Sueños azules
¿Quién, siendo amado, es pobre?
[Nota del editor: ayer por la tarde, mientras curioseaba por la sección de manuscritos de la Biblioteca de Catalunya, descubrí un viejo libro de caballerías con cubiertas de pergamino y letra gótica medieval. Mi directora de tesis ha examinado el códice y ha concluido que fue copiado a mediados del siglo XII en algún eremitorio del Mediterráneo Oriental, quizás en el imperio bizantino. He transcrito el texto según el uso contemporáneo, regularizando la grafía y la gramática de acuerdo a los criterios editoriales convenidos por mi universidad. No obstante, he renunciado a violentar la obra con notas a pie de página, aclaraciones lingüísticas o información contextual que, muchas veces, responde más a la ostentación del editor que a las necesidades del propio texto. Callemos ya, pues, y dejemos que la historia se explique por sí misma.]
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INCIPIT Liber Equitatus quod “Somni Caeruli” apellatur est
PAX IN NOMINE DOMINI
Harto de vivir sujeto a la voluntad ajena, Astianacte, el príncipe argénteo, abandonó el castillo una noche de luna gibosa, poco antes de despuntar la Aurora. A la sazón tenía entonces veinticuatro años.
Vivió Astianacte en un tiempo extraño y luminoso, en una tierra remota más allá de los horizontes del Mediodía, unos años o quizás unos siglos después de la Pasión y Redención de Nuestro Señor. Lo contrario hubiese sido poco apropiado para nuestro ministerio.
Sucedió, pues, que Astianacte se coló en las caballerizas de su padre, aún oscuras y sosegadas. Tomó un fardo y también algunas provisiones, pero no se acercó a las monturas reales. Como todos los caballeros, Astianacte había ansiado la gloria de niño: en las tardes ociosas de su infancia, el príncipe había conjurado muchas veces la imagen de la gloria, y había visto a un jinete de oro que cabalgaba por el borde del horizonte, contra el sol naciente, allí a lo lejos. La escena siempre le arrebataba el aliento, pero tales ensoñaciones encerraban una gran contradicción: Astianacte siempre imaginaba a otros caballeros en el fragor de la batalla, nunca a sí mismo. Eso ya había sido un primer indicio.
En cualquier caso, el príncipe rechazó llevarse un caballo. Los nobles animales, empero, lo observaban desde las cuadras con sus ojos mudos y perlados, como cristales sin vida. En realidad, nunca le habían gustado demasiado.
Luego entró en la biblioteca de su madre, mujer versada en gramática que había venido de un lejano país del Oeste. Sus trabajos e industrias eran conocidos por todos los pueblos que habitaban bajo el Urano anchuroso, y eran muchos los sabios que acudían a los pies del trono a escuchar las enseñanzas de la reina. De todos los manuscritos allí custodiados, Astianacte tomó la Sagrada Escritura, la Consolación de Boecio y un libro de genealogías que rastreaba su linaje hasta la última de las Hespérides.
Por último, Astianacte pasó entre los guardianes dormidos y subió a la alta cámara regia, donde dormía reposadamente su compañero de armas, Dionisio, el caballero de equívoco nombre. En realidad, su tocayo no era el dios oscuro de los tiempos, como suponía todo el castillo, sino el Areopagita, ilustre juez de Atenas famoso por sus visiones de ángeles y otras criaturas celestes. Astianacte detuvo así la mirada en las formas aéreas del cuerpo de Dionisio, que de Amor preso se habían gravado en su corazón y como tal corrían por sus venas, mezcladas con su sangre. Separarse de él fue como practicarse una hendidura en el pecho, una ablación desesperada, lenta y antinatural, un grito silencioso que violentamente partió su alma en dos.
De tal guisa, todavía agitado y lloroso, Astianacte se acercó al tocador, en cuya repisa había acumulados algunos guantes de seda, una fíbula de hierro, el sello del linaje y muchos trozos de pergamino que habían formado, in illo tempore, el dibujo de un lirio de agua. Luego contempló la superficie nacarada del espejo de bronce, que le devolvió una imagen gratamente difusa, casi una silueta, como si el príncipe fuera en realidad una figura de papel delineada por la luz del fuego. Hechizado ante esa visión, Astianacte se pasó los dedos por su cabellera negra. Tal vez ni siquiera tenía que irse. Pero enseguida descubrió que aquello no era suficiente y nunca lo sería, así que, tras una última mirada de pesar, el príncipe abandonó la habitación.
El castillo de su padre estaba erigido sobre un risco, dominando así el estrecho valle de la Linda Oscura. Astianacte bajó por las pronunciadas pendientes que conducían a los campos y atravesó las chozas y los huertos de los siervos, que también dormían, agotados. Luego dejó atrás el molino y el puente, y así llegó a las dulces riberas del Escamandro, cuyas aguas fluían etéreas en el silencio de la noche. Pero Astianacte todavía sentía las luces del castillo a su espalda, frías y fijas como estrellas despiadadas, así que decidió seguir el río hacia el Sur, y sólo paró cuando se supo totalmente alejado del escrutinio de la sociedad de los hombres.
El lugar que había elegido era una estrecha franja de arena que se extendía unos metros junto al río. Cansado de caminar, Astianacte dejó sus alforjas en el suelo y decidió darse un baño. Hacia el Este, el resplandor del alba ya había empezado a perfilar la silueta de los montes, formando así una queda concordia de sombras rosadas, casi invisibles, que se reflejaban difusamente sobre la superficie del Escamandro. El amanecer aún tardaría en llegar.
Astianacte se despojó de todos sus ropajes, quedándose completamente desnudo, y sin más preámbulos se sumergió en las aguas. Fruto del entrenamiento con las armas, su cuerpo sano y vigoroso resistió con facilidad el embiste de la corriente, pero el príncipe no estaba complacido. Su pecho parecía cortar las aguas en dos, como uno de los robustos pilares de piedra que sostenían el puente fortificado de la Linda Oscura, río arriba, frente al castillo de su padre. De forma instintiva, su cuerpo también se anclaba en el suelo, negándose a sucumbir al flujo amable de la naturaleza.
Todo él, de hecho, había sido forjado de esa manera: las luchas en el patio, las cacerías, los comentarios impostados y las bravuconadas con sus compañeros, todo había sido siempre forzado, impuro, cada vez más dificultoso, casi asfixiante. Ni siquiera las conversaciones con su madre conseguían disipar del todo esa sensación de que su cuerpo revestido de dureza era como una prisión; todo músculos trabajados y mentones prominentes y líneas firmes y sudor y rectitud. Había algo deforme en todo aquello, algo perverso. Astianacte deseó poder soltarse y abandonarse a la corriente del Escamandro, pero su voluntad de hombre se lo impedía.
Hubo un momento, tal vez al despuntar de la primavera, en el que el príncipe creyó que Dionisio podría salvarlo. El caballero de equívoco nombre procedía de un linaje bastardo emparentado muy lejanamente con la familia política de la princesa Lisauta, una de las hermanas mayores de la reina. Después de una serie de calamidades familiares que nadie se molestó en especificar, Dionisio fue acogido en el castillo para entrenarse en la virtud caballeresca y hacer compañía al solitario príncipe. Aquella Navidad, tras la misa solemne, ambos fueron declarados compañeros de armas, de modo que, a partir de ese momento, Astianacte y Dionisio compartirían el día y la noche, la guerra y la paz, la corona y el destierro. Así debía ser hasta que, Dios mediante, el príncipe adolescente contrajera matrimonio.
Pero la esperanza anidó enseguida en el corazón de Astianacte. No hubo tiempo para la reflexión, la culpa o la prudencia, ni siquiera para el autoconocimiento, que era, como enseñaba su madre, la única obligación moral del filósofo. Dionisio, en cualquier caso, era extraño y sensible, le gustaba hablar con los animales y siempre cerraba los ojos cuando, desde el patio de entrenamiento, oía a los músicos de la corte ensayar en la capilla, que era el lugar con mejor acústica de todo el castillo. Astianacte no comprendió el significado de esa palabra hasta que, un día de verano, Dionisio le propuso que fueran a explorar las cuevas de cuarzo que había al otro lado del río. Al acceder a la cueva más grande, Dionisio cantó unas notas agudas que resonaron majestuosamente por todo el espacio, como si ambos, en realidad, estuvieran bajo una de las cúpulas doradas que describían los viajeros de Constantinopla. Luego, más tarde, Dionisio le confesó que él mismo había inventado esa melodía, y que la había titulado Sueños azules.
A partir de ese momento, las cuevas de cuarzo se convirtieron en su lugar predilecto para las confidencias. Allí, Dionisio conjuraba para el príncipe recuerdos de su lejanísima infancia en el Oeste, como la campana broncínea de la torre mayor, que él a veces tañía para anunciar el alba, o los ecos de piedra que escuchaba entre las ruinas de los templos paganos, o acaso el brillo del mar, su olor y su fuerza, que todavía reposaba en lo más profundo de sus ojos oscuros. Luego, en voz más baja, Dionisio hablaba de la pobreza de su tierra, de los duros peñascos que ensombrecían el horizonte, del hambre y de la vaga angustia que sentía cuando el sol se ocultaba en el mar. Astianacte, tras acariciarle la espalda con una mano y sentir allí el peso inefable del duelo, le solía responder con las palabras de un poeta hiperbóreo que, en su bárbara lengua sajona, había escrito: Who, being loved, is poor? Astianacte se lo había oído decir a un mercenario escoto que su padre contrató una vez para guardar la barbacana norte. Desde entonces, la rasposa musicalidad de aquel verso no lo había abandonado.
Who, being loved, is poor?
¿Quién, siendo amado, es pobre?
Astianacte soltó un hondo suspiro. Lleno de tristeza, se sumergió unos segundos bajo las aguas oscuras y cerró los ojos. La pobreza, al fin y al cabo, puede manifestarse de muchas maneras diferentes. Él la sintió por primera vez una gélida mañana de invierno, mientras Dionisio y él montaban guardia en el camino de ronda. El aire era tan limpio que hacía daño en los ojos y tan cortante que rasgaba suavemente los pulmones y el estómago. Astianacte se preguntó en voz alta por qué los lirios de agua eran el símbolo heráldico de su linaje si esa planta sólo sobrevivía en regiones cálidas. Dionisio, entonces, rompió a reír, se levantó la visera del casco y se lo quedó mirando mientras negaba con la cabeza. ¿Qué?, dijo el príncipe. Nada, contestó su compañero sin dejar de sonreír. Es que sois muy gracioso. Y así Astianacte se llevó una mano al corazón, como si el caballero de equívoco nombre le hubiera lanzado un dardo en el pecho. Ciertamente, Amor oprimió su cuerpo con una cascada de blanduras, de forma que, con el paso de los días, aquel dulce decaimiento lo volvió frágil y quebradizo, desvalido y aniñado, tan pobre como los lirios del campo, tan pequeño como las aves del cielo. Abrigado únicamente con su misericordia.
Los poetas loaban a Amor en esos términos. Decían que Amor te hacía humilde, paciente, leal y expuesto a toda clase de heridas del alma. Según la doctrina que enseñaban los trovadores, el dulce semblante de la dama se imprimía en la visión del enamorado, de modo que toda la naturaleza se volvía testimonio de su belleza, todas las rosas compartían sus loores, todos los vientos soplaban sus perfumes. El mundo entero cantaba a Amor. Y Amor, a cambio, obsequiaba al mundo con sus dones.
Aquel invierno, incluso la nieve misma resplandeció con el rubor de Dionisio. El príncipe empezó a interesarse por todo lo que tenía que ver con el Oeste: interrogó a su madre sobre los reinos y las gentes que allí vivían, investigó sus extrañas costumbres paganas, aprendió sus lenguas y comprendió, a su pesar, que la reverberante melodía de Sueños azules permanecería siempre fuera de su alcance, pues Astianacte, después de todo, nunca había visto el mar. Por ello, una noche, el príncipe contrató a una compañía de juglares sefardíes para que amenizara el banquete con chanzas y aires marítimos. Los actuantes, sin embargo, representaron un drama lírico incomprensible, lleno de asperezas y envidias y desvaríos de la carne, que escandalizó a las damas de la corte y provocó que Dionisio se echara a llorar al final del primer acto. Más tarde, en la intimidad de la cámara regia, el príncipe le preguntó qué le había pasado, pero su compañero de armas solo pudo responder con las palabras sin aliento de María Josefa, uno de los personajes de la obra: ¡Ah, quiero irme de aquí! ¡Bernarda! ¡A casarme a la orilla del mar, a la orilla del mar…!
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[En este punto, el manuscrito presenta una laguna de unos cinco o seis folios que debieron ser arrancados en algún momento posterior a su confección. Según mi directora de tesis, la mutilación pudo haber tenido lugar en época muy tardía, ya en el siglo XVI, cuando la Inquisición perfeccionó sus mecanismos de censura. El último fragmento de la historia, en todo caso, parece haber sido copiado por una mano diferente, con una caligrafía más irregular y un estilo errático y desalentado, mucho menos influenciado por las convenciones del género caballeresco.]
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…ya venía. El príncipe empezó a aferrarse a las muestras más simples de afecto, a los roces más involuntarios, a las omisiones más inocentes, a las señales más equívocas y tornadizas, y a veces a nada de nada, tal vez al silencio que se colaba entre sus palabras, o a sus dudas, o a sus miradas, o simplemente a sus propios delirios infundados, tan incontrolables, tan ensordecedores, Dios mío, que casi los podía oír dentro de sí mismo, como truenos en el corazón. Llegados a ese punto, las ensoñaciones lo atormentaban a cualquier hora del día o de la noche, de manera que todo, absolutamente todo, se prestaba a imaginar conversaciones y escenarios imposibles, y huidas y requiebros, y gestos y abrazos y besos y gritos sofocados contra la almohada. Lejos habían quedado ya esas excursiones a las cuevas del bosque, o esas risas por lo bajo mientras escuchaban el oficio de vísperas, o esas dulces confesiones, o esos pálidos reflejos en el espejo de la cámara regia, o ese mediodía de agosto en el que ambos fueron a bañarse a la Linda Oscura y allí, bajo la cascada numinosa, Dionisio le dijo que quería volver al Oeste, que no quería recibir la orden de caballería ni servir a su padre, que Astianacte debía llevarlo de vuelta a casa. Luego se quedó mirándolo en silencio mientras las gotas de agua caían lentamente por sus párpados y sus mejillas. Y entonces el príncipe… el príncipe…
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Sus recuerdos parecían leyes inscritas en piedra, tan imperecederas como el Libro del Levítico, tan injustas como los foedi que su padre imponía a los pueblos sometidos. Astianacte no podía escapar de su memoria, ni vadearla, ni ensombrecerla, ni mucho menos hacerla desaparecer. No le quedaba ninguna alternativa, pero sus pensamientos, incesantes e insuficientes, seguían deteniéndose en los mismos interrogantes, en los mismos reproches infundados, en las mismas eufonías sin final. Porque, ¿cómo no iba a devolverle su Amor si el mundo entero parecía empujarlo hacia él, si eran iguales, si eran eternos, si el mismo Dios había bajado del cielo y lo había señalado y le había dicho, ¡Aquí, príncipe! ¡Aquí! ¡Dentro de estos ojos! ¡Debajo de esta piel! ¡Aquí es donde me escondo!?
¡Ah, príncipe!
Pero Astianacte estaba ya en lo más hondo del río Escamandro. Sus ojos abiertos no podían ver nada a través del agua oscura. Se sentía rodeado de formas tenebrosas, susurros de serpientes, lengüetazos sutiles de ignotas criaturas acuáticas. Aun así, su cuerpo seguía resistiendo con firmeza el influjo de la corriente, como una lanza clavada en la roca, como esa espada vieja que, según la leyenda, el último rey bretón había tirado a las aguas tras haber sido derrotado por su sobrino.
No se estaba mal allí abajo. Al menos, ya nada podía recordarle a Dionisio. Y Astianacte, en el fondo, nunca había querido ser caballero, y mucho menos suceder a su padre en el trono. El príncipe empezó a cerrar los párpados… pero algo hizo que los abriera de nuevo. Un tímido destello había llamado su atención, acaso una mota de polvo que flotaba en las aguas, ante sus ojos de color indeterminado. Poco a poco, aquellos destellos se multiplicaron, y una discreta luminosidad empezó a adentrarse en las profundidades del río, revelando oquedades, grutas de roca, pececillos y plantas acuáticas, que se mecían al ritmo de la corriente tal y como lo hacían sus hermanas de la superficie al ritmo de la brisa primaveral. El príncipe, entonces, levantó la cabeza y vio que ya rayaba el alba. Bajo el agua, el cielo del amanecer adquiría un carácter inestable, dúctil y tembloroso, como el brillo del sol sobre una armadura recién pulida. Atraído por el resplandor, Astianacte nadó hacia el exterior, rompió con la cabeza la superficie de las aguas y siguió nadando en dirección a la orilla. Cuando el príncipe llegó a la zona que no cubría, posó los pies en el lecho del río y se quedó de pie, cubierto de agua hasta la cintura, sin apartar la mirada del cielo del Este. Aún sintió una vez más la llamada de las profundidades, pero no hubo tiempo para segundos pensamientos, porque enseguida irrumpió la Aurora desde su espléndido trono, iluminando las aguas del Escamandro y bañando de oro la piel brillante de Astianacte. Así, convertido ya en príncipe áureo, Astianacte se rindió al suave animal de su cuerpo y, ahora sí, se dejó llevar por la corriente del agua, como un río que teme al mar pero que siempre, siempre, siempre, termina sus días muriendo en él.
Qué era entonces, sólo él lo sabía. Pero, al mismo tiempo que la luz del alba llegaba al castillo, y la reina advertía los tres huecos en su estantería, Dionisio despertó de golpe, con el corazón estremecido y la letra de Sueños azules todavía en sus labios.
EXPLICIT scriptio Liber Equitatus in rusticam Hispaniam linguam in die Solemnitatis Assumptionis Beatae Mariae Virginis videlicet in die .XV. mensis Augusti anno Domini .MMXXV.
Apud parrochiam Sanctae Mariae de Corniliano
Sig+num Abeli Vasques discreti scholastici
Universitas Barchinonensis
LAUS DEO
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Este texto me ha hecho desempolvar hasta el poquísimo latín que aprendí en una extraescolar que debí cursar en primero o segundo de carrera... Solo te puedo decir que me ha fascinado de principio a fin ✨
El trabajo que hay detrás de esta transcripción es inmenso, Abel. ¡Enhorabuena!