Maco
Una escena de oficina
Quizás mi momento favorito de la mañana es ese ratito entre las diez y las once en que el sol se refleja en las ventanas del hotel que hay al otro lado de la calle. El resplandor que emana es tenue, sosegado y pálido, y llena el despacho con una luminosidad extrañamente tranquila, con esos destellos que arranca al cristal de los bolígrafos o a los anillos metálicos de mi compañero cuando gesticula con las manos al hablar por teléfono. Luego, la luz se proyecta sobre el suelo de linóleo en forma de alargados rectángulos, y así va escalando lentamente por los zócalos y las paredes hasta llegar justo hasta el marco inferior de la pintura abstracta que tenemos colgada al lado de la puerta. Hacia las once, más o menos cuando las campanas de la iglesia de Belén anuncian la misa diaria, esta luz tan particular va esfumándose dulcemente, porque el sol ha subido demasiado y ya no se refleja en las ventanas del hotel.
Es habitual que en estos momentos mi mente eche a divagar. La quietud matinal es normalmente absoluta, a pesar de encontrarnos en el centro de la ciudad, y solo se oyen algunos teléfonos lejanos resonando en plantas vacías o los susurros inaudibles de los otros oficinistas. Incluso mi compañero parece adormecerse un poco, pues más de una vez lo he visto cerrar los ojos cuando la luz reflejada del hotel acaricia su frente. Entonces suspira, se quita un anillo o dos y se queda observando por la ventana con la mirada absorta. A veces incluso me dirige algún comentario: ¿Qué tal? ¿Todo bien?, Hoy hace más frío, Las adquisiciones de este año son un caos, ¿Sabes si Francisco vendrá a la reunión? Pronunciadas en el silencio de la mañana, sus palabras adquieren un componente trascendental, misterioso e indescifrable, como si encerrasen un secreto. O quizás es algo parecido a la ternura. O a la atención. No hacia mí en concreto, claro, sino hacia todo nuestro mundo. Hacia el hecho de existir.
—Gracias —le digo un día de repente, sin que venga al caso.
—¿Gracias? —mi compañero aparta la vista de la pantalla y me observa con una sonrisa de sorpresa, con el toque justo de timidez, o quizás de intimidad, o de incomodidad—. ¿Gracias por qué?
Me encojo de hombros. Sus anillos lanzan destellos, y también la montura de sus gafas. Parece bañado en luz.
—Haces que las horas se me pasen más rápido.
Durante un momento no hace nada, pero entonces inclina la cabeza con lentitud. Creo que lo he halagado.
—Eso es un buen cumplido, maco. Es curioso cómo el tiempo puede ser tan relativo, ¿verdad?
—Pues sí... Por cierto, ¿no te molesta la luz del sol? —digo nuevamente—. Podemos bajar la cortina, si quieres.
Pero él hace un gesto amable con la mano y ambos volvemos a nuestro trabajo. Es una suerte, porque, justo entonces, Francisco pasa por el umbral de nuestro despacho. No le gusta que hablemos mucho. Tampoco es algo que tenga mucha importancia, porque últimamente apenas viene uno o dos días a la semana. Noviembre, después de todo, siempre ha sido época de inspecciones. En todos los sentidos.
—Maco —dice.
—Qué.
—Tú también haces que las horas se me pasen más rápido.
Todo se detiene por un instante. La luz se queda congelada en el aire y adquiere más definición, más nitidez, como un cuchillo recién afilado. No sé si es algo bueno o malo, pero... ¡Ah, ah, ah!

Me trajo buenos recuerdos sobre libros y bibliotecas del libro Jonathan Strange y el Señor Norrell
Ganas de enclaustrarse en buena compañía.
¡Exquisito! Ese dulce vértigo de sentirse visto ya es un placer, y tú lo transmites con una sensibilidad que deja deseando seguir leyendo.