...this way comes
Un cuento gótico (II)
(Primera parte aquí)
La Academia Albigra se encontraba en los antiguos terrenos de la Abadía de Basingwerk, que había sido disuelta, como todo el resto de monasterios de la isla, a raíz de las Actas de Supresión de 1536. De la antigua Abadía sólo quedaban en pie las ruinas majestuosas de la iglesia, que se alzaban sobre los árboles del bosque como reyes vencidos en batalla. Baco se dirigió hacia allí con pasos apresurados, haciendo que su capa ondeara dramáticamente tras él. Un buen practicante, después de todo, debía tener un avezado sentido de la estética y un gusto particular por el barroquismo. En caso contrario, las potencias superiores jamás repararían en él.
Un poco más allá de las ruinas de la Abadía, y a menos de diez minutos de las dependencias de los practicantes, se encontraba la famosa Fuente de Santa Winifred, uno de los lugares de peregrinación más antiguos y venerables de toda Gran Bretaña. Según la leyenda, santa Winifred había sido una bella princesa celta del siglo VII que, tras convertirse al cristianismo bajo la guía de san Beuno, hizo voto de castidad y prometió consagrar su vida al servicio de Dios. Sin embargo, una mañana de domingo, mientras sus padres estaban fuera escuchando misa, llegó al castillo un príncipe extranjero, Caradoc, que, al encontrar sola a Winifred, quiso seducirla y luego forzarla a mantener relaciones sexuales con él. Winifred pretendió consentir para calmar la lujuria del guerrero, y sólo le pidió que la dejara retirarse a su habitación para cambiarse de ropa. Gracias a este ardid, Winifred logró escapar del castillo y huir valle abajo hasta la iglesia de Beuno. Cuanto estaba a punto de traspasar el recinto sagrado, Caradoc la alcanzó y, movido por la ira y el despecho, la decapitó con una espada. Su cuerpo cayó fuera de la puerta de la iglesia, pero su cabeza aterrizó en el bloque de mármol del umbral, donde, milagrosamente, comenzó a brotar un manantial de agua pura. Beuno salió en ese momento de la iglesia y pronunció una maldición sobre Caradoc, quien cayó muerto instantáneamente. Después, Beuno colocó la cabeza de Winifred sobre su cuerpo y rezó por su salvación. La oración fue concedida y Winifred volvió a la vida, conservando, como única señal del suceso, una fina línea blanca alrededor del cuello.
Había muchas cosas que no encajaban en aquella historia. Si Winifred era tan piadosa, ¿por qué no acompañó a sus padres a misa aquel domingo? ¿Y por qué no avisó a los guardias de su padre, que con toda probabilidad vigilaban el castillo en su ausencia, cuando Caradoc la violentó? ¿Qué necesidad tenía de huir dramáticamente valle abajo hasta la iglesia de Beuno? ¿No habría sido más seguro volver con sus progenitores? ¿Avisar a sus sirvientes? ¿Alarmar a sus damas de compañía? ¿Qué hacía sola, entonces, una princesa de tan elevada alcurnia? ¿Acaso quería estar sola? ¿Acaso fue ella la misma la que dejó entrar a Caradoc en el castillo…? Eran demasiadas preguntas y demasiados cabos sueltos, pensó Baco mientras abría la cancela de hierro del santuario. A aquellas horas tan intempestivas, el patio de piedra estaba completamente desierto, como el joven practicante había manifestado y predicho. Había unos pocos faroles encendidos junto a la garita del vigilante, pero Baco sabía que, aquella noche, el anciano no acudiría a su puesto de trabajo: un discreto sortilegio de ortigas bajo la ventana de su salón se encargaría de ello.
Al final del patio, iluminada por la pálida luz de la luna, se levantaba una alta bóveda gótica que albergaba, en su interior, la Fuente milagrosa. Mientras atravesaba el patio del templo, Baco pudo captar el sonido del agua fluyendo a través del manantial, un arrullo suave, reverberante, que lo envolvía en la mansa quietud de la noche. Por algún motivo, su mente recordó el segundo versículo del Génesis, el que hablaba sobre las aguas primigenias: Terra autem erat inanis et vacua, et tenebræ erant super faciem abyssi, et spiritus Dei ferebatur super aquas. Baco se imaginó a sí mismo de esa manera, flotando apaciblemente sobre el lecho del Océano primigenio, siendo engullido por sus aguas oscuras con la dulzura inefable de un amante… de un amante despechado.
En la entrada de la bóveda había una imagen escultórica de santa Winifred, de tamaño natural, que reposaba sobre un altísimo nicho de piedra. A los pies de la santa mártir, los fieles del día habían ido dejando ramos de flores, velas, exvotos y pequeñas oraciones apuntadas en papel. Baco alzó la vista unos instantes para observar el rostro velado de la efigie, que apenas se distinguía en la penumbra plateada del santuario. La princesa de la leyenda aparecía engalanada con sus atributos tradicionales, la palma y el báculo, que simbolizaban, respectivamente, su martirio y su autoridad abacial. El rostro exhibía una sonrisa ausente, hierática, bienaventurada, que recordaba a las esculturas del mismo estilo que representaban a la Madre de Dios. ¿Acaso era eso la santidad?, se preguntó Baco con cierto resquemor. ¿Una vaga compasión hacia el mundo que sólo enmascaraba indiferencia? Los Príncipes Subterráneos eran ladinos y taimados, pero, al menos, no sentían lástima por los seres humanos, aunque a veces lo fingieran.
Conteniendo, aun así, el impulso de persignarse, Baco apartó la mirada de la estatua y siguió avanzando hasta el centro del edificio, donde había una imponente piscina de piedra rodeada de altísimas columnas góticas. Allí, los ecos del agua se expandían tenuemente por las vastas bóvedas del techo, como si, de repente, Baco se hubiese adentrado en lo más profundo de una gruta inhóspita. También el olor a humedad era muy penetrante.
Baco se acercó al borde de piedra y contempló durante unos instantes la calma superficie de la piscina. El manantial en sí mismo estaba en una de las esquinas lobuladas: se trataba apenas de un delgado hilillo transparente que caía, con cierto aire ladino, en el agua del pilón. Allí había caído la cabeza de la princesa Winifred. Y allí se había levantado, rediviva, tras vencer a la Muerte.
Baco respiró hondo una última vez y se dispuso, por fin, a ejecutar el ritual mágico. Adhiriéndose a los principios de la Clavicula Salomonis (su manual de ritos preferido), Baco dibujó entorno a sí los tres círculos clásicos de protección, abjuración e invocación, esforzándose mucho en que las líneas fueran perfectamente concéntricas. Entre el primer y el segundo círculo, Baco marcó los cuatro puntos cardinales con la sagrada letra Tau, y, entre el segundo y el tercero, dibujó cinco pentángulos. Tras un instante de vacilación, inscribió también los cinco primeros nombres de Dios (Kyrie Eleison, Christe Eleison, murmuró a su pesar) y algunas runas adicionales de protección. Después, en el centro del círculo, dibujó el sigilo de Dantalión, el septuagésimo primer Príncipe del Infierno, Señor de las Artes y Ciencias Arcanas y patrón de todos los practicantes. Finalmente, encendió varias velas alrededor del círculo, cerró los párpados e inició el cántico.
La fórmula específica de invocación no la había hallado en los Grimorios habituales (que se ocupaban básicamente de ángeles y demonios), sino en un manuscrito del siglo XVII, escrito en gaélico, que había pertenecido a un anticuario de la parroquia de Holywell. En realidad, como todos los practicantes sabían, la función del cántico no es manifestar la creencia en lo sobrenatural, sino, más bien, inducir al practicante a asumir como propia dicha creencia. A primera vista, podía parecer una distinción trivial, casi académica, pero era allí donde residía normalmente la clavis del hechizo. ¿Qué es la voluntad de poder sino un neologismo anacrónico de la fe? ¿Y qué es «lo arcano» sino la creencia sincera en la propia excepcionalidad? Llegados a este punto, psicologismo y naturalismo, opinión y conocimiento, microcosmos y macrocosmos, todo se desdibujaba y se confundía en el seno del delirio, que es la auténtica fuerza que se invoca en toda práctica mágica.
Así pues, mientras cantaba, Baco dio rienda suelta a sus fantasías: imaginó a Sergio tendido en un prado de flores, acuchillado por las torvas miradas del sol poniente; lo imaginó envuelto entre sedas mientras un amante sin rostro le lamía el cuello; lo imaginó herido y traicionado, gritando su nombre en medio de la lluvia; y los imaginó a ambos en el Jardín del Edén, como si fueran Adán y Eva, enroscándose y acariciándose impunemente bajo el tupido follaje del Paraíso. Imaginó que luego lo cogía de la mano, lo llevaba hasta el Árbol de la Ciencia y allí le ofrecía el fruto prohibido, que se reflejaba dos veces en sus ojos vacíos y que él tímidamente rozaba con sus labios, ah, helo ahí, hundiendo los dientes en la pulpa húmeda de los secretos de Dios, con ese jugo tibio que bajaba por su garganta desnuda, hambrienta y todavía inocente, todavía libre de culpas…
Sólo entonces logró estremecerse. El estremecimiento era el momento más delicado del ritual, el punto sin retorno hacia la verdadera voluntad de poder. En sus clases de invocación, el maestro Llull solía citar al respecto unas palabras de Goethe: El estremecimiento es la parte mejor de la humanidad. Por mucho que el mundo se haga familiar a los sentidos, siempre sentirá lo enorme profundamente conmovido. Y era cierto. El practicante debía encomendarse a una suerte de asombro primigenio, raíz de toda filosofía, que debía empequeñecerlo y engrandecerlo al mismo tiempo, como si fuera un poeta ante el umbral de lo sublime. La invocación, de hecho, era en sí misma una forma de poesía, una mistificación del deseo, una theosis extrema del lenguaje, que reducía, a sus últimas consecuencias, la relación numinosa entre símbolo y noúmeno.
Baco tomó entonces su daga de plata, se hizo un corte largo y limpio en la palma de su mano y extendió el brazo sobre las aguas tranquilas de la piscina. Cuando hubieron caído tres gotas de sangre (pretiosus sanguis et aqua quæ ex ea fluunt), Baco dio un paso hacia atrás y esperó. Al cabo de unos segundos, emergió ante él el espíritu de la Fuente, esbelto, translúcido y libidinoso. Sus miembros mojados parecían surgir directamente de las aguas, como extensiones luminiscentes de las ondas que rizaban la piscina. Tras la teatral aparición, el espíritu se quedó flotando apaciblemente sobre la superficie del agua, con sus ropajes y cabellos meciéndose espesamente entorno a sí. La luz de las velas apenas se atrevió a acariciar un costado de su silueta borrosa, que se irguió ante Baco con una sonrisa opaca, vacía y tentadora.
—Baco Abscóndito Paráclito —dijo el espíritu con voz suave—. Te estaba esperando.
—Ego te invoco, perfidissimum spiritum, in nomine…
—Que sí, que sí… No te preocupes. Con tu sangre era más que suficiente.
Baco cerró la boca inmediatamente, algo azorado. El espíritu no guardaba ningún parecido con la escultura de santa Winifred. A través de sus velos semitransparentes, Baco distinguió, de entrada, formas imprecisamente masculinas: brazos delgados, líneas lánguidas, varias oquedades reveladoras y un torso recto y delicadamente cincelado, como un sfumatto acuático. Sus cabellos flotaban ingrávidamente alrededor de su cabeza, y sus rasgos faciales, limpios y elusivos, exhibían unas líneas extrañamente nítidas, espantosamente delicadas… igual que Sergio cuando salía de bañarse del río. En ese instante, el espíritu movió ligeramente la cabeza, y la luz de las velas reveló una pálida cicatriz, apenas una fina línea blanca que le rodeaba el cuello a la altura de la nuez… Al verla, Baco se sorprendió sintiendo una intensa punzada de lujuria.
—No… No te pareces en nada a santa Winifred —logró decir.
—Claro que no —repuso el espíritu con voz tranquila—. Sólo aquel cuyo nombre has escrito cinco veces en el suelo puede afirmar verdaderamente Yo soy el que soy. Pero nosotras… nosotras sólo somos lo que los demás desean que seamos. Si he adoptado esta apariencia ante ti, es porque, en el fondo, esto era lo que esperabas encontrar. Y no te culpo… Soy hermosísimo. ¿Acaso me he topado con un peregrino de la belleza?
—No lo sé… Esperaba que tú me lo dijeras.
—¿Yo? —el espíritu se llevó una mano al pecho, como la imagen distorsionada de una santa en oración—. ¿Qué puedo saber yo de ti, doussa res?
—Bueno, eres una experta en peregrinos… Dicen que los recibes cada día y que obras milagros para ellos.
—Ah, no lo sabes tú bien —respondió con ímpetu—. Mi fama recorre la isla de arriba abajo. Yo he curado a enfermos, he devuelto la vista a ciegos, he limado asperezas, he favorecido inclinaciones… ¿No has visto las ofrendas en la entrada de mi Casa? Siempre me dejan flores… lo cual es una verdadera lástima, porque a mí no me es dable olerlas, ni mucho menos degustarlas.
—Entonces debes haber agradecido el sabor de mi sangre —señaló Baco, tratando de componer una sonrisa lisonjera. El espíritu, al oír sus palabras, se relamió con gusto sus labios acuosos, cubiertos aún de delatoras gotas rojas—. Sorbe, sorbe, a mí no me importa… Tengo más, si quieres —alzó su mano ensangrentada—. Toda la que puedas beber.
—¡Qué insolente! —el espíritu soltó una carcajada—. Me gusta. Pero véndate esa mano, fanciullo mío. No quiero que atraigas la atención de otras entidades menos amables.
—No te preocupes. He tomado precauciones.
—Ya, claro —dijo el espíritu con sorna—. Si fueses una persona precavida, jamás habrías puesto un pie en esa Academia infame. Y sin embargo aquí estás... Buscando no sé qué, no sé dónde, no sé cómo. ¿Belleza, tal vez? Esa ha sido mi suposición.
—Bueno, hay un chico. Se llama Sergio.
—¡Belleza y amor! -silbó el espíritu, dando una vuelta sobre sí mismo con las manos alzadas—. Porque él es bello, ¿verdad? Tan bello que pierdes la concentración cuando te está hablando.
—Él no me habla. Está enfadado conmigo —Baco apartó la vista, recordando la forma en que Sergio, aquella mañana, había sacudido los hombros hacia atrás—. Más bien está cansado de mí. Creo que le gustaría que desapareciera.
—Y tú lo odias por ello. ¡Ah, mon bien-aimé! Sé lo que quieres que te responda: que, si te rehúye, ahora se lanzará a tus brazos; que, si no acepta tus obsequios, ahora se te ofrecerá con gusto; que, si esquiva tus besos, ahora abrirá los labios, jadeante. Créeme, he escuchado miles de veces estas palabras…
—Y yo también —repuso Baco con un deje de mal humor—. Estás citando el Himno a Afrodita de Safo. Y lo estás citando mal. En realidad, la estrofa sáfica…
—¡¡SILENCIO!! —el espíritu aumentó de tamaño de repente, cerniéndose sobre Baco entre una miríada de destellos rojos. Las aguas de la piscina se agitaron peligrosamente, y también su voz se sobredimensionó, como si toda la caverna estuviera reverberando con él. Al instante, Baco volvió a cerrar los labios, sintiendo una ominosa sacudida en las tripas que le recordó la fragilidad de su propia carne mortal. Aun así, no se movió del centro del círculo.
—Clemens, clemens… —murmuró.
—Yo no soy uno de tus compañeros de la Academia —le espetó el espíritu, recuperando su forma normal—. Ten eso siempre presente, doussa res. Yo ya hablaba griego antiguo antes de que tus abuelos nonagésimos aprendieran a caminar. Beuno me enseñó. Fue un excelente maestro de griego… y de muchas otras cosas.
—Discúlpame. He sido temerario.
—Más bien vanidoso. Hasta ahora, esta entrevista no ha sido más que una lamentable exhibición de vanidad y dialéctica vacía. No estamos en una clase de retórica. No soy tu oponente. Si quieres mi ayuda, deberás ser sincero ante mí y, sobre todo, ante ti mismo.
Baco guardó silencio durante unos segundos. Sus maestros de la Academia solían decirle lo mismo. En clase, Baco se mostraba despierto, diligente y comprometido con sus estudios, pero nunca caía en la indignidad de formular preguntas o de pedir ayuda, ni siquiera a los practicantes de cursos superiores. Por ello, cuando tenía alguna duda, Baco alzaba fieramente la mano y se enzarzaba en vehementes disputas con el maestro de turno, esperando que, en algún punto de la discusión, surgiera de forma espontánea el dato o la instrucción que él no había entendido. Aquella actitud podía ser fácilmente tildada de infantil (y seguramente lo era), pero a Sergio siempre le habían divertido mucho sus pugilismos dialécticos con los maestros. Así es como lo llamaba, a escondidas, cuando paseaban por los tenebrosos jardines de la Academia: mi boxeador. Siempre estaba llamándolo así. Mi boxeador, decía, alzándole la barbilla con una mano. Baco se quedaba inmóvil, mirándolo directamente a los ojos, con la vena yugular dolorosamente expuesta al frío aire del atardecer. Mi boxeador, repetía Sergio, hundiendo el rostro en su cuello, resiguiendo el curso de su vena con la punta de la lengua… Ah, su aliento cálido y húmedo, erizando la superficie de su piel. Mi boxeador…
Baco tragó saliva y bajó la vista hacia sus zapatos. El espíritu tenía razón. Había potenciado el ritual en virtud de su deseo y había moldeado a santa Winifred según sus propios delirios, como dictaba la veneranda doctrina de los practicantes. Llegados a este punto, negarse u ocultarse a sí mismo no era sólo un acto cobarde, sino también contraproducente. Y el conjuro no tardaría en disiparse, y las aguas no tardarían en seguir fluyendo…
Dexter ut sinister. Era ahora o nunca.
—Sergio y yo nos hicimos amigos en nuestro primer curso en la Academia —confesó con dificultad, todavía sin levantar la vista—. Yo no era nadie en ese momento. Un chico de pueblo. No tenía preceptores, ni cartas de recomendación, ni antepasados practicantes. Ni siquiera sabía escribir bien. Mi familia, de hecho… Bueno, es igual —Baco sacudió firmemente la cabeza—. A pesar de todo, Sergio me eligió. Me buscaba entre las cabezas del resto de alumnos. Me prestaba sus libros. Insistía en comer a mi lado. Y cada vez que me miraba, yo… yo…
—¿Sí?
—Yo me estremecía. Y él se daba cuenta —Baco recordó entonces los primeros roces entre las capas del uniforme, cuando marchaban en fila de a dos de camino a la capilla—. Nos pasábamos todo el día juntos. Nos escribíamos cartas. Explorábamos los bosques en busca de lugares propicios. Yo le hacía reír… Ya sabes.
—No, me temo que no lo sé.
—A él… a él le divertía mi impaciencia. Mi fogosidad. Había días en los que sentía que quería comérmelo. Era casi un impulso físico. Blanco sobre rojo, blanco sobre negro, blanco sobre blanco… Tenía la piel tan pálida, tan suave… Y él simplemente se dejaba… se dejaba hacer.
Baco se encogió sobre sí mismo, reprimiendo un gruñido que pareció surgir de lo más hondo de sus entrañas. Al alzar la vista, vio que el espíritu había cambiado de postura. Ahora estaba sentado en el borde de la piscina, mucho más cerca de él, con las piernas cruzadas y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. Mientras lo escuchaba, se acariciaba con un dedo la cicatriz del cuello. Los destellos rojos de sus ojos eran más evidentes que nunca.
—¿Qué…? ¿Qué haces? —inquirió Baco con voz débil.
—Sólo estoy escuchándote, ledo dos amores —el espíritu clavó en él su mirada acuosa—. Tendrás que ser más explícito, si quieres que te ayude.
—Está bien… —sin darse cuenta, Baco dio un par de pasos hacia la piscina. Sus gestos eran volubles, abandonados, como enfebrecidos. No podía apartar la vista de su cuello—. Nos amábamos a todas horas, en cualquier rincón de la Academia. A veces, incluso de pie. Yo lo levantaba cogiéndolo por los muslos, aplastándolo contra la pared, y él gemía y lloraba y se reía sin dejar de mirarme, y yo le ponía una mano en la boca para no oír más su risa, pero sus ojos seguían sonriéndome, turbios, enrojecidos, anonadados… como si estuviera observando a un dios. Él era mío. Era enteramente mío… hasta que dejó de serlo.
—¿Y eso por qué?
—Porque… ¡Ah, ah, ah! —Baco empezó a respirar aceleradamente, encogiéndose de nuevo, aferrándose el vientre con las dos manos—. Él miraba a otros. Los seguía con la mirada.
—¿Sólo eso?
—¡No, no! ¡Ah! —un crepitar oscuro, ponzoñoso, oleaginoso, un ardor rutilante que constreñía todos los músculos de su cuerpo… Baco se irguió a duras penas, tratando de sostenerle la mirada al espíritu—. Él empezó a ignorarme —gimió—. A expulsarme. Yo trataba de retenerlo a mi lado: prometía, suplicaba, gimoteaba, amenazaba. Pero nada daba resultado. No sabía qué más hacer… No sé qué más hacer. Lo miro y siento que me muero. La cabeza me arde. El corazón me arde. El ombligo me… ¡Ah!
Baco se resistió como pudo a una nueva cascada de imágenes que inundó su mente sin previo aviso, con la fuerza iracunda de un caudal de aguas terribles: el brillo oscuro de sus ojos a la luz del ocaso, la palidez de sus dedos asomando entre los pliegues de la capa, el tintineo suave de los lirios del valle, y esa noche de invierno, cuando ambos entrelazaron las manos sobre las llamas y él juró, y juró, y juró en todas las lenguas humanas y angélicas que era suyo, que, sin él, Sergio era como metal que resuena, o címbalo que tiñe, o profeta sin ciencia, o mago sin fe… Nada, nada, nada… Nihil sine Deo. Nihil sine te… Poco a poco, los bordes de su visión se desdibujaron alrededor de su cuello, de ese cuello pálido que el espíritu seguía acariciándose impunemente…
—Ah…
—Exacto —coincidió el espíritu con voz tranquila—. Mírame a mí, por ejemplo. Beuno quería una princesa a quien salvar; Caradoc, una víctima a quien seducir. Yo colmé los deseos de ambos… pero nadie puede servir a dos señores. Ya sabes cómo continúa: Aut enim unum odio habebit, et alterum diliget: aut unum sustinebit, et alterum contemnet. Yo creía que, al no entregarme completamente a nadie, me estaba protegiendo a mí mismo, pero, en realidad, sólo estaba dividiéndome. Casi podría decirse que fui yo quien empuñó la espada. Dominus quasi vir pugnator, Omnipotens nomen eius. Sois criaturas tan posesivas, Baco, tan primarias y animales… Dominus illuminatio mea, Dominus vobiscum, Dominus invictus… Dominus, Dominus, Dominus… Eso es lo único que queréis que salga de nuestros labios, ¿verdad? Pero yo lo olvidé… Y Sergio, aparentemente, también lo ha olvidado.
—Así es.
—¿Quieres que se lo recordemos?
—Sí.
—Entonces ya sabes qué hacer.
El espíritu extendió un brazo goteante hacia él. En medio del aturdimiento, Baco todavía recordó unas palabras que solía decir el maestro Llull: El Demonio conoce las Escrituras, y las utilizará para confundiros. Sin embargo, el ritual hacía tiempo que se había consumado: deseo, invocación, lengua, delirio, todo se había fundido en el quebrantable hálito del Ser. En el interior de su camisa, el tallo de lirio ya se había marchitado, de modo que Baco extendió un brazo, saliéndose del círculo…
—Veni, veni, dilectissime…
…y rozó con la punta de los dedos la cicatriz del espíritu, justo a la altura de la vena yugular.
Nadie más volvió a ver a Baco Abscóndito Paráclito (cuyo nombre de bautismo era en realidad Jamie Copperfield, de los Copperfield de Somerset). Los maestros de la Academia Albigra lamentaron la pérdida de un practicante tan prometedor, pero, al mismo tiempo, se sintieron aliviados por no tener que seguir pagándole su asignación. En los meses siguientes, utilizaron su ejemplo para ilustrar los peligros de la ambición desmedida, de esa hybris griega que es, bien mirado, el único pecado al que están sujetos los estudiosos de lo arcano. Por lo demás, nadie lamentó demasiado su ausencia. Baco no tenía muchos amigos.
Aun así, a partir de entonces, Sergio empezó a vestir prendas de cuello alto. No quería que se viera la fina línea blanca que le había salido alrededor del cuello.
Era como un collar.
Como una soga.
Como la marca de un hacha.
Por suerte, nadie llegó a darse cuenta.
Finis coronat opus.1
Muy gravosamente, me veo en la obligación de complementar este post con algunas notas bibliográficas. La conferencia del maestro Eckhart la he extraído de Entre science et nigromance. Astrologie, divination et magie dans l’Occident médiéval de Jean-Patrice Boudet. El conjuro anglosajón que el maestro pronuncia en clase procede, efectivamente, del Lacnunga (MS Harley 585, BL), una colección miscelánea de textos médicos, hechizos y oraciones compilada en Inglaterra a finales del siglo X. La historia de santa Winifred, por otro lado, se conserva en dos Vitae del siglo XII, una anónima y otra escrita por Robert Pennant, prior de Shrewsbury, hacia 1130. La Fuente de Santa Winifred sobrevivió a la Reforma Inglesa del siglo XVI y ha continuado funcionando como santuario de peregrinación hasta la actualidad. Finalmente, la fórmula de invocación empleada por Baco, que no he transcrito por motivos de espacio, es I Am All the Mysteries in Creation, de J. A. Seazer. No obstante, desaconsejo encarecidamente su empleo ritual si no se dispone de experiencia previa como practicante. En ese sentido, las numerosas investigaciones realizadas en los alrededores de Holywell para localizar la Academia Albigra han sido, hasta ahora, inconcluyentes.

Adso estaría orgulloso si sus historias se hubieran contado así, aunque habría que preguntar a Baco si le mereció la pena la suya. Gracias, Abel, por el universo armado y por el relato.
Sin barroquismo no somos nada.
Curioso que la Winifred no tuviese como atributo el lirio blanco de la pureza y castidad… ¡Algo haría!
No he podido evitar reírme con el prosaico nombre de Baco. Tú que conoces mi nombre, entenderás porqué no lo utilizo, dada su extrema vulgaridad (Tú que conoces mi nombre… una frase entre bíblica y novelita romántica de verano)
Está claro que hay dos tipos de tragedia: conseguir lo que desea tu corazón, y no conseguirlo. Nada es gratis.