Quizás sí que es mejor que te vayas
Sobre las despedidas
Son las ocho de la mañana de un espeso miércoles de invierno. El bamboleo del tren me adormece y me tensiona a partes iguales, como una caricia indeseada, pero yo no hago nada por resistirme a su tenue influjo, simplemente me dejo sacudir. Delante de mí, sentadas una junto a la otra, hay dos niñas vestidas con uniformes escolares, seguramente primas o hermanas, a juzgar por la idéntica forma de los mentones y de los ojos. La mayor debe tener unos doce años; la pequeña, tal vez nueve o diez. No obstante, enseguida reparo en que ninguna de las dos hace el menor gesto de reconocimiento hacia la otra: ni una palabra, ni un roce cómplice, ni una simple sacudida con la cabeza. Como suspendidas en el tiempo, las dos miran al frente con expresión abstraída, no exactamente a mí, sino a algo situado a mis espaldas, algo totalmente fuera del alcance de cualquiera, incluso de ellas mismas. Las dos tienen las blancas manos pulcramente entrelazadas en el regazo, inanes e inexpresivas, como pequeñas campanitas mudas. Por algún motivo, la imagen me produce una punzante sensación de tristeza en el pecho.
El tren llega a la siguiente parada, y, entonces, una de las niñas se levanta y se apea del vagón. El movimiento es intranscendente y cotidiano, fluido, de una levísima tonalidad azul. La otra niña, por descontado, no hace el más mínimo esfuerzo por despedirse de ella, pues ni siquiera aparta la vista de la ventana cuando la otra se levanta. De hecho, la frialdad que reina entre ambas es tan manifiesta que, por un momento, me cuestiono si verdaderamente son hermanas o aun si se conocen. Ante este comportamiento tan elocuente, razono para mis adentros, cualquier parecido físico entre las dos debería atribuirse a la pura casualidad. ¿Qué importan, entonces, las formas de los mentones, si ni siquiera se han despedido? Visto así, me resulta mucho más tolerable imaginar que las niñas blancas del tren son, en realidad, dos completas desconocidas.
En mi casa, afortunadamente, las despedidas siempre han formado parte de la vida familiar. Supongo que por eso me impactó tanto el comportamiento de aquellas dos adormecidas pasajeras. Y es que, en mi casa, nada, nunca, jamás, puede justificar que nos separemos los unos de los otros sin darnos un beso de despedida. Es una conditio sine qua non, una regla de oro, un precepto bíblico inculcado por nuestros padres desde que tengo memoria. No hay excepciones. No hay enfados que valgan. Cuando te vayas, te despedirás de mí con un beso. Y punto. Puede que resulte extraño, pero la rigidez de esta máxima nunca me ha parecido impostada, ni tan solo impositiva, pues siempre he sido de la opinión de que, en la vida, hay cosas demasiado importantes como para dejarlas al libre albedrío.
Recuerdo que una vez, cuando tenía trece años, me juzgué demasiado mayor como para seguir manteniendo un ritual que, a mi modo de ver, me infantilizaba y me humillaba, así que decidí sumariamente dejar de hacerlo. Durante toda esa semana, al llegar la hora de acostarme, me dirigía al umbral del comedor y, desde allí, musitaba a mis padres un Buenas noches cargado de resentimiento, como si fueran ellos los culpables de mi infancia perdida. Al llegar el viernes, sin embargo, mi madre apagó ceremoniosamente la televisión y me pidió que entrara en la sala, a lo que yo obedecí con la cabeza gacha, impenetrable y taciturno, con el gesto de encogerme de hombros ya preparado de antemano. En efecto, mi madre (que estaba sentada en la sombría cabecera de la mesa) me dijo que el beso de buenas noches era una tradición inviolable que tanto yo como mi hermana estábamos obligados a cumplir, simple y llanamente: hasta el día de mi boda —afirmó con ímpetu—, yo siempre di un beso de buenas noches a mi padre y a mi madre. Y tú harás lo mismo, ¿entendido? Mi madre no era en absoluto autoritaria, pero fue inflexible en este punto. Sí, mama, hube de decir, instantáneamente aplacado ante su inusual firmeza. De esta guisa, mi madre cerró los ojos y me ofreció su mejilla con una lentitud extrañamente litúrgica, como si ambos estuviéramos siendo observados por una multitud de fieles en oración. Con la misma parsimonia, yo me incliné hacia ella, apoyando una mano en su hombro, y le di el beso requerido en la mejilla, que resonó tenuemente en el silencio hueco del comedor. Luego hice lo propio con mi padre y, finalmente, fui dispensado para ir a mi cuarto.
Con el paso de los años, he agradecido sinceramente que mi madre luchara por mantener la costumbre en nuestra vida familiar. Creo que tanto ellos como yo hallamos cierta paz en estas fórmulas y en estos gestos de despedida atemporales, una cadena de besos de buenas noches que asciende de hijos a padres y de padres a abuelos y así sucesivamente hasta el principio de los tiempos, palpitando al unísono con los mismos temores, los mismos reproches ancestrales, el mismo amor furibundo. Es algo así como una bendición, la gracia mística del clan, otorgada y refrendada cada día y cada noche: un signo físico en la piel, una marca imborrable e indeleble. ¿Por qué, entonces, es necesaria renovarla constantemente? ¿No esconde este ritual una secreta inseguridad? ¿Una secreta desconfianza? ¿Un secreto deseo de atar a nuestros seres queridos, de retenerlos, de asegurarse de que no huirán en la oscuridad de la noche y nos dejarán solos? Sí, mama, hube de decir en voz baja, aplacado y rendido, pero también profundamente aliviado. Profundamente reconfortado.
Ya ves, amor mío, son tan frágiles los asideros del espíritu… Tan resbaladizos…
Por supuesto, si las despedidas cotidianas ya suponen un reto para mí, las que entrañan una separación a largo plazo han supuesto una experiencia agudísima, lacerante, casi como una traición. Gracias a Dios, la única despedida definitiva que he tenido que afrontar hasta ahora ha sido la muerte de mi abuela materna, que tuvo lugar el 31 de mayo del año pasado, justo el día en el que yo volvía de Roma. En el momento en que aterrizó el avión, mi madre me llamó por teléfono para anunciarme que había fallecido hacía tan sólo unos pocos minutos. Para cuando llegué al hospital, sólo me dio tiempo de darle un beso en la frente antes de que los médicos cubrieran su rostro con un pañuelo blanco y se la llevaran de la habitación. La piel de su frente me pareció tan fría al tacto de mis labios… Tan fría, tan fría, tan fría… Sé que no tuve oportunidad de elegir y que nada estaba verdaderamente en mis manos, pero la culpa por no haber llegado a tiempo me va a acompañar toda la vida. Aun así, lo más doloroso ya no es recordar el día de su muerte, sino aceptar que no volveré a verla nunca más. Incluso ahora, casi un año después, no puedo evitar imaginarme que la llamo por teléfono y que le cuento cosas de mi nueva vida en Barcelona. A veces, siento que simplemente está muy lejos, o incomunicada en algún lugar remoto e inaccesible, o ingresada a largo plazo en el hospital, como lo estuvo muchas veces durante los últimos años de su vida. Pero no logro interiorizar que ya no está… porque, en realidad, ella sigue estando conmigo.
¿Qué opinaría sobre mi decisión de irme de casa? ¿Qué consejos me daría? ¿Y qué truquillos se atrevería a confiarme? ¿O yo a pedirle? Lo cierto es que nunca me atreví a hablarle de mis amores mientras estaba viva, pero, ahora que ha muerto, siento continuamente la necesidad de explicarle todos y cada uno de mis desvaríos. Quizás podría haberme entendido… O no, no lo sé. Estos días, mientras ayudaba a mis padres a vaciar su piso, me he dado cuenta de lo poco que sé de ella en realidad. Por mis manos iban desfilando sus numerosos libros de doctrina cristiana, profusamente subrayados en tinta azul, roja e incluso verde; también sus gruesos misales de bordes dorados, que contienen los textos latinos del rito preconciliar; por no hablar de su vastísima colección de cartas, grabados, fotografías y postales, que mi abuela acumuló en los cajones a lo largo de casi un siglo de existencia. ¿Quiénes eran Susana y María, por ejemplo, las dos mujeres de Cádiz que la felicitaban por su reciente matrimonio en una carta enviada en 1966? ¿Quiénes eran las Devotísimas Siervas del Sagrado Corazón, con quienes mi abuela asistió a una peregrinación a la iglesia de la Macarena en 1945? ¿Y en qué estudio fue tomada la fotografía donde, con dieciocho años recién cumplidos, posa vestida con un traje de flamenca, divertida y ligeramente avergonzada, con una energía en la mirada que a duras penas reconozco en los recuerdos que conservo de ella? Naturalmente, sobre todos estos interrogantes, planeaba una frase extraída de su Libro de Lecturas, la más importante del Evangelio: Toda la Ley y los Profetas pueden resumirse en estos dos mandamientos. El primero: amarás a Dios por encima de todas las cosas. Y el segundo: amarás al prójimo como a ti mismo. ¡¡Al prójimo como a ti mismo!! ¡¡Por favor!! ¿Acaso existe un precepto moral más irrealizable? ¿Más exigente e inhumano? Para mi abuela, no obstante, el cristianismo siempre fue una fuente de consuelo, no un motivo de culpa, temor o empequeñecimiento. Aun así, ¿cómo lograba ver el sacrificio de Cristo como una promesa de salvación, y no como un reproche? ¿Cómo lograba sentir la misericordia de Dios sobre ella, y no la dureza de sus ojos heladores, esos ojos brillantísimos que traspasaban mi carne de adolescente, hace no tanto tiempo?
Amarás, amarás, amarás…
Tendría que ser tan fácil…
Cuando hubo acabado todo, mi madre dijo entre sollozos: Ha sido como verla morir otra vez. Sin duda, en parte era cierto, pero siento que también logramos verla nacer otra vez. Vida y muerte, reencuentro y separación, ambos lados del velo se rasgaron simultáneamente a través de esos objetos que íbamos limpiando y guardando en cajas, a través de esos trazos de lápiz escritos tantas décadas atrás, a través de esas fotografías amarillentas, a veces rotas en varios pedazos, donde permanecía la faz del pasado, tenue pero inmarcesiblemente. Amarás, amarás, amarás… No hay otro legado más importante. A través de su amor, me gusta pensar que el de mi abuela jamás se extinguirá.
Y tú, ¿qué pensarías de todo esto?
¿Qué pensarías de todo esto?
¿Qué pensarías de todo esto?
Por supuesto, tú vas a ser la última despedida sobre la que voy a escribir. Debo confesarte que, mientras bajaba las escaleras de mármol de la universidad, aún guardaba la esperanza de que lograría verte como un amigo. Pero entonces te vi esperándome bajo el gran arco de entrada, con la luz de la tarde brillando a tus espaldas, con tu larga sombra proyectándose difusamente sobre el suelo ajedrezado del vestíbulo. En ese instante, me dije a mí mismo que debía aminorar el paso, disfrutar de esa imagen preciosa, alargar lo máximo posible esa sensación de estar siendo esperado por ti. Pero no pude resistirme. Nunca he podido, en realidad. Así que bajé los últimos escalones de un salto y me acerqué a ti a grandes zancadas, exhalando profunda y temblorosamente, como hago siempre que nos encontramos, pues desde el principio he creído que mi aliento enamorado conseguiría hacerte entender lo que las palabras no podían.
Durante nuestro larguísimo paseo por Barcelona, los contornos de las calles fueron desdibujándose apaciblemente, al igual que las conversaciones de los desconocidos y el estrépito del tráfico mediterráneo. Incluso el relumbrar del cielo fue perdiendo su viveza, tornándose en una luz más fina, más suave, una luz que acariciaba las cosas cuando las iluminaba. Todo invitaba a la confesión, amigo mío, todo nos envolvía en un espacio liminal, en un locus umbralis. Porque, créeme, yo debía reprimir constantemente el impulso de cogerte de la mano, de pasarte un brazo por la cintura, de atraerte junto a mí, de apoyar mi cabeza en tu hombro. No eran, empero, movimientos surgidos del corazón, ni del intelecto, ni siquiera de la lujuria, pues todo mi cuerpo me empujaba a unirme contigo, toda mi alma se hundía gustosamente en ese decaimiento esencial, de un intimismo casi insoportable. No podía evitarlo: mi cuerpo pensaba que tú eras el hombre de mi vida, pero no desde el apasionamiento, ni desde el victimismo, ni tampoco desde la idealización de lo inalcanzable. Sino desde la verdad.
Luego, cuando nos sentamos a tomar algo, recuerdo que apoyé la mejilla en una mano y te observé en silencio mientras me hablabas de tus viajes por América. Entonces, por primera vez, me atreví a mirarte con ternura. Extendí las manos sobre la mesa, con las palmas hacia arriba, como si esperase que tú las tomaras delicadamente entre tus dedos. Y en ese instante me sacudió un pensamiento: yo te admiraba. Fue muy sorprendente descubrirlo, porque, como ya sabes, a mí me han gustado muchos chicos antes de que nos conociéramos. Durante años, los he deseado, los he añorado, los he envidiado, los he conjurado obsesivamente en el pensamiento y en el corazón. Pero no sé si los he admirado, o, al menos, no cómo te admiro a ti. A ti, a ti, a ti, a ti. Porque admiro tantas cosas de ti: tu delicadeza, tu sensibilidad, tu bondad, tu humildad. Admiro cómo eres timido senza timidezza, como decía Natalia Ginzburg. Admiro tu valentía. Y admiro tus misterios, siempre desde la distancia…
En el último trecho antes de llegar al Parc de la Ciutadella, hablamos (¡ay de mí!) de Plotino y de Spinoza. Exagerando mi gestualidad, logré incluso rozar tu pecho con las puntas de mis dedos. Fue sólo un momento: un tacto leve, aéreo, desesperadamente insuficiente. Luego te toqué el brazo cuando me asustaron las ocas del parque, y tú te quedaste quieto, con cierto aire estoico, sin dar señales de incomodidad, pero tampoco de aquiescencia. No sé. Yo ya estaba empezando a ponerme nervioso, porque ya eran más de las ocho de la tarde y claramente querías irte a tu casa. A nuestro alrededor, los árboles susurraban indolentes canciones de cuna, las estatuas se adormecían en sus viejos pedestales y las extensiones de césped florido se marchitaban al ritmo del sol declinante. En medio de la primavera, nuestro otoño del amor hacía languidecer el mundo entero. No podía demorarlo más, por el bien de nosotros y de todo el Universo, así que te pedí que nos sentáramos en un banco y allí me confesé.
Allí me confesé, sí, con voz queda y apasionada: Estoy muy, muy, muy, muy enamorado de ti. Instintivamente, la vergüenza me hizo apartar la vista, así que no pude registrar tu reacción inicial. Aquello me había preocupado en extremo cada vez que me imaginaba la escena: ¿qué cara pondrías tras mis primeras palabras? ¿Sería una expresión de asco? ¿De incomodidad? ¿De resentimiento? Durante meses, había intentado conjurar tus rasgos bajo todas las luces posibles, siempre fatalmente, siempre poniéndome en lo peor, olvidando qué es lo que tanto me gusta de ti, porque tus ojos, que en mis ensoñaciones siempre estaban ocultos por un intensísimo horizonte de color rojo, me observaban ahora con amabilidad. Sí, con amabilidad. Allí estabas, sentado a mi lado en el banco, escuchándome sin sonreír, sin interrumpirme, sin cambiar de postura ni estremecerte ni apelmazarte. Serio, sí, pero también respetuoso. Quizás demasiado prudente, pero también lleno de compasión.
Yo te lo conté todo. Te dije que eras X. y que todos los posts de Substack los había escrito sabiendo que tú los ibas a leer. Me disculpé por un comportamiento que siempre juzgué algo melodramático, pero que era la única alternativa a mi alcance para expresar algo que tú nunca querrías oír por propia voluntad. También te dije que había llorado muchas veces después de haberte visto, que a tu lado me sentía en harmonía con el mundo, que me parecías guapísimo, que tu mirada hechizaba todas las cosas de mi vida, que casi las desconcertaba. Incluso te hablé de aquellos dementes días de julio en los que viví sumido en la certeza de que estábamos a punto de empezar una historia de amor, simplemente porque te habías cambiado la foto de perfil en la que salías besándote con él. Ah, vámonos de aquí, vámonos de aquí… No sé cómo no podías ver las dos alas extendidas que la esperanza dibujaba a mi espalda, dos alas que me hacían levitar durante nuestras caminadas sin rumbo, que me hacían dar pasos locos en el aire, como un ángel completamente embebido por la presencia de Dios, gustosamente a Su merced.
Al final, tú levantaste la mirada y me formulaste una pregunta: ¿Quieres que te responda? De inmediato, mi corazón abierto de par en par se replegó dolorosamente entre mis costillas, ventrículo tras ventrículo, hasta volverse compacto y afilado como un diamante manchado de sangre. No lo sé, reconocí con la voz rota. Ahora mismo, me siento tan vulnerable que cualquier cosa que digas va a hacerme daño. Tú asentiste lentamente, sin saber cómo continuar. Perdón —rectifiqué enseguida—, no quería decir eso. Por favor, siéntete con la libertad de decirme lo que quieras. Quiero respetar tu espacio, igual que tú has respetado el mío.
Luego me arrepentí de haberme mostrado tan voluble y tornadizo, tan bruscamente contradictorio, tan claramente cegado por mis emociones. Pero el daño ya estaba hecho: por miedo a herirme todavía más, tú acabaste diciendo muy pocas cosas. Sólo pusiste en valor mi honestidad, reconociste que lo habías sospechado alguna vez y aceptaste la distancia que yo te había pedido. El silencio se instaló entonces entre nosotros, un silencio diferente, intenso y devoto, casi pentecostal. Más tarde, la penumbra del anochecer ya perfilaba tu rostro cuando me dijiste: ¿Crees que es mejor que me vaya?
Tras unos segundos de resistencia, yo terminé contestando:
Sí, quizás es mejor que te vayas.
¿Cómo fui capaz de mentir tan aberrantemente? ¿Cómo podían mis labios pronunciar semejantes palabras si lo que deseaba con desesperación era exactamente lo contrario? Ante tamaña dislocación de la voluntad, todo mi cuerpo pareció deformarse momentáneamente, como si la carne se enflaqueciera y se inflamase al mismo tiempo. Era una sensación hueca, extraña, pesada. Un marchitamiento helador.
Mientras tanto, tú te levantaste con la mochila colgada de una asa y me dedicaste un gesto vacilante con la mano, un amago casi imperceptible de saludo. Luego empezaste a darte la vuelta, dispuesto a alejarte, y entonces, sólo entonces, sentí ganas de llorar. ¿Puedo darte un abrazo?, pregunté a borbotones, levantándome yo también del banco. Tú asentiste y abriste los brazos hacia mí, triste y delicadamente, y yo me permití el placer de descansar, por fin, mi cuerpo en tu cuerpo. Era la primera vez que te notaba tan próximo a mí, tan presente, tan palpable, tan real. Recuerdo que me dejaste apoyar la barbilla en tu hombro y que yo dejé escapar el aire de mis pulmones. Uno, dos, tres, cuatro. Luego cerré los ojos. Y luego nos separamos: tu silueta oscura, amada, ya fantasmagórica, alejándose por el parque en penumbra.
No te diste la vuelta.
No sé si te volveré a ver.
Pero yo lo sigo deseando. Creo que por eso daba besos de buenas noches a mis padres. Por eso he guardado las cajas de libros de mi abuela en el armario de mi habitación. Y por eso me horrorizó el comportamiento de aquellas dos hermanas del tren. Porque, para mí, los gestos de despedida neutralizan el efecto mismo de la separación. De alguna manera, me garantizan que el vínculo se mantendrá vivo. Que no me olvidarán. Que yo no me olvidaré de ellos.
Lo volveré a repetir: tú y yo nos abrazamos antes de despedirnos. Pase lo que pase, llevaré el rastro de ese abrazo en mi cuerpo, en mi piel, en mi corazón. Y tú llevarás el mío.
De momento, este será mi consuelo.
Adiós.
Adiós, X.
Gracias por todo.

Qué extraño que alguien pueda irse y seguir ocurriéndote. Supongo que hay cosas que no se entienden de inmediato… solo se sienten. Darle su lugar a eso, sin prisa, también es parte del proceso. Abrazos, Abel ❤️🩹
Me ha encantado. Aunque al principio, como siempre, me has hecho volver a Proust, el final se ha sentido como las películas setenteras de Woody Allen, una despedida tragicómica, tragirromántica, con notas existencialistas, donde el humor, el amor que no pudo ser, la filosofía y toda la potencia de las despedidas del cine convergen, Ole¡¡¡¡¡ qué crack Abel