Pau
Recuerdos de pubertad sobre el chico de mis sueños
Febrero de 2009. Fundació Llor.
Cerraba los ojos y Pau se me aparecía en la oscuridad. A lo largo de los últimos meses, había memorizado obsesivamente todos sus rasgos, todas sus costumbres, todos los objetos que poseía y todas las personas que lo rodeaban. De hecho, todavía hoy puedo evocar sin ninguna dificultad su mochila, su abrigo, la ropa que llevaba puesta, las caras de sus hermanos, la voz de su madre (que también era profesora en el colegio), su estuche, sus lápices, el color de las libretas que utilizaba para cada asignatura (rojo para Catalán, azul para Matemáticas, verde para Naturales…) y, sobre todo, la expresión que ponía cuando lo regañaban, esa forma de fruncir los labios, balancearse hacia delante y hacia atrás y mirar al profesor con una mezcla de altivez, indiferencia y odio. Era indistinguible. Insoslayable. Como un gigante caminando entre hormigas.
Por la mañana, antes de entrar en clase, solía buscarlo entre las cabezas de los demás chicos, y no me quedaba tranquilo hasta que lo localizaba y comprobaba cuál era su humor aquel día. ¿Estaría contento? ¿Triste? ¿Irritado? ¿Soñoliento? Muchas veces, sus estados de ánimo no eran indicativo de nada. Pero, cuando no lo veía, me ponía tan nervioso que la menor perturbación a mi alrededor ya bastaba para que diera un salto. Tal vez, Pau no vendría a clase ese día. O, tal vez, ya estaba justo detrás de mí, a mis espaldas, al acecho. Listo para continuar con nuestra historia.
De algún modo, se las había ingeniado para estar siempre conmigo. El curso pasado, había convencido a sus padres para que lo apuntaran a la misma extraescolar que yo, pentatlón, un extravagante deporte que nadie más conocía y que sólo lo ofertaba nuestro pretencioso colegio privado. Además, a finales del trimestre anterior, nuestro tutor lo había sentado a mi lado. Nuestro pupitre estaba al fondo de la clase, al lado de la ventana y muy cerca de los armarios con el material de Plástica. Recuerdo que, a veces, me llegaba a la nariz el aroma de la pintura y de las ceras derritiéndose al sol. Estábamos en pleno invierno, pero, en mis recuerdos, el aula está siempre soleada, y en su interior hace siempre calor.
También soñaba con él. A veces, varias noches seguidas. No puedo recordar el contenido exacto de los sueños, ni tampoco cómo me hacían sentir. Lo que sí que recuerdo es que deseé muchas veces que lo cambiasen de clase o de colegio, que sus padres no se hubiesen conocido, que tuviese un accidente y perdiese la memoria, que cambiase, que sufriese, que todos sus amigos le dejasen de hablar. Pero, siendo sinceros, nunca llegué a desearle la muerte. Y nunca, nunca, nunca, me enfrenté a sus agresiones. No de verdad. No como debería haberlo hecho.
Estábamos en clase de Inglés. Desde la lejana cabecera del aula, la profesora explicaba con grandes aspavientos el uso del verbo auxiliar para construir negaciones e interrogaciones. The girl wants to have a dog. The girl doesn’t want to have a dog. Does the girl want to have a dog? A mi lado, Pau le susurraba algo a una chica sin rostro.
—… es maricón seguro —decía mientras me miraba por el rabillo del ojo—. Nos mira la polla en las duchas y nunca habla de las chicas que le ponen. Lo sé porque siempre se queda callado cuando le preguntamos. La verdad es que es una vergüenza para todos los hombres de la tierra… Los chicos nos avergonzamos profundamente de que vaya con nosotros a clase. Imagínatelo. Un maricón de mierda entre nosotros…
Yo bajé la vista hacia la mesa, intentando concentrarme en la puñetera chica del ejercicio de gramática y en si quería o no quería un puñetero perro faldero. Entonces me di cuenta, horrorizado, de que mis lágrimas estaban cayendo sobre la ficha imprimida, diluyendo la tinta azul de mis respuestas (Yes, the girl wants to have a dog. No, the girl doesn’t want to have dog). Intenté serenarme, pero había en el aire una extraña presión que, desde los hombros, parecía que me quisiera aplastar contra las baldosas del suelo. No podía hablar, no podía protestar, apenas podía respirar. Solo sollozaba escandalosamente, con hipidos y sorbidos y lágrimas copiosas que humedecían mis mejillas. Mi último recurso fue taparme la cara con las manos. No soportaba que Pau me viese así, que viese que había ganado.
La profesora interrumpió su lección, atónita. Tras comprender lo esencial del drama, echó a Pau del aula e informó al tutor de lo sucedido. Yo fui dispensado para ir al lavabo.
Después de clase, el tutor regañó a Pau delante de todos los alumnos y lo castigó obligándole a sentarse el resto del día en un pupitre separado. Para gran sorpresa mía, toda la clase se puso abrumadoramente de mi parte, incluso los chicos que también se habían metido conmigo alguna vez. El tutor nos dejó hablar durante algunos minutos, y todos dijeron que yo era un excelente compañero, que siempre les ayudaba a hacer los deberes y que no merecía que Pau me insultase llamándome «maricón». Las chicas, por su parte, se quedaron mirándome en silencio con una mezcla de piedad y ternura, y, más tarde, Amelia, movida por un sentimiento de caridad irrefrenable, decidió compartir conmigo sus chocolatinas de la merienda. Su gesto suscitó mucha admiración entre nuestros compañeros (Amelia era una de las chicas más populares del curso) y fue muy comentado en los días siguientes.
Esa mañana me sentí un triunfador. No hay otra manera de describirlo. Nunca me había sentido muy cómodo en el grupo de 6è C (de hecho, yo me contaba entre los marginados, pues casi todas mis amigas iban a 6è A), pero, ese día, el corazón y el alma de la clase me pertenecieron. Me parece que aquella fue la primera vez que experimenté el pernicioso placer que conlleva ser objeto de la lástima ajena. ¡Qué admirado me sentía! ¡Qué compadecido! ¡Qué… especial! Desde entonces, siempre he poseído cierta tendencia a exhibir mis heridas emocionales, a exhibirlas de manera completamente descarnada, impura, casi pornográfica, con el retorcido deseo no sólo de expresarme o de exorcizar el dolor, sino de hacerme digno de la compasión de los demás, a veces de personas específicas. Supongo que por eso estoy relatando estos pálidos recuerdos que sucedieron hace más de quince años. O tal vez no. Fui una víctima, eso está claro (parece mentira que aún tenga que recordármelo después de tanto tiempo). Creo que, al menos, me he ganado ese derecho.
Yo sabía, en cualquier caso, que las cosas no iban a acabar ahí. Pau era persistente, astuto y sibilino, y contaba con una ventaja de la que carecieron mis abusadores posteriores: él me odiaba de verdad. Todavía puedo vérselo en la mirada, en esos ojos ojerosos, en esa tez pálida y enfermiza, en ese pelo de un dorado desvaído que ya empezaba a oscurecérsele por la edad. Todo su cuerpo emanaba odio. Odio, rencor y miedo.
El viernes por la mañana (siempre recordaré que fue un viernes) nuestro tutor nos hizo ordenar y limpiar el aula. En aquellas ocasiones, yo solía ponerme a cuatro patas, gatear bajo las mesas con gestos robóticos y decir repetidamente Soy el Aspirador Automático… bip bip… Soy el Aspirador Automático, una broma que siempre hacía reír a mis amigas. Aquella vez, mientras gateaba, el rostro de Pau apareció repentinamente ante mí, con los ojos brillantes y una extraña y torva sonrisa que le deformaba la cara.
—Eres el Aspirador Automático, ¿verdad? ¡Pues toma basura, maricón!
Entonces, para mi sorpresa y horror, Pau me inmovilizó por los hombros e intentó meterme en la boca algunos pañuelos de papel que había recogido del suelo. Yo grité, tosí, me retorcí en sus brazos y logré zafarme, pero Pau se limitó a soltar una de sus risillas estridentes y se alejó de allí con la misma sonrisa de maníaco en el rostro.
Me levanté lentamente y me sacudí el polvo de las ropas del uniforme. El corazón me latía a marchas forzadas y me sentía débil y quebradizo, como si hubiese corrido varios quilómetros, como si Pau me hubiese amenazado con un cuchillo y no con unos inofensivos pañuelos de papel. Además, más allá de la rabia y de la humillación, me sorprendí sintiendo algo nuevo, algo frío y truculento, algo que, incomprensiblemente, me hacía desear irme a casa y abrazar a mi madre. Después de todo, Pau nunca me había tocado antes. Me detestaba demasiado como para hacerlo.
Los profesores, cuando se veían obligados a afrontar la situación, solían emplear grandes cantidades de tiempo en comprender los motivos por los que Pau se comportaba así conmigo. Aquella era una gran preocupación para todos los adultos que alguna vez se ocuparon del tema. Para mí, en cambio, la cuestión no podía ser más sencilla: Pau me trataba mal simplemente porque era mala persona. No obstante, después de aquel incidente, empecé a sospechar que había algo más en juego, algo más específico que el odio, algo más poderoso que la manía, la alevosía o la animadversión. Había allí algo realmente perverso. Una voluntad real de castigarme, un placer espantosamente preciso en humillarme, en insultarme, en rebajarme al nivel de los animales enjaulados o de los bichos aplastados contra los cristales de las ventanas.
Fue muy impactante para mí descubrir que alguien podía infringirme tanto daño por algo que yo no podía controlar y que a duras penas estaba empezando a entender. En aquella época, por supuesto, todavía pensaba que era imposible que yo pudiera ser maricón (de hecho, ni siquiera conocía todavía la palabra homosexual). Siempre había sido muy consciente de mi anormalidad, de que sólo tenía amigas, de que detestaba el fútbol, de que amaba el color rosa, los vestidos y las Princesas Disney. Todas aquellas aficiones me avergonzaban profundamente e intentaba ocultarlas a toda costa, pero, en el fondo, en mi fuero interno, no podía concebir que aquella acusación fuera cierta. A mí, simplemente, no podían gustarme los hombres. Aquello era malo y raro, y yo era bueno, aunque anormal. No lo sé. Suspiro desde mi habitación en Roma, levantando la vista del portátil. Supongo que me daba demasiado miedo ahondar en el asunto. De todas formas, enfrentarme a la hostilidad de Pau ya suponía un desafío enorme de por sí. Las secuelas de todo aquello llegaron más tarde.
Durante la clase de natación, que tenía lugar a la hora del mediodía, Pau convenció a nuestros dos compañeros de carril para que me hicieran el vacío. Aparte de nosotros, sólo había dos chicos de nuestra edad que hiciesen pentatlón: Adrià y Gerard. Iban dos cursos por debajo de nosotros y en general siempre hacían todo lo que Pau les proponía. Normalmente, los cuatro compartíamos el mismo carril de la piscina, pero, aquel día, pidieron al entrenador que me pusiera en un carril aparte, aduciendo que yo iba demasiado lento. El entrenador (que en ese momento estaba ocupado separando a dos chicas adolescentes que parecían a punto de pegarse) accedió sin prestar mucha atención, de modo que durante toda la hora nadé en un carril individual. Como digo, sentía rabia, humillación y mucha impotencia. Recuerdo que estuve toda la hora dando furiosos golpes a la superficie del agua mientras nadaba, descargando sobre ella toda mi frustración y todo mi dolor. Pero había algo más, un puño omnímodo que me cerraba la boca del estómago, o tal vez un estremecimiento latente que me recorría la columna vertebral, o las piernas, o el abdomen, o, incluso (¡ay de mí!), la inhóspita entrepierna.
Normalmente, cuando nos cruzábamos en el carril, Pau y los demás me lanzaban patadas e intentaban bajarme el bañador. Aquella vez fueron más creativos: bucearon por debajo de mí y me pellizcaron en la barriga, en los pezones, en las piernas y en cualquier superficie de piel a su alcance. Yo perdí el ritmo y me hice una pelota, tratando de protegerme. Cuando salí a la superficie y me apoyé en los flotadores que separaban los carriles, ellos ya se habían ido. Estaban en la otra punta de la piscina, señalándome y riéndose de mí.
Tras un segundo de pausa, me quité las gafas de buceo, di un par de brazadas y nadé hasta las escaleras mientras dejaba que mis lágrimas, tan extrañamente cálidas, se disolvieran en el agua fría de la piscina. El entrenador, viendo que me salía del carril, me preguntó si me ocurría algo (las adolescentes díscolas ya se habían marchado), pero yo negué con la cabeza, me sumergí y luego salí de la piscina. Le dije que estaba muy cansado y que ya había terminado mis series. Acto seguido me dejó volver a los vestuarios.
Pero Pau, Adrià y Gerard irrumpieron unos minutos después. Para mi alivio, se limitaron a ignorarme y a reírse entre ellos con bromas en las que yo no podía participar. Luego saltaron de banco en banco, se azotaron con las toallas y se persiguieron desnudos por todo el vestuario. Yo, naturalmente, mantenía la vista clavada en el suelo, pero también sentía una angustiosa necesidad de mirarlos que todavía no me era dable comprender. Gerard, especialmente, atraía mi mirada como un juguete brillante en una tienda, como una flor bonita, como un lápiz de color rojo entre un montón de tiza blanca. Me costaba encontrar metáforas apropiadas. Era el más alto y el más rápido de los cuatro y, a veces, cuando Pau no venía a los entrenamientos, me llamaba por mi nombre y se ponía a correr a mi lado antes de adelantarme con una sonrisa de disculpa. También se le achinaban un poco los ojos cuando sonreía, se encallaba con algunas palabras y, antes de salir del vestuario, siempre se miraba los dientes en el espejo y hacía una mueca. Por si fuera poco, era el mediano de tres hermanos, su clase estaba justo debajo de la nuestra y sus zapatillas de deporte tenían los cordones azules.
¿Por qué sabía todo eso? ¿Por qué me molestaba en saberlo? ¿Y por qué era tan importante? Bueno, en realidad, no creo que me formulase esas preguntas conscientemente. Tal vez, en parte, ya podía deducir la respuesta. O no. No lo sé.
A Pau, en todo caso, también le gustaba. Estoy convencido de ello. En los años siguientes, Gerard se convertiría en uno de los chicos más populares del colegio, y más tarde en un deportista de éxito. Pero en aquel momento todavía era un niño de once años que simplemente corría rápido y solía quedar el primero en las pruebas de Educación Física. No sé si la gente ya le prestaba aquel tipo de atención. Sea como fuere, nosotros dos fuimos de sus primeros fans.
Tras apartar la mirada de Gerard (no sin cierto esfuerzo), me vestí y metí todas mis cosas en la mochila, pero me percaté, con cierto nerviosismo, de que me faltaban los escarpines de natación. Miré debajo del banco y no estaban. Volví a mirar. Realmente no podían estar en otro sitio. Di una nerviosa vuelta alrededor del banco y miré de nuevo.
—¿Qué estás buscando? —canturreó Pau.
—No tiene ninguna gracia. ¿Dónde los has puesto?
—¿Dónde?, ¿dónde? —corearon Adrià y Gerard.
Por toda respuesta, Pau se encogió de hombros y sonrió.
Los tres estuvieron riéndose a carcajadas mientras yo buscaba los escarpines por todo el vestuario. Llegados a este punto, he de confesar que me cuesta un poco reconstruir mis pensamientos. ¿De verdad no fui capaz de enfadarme con él? ¿No le grité? ¿No le dije nada? ¿Tampoco a sus dos ridículos esbirros, que ni siquiera tenían nuestra edad? Todavía sentía el escozor de los pellizcos por todo mi cuerpo, y todavía recordaba que, según él, yo era una vergüenza para todos los hombres de la tierra. ¿De verdad le tenía tanto miedo? ¿De verdad estaba tan visiblemente a su merced?
Pues sí. Por desgracia, así era. No hay otra respuesta posible. Si realmente le hubiese plantado cara, aunque fuese una sola vez, mi mente lo habría recordado para siempre.
El resto de la tarde transcurrió sin incidentes. Primero tuvimos un examen sobre formas geométricas y luego bajamos todos a la sala de actos para escuchar una conferencia que organizaba el Ayuntamiento de Sant Boi sobre la importancia del reciclaje. Durante el entrenamiento de pentatlón, Pau propuso a Adrià y a Gerard que me hicieran el vacío de nuevo, lo cual fue un enorme alivio para mí. Sin embargo, en contrapartida, tuve que aguantar a Cecilia Cereza, una malvada adolescente cuyo único objetivo en la vida parecía ser demostrarle a todo el mundo que yo era, efectivamente, maricón. Uno de sus trucos más habituales en ese sentido consistía en señalar a los alumnos de fútbol, que se entrenaban en la otra punta del campo, y exclamar inocentemente, ¡Oh, mirar qué bueno está ese chico! (nunca usaba bien el imperativo, otro de sus muchos rasgos aborrecibles). Mientras pronunciaba esas palabras, yo notaba sus ojos clavados en mi nuca, atentos al más imperceptible movimiento de mi cuello hacia la dirección que ella había señalado. Por supuesto, Cecilia Cereza nunca logró cumplir con su cometido. Es prácticamente lo único que puedo decir a mi favor (además, los chicos de fútbol no me interesaban en absoluto; eran violentos, zafios y apestosos, como los hombres de las cavernas, y yo no quería tener nada que ver con ellos. Eso también cambió con el paso de los años).
Se hizo de noche y volvimos al vestuario para ducharnos. Tengo un recuerdo muy nítido de estar subiendo las escaleras de piedra que llevaban al campo de fútbol, detenerme para beber agua en la fuente y alzar la mirada hacia el cielo nocturno. El colegio siempre cambiaba cuando se hacía de noche; se volvía misterioso y emocionante, con los oscuros patios iluminados por focos parpadeantes y las ramas de los árboles susurrando quedamente en el silencio. Creo que, en ese instante, agradecí estar apuntado a pentatlón y poder quedarme en el colegio después de las clases. Me daba la impresión de que, de alguna manera, aquello me proporcionaba un conocimiento secreto. Un conocimiento preciado.
Y ya está. No tengo más recuerdos de cómo terminó el día. Lo único que puedo decir al respecto es que entré en el vestuario en compañía de Pau y de los demás y que, al cabo de una media hora, salí de allí duchado, vestido y con un ataque de ansiedad.
No estoy haciéndome el misterioso. Tampoco estoy evitando narrar una escena compleja que, con toda seguridad, habría supuesto la culminación de todo el relato. Creedme: si pudiera, os diría lo que ocurrió, pero no lo recuerdo. No sé por qué. Mi cabeza, simplemente, lo ha borrado.
En definitiva: no sé lo que me hizo.
A partir de allí, los acontecimientos se desencadenaron con mucha rapidez. Mi padre, que había venido a buscarme aquella tarde en compañía de mi hermana, llamó a mi madre por teléfono móvil y le pidió que viniera cuanto antes. Ella, ignorando todo el protocolo escolar (y, según me confesó más tarde, con ganas de quemar hasta los cimientos la propia escuela) convocó una «reunión» improvisada con Pau y con su madre, que también estaba en el colegio, corrigiendo exámenes en su clase. Los cuatro estuvimos hablando durante mucho tiempo en la entrada del parking para profesores. Yo no recuerdo nada de la conversación porque todavía estaba recuperándome del ataque del ansiedad. Lo único que sé es que, durante todo ese rato, estuve conteniendo el impulso de ir a abrazar a mi madre y no soltarla nunca más.
No hay mucho más que decir sobre esta historia, ni tampoco sobre Pau. La semana siguiente lo desapuntaron de pentatlón y lo cambiaron de sitio. Nunca más volvimos a estar juntos en la misma clase y creo que nunca más volvimos a hablarnos. En los primeros años de secundaria, todavía intentó poner a mis amigas en mi contra y, en los patios, de lejos, creo que me insultó una o dos veces. Pero aquellas tentativas se apagaron muy rápidamente. En el fondo, él sabía que tenía las de perder.
Odié a Pau durante muchos años. Sus insultos y sus humillaciones me persiguieron durante toda la adolescencia y me convencieron de que, por el hecho de ser maricón, mi vida estaba condenada al desastre. De hecho, el resentimiento hacia él es una de las emociones más constantes que he sentido a lo largo de toda mi vida. Él es, ciertamente, el chico de mis sueños, el chico de mis pesadillas. Hubo un momento en el que me poseyó por completo, en el que fui suyo hasta las raíces de los dientes, hasta las puntas de los cabellos. Él se convirtió en mi mundo: un mundo oscuro y frío, plagado de llantos, esbirros y risas cavernosas.
Aún hoy, debo confesar que me cuesta bastante empatizar con él. Sé que éramos niños. Sé que él también es homosexual. Sé que recibió muchos abusos en nuestro colegio, puede que más que yo.
Y sé que me odiaba porque, en el fondo, se odiaba todavía más a sí mismo.
Pero yo no tenía la culpa.
Y, aun así, a día de hoy, todavía pago las consecuencias.

No he podido leerlo sin un nudo doloroso en el estómago. Un nudo físico. Has hecho simplemente una radiografía de lo que han sufrido muchos niños. No, no se puede permitir. Nuestra escuela ha fracasado si no detecta, encauza y enseña lo antiético de estos comportamientos. Gracias, Abel.
Volví a leer esto por tercera o cuarta vez. De todo siempre me pregunto, ¿qué aspecto tenía ese chico?
Hay apenas una descripción, ¿pero físicamente como es/era? Me da mucha curiosidad si pudieras describirlo.
Este, junto a tu nuevo post, son sin dudas mis pedazos de textos favoritos de todo substrack.