Qué pronto viene...
Sobre amaneceres en compañía
El alba es un género poético de la lírica trovadoresca que relata la separación de dos enamorados al amanecer después de haber pasado la noche juntos. En las albas provenzales, esta peripecia amorosa se complementa con un tercer personaje, el gaita, es decir, el soldado o centinela que se encargaba de mantener la vigilancia nocturna en las fortalezas medievales y anunciar la salida del sol a todos sus moradores. Normalmente, el gaita actúa como cómplice de los enamorados, pues se dedica a patrullar fielmente los alrededores de la cámara para avisarlos antes que a nadie de la llegada del día. Sin embargo, cuando la tenue luminosidad del alba empieza a deslizarse entre las cortinas del lecho, los amantes desnudos se abrazan con todavía más fuerza, maldiciendo la llegada del día, desoyendo las advertencias del gaita y acusando de mentirosas a las aves cantoras que, desde el alféizar de la ventana, ya anuncian el amanecer inminente. El núcleo dramático del alba, por tanto, se centra en el deseo de los amantes de alargar irracionalmente la noche de amor aun a riesgo de ser descubiertos, ya sea por el marido celoso, por los cortesanos murmuradores, o por el mismo Dios, trasunto simbólico del Astro naciente.
Mi alba medieval favorita es En un vergier sotz fuella d’albespi, un texto anónimo conservado en el cancionero trovadoresco Fr. 856. Fechado hacia 1200, el poema narra la situación convencional del alba desde el punto de vista de la dama, que expresa, a lo largo de la composición, los intensos deseos eróticos que le suscita el encuentro con el amigo. Cito, seguidamente, la traducción al castellano del texto original, que está escrito, como toda la lírica trovadoresca, en provenzal antiguo:
En un vergel, bajo la hoja del blancoespino, la dama tenía a su amigo a su lado, hasta que el vigía gritó que veía el alba. ¡Oh Dios, oh Dios, el alba! ¡Qué pronto viene! «¡Pluguiese a Dios que la noche nunca acabara y que mi amigo no se separara de mi lado y que el vigía no viese día ni alba!» ¡Oh Dios, oh Dios, el alba! ¡Qué pronto viene! «Bello dulce amigo, besémonos yo y vos abajo en los prados, donde cantan los pajarillos; hagámoslo todo a despecho del celoso.» ¡Oh Dios, oh Dios, el alba! ¡Qué pronto viene! «Bello dulce amigo, hagamos un juego nuevo dentro del jardín, donde cantan los pájaros, hasta que el vigía toque su caramillo.» ¡Oh, Dios, oh Dios, el alba! ¡Qué pronto viene! «Con la dulce aura que ha venido de allí, de mi amigo hermoso, cortés y alegre he bebido un dulce rayo de su aliento.» ¡Oh Dios, oh Dios, el alba! ¡Qué pronto viene!
La composición no sólo es excepcional por el uso de la voz femenina, sino por el escenario donde se desarrolla la acción, que ya no es la cámara del castillo feudal, sino un espacio campestre, al aire libre, bajo la mortecina penumbra de los blancoespinos. El estilo, además, es marcadamente exclamativo, honesto y transparente, sin las habituales filigranas retóricas que ornamentan los textos trovadorescos más convencionales. Por ello, algunos críticos provenzalistas han defendido que, en sus orígenes, el alba era un género poético popular, y que sólo más adelante fue tomado por los trovadores y adaptado al código del amor cortés. Este texto, por tanto, supondría una especie de estadio intermedio entre el alba popular originaria y la cortesana, ya que combina elementos tanto del registro popular como del aristocrático.
Al margen de estos puntillosos debates académicos, no hay que perder de vista que los cantos amorosos de separación al alba constituyen lo que hoy denominamos un motivo de arqueocivilización, es decir, un arquetipo universal testimoniado en todas las tradiciones líricas de la Antigüedad. Así sucede en estas dos composiciones, una canción de amor procedente del Antiguo Egipto y un tanka japonés datado en los inicios del Período Nara. Ambos textos desarrollan un tema poético paralelo que no tiene orígenes precisos y que, en última instancia, descansa en una experiencia humana universal: despertarse al amanecer al lado de la persona amada después de haber compartido una noche de amor.
La voz de la tórtola me habla y dice:
«He aquí el alba, ¿dónde está tu camino?»
No, tórtola, tú me insultas,
pues he hallado a mi hermano en su lecho.
Mi corazón se alegra en gran medida
cuando me dice: «No te abandonaré;
con mi mano en tu mano caminaré
y estaré contigo en cada lugar placentero».
Así él me distingue entre las doncellas,
y lo hace sin herir mi corazón.
(Papiro Harris 500, siglo XIII a. C.)En la tenue luz del alba, tan vagamente veo la figura de mi señor que temo que todo el día se pasará entre anhelos. (Manyoshu, XII, 1, 2841, siglos VII-VIII d. C.)
En mi caso, el alba me ha sorprendido dos veces en compañía del Amado. Ambos amaneceres tuvieron lugar en 2022, un período de emociones tumultuosas, delgadez extrema y mucha, mucha ansiedad. El primer chico, al que llamaremos C., era un graduado en Filosofía que estaba en Barcelona cursando un máster. Su Trabajo de Fin de Grado, titulado La tribulación del sujeto, proponía una lectura muy personal de varios pasajes de Lacan que yo nunca logré entender, a pesar de que, en el transcurso de nuestra brevísima relación, me leí su escrito varias veces e incluso llegué a tomar notas, como si estuviera estudiando la obra de un filósofo consagrado. De hecho, en el día a día, me costaba mucho seguir el hilo de sus complejos razonamientos. En nuestras conversaciones, C. utilizaba conceptos como horizontalidad de los cuidados, desjerarquización del capital emocional o destrucción del orden ético judeocristiano. Afirmaba, entre otras cosas, que la amistad era para él un concepto amplio, generoso, democratizador, que englobaba todo tipo de muestras afectivas, también la intimidad sexual. Decía que la apertura resultante era muy liberadora, casi transcendente, pues superaba los estrechos límites impuestos por el capitalismo individualista y creaba, por contraste, un nuevo tipo de comunidad revolucionaria donde imperaba la ternura, no la posesividad.
En este contexto tuvo lugar nuestra primera y última noche juntos. En principio, yo había ido a su casa a ver el último episodio de The Owl House, pero, en cuanto empezaron a sonar las primeras notas de la sintonía inicial, nuestros cuerpos se entrelazaron tan naturalmente como dos haces de luz que juegan sobre la superficie de un cristal esmerilado, como si ya lo hubiesen pactado de antemano, como si nuestros labios, antes de abrirse, ya se hubiesen reconocido mutuamente, ya se buscasen, ya se hablasen, aun sin pronunciar palabra. Tras aquellos primeros besos, C. bajó delicadamente la tapa del portátil, me observó unos segundos en silencio y, tras esbozar una sonrisa tenue, me subió el borde del jersey con sus fríos dedos oscuros.
Estuvimos amándonos durante muchas horas. Al final, cuando la pasión se atenuó, nos acunamos uno en brazos del otro hasta que el sol se escondió tras la ventana y toda la habitación quedó sumida en la penumbra. C., entonces, se arrastró por las sábanas deshechas y encendió la luz de su mesilla de noche, de modo que las sombras, repentinamente expuestas, corrieron a esconderse tras los muebles y los libros. Después, C. se incorporó sobre un brazo y empezó a acariciarme la espalda desnuda mientras yo, todavía enturbiado por el sopor, gemía con suavidad. Fue entonces cuando me preguntó en voz baja: ¿Quieres quedarte a dormir? Yo me incorporé de repente, observándole con los ojos muy abiertos. Él sabía que nunca había dormido con otro chico. Sin embargo, mi respuesta también estaba dada de antemano. Al cabo de unos minutos, cogí el móvil de la mochila y escribí a mi madre para decirle que no pasaría la noche en casa. Después, C. me prestó uno de sus pijamas, cenamos cualquier cosa y volvimos a meternos en la cama. Realmente era muy tarde y él tenía que madrugar al día siguiente para acudir a su puesto de trabajo. Buenas noches, me dijo con un beso. Luego apagó la luz y todo se quedó oscuro.
Creo que apenas dormí más de media hora seguida. En mi intimidad, cuando intentaba conjurar ese tipo de escenas, yo siempre suponía que, tras estar un rato abrazados, la pareja de amantes se separaba y cada uno dormía en su lado de la cama para poder conciliar el sueño con más comodidad. Sin embargo, C. no me soltó en toda la noche. Nada más apagar la luz, se acurrucó gentilmente contra mi cuerpo, pasó una pierna sobre mi cadera y simplemente me atrajo hacia sí, como si quisiera protegerme de los espíritus nocturnos, o asegurarse de que no lo abandonara, o recordarse a sí mismo que, en ese momento, mi calor era también el suyo. Yo traté de relajarme y cerrar los ojos, pero mis músculos enseguida empezaron a agarrotarse. A lo largo de la noche, intenté varias veces revolverme en sus brazos para cambiar de postura, pero él volvía a acurrucarse contra mí, obstinado y hodierno, con su aliento cálido acariciando mi nuca. ¿Cómo era posible que una respiración humana llenara de aquella manera el espacio?, me pregunté confusamente, en medio del silencio de la madrugada. ¿Qué música escondían aquellas exhalaciones? ¿Y qué milagros emergían de esos roces, de esas palpitaciones, de esas caricias sobreabundantes? Apenas fui capaz de descansar, pero, aun así, esa noche soñé que volaba… Un viento ábrego me mecía tiernamente, de aquí para allá, de allá para acá, y yo flotaba en una caída ingrávida, como un ángel bailando descalzo…
La alarma nos sobresaltó a ambos. Al instante, C. se incorporó para alcanzar su móvil, desactivó la molesta sirena y reprodujo en Spotify No One Dies From Love, de Tove Lo. Luego se volvió hacia mí y me confesó, con cierta sonrisa de disculpa, que siempre se ponía esa canción para despertarse. Cuando sonó el estribillo, sacó un brazo de entre las sábanas y me acarició la mejilla con una mano. No one dies from love… Guess I’ll be the first…, murmuró mirándome a los ojos. Luego me pidió que yo escogiera otra canción, de modo que, imitando su falta de sutileza, reproduje en su móvil Love Love Love de Of Monsters and Men. Él no conocía el grupo y yo, francamente, tampoco. La verdad es que me limité a escribir Love en el buscador de la aplicación. No creí que necesitáramos nada más.
Mientras escuchábamos música, la difusa luz del alba fue revelando las formas opacas de aquella habitación que apenas conocía, la geografía imprecisa de las sábanas deshechas, la silueta intrincada de las plantas que decoraban sus estanterías, la imagen borrosa del espejo y el desorden dejado por nuestra ropa y nuestros libros, que se esparcían a nuestro alrededor como un testigo mudo del amor que habíamos compartido. Recuerdo que era primavera… y que, cuando abrió la ventana, nos oreó una brisa fresca que me llenó de alegría el corazón.
Yo nunca había creído posible que mi cuerpo estuviera hecho para experimentar semejante dulzura. Más tarde, al llegar a casa, me encerré en el baño y me observé detenidamente en el espejo, como había hecho tantas veces a lo largo de mi adolescencia. Al acercarme a mi reflejo, me reseguí con un dedo el contorno de los labios, las cejas, los ojos y la mandíbula, y luego me entretuve tocándome los brazos y los hombros, especialmente el pequeño montículo de la clavícula derecha, que él, al abrazarnos, siempre masajeaba con especial primor. Mi piel, ciertamente, todavía conservaba el rastro de aquellas caricias, que habían hecho surgir a la luz un cuerpo nuevo, un cuerpo iluminado, aquietado, eufónico. Era como una marca bautismal, imborrable e indeleble, que había transmutado mi esencia desde el interior más recóndito: Incipit vita nova, hube de decir otra vez, casi sin mover los labios.
En ese momento, me sentí en presencia de Dios.
Y allí, ante Su mirada, mi espíritu sólo pudo murmurar: Heme aquí.
Mi relación con C. terminó abruptamente tres semanas después, que es como un año para un corazón enamorado. Aun entonces, yo no tenía claro qué debía esperar de él, ni qué significaban sus caricias, ni qué me concedía exactamente con sus besos. ¿Hacía todo eso con sus otros amigos? ¿Hablaba con ellos cada día? ¿Les confesaba sus temores más profundos, como hacía conmigo? ¿Quedaba con ellos para leer a la luz del ocaso, para pasear por la playa, para acariciarles la espalda desnuda mientras dormían? ¿Qué era yo, entonces? ¿Qué éramos nosotros? Naturalmente, yo nunca me atreví a plantearle aquellos interrogantes con franqueza, pues temía ahuyentarlo con mis farragosos apegos pequeñoburgueses. A su lado, ciertamente, me sentía como un mezquino recaudador de impuestos, como una miasma obsesiva, como uno de esos novios carcomidos por la posesividad, tan pálido, tan risible, tan inconsecuente… Al final, tras muchas conversaciones y muchos devaneos entre la amistad, el sexo y el amor, C. se agobió y me dejó en visto una tarde de junio. En octubre, reapareció momentáneamente para disculparse, pero volvió a dejarme en visto y nunca más he vuelto a saber de él.
Es curioso, ¿verdad? Dicen que el pasado es otra civilización, pero, aun así, en todas partes y en todas las épocas, los amantes han dormido juntos y se han despertado al alba, sin importar si se trataban de una dama y un caballero, de un faraón y su esposa o de dos chicos gays sumidos en las delectables confusiones de una situationship posmoderna. Todos ellos fueron depositarios de un conocimiento secreto y antiguo, no sobre los hombres o las mujeres, sino sobre las personas, sobre lo que se siente al tenerlas tan cerca que (¡Dios mío!) casi parecen reales.
¿Y tú, X.? ¿Tú eres real? Ya sabes que, a lo largo de este último año, te he imaginado de todas las formas posibles. Te he imaginado a mi lado, en lo alto del castillo del pueblo; te he imaginado de noche, dormido en tu habitación secreta; te he imaginado de día, caminando por las calles de Barcelona, presuroso y acalorado y soñoliento y taciturno. Pero no puedo imaginarte al alba, amor mío. Ya no.
Ya no.
Ah, qué pronto viene…

Muchísimas gracias ♥️✨️ Yo siento magia cuando recibo palabras tan bonitas como las tuyas. Un abrazo enorme, mil gracias ♥️
Qué precioso esto, qué sensaciones tan concretas me trae a la memoria, y cómo me reconforta pensar en las generaciones y generaciones que han sentido lo mismo en algún momento❤️ brillante, como siempre!! Me ha hecho pensar además en la canción de Aute: Presiento que tras la noche
Vendrá la noche más larga
Quiero que no me abandones