Puede que haya otras montañas
Sobre la nostalgia por lo que nunca fue
Una vez, cuando era pequeño, mi madre y yo nos quedamos varados en el túnel del metro y tuvimos que recorrer andando el camino hasta la siguiente estación. El túnel era amplísimo, frío e inhóspito, y estaba iluminado por extraños focos de luz anaranjada. Recuerdo que me costaba mucho caminar sobre aquel suelo desigual y que me aferré a la mano de mi madre, sintiéndome asustado y sobrecogido ante aquella tenebrosa vastedad. Mi madre, al detectar mi inquietud, dijo que estábamos viviendo una aventura, como en los dibujos animados, y que debíamos ser valientes y alegres, pues la oscuridad sólo es oscuridad, los túneles siempre llegan a alguna parte, y ella y yo estábamos, a fin de cuentas, juntos. Mi madre dijo aquella última frase con la voz aguda y afectada de Doraemon, cosa que siempre me hacía reír.
Al final, estuvimos todo el camino imitando las voces de los dibujos animados. Creo que sí que vivimos una aventura, una que sólo yo recuerdo, porque mi madre siempre ha negado que un episodio así sucediese de verdad. Aparte de que no lo recuerda en absoluto, ¿qué hacíamos solos ella y yo en medio del metro? Si el convoy se había averiado, ¿dónde estaba el maquinista y el resto de pasajeros? Por no hablar del inmenso peligro que suponía andar por las vías del metro, allí abajo, entre la penumbra subterránea de los túneles.
Debiste soñarlo, suele decir con una cabezada grave.
Mi mente, en cualquier caso, está repleta de este tipo de imágenes, de recuerdos que no son recuerdos, de sensaciones a medio camino entre el deseo, el delirio y la ensoñación. Por ejemplo, cuando era muy pequeño, estaba convencido de que mis padres y yo habíamos sido (¿os lo podéis creer?) refugiados de la guerra de Irak. En aquella época, todo a mi alrededor hervía con imágenes de bombardeos, uniformes militares, desiertos y mujeres con velo que chillaban delante de la cámara. Por si fuera poco, mi mente conservaba con mucha nitidez el recuerdo de estar escondiéndome de unos soldados en un cementerio por la noche; recordaba avanzar de cuclillas entre las tumbas, esquivando los haces de luz de los soldados mientras mi padre me apremiaba desde atrás y yo sentía en la nariz el olor acre de la tierra húmeda. Aquella imagen formó parte durante algún tiempo de mi confusa mitología personal hasta que, un día, la profesora de Música nos puso Sonrisas y Lágrimas en la televisión del pasillo y pude comprobar, con una incierta sacudida de otredad, que mi supuesto recuerdo sólo era la escena final de una película que no sabía que había visto. Luego, en ausencia de aquel pasado fulgurante, empecé a imaginar que mis padres eran los reyes exiliados de un país lejano e improbable, tal vez Narnia o el Valle Encantado. Suponía que se habían visto forzados a renunciar al trono y a esconderse entre el pueblo para huir de alguna calamidad, seguramente de un mago vengativo y poderoso, como sucedía en Anastasia. Mi teoría quedaba confirmada por otro recuerdo borroso, perteneciente a la más remota infancia, en el que yo jugaba en un salón del trono, blanco y dorado, y entonces alzaba la vista hacia el techo y un montón de princesas empezaban a bailar a mi alrededor, con sus faldas brillantes describiendo amplios círculos evanescentes que me envolvían en un remolino de sedas y piedras preciosas.
En estas fantasías recurrentes, palpitaba no sólo el deseo de vivir aventuras, sino también de ser excepcional, de saberme el depositario de secretos antiguos, de hallar una profecía que revelase mi verdadero destino. Siempre estaba buscando esa clase de caminos, esos atajos, esas huidas. En ese sentido, una de mis películas favoritas era Dragon Hill, un film español sobre un niño que caía en un remolino de agua y terminaba llegando al mundo de los dragones, una dimensión mágica y misteriosa, repleta de ruinas y tesoros escondidos. Creo que estaba un poco enamorado del dragón que se hacía amigo del niño, una criatura vagamente antropomórfica que tenía las escamas y las alas azules y una bufanda del mismo color que llevaba siempre anudada al cuello. El dragón, que también era un niño como nosotros, guiaba al protagonista a través de bosques y grutas, lo salvaba en diversas ocasiones, bromeaba con él y, de forma muy apasionada, lo animaba a creer en el poder de su propia imaginación. Recuerdo, asimismo, una escena en particular en la que el niño se asustaba por un monstruo marino que emergía ominosamente de entre la niebla de un pantano. Sin embargo, el dragón lo tranquilizaba con palabras alegres, asegurándole que el monstruo era su amigo y que no le haría ningún daño. Después, cuando la bestia se sumergía de nuevo en las aguas, el niño soltaba un suspiro de alivio y apoyaba la cabeza en la barriga del dragón, que le daba unas palmaditas en la espalda en señal de ánimo. Era un gesto cercano y amigable, quizás enternecedor, que a mí siempre me hacía sentir extrañamente en paz, como en esa otra ocasión en la que el dragón se colocaba entre el niño y los esbirros del hechicero y, levantando la garra con ademán gallardo, exclamaba: ¡No le hagáis daño! ¡Es mi amigo! Recuerdo muy vívidamente repetir esas palabras con los labios cada vez que veía la escena, como si pudiera conjurarlo a mi lado, como si, al apagar la pantalla del televisor, el dragón fuera a aparecer con un destello de colores y se me fuera a llevar volando por la ventana… tan lejos que nadie podría encontrarme jamás.
Aun así, la escena que me ha marcado más profundamente tiene lugar al principio de la película, cuando el dragón (que, por cierto, se llama Elfie) está contemplando las montañas desde el borde de un acantilado: Mo, ¿qué hay detrás de aquellas montañas?, pregunta a su amiga con voz soñadora. ¿El mundo de los humanos, quizás? Y su amiga, que está ocupada recogiendo setas para la cena, le contesta resueltamente, sin apartar la vista de los arbustos: Puede ser. O puede que haya otras montañas.
Este pequeño diálogo se me quedó gravado en la memoria. Lo recitaba mentalmente cuando me aburría en clase, lo escribía en mis libretas de ejercicios, lo ponía en boca de los protagonistas de mis juegos inventados. Un día, mientras iba en coche con mis padres, recuerdo que pegué la frente a la ventanilla del asiento trasero y observé la silueta lejana de la montaña de Sant Ramon, que constituye el fondo de todos mis recuerdos de infancia, el último y más inaccesible horizonte que señalaba el fin de mi mundo conocido. Yo achiné los ojos, esforzándome en agudizar la vista como me habían enseñado en las clases de tiro. Mo, ¿qué hay detrás de aquellas montañas?, dije con los labios. Entonces, allí, junto a la minúscula ermita de Sant Ramon, que coronaba la cima del monte, distinguí la silueta de dos dragones que sobrevolaban el cielo del ocaso, apenas dos manchas rasgadas que se confundieron con el contorno de las nubes y que, al cabo de un segundo, desaparecieron tras el horizonte. Nunca más volví a verlos, pero yo los sigo añorando.
Por suerte, mis días estaban repletos de encuentros y visiones de ese tipo. Recuerdo que una noche, poco después de mi cumpleaños, atisbé la forma huidiza de dos hadas de color blanco que revoloteaban entre los pliegues de la cortina del comedor. También recuerdo perseguir a un cervatillo alado que se escabullía por los arbustos, y descubrir un diamante enterrado en la tierra del campo de fútbol, y toparme con un palacio en ruinas en medio del bosque del colegio. Especialmente, recuerdo una noche de verano en la que me desperté de madrugada y me asomé a la ventana de nuestro cuarto, en la casa de Galicia. A lo lejos, desde las almenas del castillo de Monforte, los fuegos artificiales de la fiesta mayor iluminaban el cielo con intensos destellos dorados. Eran combustiones inmensas, brillantísimas y sobreabundantes, como galaxias o caleidoscopios, como si el mundo entero fuera a ser engullido por aquella tormenta de estrellas. Cuando explotó en medio del cielo un petardo azul especialmente impresionante, giré la cabeza en dirección a mi primo, que estaba acurrucado en su cama, al otro lado de la habitación. Su figura dormida, que se distinguía perfectamente entre las sábanas deshechas, estaba bañada por la intensa luz azul que entraba por la ventana. Entonces, en medio de aquella confusión de penumbras y resplandores, vi que su cuerpo empezaba a elevarse hacia arriba, con las sábanas flotando a su alrededor como si fueran nubes que lo estuvieran transportando hacia el cielo. Luego se quedó así, ingrávido y aún dormido, meciéndose imperceptiblemente en medio del aire de nuestra habitación. Cuando el brillo de la pirotecnia se atenuó, el cuerpo de mi primo descendió con la misma suavidad de vuelta a su cama, dejando que los pliegues de las sábanas se posaran delicadamente sobre sus miembros inertes. Finalmente, al desvanecerse el eco del último petardo, pude oír de nuevo su lenta y acompasada respiración, que llenó el repentino silencio de la noche hasta que el sueño también cubrió mis párpados.
Yo sabía que aquellas imágenes no eran reales, pero, a fuerza de repetirlas en mi memoria, lograba convencerme a mí mismo de que habían sido reales. De este modo, conseguía sentir nostalgia por cosas que no había vivido de verdad, una sutil argucia psicológica que, desde entonces, ha sido una de mis formas predilectas de automortificación. En mi infancia, eché de menos una magia que no existía; en mi adolescencia, unos amigos que nunca tuve; en mi juventud, un amor que nunca tendré. Estos días, por ejemplo, mi ensoñación más recurrente con X. consiste en que él y yo contemplamos el primer amanecer del año desde la colina de los búnkeres, con toda Barcelona a nuestros pies. Cuando los primeros rayos de sol emergen de la línea del horizonte, X. se vuelve hacia mí, me coge de la mano y apoya su frente en la mía, suspirando largamente. Luego me besa, con dulzura al principio, y mucha avidez después, y yo le bajo la cremallera del abrigo y le rodeo la espalda con los brazos, atrayéndolo hacia mí, hasta que nos fundimos en uno.
He evocado muchas veces la textura de los rayos de sol iluminando sus ojos oscuros, y el sonido del viento silbando en la colina desierta, y la presencia bullente de su cuerpo, tan cerca del mío, tan real, tan sincero, tan temblorosamente invitante. De algún modo, estas imágenes conjuradas ya no expresan un mero deseo, sino que se han convertido en un recuerdo, en algo que ocurrió de verdad, tal vez en la Navidad pasada, cuando los dos apenas habíamos empezado a ser amigos. Si no es un recuerdo real, entonces, ¿por qué lo echo tanto de menos? ¿Por qué me hace tanto daño una ausencia imaginada, una ilusión sin enfoque, un tacto leve, utópico, tan inalcanzable como el mundo de los dragones? Ahora ya sé que los cervatillos alados no existen, que los niños no pueden volar mientras duermen, que las madres y los hijos no se pierden en los túneles del metro, que detrás de la montaña de Sant Ramon no está Dragon Hill, sino Viladecans, que es el siguiente pueblo del Área Metropolitana Litoral. Sin embargo, la nostalgia por lo que nunca fue no me ha abandonado. Parte de mí, incluso ahora, recuerda con añoranza esos destellos en la ventana, esas sombras de animales fantásticos, esos hallazgos secretos, íntimos, que se desvanecían en cuanto trataba de asirlos con las manos. ¿Qué había de real en todo aquello? ¿Se puede trazar una ontología de los sueños? ¿Y si, y si…? ¿Y si algo sucedió, después de todo? ¿Y si, tras besarnos apasionadamente, X. me empujó por el borde de la colina, haciéndome perder la memoria de nuestro amor?
Ojalá pudiera zambullirme en estas amables lagunas… Pero ya soy demasiado mayor para eso. Si estas imágenes son reales, lo son únicamente porque están en mi cabeza. Y mi cabeza, ineludiblemente, es real.
Así que llévame, amor mío, llévame al otro lado de las montañas.
Yo te estoy esperando.
***
Diciembre también está llegando a su fin. La dulzura del tiempo de Adviento no casa bien con los agobios de fin de trimestre, con las prisas, las molestias y las responsabilidades apremiantes. De hecho, este año apenas he podido disfrutar de la nostalgia de la estación, que ha llegado, paradójicamente, cargada de cambios vitales. Por ello, creo que pausaré las publicaciones de la newsletter hasta después de Fiestas, cuando todo se haya asentado de nuevo. Hasta entonces, Feliz Navidad a todos. Sólo me queda desear que, si no creemos en el Nacimiento, creamos al menos en la paz y la esperanza que prometen todos los principios. Un abrazo fuerte.

La magia existe, Abel. Es algo que sabemos todos los que te leemos.
Precioso texto, Abel. Siempre que te leo me llevas atrás en el tiempo. Tal vez en ese momento en el que todos fuimos niños éramos muy iguales. Un abrazo y que descanses estos días.