Neurotismo
Sobre leer desnudo en la cama
Los rayos del atardecer entran por la ventana e inciden suavemente en la pared blanca de mi habitación, dibujando sobre ella una topografía áurea, incierta y tal vez ligeramente cohibida, como si, al entrar por la ventana, la luz hubiese esperado esconderse entre estanterías, muebles y marcos de cuadros y ahora no supiera qué hacer con tanto espacio, cómo extenderse, cómo reclamar una superficie lisa que no tiene asideros ni puntos de referencia. Podríamos decir que es una luz cansada, amable, desconcertada. A estas horas de la tarde, su único reino son los tejados, las inconcebibles cimas de la ciudad; abajo, en la calle, la temprana umbría invernal ya se ha apoderado del mundo.
Yo estoy tumbado en la cama, leyendo desnudo una novela de ciencia ficción. El tacto del edredón es gentil y envolvente, y el calor de la estufa recorre zalameramente la curva de mi cadera y los pequeños promontorios de mis rodillas. Por el altavoz, se escucha Lisztomania de Phoenix: So sentimental, not sentimental, no! Romantic, not disgusting yet, darling, I’m down and lonely… La escena es ligeramente excéntrica, aunque también elegante, con el toque justo de sensualidad. Es autoindulgente sin caer en el onanismo; es autorepresentativa, pero sin llegar a ser performativa, y mucho menos exhibicionista. Después de todo, nadie puede verme así.
Aún me cuesta acostumbrarme a esta sensación. En la casa de mis padres, la privacidad de nuestras habitaciones es básicamente teórica. Aunque cerremos las puertas, mis padres tienen la facultad incontestable de entrar y salir sin previo aviso, ya sea para guardar ropa en los armarios, para decirnos que hagamos la comida o simplemente para preguntarnos cómo estamos, lo que a veces resulta consolador, pero también enternecedoramente molesto. Por este motivo, nunca podía relajarme ni explayarme totalmente en mi cuarto, ni siquiera a altas horas de la noche, porque en mi familia todos tenemos el sueño intranquilo. Ahora, en cambio, tengo la certeza absoluta de que no vendrá nadie en dos días. De hecho, si en este momento una visita inesperada picara al timbre, yo aún tendría tiempo de sobras para vestirme, recoger la habitación y adecentarme en el espejo del recibidor, porque la hipotética visita, tras abrir la portería, aún tardaría varios minutos en cruzar el vestíbulo, llamar al ascensor y subir hasta el séptimo piso.
Debo reconocer, no obstante, que siempre he alimentado una pequeñísima fantasía en ese sentido. A veces, confieso, me imagino que Alguien entra por sorpresa en mi habitación y me encuentra haciendo alguna actividad vagamente artística o intelectual: leer, pintar, coser, escribir en una libreta… Siempre son actos manuales e inactuales, íntimamente sentidos, irreprochablemente sinceros, sin un ápice de performatividad. Qué culto, qué interesante, qué excéntrico, me imagino que piensa Alguien, tal vez con un deje de admiración. Por supuesto, cuando Alguien adquiere una consistencia específicamente masculina, la escena se vuelve veraniega y sofocante, y yo llevo unos pantalones cortos de deporte y una camiseta de tirantes muy ceñida, especialmente en la cintura. Las dos prendas las heredé de mi primo hace quince años, están muy desgastadas y sólo me las pongo cuando estoy en casa de vacaciones. Es un atuendo dejado pero insinuante, revelador pero sin artificio. Alguien, simplemente, me pillaría así vestido, expuesto en toda mi intimidad… y completamente por sorpresa.
Soy consciente de la irrealidad que empaña esta ensoñación, sobre todo porque ya no existen las visitas inesperadas. Ya nadie está nunca por el barrio, ya nadie se deja caer. La tiranía del Google Calendar ha alcanzado todas las esferas de la vida humana, también la del libertinaje.
Por el altavoz suena ahora On The Flip Of A Coin de The Streets: From the point he gazed from, the choice was made, but walk the cave or the shore, the oily cave seemed to breathe on him… La verdad es que estoy un poco más tranquilo. Tras la euforia y la desorientación, la rutina empieza a reclamar de nuevo su presencia en mi vida. La rutina, esa dádiva dudosa… Ahora, los viernes por la tarde voy a un grupo de teatro con mi amiga B., lo que me ha obligado a traspasar las publicaciones de la newsletter al domingo. El miércoles acompañé a mi amiga E. a la inauguración del BarnaSants, y el sábado invitamos a C. a cenar en el piso. El domingo, por si fuera poco, R. me invitó a su casa a jugar al mahjong con otros dos chicos gays, y luego fuimos todos juntos a tomar algo en un bar. Al día siguiente, me ofrecí a ayudar a R. con sus deberes de español, de modo que estuvimos toda la tarde en su cuarto, cada vez más juntos, mientras yo le hablaba sobre preposiciones, complementos directos y locuciones verbales. Al final, R. me bajó el cuello del jersey porque (dijo) quería verme bien el vello del pecho. Por desgracia, su compañero de piso llegó en ese preciso instante, y el sutil hechizo se desvaneció.
R. me desconcierta por muchos motivos diferentes, pero hoy no me apetece escribir sobre él. La novela que estoy leyendo, por cierto, es El Atlas de las Nubes, de David Mitchell. La película me conmovió profundamente la primera vez que la vi, allá por 2012, cuando el peso de mis secretos me aislaba no sólo del prójimo, sino también del Tiempo, de toda dimensión transcendente. Sus historias encadenadas, no obstante, me permitieron sentirme conectado con la majestuosa rueda de las ciudades y los siglos, con los deseos de tantas y tantas personas que, como yo, en todas partes y en todas las épocas, han suspirado al unísono y se han reclinado sobre la cama, alzando un brazo hacia el techo para tratar de asir la declinante luz del ocaso.
Ah, pero el sol ya se está poniendo bajo mi ventana. La playlist se ha terminado, el libro yace boca abajo entre las sábanas y la melancólica pereza del domingo por la tarde me hunde aún más en este sopor neurótico, erótico, tónico, catatónico…
Me temo que toca levantarse.


Totalmente off-topic, pero no he podido evitar solazarme, casi refocilarme, en la idea de que fuéramos protagonistas de una comedia mala titulada “Hombres de pelo en pecho” con un argumento muy flojo en el que tratamos de enseñar el verdadero significado de la Navidad a El Chichis y al final es el quien nos acaba dando una lección sobre lo intangible de la Navidad. Salen varias escenas con Tetramorfos y, al menos, un plano secuencia del Pantocrátor de la San Isidoro de León.
Si te sirve, cuando te leo me siento una chica francesa intelectual en una película indie. Es mi manera de decirte, como Alguien, «qué culto, qué interesante, qué excéntrico». Eres el mejor 💙