Tantas y tantas cosas que decir
Sobre mi escritura
Desde hace más de diez años, guardo en mi ordenador un documento Word que lleva por título La carretera de Lille. En él, hay 423 páginas de historias inacabadas, especialmente historias de amor, aunque también abundan relatos fantásticos, fanfictions, escenas de corte realista y episodios ambientados en el siglo XIX, que siempre ha sido una de mis épocas predilectas para la fabulación historicista. El nombre del documento toma el título de la historia que lo encabeza, un cuento sobre dos escolares franceses que se pierden en el bosque que rodea su internado durante la Segunda Guerra Mundial. En realidad, el texto no es más que la novelización de una película vagamente homoerótica que vi cuando era adolescente. De todo el film, sólo recuerdo una escena en particular en la que los escolares son encontrados por una patrulla de soldados nazis que cruza la carretera en jeep. Cuando los suben al vehículo, dispuestos a llevarlos de vuelta al internado, les dan una gruesa manta del Ejército Alemán que tiene bordada una esvástica deslucida. Los dos protagonistas se acurrucan en el interior de la manta, pálidos, silenciosos y aterrorizados, porque uno de ellos es secretamente judío. Durante toda la escena, están tan cerca el uno del otro que sus sienes se rozan… cosa que, obviamente, despertó mi interés en escribir una escena sobre ellos.
Durante mucho tiempo, este tipo de equilibrios literarios fue mi única fuente de romanticismo. En ausencia de historias reales con las que pudiera sentirme identificado, no tenía más remedio que inventar descabelladas relaciones amorosas entre los personajes masculinos que veía en las series, las películas o las novelas juveniles de moda. Ese es el motivo por el que he escrito tantos fanfictions a lo largo de mi vida. Para los que no lo sepáis, el fanfiction consiste en escribir relatos en base a universos ficcionales ya existentes, normalmente asociados al mundo del audiovisual y de la literatura juvenil. Se trata de una práctica literaria muy denostada, pues se suele identificar con escrituras adolescentes, inexpertas, excesivamente vehementes y, sobre todo, femeninas. No obstante, el fanfiction ha existido durante toda la historia literaria de Occidente: ¿qué son los evangelios apócrifos sino fanfictions de la Biblia? ¿Qué es la Eneida sino un fanfiction de la Odisea? ¿Qué es La Morte d’Arthur sino un fanfiction de la Vulgata Artúrica? Y así sucesivamente. Mediante el fanfiction, un lector cualquiera puede explorar relaciones o episodios poco tratados en el material canónico, puede adaptar la historia a su sensibilidad o a sus intereses particulares, puede incluso imaginar desenlaces alternativos, personajes nuevos, escenarios apenas mencionados; puede, en suma, vivir la historia, fundirse con ese universo tan acogedor y al mismo tiempo tan dolorosamente imaginario. Porque, para un adolescente cuyo mundo se cierne ominosamente sobre él, las historias juveniles proporcionan un refugio íntimo, verdadero y tan vital como el aire que respira, un no-lugar desde el que experimentar la sensación (aún más imaginaria si cabe) de que alguien lo está acompañando. De entre todos los fics que he escrito, los más exitosos hasta la fecha han sido Draco Malfoy y la Bienaventuranza, Harry Potter y las preguntas acalladas, O te formas o te forman, Le diré que fue el viento, Las virtudes del color verde e It Takes A Fool To Remain Sane. Durante muchos años, estos fueron los únicos textos que me atreví a publicar en Internet, siempre bajo el pseudónimo de Calhan19.
Cuando una historia adquiere cierta extensión (o, más bien, cierto aire de proyecto), copio y pego el texto en un documento individual que guardo en la carpeta Historias, donde ahora mismo hay almacenados un total de 140 elementos. De todos ellos, los más importantes son mis tres proyectos fallidos de novela, que, con vuestro permiso, pasaré a describir con cierto detalle:
El Jardín Botánico (180 págs.)
Escribí este relato entre primero y segundo de Bachillerato, en una época de efervescencia vital conjugada con una omnipresente sensación de parálisis. La historia trata de un aristócrata adolescente que se enamora de un chico de clase baja durante sus repetidas visitas al jardín botánico de la ciudad. La trama romántica está ambientada en un mundo fantástico que combina el misterio medievalizante con cierta estética de entreguerras, pues, como telón de fondo, se narra el auge de un régimen fascista, el Movimiento de los Adláteres. Debo confesar que la historia está bochornosamente influenciada por la Trilogía del siglo XX de Ken Follett y por El nombre del viento de Patrick Rothfuss, que eran mis dos referentes literarios del momento. Además, el documento con el relato principal incluye varios apéndices repletos de materiales preliminares: árboles genealógicos, cronologías, apuntes de historia y creencias religiosas, sistemas mágicos y demás. En una carpeta de cartón guardo incluso bocetos de los personajes y mapas trazados a mano de la ciudad y del imperio en el que sucede la historia, un archipiélago de islas boscosas que bauticé con el nombre de Oceánea.
Revisando todos estos materiales, no puedo evitar sentir cierto orgullo hacia ese adolescente aquietado y temeroso que, sin embargo, tenía tantas y tantas cosas que decir. Eso fue precisamente lo que me dijo mi profesora de Literatura Castellana unos días antes de empezar la Selectividad: Sacar buenas notas está bien, pero tener cosas que decir... Tener verdaderamente cosas que decir... Eso sí que es valioso. Yo le sonreí temblorosamente desde el pupitre del fondo, intentando disimular lo agradecido que me sentía por sus palabras.
Status quo calico (122 págs.)
Esta es la historia de mi adolescencia. La trama transcurre en la Fundació Llor, mi antiguo instituto, durante los meses de noviembre y diciembre de 2011, es decir, durante el primer trimestre de tercero de la ESO. Todos nosotros aparecemos representados nítidamente, sin ninguna voluntad de disimulo u ocultación: mis padres, mis profesores, mis amigas, mis compañeros de clase, mis abusadores, mis vecinos. La única concesión que decidí permitirme fueron los nombres de los personajes, que están sutilmente modificados para respetar, desde un punto de vista meramente teórico, el derecho a la privacidad de mis allegados. Por lo demás, está todo aquí: los silencios reconcentrados, las burlas susurradas en la cola del comedor, el aplastante sentimiento de otredad, los alevosos dilemas morales acerca del alcohol o la masturbación, incluso esas volutas de vapor de agua que ascendieron lentamente hacia las luces del techo, en las remotas duchas del gimnasio. No quise dejarme nada, porque escribía enardecido por la cólera de los silenciados, por el furor de los muertos de sed, desde una herida todavía supurante que me impidió escapar de la autocompasión, del victimismo, de la tan denostada escritura confesional. Pero no me importó, porque, cada vez que terminaba un capítulo, yo alzaba la vista del teclado y sentía que los dedos me chispeaban; sentía, sí, que se estaba haciendo justicia.
El título de la novela, por cierto, es una referencia a una de las canciones de Barbie en La Princesa y la Costurera. En la película, la coprotagonista de Barbie (una muchacha pobre y de cabello castaño llamada Erika) tiene un gato que quiere ser un perro: ladra en vez de maullar, se revuelca en vez lamerse las patas, juega con huesos en vez de con pompones de lana, etcétera. Sin embargo, cuando ambos logran colarse en el palacio real, el gato siente una repentina vergüenza por su brusca y extraña personalidad, así que intenta imitar el comportamiento normal de los felinos. En cuanto se da cuenta de ello, Erika le dirige una tenue sonrisa, cargada de compasión y dulzura, y canta:
Si ladrar es lo tuyo, a ladrar con orgullo y a buscar otro gato como tú. Y si sientes que eres raro, ¡mírate!, es muy claro que es cuestión de que cambies de actitud.
Nunca presté especial atención a esta escena cuando era pequeño. En general, las tramas secundarias de las mascotas de Barbie me impacientaban enormemente, porque yo quería romance, magia, canciones y vestidos, no gatos ni perros preocupados por darle un mordisco a la tarta nupcial o por quedarse con el mejor sitio junto al fuego de la chimenea. No obstante, cuando revisité la película hace ya algunos años, he de confesar que esta canción me partió por la mitad. Al escuchar la letra con detenimiento, quizás por primera vez, los ojos se me llenaron de lágrimas y la piel de todo mi cuerpo se erizó repetidamente, como sacudida por oleadas de emoción, porque Erika me estaba cantando a mí. Llevaba todos aquellos años cantándome a mí, pero yo no fui capaz de entender su mensaje hasta aquel momento, cuando el daño ya estaba hecho… Enseguida fui a escuchar la versión original en inglés: You’re no status quo calico, so why keep trying to be? ‘Cause you’re more than that: you’re a doggish cat! I wish you could see the you I see… Y entonces supe cuál debía ser el título de mi adolescencia.
Sede vacante (85 págs.)
Este es mi último proyecto de larga extensión. El argumento gira en torno a un grupo de cuatro amigos en su último año de Primaria. Un día, uno de ellos se desmaya en medio de una clase de Matemáticas, lo que desencadena una serie de conflictos que van revelando, poco a poco, la enmarañada red de tensiones y dependencias que une a este inocente conciliábulo de niños frikis. La historia busca tergiversar un tópico clave de la cultura popular, el del grupo de amigos que tan frecuentemente vemos representado en las series de aventuras, donde siempre hay un Protagonista, un Mejor Amigo del Protagonista, una Chica, y puede que un Rarito-Empollón o un Alivio Cómico. Por supuesto, el eje de todos los conflictos es la incipiente conciencia del pecado, una miasma nociva que, poco a poco, enrarece el último año de inocencia de los cuatro protagonistas. Esta historia me permitió explorar desde una óptica menos personal la influencia del cristianismo en la niñez y el cultivo de un cierto pathos que no estuviera directamente vinculado con mis traumas. Aquí se encuentra, además, el personaje ficticio que más orgulloso estoy de haber creado: Juan Damasceno, un jovencísimo seminarista de ojos glaciales y piel cerúlea que ayuda a los protagonistas a colarse en diferentes colegios privados hacia la mitad de la novela.
Y luego está mi diario. Actualmente, lo tengo dividido en dos documentos diferentes. El primero se titula Larvatus prodeo – Douleur exquise (196 págs.) y consta, a su vez, de dos secciones. La primera toma el título de una máxima latina atribuida a Descartes, Larvatus prodeo, que significa algo así como ‘Procediendo con disimulo’. Se trata de una autobiografía que escribí en septiembre de 2015, pocas semanas antes de empezar la universidad. El ejercicio de introspección me permitió tomar conciencia de los obstáculos que había superado y de las profundas limitaciones que todavía arrastraba conmigo, pues, aunque me hallaba en el umbral de la vida adulta, yo percibía con mucha claridad que todavía no había abandonado el instituto, al menos espiritualmente. Prueba de ello es la siguiente sección del diario, Douleur exquise, en la que, casi sin quererlo, fui relatando semana tras semana mi historia de desamor con Javier. Cada día había motivos nuevos para escribir: un comentario elusivo a la hora de la comida, un abrazo repentino, una conversación por WhatsApp a la una de la madrugada, un roce titilante, una mirada lejana… Muchos años más tarde, estos fragmentos inconexos se convirtieron en Catálogo de enfermedades, mi primera y única novela publicada.
Tras superar la decepción amorosa, continué usando el mismo documento como diario personal. Las diferentes entradas mantienen un estilo bastante uniforme, inmediato e intensísimo, donde los pensamientos catastrofistas se combinan con los reproches, los arrepentimientos, las envidias y las breves pero vivificantes punzadas de autoodio que caracterizaban entonces mi rutina mental. Ahí va, como ejemplo, la entrada correspondiente al 11 de diciembre de 2022: Qué pesadez tan grande… Qué poca profundidad, qué poco espíritu, qué poca capacidad de improvisación, de creatividad, de mera reacción. Es desesperante. Y con los chicos todo sigue igual de mal. Es un despropósito estrepitoso, abochornante, aborrecible y vergonzoso. Exeunt 23:10.
No obstante, durante los años posteriores a la pandemia, empecé a notar una dificultad creciente a la hora de escribir. No era sólo que mis historias nunca tuvieran final o que mis frases me sonaran forzadas, vacías o convencionales, era que, de forma progresiva pero dolorosamente patente, estaba escribiendo cada vez menos. Durante mi adolescencia, cada imagen que brotaba en mi pensamiento iba acompañada de una colorida explosión de creatividad: diálogos, gestos, paisajes, nombres y océanos enteros de una hondura tan soterraña que a veces debía detenerme para cobrar el aliento, maravillado ante la vastedad de mi propio mundo interior. No obstante, en los últimos tiempos, ya nada o casi nada me apelaba de ese modo, ya nada conseguía hacerme sentir verdaderamente entusiasmado, término que empleo en el sentido original de enthousiasmos, que en griego antiguo significa ‘habitado por un dios’. Efectivamente, mi escritura había dejado de ser creativa y se había vuelto un árido ejercicio de documentación, un pobre registro de mis pesares alimentado por el mismo resentimiento, por la misma tristeza de siempre, por el mismo hartazgo. Y aunque seguía escribiendo algún que otro fanfiction, no podía evitar pensar que, tal vez, me estaba quedando sin cosas que decir.
Por ese motivo, decidí reflexionar más agudamente sobre mi relación con la escritura, algo que nunca antes me había planteado con seriedad. En ese sentido, he de confesar que las nociones de teoría literaria que recibí en la universidad me ayudaron muy poco a entender mi proceso creativo. Desde la Poética de Aristóteles hasta El arco y la lira de Octavio Paz, todas aquellas obras parecían aludir a una actividad sumamente meritoria, abstracta e intelectual. ¿Desautomatización del lenguaje? ¿Extrañamiento de la palabra? ¿Mímesis? ¿Écfrasis? ¿Poiesis? Eran conceptos demasiado elevados como para describir un proceso que, francamente, nunca había tenido la facultad de controlar. Y es que yo escribía al dictado de la inspiración. Dicho en otras palabras: escribía lo que necesitaba escribir. Y ya está. No había más discurso ni más preceptiva literaria que esa. Como mucho, podría aducir lo que afirma Cicerón en el De amicitia: Præclara res est et sumus otiosi, es decir, ‘el tema es interesante y no tenemos nada mejor que hacer’.
En fin, el año 2023 trajo consigo un diario nuevo que titulé Las cosas que no vienen (42 págs.). En él, me propuse escribir un poco cada día, aunque fuera una sola frase, un sujeto y un predicado, un discurso con sentido. Sin embargo, para 2024, ya casi había cesado en mi empeño. Toda mi obra se redujo a unos cuantos fragmentos de diario y a un par de fanfictions que ya había empezado en años anteriores.
Pero eso cambió cuando entré en Substack.
Debo agradecerle a mi buen amigo Xavier Sirés la idea de publicar en esta singular red social. Cuando vi que promocionaba por Instagram su newsletter Caminos de belleza (que recomiendo encarecidamente a cualquier amante de la elegancia y el savoir faire literario), hube de pensar que, tal vez, mis propios textos también podían tener cabida. En ese momento, yo todavía vivía en Roma, de modo que el sentimiento de soledad me empujó a escribir otra vez. Por ende, los primeros textos que publiqué están repletos de erotismo marmóreo, lecturas bíblicas, desamores y recuerdos dolorosos. Poco a poco, conforme iba recuperando el hábito de la escritura, el listado de temas fue ampliándose agradablemente, empezando por mi familia, sobre la que nunca había sentido una necesidad particular de escribir. Más tarde, la newsletter adquirió de forma cada vez más clara la función de diario personal. No era, empero, el estilo reconcentrado, pesaroso y monótono que había dominado mis anteriores diarios. Al contrario, ahora escribía guiado por una pulsión diferente que me hacía buscar analogías y trazar caminos nuevos a través de recuerdos, sensaciones, imágenes, canciones e incluso versos. No sé muy bien cómo explicarlo, pero el hábito de escribir me permitió afinar la mirada. Entrenarla. Hacerla más sensible a todo lo que me rodeaba. A lo largo de los días, sin darme cuenta, mis sentidos iban registrando trazos de conversaciones, ángulos singulares, escenas fugaces, emociones y visiones del pasado o del futuro, trabándolas poco a poco en un hilo conductor que, de repente, conformaba el texto en mi cabeza. Por supuesto, en momentos de ansiedad o sufrimiento, mis palabras adquirían la inmediatez y la transparencia de la escritura privada, el puro y simple desahogo, pero esa fuente emocional de base siempre se combinaba con otros estímulos, más variados y poliédricos. Nunca he llegado a salirme de mi propia experiencia (incluso en los relatos de ficción, que son pobres reflejos de mis inquietudes románticas), pero, de algún modo, la perspectiva se ha ampliado: el paisaje, la estructura, el tejido compositivo, incluso mi catálogo de metáforas ha cambiado. Quiero decir que ya no sólo hablo de mis desengaños amorosos, o de mi sentimiento de soledad, o de las relaciones con mi familia. Ahora, simplemente, escribo sobre más cosas. ¿De un modo más libre, quizás? ¿Más valiente? No estoy seguro.
En cualquier caso, durante este tiempo he podido darme cuenta de varias cosas acerca de mi escritura. La primera es sobre la inspiración, que me gustaría definir no como algo vivo, sino como la vida misma. Eso es una verdad incontestable: escribo mejor cuando salgo más de casa. El contacto con el mundo me hace más receptivo, más imaginativo, más dispuesto a compartir. La redacción de la tesis genera el movimiento contrario, porque la erudición académica es centrípeta, angostamente autorreferencial. La escritura creativa, en cambio, debe partir necesariamente de fuera, de las idas y venidas, de la lectura por placer, de las conversaciones, de los descubrimientos, de los deslizamientos. Desde luego, los momentos de introspección y de soledad son necesarios para conectar con uno mismo, con la memoria del pasado, con el silencio que es la base de todo acto espiritual, pero la materia prima es siempre el mundo exterior. Al menos para mí.
En cuanto al estilo, me he dado cuenta de que, progresivamente, he ido abandonando el uso normativo de los guiones para substituirlos por la cursiva, que empleo bien como signo gráfico o bien como marca enfática. No puedo evitarlo: he descubierto que me encanta la cursiva. ¡Es tan elegante! ¡E imprime un matiz tan indescriptible a la voz lectora! Por otro lado, he de reconocer que abuso en demasía de los conectores: sin embargo, no obstante, empero, además, por supuesto, naturalmente… Siento que no termino nunca de sacármelos de la boca, pero tampoco conozco otra manera de estructurar el discurso. En una nota más positiva, también he descubierto lo mucho que me inspira la luz del sol, la luz que se filtra a través de las rendijas de la persiana, o la que gotea por las fachadas de los edificios, o la que acaricia la piel desnuda de un cuerpo amado… Cuántas cosas podemos aprender los escritores de la luz, de sus humores cambiantes, de sus inapreciables matices y actitudes, de la forma en que proyecta misterio, dureza o placidez sobre las cosas que ilumina.
Aun así, lo más importante que he aprendido este último año es lo mucho que me gusta ser leído. El texto dirigido a uno mismo puede ser un refugio, pero también una prisión, un angustiante juego de espejos, un último intento de comunicación cuando ya no hay comunicación posible. A veces, verte reflejado en la página no libera el sufrimiento, sino que lo magnifica, lo enquista, lo inmoviliza. Creo que sé de lo que hablo, porque, aunque antes haya afirmado que la inspiración me viene de fuera, he de reconocer que también he escrito muchísimas veces habitando la herida interior. De hecho, mis posts más cotidianos, los más misceláneos y distraídos, fueron escritos a la luz de una ausencia interna, la ausencia de X., que era la pulsión primigenia que me impulsaba a crear, que me impulsaba a comunicar. En otras ocasiones, la herida era menos definida, pero no por ello menos dolorosa: otredad, solipsismo, desesperanza, esa sensación de ir constantemente a la deriva, de estar perdiéndose, de estar hundiéndose en el océano informe de los deseos y las pérdidas. Yo ya había escrito muchas veces sobre todos estos tormentos, pero sin abandonar el cobijo que brindan las páginas privadas. Eso no significa que nunca antes hubiese compartido mis textos. Además de publicar la novela, también enseñé algunos de mis relatos a mi madre y a mis amigas, especialmente a C. (que, además de aguantar audios diarios sobre los más variopintos temas, también ejerció como lectora beta de mis primeros posts). Sin embargo, estos ocasionales contactos entre mi escritura y el espíritu de los demás, aunque consoladores, no lograban romper la barrera, no lograban influenciar en la mirada que yo proyectaba sobre mí mismo. Pero eso ha cambiado en este último año. Gracias a Substack, he tenido la oportunidad de conectar con muchísimos lectores, dentro y fuera de la app, que, semana tras semana, me demostraban que yo seguía teniendo cosas que decir, que esto de la vida no se me da tan mal después de todo, que merezco compasión, cuidado, amor. Que, de alguna manera, a pesar de la distancia física, seguimos estando juntos.
No sé si el conjunto de mi obra tiene algún sentido. Tampoco sé si mi vida hasta este momento puede ofrecer alguna pista sobre lo que soy o sobre lo que somos. Lo que sí sé es que me siento agradecido. Mucho. La gratitud es una de las virtudes que más me ha costado cultivar a lo largo de los años, por ello, aunque ya lo haya manifestado en anteriores textos, siento que nunca está de más recalcarlo: gracias, gracias, gracias. De todo corazón.
Gracias por ayudarme a entender que no estoy solo.
Y ahora, para acabar, un breve recap, aprovechando que esta newsletter cumple su primer año de vida:
-En Roma: Las cosas que no vienen, La fría sensualidad del mármol (I), La fría sensualidad del mármol (II), Tuum est, Mi último día en Roma.
-Recuerdos de infancia y adolescencia: Escena de adolescencia (I), Escena de adolescencia (II), Pau, El borde dorado del vestido de novia.
-Relatos de ficción: Sangre bajo las aguas, Carta de un demonio a su sobrino, Sueños azules, ¿Cuándo llegará mi primavera?, Something wicked…, …this way comes, Las últimas palabras, Alégremonos pues.
-Sobre mi familia: Guárdame un pescaíto, Sota l’ombra de les xicrandes, Lluvia de verano, Los buenos hombres, Una puerta siempre abierta, Las genealogías.
-Sobre mi emancipación: El nido, Ay mis campos espaciosos, Neurotismo, Altos son los montes, El último año de la veintena, Cuánto habrá que ocultar, Dentro en el vergel, Visió en blau.
-Miscelánea: Fuera. Lejos. Solo, El batec, Diez cosas que guardo en mi habitación, Las gratitudes, El roce y el silencio, Vueltas y vueltas, Maco, Los ojos y las luces, El problema de los dos cuerpos, Aún no está la palabra en mi lengua, Y el insomnio fue.
-Para X.: Vámonos de aquí, Esa música callada, El rencor, Abel, Abelillo, Abelín, Tú no puedes estar aquí, Qué pronto viene…, Creía saber tanto de amor…, Puede que haya otras montañas, Quizás sí que es mejor que te vayas.
En serio, chicos, gracias 🫶🏻

Gracias a ti por hacerme sentir menos sola. Me alegra mucho coincidir contigo en este espacio y resonar con tus palabras. Te mando un abrazo gigante. ❤️❤️❤️
Abel!!!!!!!!!!!!!!! Qué prolíficof!!! me hace feliz leer este post porque veo que tarde o temprano empezarán a aparecer tus novelas a veintenas, qué maravilla, me ha encantado leerte y profundizar en los retazos de la vida de una persona a la que admiro,, gracias por compartir, ganas de seguir leyendo tus aventuras amigo!!!