol. Y luego, por la noche, las manos de un hombre que ascienden por los pliegues del hábito… ¿Fue un romance?, me pregunto de repente. ¿O un abuso? Él desapareció, en cualquier caso. O eso decía siempre mi abuela. Como una brújula que apunta hacia el norte, el dedo de un hombre siempre señalará, acusador, a una mujer.
No hubo justicia para ella. Tampoco sé qué se hizo del niño.
En mi caso, igualmente, los lugares prohibidos siempre han estado relacionados con las diferencias de sexo. Recuerdo que una vez, cuando éramos pequeños, mi amiga N. me retó a entrar en los lavabos de chicas que había al lado del comedor del colegio. Yo tenía muchos más redaños que ahora, así que, algo mosqueado ante su insinuación (però segur que no t’atreveixes, eh), me armé de valor, cogí aire con mis pulmones y, tras lanzar a N. una última y heroica mirada, corrí hacia el lavabo. Por desgracia, apenas recuerdo algunos destellos blancos y amarillos (los lavabos de los chicos eran rigurosamente azules) y las siluetas borrosas de un grupo de Niñas Repipis que empezaron a chillar y a lanzarme cosas. Aun así, yo proseguí con decisión, ciertamente como un héroe de leyenda, hasta que alcancé la pared del fondo del lavabo, que constituía el reto final impuesto por N., el punto más profundo y sagrado del santuario. Inmediatamente después, todavía sin respirar, me di la vuelta y corrí hacia el exterior. N. me esperaba, muy pálida e impresionada, junto a las escaleras que conducían a los aularios de la ESO. Seguro que había oído los gritos. Sólo entonces, cuando volví a estar a su lado, me atreví a exhalar el aire retenido en mis pulmones. La cabeza empezó enseguida a darme vueltas, como si, fruto de mi acción, las costuras que mantenían sujeta nuestra realidad se hubieran desgarrado ligeramente. Oh, mecachis, dijo N. Las Niñas Repipis habían salido del lavabo y nos estaban señalando acusatoriamente mientras hablaban con una monitora. Ambos compartimos una mirada fugaz (no necesitábamos nada más entre nosotros) y salimos corriendo de allí.
La cuestión de los lavabos, como casi todo de mi vida escolar, empeoró ostensiblemente al alcanzar la adolescencia. Mis amigas se pasaban largos períodos de tiempo allí encerradas, ya fuera durante los cambios de clase o durante los patios, discutiendo sobre maquillaje, chicos, sexo o fiestas, unos temas de conversación en los que yo, por imperativísima ley natural, no debía ni podía participar. Normalmente, las esperaba sentado en las mismas escaleras que conducían a los aularios, con la cabeza gacha y el cuerpo hirviendo de vergüenza. A veces, me fingía absorto en la pantalla de mi ridículo móvil dosmilero, que apenas me permitía jugar a la serpiente y, con mucho esfuerzo, escuchar una o dos canciones. Recuerdo con mucha exactitud la sensación insoportablemente física de pulsar los duros botones del móvil mientras, a mi alrededor, todo el mundo me miraba de reojo y pensaba con sorna: Ahí está el maricón de tercero, esperando a sus amigas. ¿No ve que ese no es su lugar? ¿Por qué no va con chicos? ¿Por qué insiste en ser diferente? Ni siquiera yo sabía responder todavía a esas preguntas. Mi única alternativa, empero, era quedarme allí sentado, con un inaguantable picor en la nuca, sintiendo que todo mi cuerpo abultaba y sobraba y pedía a gritos un escondite donde ocultar tamaña deformidad. Luego, tarde o temprano, mis amigas regresaban del lavabo, risueñas y felices, deshojando aún retazos de conversación que se diluían tras una mirada aleccionadora que, disimuladamente, convergía siempre en mí.
El otro lugar prohibido de mi colegio era un pequeño porche trasero que había al lado del aula de arte y que todos llamábamos, con cierto dramatismo adolescente, el Cuadrado. Allí era donde acudían las parejas del curso a liarse, que era otro gran tema de conversación entre mis amigas. Durante la pausa de la comida, siempre había un momento en el que una de ellas proponía ir al aula de arte (que los profesores solían dejar abierta) para ver si se cocía algo interesante en el Cuadrado. Allí, entre las ventanas enrejadas del aula, los chicos y chicas del curso fingían espiar los lances amorosos de los Populares, que eran, oficialmente, los únicos que se atrevían a liarse de verdad. Yo apenas miré por las ventanas una o dos veces, no sólo por vergüenza, sino también por una cuestión de supervivencia, de pura integridad física. Cabe recordar que, en ese período de mi vida, las pesadillas eróticas con P., A. o J. habían alcanzado su punto álgido, llegándome a atormentar varias noches a la semana. Aunque yo ya hubiese despertado, por mucho que parpadeara con furia, allí se me aparecían de nuevo los tres, tumbados sobre mi cama completamente desnudos, con sus musculadas espaldas formando una elegante curva, con sus glúteos tersos reposando sobre un perturbador remolino de terciopelo de Persia, blanco sobre rojo, blanco sobre rojo, blanco sobre rojo… Yo no quería alimentar esos fantasmas con imágenes reales, con recuerdos frescos y afilados como el cristal. Suficiente tenía ya con verlos desnudos en los vestuarios. Aun así, yo siempre acababa mirando. Oyendo de fondo las risitas entrecortadas de mis amigas, yo los miraba mientras besaban y abrazaban a otras chicas, y durante todo el rato yo sólo quería morirme, y unirme a ellos, y luego morirme otra vez, porque (Dios mío, libérame de este mal) mientras los miraba podía sentir perfectamente cómo todo mi cuerpo se endurecía.
El Cuadrado era, en definitiva, un espacio público y privado, donde esconderse y exhibirse al mismo tiempo. En ese sutil equilibrio descansa una de las formas más sofisticadas de erotismo, una de las vías que mejor explotan nuestro anhelo de ver y ser vistos, de ocultarse y descubrirse, de yacer y emerger sobre el mundo, limpios y puros, sucios y pervertidos. Por supuesto, aquí sólo estoy dejándome llevar por la inspiración, hablando por hablar, escribiendo por escribir… embriagándome por los vapores.
En fin. Las casas ajenas también han estado tradicionalmente envueltas por el halo de lo prohibido. De hecho, las sociedades mediterráneas son particularmente proclives a mistificar el espacio doméstico. Mi madre, por ejemplo, siempre nos insiste en bajar las persianas cuando anochece porque, si encendemos la luz de las habitaciones, se nos puede ver desde fuera. Es como si viviéramos en la calle, apostilla con disgusto mientras acciona la correa de la persiana con un golpe seco. Mi abuela decía lo mismo, exactamente con la misma amargura, con el mismo temor paranoide que yo también he sentido desde pequeño. Qué curioso, ¿no? Las persianas, los cerrojos, esos toldos siempre bajados, esa expresión tan deliciosamente española, cerrado a cal y canto. Nada de eso existe en el mundo anglosajón. Recuerdo que, cuando visité Edimburgo el año pasado, me sorprendió mucho comprobar que allí las casas no tienen persianas y que, cuando cae la noche, la mayoría ni siquiera se molesta en correr las cortinas. De hecho, muchas familias encienden velas junto a las ventanas, enganchan decoraciones de papel en los cristales, colocan en los alféizares macetas de flores, figurillas, comederos de pájaros, piedras y amuletos y Dios sabe qué más cosas. Para nosotros, las ventanas son agujeros delatores pero necesarios; para ellos, en cambio, vivir junto a las ventanas es un modo de vida. ¡Qué pérfido y bárbaro es el protestantismo!, bromeábamos mi amiga S. y yo mientras paseábamos por las románticas calles de Edimburgo. ¿A quién se le ocurre suprimir la intimidad en aras de la virtud? ¿Dónde queda el sentido del honor, el derecho a las habitaciones cerradas, el consuelo del aire viciado, ese velo asfixiante que cubre respetuosamente los secretos de la gran familia ibérica? Si eres inocente ante Dios, entonces no tienes nada que ocultar, proclamaban los puritanos del siglo XVII. Pero, ¿qué es peor, imponer un sistema de vigilancia social o que todo quede de puertas para dentro? Yo, en cualquier caso, soy un buen hijo de mi madre, y sé que siempre bajaré las persianas por la noche, viva donde viva y haga lo que haga, sin importar si soy inocente o culpable o una mezcla de los dos.
El celo hogareño, en todo caso, se manifiesta incluso cuando permitimos las visitas de amigos y familiares. El caso más extremo que conozco es el de una tía abuela que siempre nos recibía en el garaje de su casa, donde había instalado una segunda cocina, una enorme mesa de plástico, un lavabo e incluso un sofá y una televisión. Al saludarnos, entre besos, abrazos y comentarios triviales, mi tía abuela solía excusarse diciendo que tenía la casa muy desordenada, que acababa de fregar el suelo o que había encerrado allí a los perros. El caso es que nunca nos dejaba subir a la planta superior. Una tarde, sin embargo, mi primo se encerró en el lavabo del garaje porque no se encontraba muy bien, y yo, tras aguantarme las ganas durante casi media hora, terminé pidiéndole a mi tía abuela que me dejara subir a su casa para usar el baño. Yo era, a fin de cuentas, un Niño Que Se Portaba Bien, de modo que, tras recibir furibundas instrucciones por parte de mi madre (que tuvo que emitir su autorización previa), pude subir las ansiadas escaleras que conducían al secreto.
El baño de la casa, como todos los baños, estaba situado al final de un pasillo muy corto y sombrío. Tras solucionar allí mis fingidas urgencias y lavarme las manos, recorrí muy despacio el pasillo de vuelta, pero, en vez de dirigirme a las escaleras, me desvié irremediablemente hacia el silencioso salón. Allí, había una espléndida mesa de banquetes cubierta con un mantel bordado y muchísimos jarrones de porcelana que brillaban tenuemente en la ínfima luz que se colaba por las rendijas de las persianas. Detrás de la mesa se levantaba un gigantesco mueble de madera negra con solemnes vitrinas que exhibían copas, platos, fotografías e incluso figurillas religiosas que desprendían un resplandor opaco y dorado, como si estuvieran adormiladas o confundidas. Conteniendo el aliento, entré de puntillas en el salón, dispuesto al menos a dar una vuelta alrededor de la mesa, completamente seducido por el aura prohibitiva que emanaban todos aquellos objetos. Por desgracia, mi tío abuelo, que había subido a buscar un cuchillo, me pilló en ese mismo instante: ¡Eh! ¡Tú no puedes estar aquí! Y yo corrí escaleras abajo, sintiéndome Ulises huyendo del Cíclope, con el corazón palpitándome en los oídos.
Los dormitorios de mis abuelas también ejercían ese tipo de fascinación sobre mí. Las dos vivían en San Ildefonso, un barrio de Cornellá construido en la década de los 50 para alojar a las familias de clase obrera que emigraron a Barcelona después de la Guerra Civil. Por ese motivo, los dos pisos tenían exactamente la misma distribución espacial, que se resumía en un largo pasillo que partía de la entrada hasta el fondo de la casa. A un lado del pasillo, se iban sucediendo las puertas que conducían a las diferentes estancias, esto es, la habitación de los niños, el comedor, la cocina, el baño, la habitación de las niñas y, finalmente, la habitación de matrimonio, donde dormían mis abuelas y donde yo, de forma más o menos implícita, tenía prohibida la entrada. Al dormitorio de mi abuela materna aún entraba de vez en cuando porque ella solía mandarme allí a buscarle cosas, oportunidad que yo siempre aprovechaba para entretenerme un poco en su tocador y juguetear con sus perfumes, abanicos y rosarios, que eran absolutamente maravillosísimos. Pero al dormitorio de mi abuela paterna sólo recuerdo entrar una vez para coger unos pendientes de su mesilla de noche que luego utilicé para disfrazarme. Qué extraño… Una casa en la que pasé veranos enteros, meses y meses de horas de televisión y discusiones con mi hermana, una casa muy pequeña, un piso minúsculo y familiar, pero que, a pesar de todo, seguía reservándose para sí el derecho a la intimidad.
Desde luego, no hay dormitorio más recóndito e inviolable que el tuyo. No hay espacio más sagrado. A veces, por las noches, me gusta imaginarte dentro de ese cuarto anhelado, cansado y protegido, oscuro y salvaje, con las persianas bajadas y las cortinas corridas y las puertas cerradas, a salvo y tranquilo, tal vez respirando tenuemente, o tal vez jadeando, con la vista clavada en el techo. Me gusta imaginar las sombras que dibuja la luz sobre tus sábanas deshechas, esa frontera delicada y resbaladiza, ese rastro lábil que cubre tu cuerpo y mantiene intacta la calidez de tu sangre, la calidez de tu piel, esa superficie bullente que yo nunca podré acariciar. ¿Qué sintió la exclaustrada bajo los mantos del hábito?, me vuelvo a preguntar. ¿Qué sientes tú? ¿Qué imaginas tú? Un recipiente sellado, un altar cubierto de sedas, una tiniebla resplandeciente, una fuente que se oye de lejos… y ese espacio tan angustiosamente estrecho, apenas unos centímetros de carne que separan tu pecho y tu espalda, el último misterio, la más antigua delicia de los hombres, que yo tomo entre mis manos para apretarla bien fuerte contra mi corazón, bien fuerte, sí, hasta que se haga de día y los dos seamos uno.
Pero no te preocupes. Yo no te abandonaré.
Será nuestro secreto.

Una de las cosas que más me gusta de leerte es sentir que el bando de Proust regresa, y que es español!!!! magnífico texto como siempre Abel <3<3<3
Por cierto, Abel, como has pensado más de una vez abandonar la vida del siglo y hacerte monje. ¿qué nombre y orden? Yo pasaría a ser Fray Judas Tadeo de las Causas Difíciles. De los cartujos, por supuesto.