Mi último día en Roma
Sobre atardeceres, monumentos y la máxima cualidad del amor
30 de mayo.
Nunca lograré acostumbrarme a la belleza del mármol blanco iluminado por la luz del atardecer. En esta ciudad, el ocaso posee una consistencia especial que no se encuentra en ningún otro lugar del mundo. Los rayos de luz anaranjada se hunden lentamente bajo la colina del Gianicolo, acarician los remates de las cúpulas barrocas, se deslizan entre las fatigadas ruinas del Foro y se posan, con una delicadeza sorprendente, sobre las ramas de los pinos que crecen por toda la ciudad. Entretanto, la gentil calina va disipándose lentamente y las bandadas de pájaros remontan el vuelo por un cielo tan ancho y profundo que, por un instante, parece que esté descendiendo para fundirse amorosamente con la tierra. Tras ser testigo de los ocasos romanos, me extraña muy poco que la mayoría de teogonías míticas comiencen precisamente con la unión entre el cielo y la tierra, con esa cópula mística que engendra dioses, elementos, criaturas y planos existenciales. Gea y Urano. Nut y Geb. Rangi y Papa. Eternamente unidos, trágicamente separados. Y sólo aquí, en este tránsito, se les permite colmar el mayor de sus deseos: la dicha momentánea del abrazo entre dos amantes.
Escribo esto desde la escalinata de acceso a la Basílica de Santa Maria in Aracoeli. Estoy sentado en el antepenúltimo escalón de mármol junto a una pareja de jubilados y un fotógrafo con boina (el detalle me parece importante) que dispara instantáneas apoyado en el pasamanos de la escalinata. Un grupo de escolares corretea por el atrio de la iglesia, desoyendo las indicaciones de su monitor, mientras un nutrido grupo de monjes agustinos resopla y les lanza miradas de desaprobación. También hay turistas, por supuesto. De hecho, es muy probable que todos nosotros seamos turistas.
Respiro hondo varias veces. Desde aquí, se puede admirar una panorámica envidiable de la Piazza Venezia, con la mole inmensa del Vittoriano a un lado y la escalera que conduce al Campidoglio al otro. Más allá del tráfico y de los precarios pasos de cebra que cruzan la plaza (un coche italiano nunca se detendrá para dejarte pasar), se levantan las fachadas de varias iglesias, palacios y museos. A lo lejos, se yerguen las siluetas de las cúpulas y los campanarios, y, más lejos aún, se distinguen los contornos desdibujados de unas colinas de las que no conozco el nombre.
Lo cierto es que en Roma se puede respirar muy bien. A pesar de las multitudes de turistas que abarrotan sus calles y plazas, uno siempre puede refugiarse en alguna callejuela desierta o en uno de los numerosos parques de pinos donde, incluso en los días más ajetreados, es posible oír todavía el trino de los pájaros. En general, hay muchos espacios abiertos donde correr y gritar, y también muchos rincones ocultos donde esconderse y perderse, quién sabe si a uno mismo, a otra persona o incluso a Dios. Barcelona, en cambio, es uniforme y centrípeta, angustiante, estéril, con sus avenidas rectilíneas, sus veranos sofocantes, sus trenes averiados y sus edificios inconmovibles que se yerguen como muros a ambos lados de la calzada. Qué difícil es sentirse allí verdaderamente libre. Qué poco espacio, qué poca imaginación. Y, sin embargo, cuánto la echo de menos. Escolta, Píquer, dame aire con tu abanico… Que sóc de Barcelona, i em moro de calor.
Siempre llevaré algo de Barcelona en mi interior, vaya adonde vaya. Ahora sé que, además, Barcelona también conservará algo de mí, porque, gracias a este viaje, he podido comprobar que mi ausencia deja un vacío real que no se ha disipado en todas estas semanas. Lo he notado en las videollamadas que hacía con mis padres, en los mensajes de WhatsApp de mi hermana, que transmitían el parte habitual de rencillas domésticas, cotilleos y últimas noticias; en las conversaciones con mis amigas, en los audios de C., en las fotos que me enviaba N. de sus últimas adquisiciones frikis, e incluso en los mensajes más formales que he intercambiado con mi supervisora de tesis o con la directora del Departamento.
Sí, es bonito saber que los demás te necesitan y se preocupan por ti. Aunque, tal vez, no solamente es bonito: es redentor.
Recuerdo con especial calidez la videollamada con M., que me dejó sumido en un océano de dulzura durante varias semanas. Como el cielo y la tierra, yo también tuve que reprimir el impulso de acariciarlo, pues no quería acercar los dedos a su rostro y toparme nada más que con la dura pantalla del portátil. Aun así, durante esos cuarenta minutos, sentí una íntima alegría de corazón que todavía no me ha abandonado. Él estaba allí, delante de mí, casi a mi alcance, casi conmigo, con esa sonrisa risueña, esos ojos cálidos que no sé si volveré a ver en persona, esa voz suave que titilaba en mis oídos, a través de los cascos inalámbricos… Parecía feliz. Parecía esperanzado. Gracias, gracias, gracias. Es todo cuanto puedo decir.
¿Qué más? ¿Qué más? Recuerdo los paseos a última hora de la tarde por el parque que hay al lado de mi casa, en los que aprovechaba para mandar fervientes audios a C.; recuerdo las caminatas con mi amiga M. por el centro de la ciudad, las plegarias silenciosas y nunca contestadas ante la calavera de San Valentín, las excursiones dominicales por el barrio antiguo, la íntima emoción al reconocer una columna de época romana encastada en la fachada de un edificio cualquiera, y, sobre todo, esa forma tan particular de alzar la vista hacia la pintura de la Virgen María que hay en el Viccolo del Divino Amore y sentir (¿quién lo hubiera imaginado?) un instante de verdadera felicidad.
Recuerdo también las cansadas conversaciones con mi compañero de piso mientras los dos preparábamos la cena en la estrecha cocina del apartamento; recuerdo la tarde del Habemus Papam, cuando, justo después del anuncio jubilar, mis vecinos salieron a la calle exclamando ¡Aleluya, aleluya! y todas las campanas del barrio empezaron a repicar a la vez; recuerdo al gato atigrado que encontré tumbado al sol junto a la Villa Borghese; recuerdo ese apartado rincón del Foro, justo al lado de la Curia Julia, escenario predilecto de mis frenesíes con I.; recuerdo la mañana en que subí a la cúpula de San Pedro y sentí que podía rozar las alas de los ángeles con los dedos; recuerdo el azul de las fuentes, el blanco deslumbrante del edificio del Rectorado, las risas de E. en la heladería del Panteón, las tranquilas noches romanas, la luna asomando por los arcos del Coliseo.
No todo ha sido perfecto, claro. Ha habido días en los que solamente hablaba para enviar audios a C. o para musitar Scusami, Con la carta o Grazie a Lei en el transporte público o en la cola del supermercado. Las horas ininterrumpidas de introspección y soledad me han permitido reconectarme con la escritura, pero, al mismo tiempo, han magnificado mis viejas obsesiones y han devuelto a la luz algunas heridas del pasado. También he estado enfermo. También he estado triste. Y también he lamentado ser yo mismo.
Pero todo eso ya lo sabéis. Ahora debería ir volviendo al apartamento, donde me esperan mis maletas hechas, mi billete de avión y la superficie pavorosamente vacía de mi escritorio. El sol ya se ha puesto hace rato; de hecho, se me está quedando el culo frío de estar tanto rato sentado en el escalón. La pareja de jubilados se ha marchado renqueando, y también han hecho lo propio los escolares y el grupo de monjes agustinos (que, ahora que lo pienso, tal vez eran dominicos, porque su hábito también es negro con túnica blanca). En sustitución de todos ellos, ahora hay una petulante pareja heterosexual de luna de miel, cuya presencia, por defecto, constituye uno de los mayores alicientes para que abandone cualquier espacio. De tal guisa, me levanto, desciendo la escalinata de Santa Maria in Aracoeli y me dirijo, por última vez, a la parada de metro.
¿Cuál es la máxima cualidad del amor?, me pregunto de repente mientras bajo las escaleras mecánicas. ¿La salvación? ¿La benevolencia? ¿La gratitud? Como dijo Kapuściński, el sentido de la vida es cruzar fronteras, pero, tal vez, ese sentido solo se revela con toda su plenitud cuando hacemos el camino de vuelta. Yo, en todo caso, vuelvo a casa.
De eso estoy seguro.
Ciao, Roma.
Grazie di tutto.

