Los ojos y las luces
Shut up and dance!
Al final no iré a la fiesta. Javier me ha vuelto a insistir cuando hemos salido de clase, pero yo me he encogido de hombros, he apartado la vista y he murmurado algunos sintagmas al azar: No, es que… En realidad, yo… Estoy tan cansado… De inmediato, Javier ha desviado la mirada hacia el resto de sus amigos, que salían de clase detrás de nosotros, gritando, riendo y armando mucho barullo. Dos de ellos, que avanzaban cogidos por los hombros cantando una melodía fiestera (Nascut entre Blanes i Cadaqués, molt tocat per la tramuntana…), se han abalanzado sobre él y lo han empujado para llevárselo escaleras abajo. Javier se ha dejado hacer mansamente, con su grácil sonrisa y sus aéreos andares de adolescente. Casi parecía que sus amigos se lo estuviesen llevando en volandas… lejos, muy lejos de mí. No obstante, antes de doblar la esquina del pasillo, Javier ha girado la cabeza en mi dirección, se ha encogido de hombros y me ha sonreído con los ojos brillantes, lucientes y vivificantes, como iluminados por las luces de una discoteca. Su expresión me decía algo, me prometía algo, apenas una lábil exhalación que se disipaba antes de rozar mi piel… pero luego ha desaparecido.
Suspiro largamente. Tras su marcha, la Facultad de Periodismo vuelve a quedar sumida en el silencio. Se trata de un edificio imponente, moderno y diáfano, con fachadas acristaladas, corredores forrados de rojo corporativo y un inmenso patio de hormigón que parece absorber la alegría de todo lo que le rodea. En los vestíbulos y las aulas flota un aire soporífero, de una consistencia plúmbea, cuyo peso incongruente parece acumularse directamente en mis párpados, sobre todo a mediodía, sobre todo cuando trato de prestar atención en clase. No me atrevo a decir que las lecciones me aburren… Sólo finjo que estoy cansado.
Tras lavarme las manos en la fuente, cruzo el vestíbulo desierto y salgo a la fría noche otoñal. Es un jueves de finales de noviembre, las clases ya han terminado y yo estoy en el centro de Barcelona. Aún me sorprende encontrarme con estas avenidas rugientes, con estos transeúntes estrambóticos, con estos edificios altísimos, inhóspitos, inconmovibles, como sedes ministeriales de algún gobierno dictatorial. Podría ir a cualquier parte… Incluso podría ir a la fiesta. Así me apelan los vociferantes carteles que hay pegados a lo largo de la calle: VINE! VINE! VINE! Vine a la Pompeu Farra! Música i cervesa a preus populars!
Pero yo aparto la vista, como he hecho con Javier. Cada cartel es una bofetada: burlona, disuasoria, apremiante. Cada cartel me recuerda que estoy desaprovechando mi juventud, que tengo dieciocho años y aún no he besado a nadie, ni gustado a nadie, ni sorprendido a nadie. En toda mi vida, sólo he alcanzado el decepcionante grado de bulto, de personaje secundario, de borrón de tinta en una hoja de papel llena de apuntes inservibles. Sé que ahora el mundo está a mis pies, y sé que todo es posible y que todo está por hacer, pero, Dios mío, la soledad es espesa, desdibujada y oscurísima, como un océano sin forma. Mientras estudiaba el bachillerato, creía que la universidad me haría sentir libre, pero ahora veo que, en realidad, me he limitado a arrastrar mis angustias conmigo, mis contritas y mezquinas miserias, que yo cargo a mis espaldas como un refugiado de guerra que huye de su tierra natal, un refugiado temeroso, compungido, empequeñecido, con el corazón frío y quieto, como un puño a medio cerrar… o tal vez a medio abrir.
No soy digno de llevar el nombre de Juventud. Por la calle, me cruzo con grupos de estudiantes que se dirigen al recinto de la fiesta. Van vestidos de amarillo, rojo, verde, violeta. Colores saturados y estridentes, como prescribe el código de vestuario de esta edición. Entre la gente que abarrota la avenida, los universitarios se llaman unos a otros en voz muy alta, se hacen fotos, gritan y cantan y levantan al aire un vaso de plástico con cerveza, algunos ya tambaleantes, otros todavía ligeramente inhibidos. Yo apenas soy capaz de levantar la vista cuando paso entre ellos, pero, aun así, no puedo evitar captar algunas imágenes perturbadoras: ojos verdes rodeados de purpurina, un collar de perlas, abrigos que dejan entrever hombros desnudos, luces fluorescentes y muchos cuerpos que se rozan y se aprietan y se gimen al oído… ¿Qué estoy haciendo aquí?, me pregunto confusamente. Hace tan sólo quince minutos estaba sentado en clase, cómodo y resguardado, tomando apuntes sobre Noelle-Neumann y la teoría de la espiral del silencio…
Aun así, poco a poco, yo también me voy dejando arrastrar por la marea de estudiantes . Me deslizo entre ellos como un espectro sin dueño, como una gota de sangre fluyendo por su vena yugular, como una metáfora mimetizada, casi disimulada entre los versos del poema. Yo no visto ropa chillona, ni tampoco bailo, ni grito, ni miro a nadie a los ojos. De hecho, todavía llevo encima la mochila de la universidad, en cuyo interior guardo el portátil, la Ética de Spinoza y el manual de Fundamentos teóricos del periodismo. Dios… Soy tan insustancial como una ráfaga de viento, como una hoja de otoño, como un melisma perdido en la vastedad de una catedral.
Y entonces, entre la multitud invisible de la discoteca, nuestras miradas se cruzan. Al verme, Javier compone una sonrisa deslumbrante, una sonrisa alelada, olímpica, casi enajenada, que penetra por mis ojos y me derrite el entendimiento, cegándome, estremeciéndome, matándome dulcemente, abriendo mi espíritu a las delicias más subterráneas y a las agonías más delectables. Yo me quedo clavado en el sitio, engullido por las luces y los cuerpos, observando, con un repentino temor, cómo Javier va aproximándose lentamente hacia mí. Está tan contento de verme… Sus labios se mueven pronunciando palabras inaudibles que se disipan entre los compases atronadores de Shut Up And Dance. Va vestido con una camiseta fluorescente sin mangas, un pendiente dorado y una bandana roja anudada al cuello, como herido de muerte. Al llegar junto a mí, salta y grita mi nombre repetidas veces, enfebrecido, y yo salto con él, cogido de su mano, y todo desaparece a nuestro alrededor, y entonces nos elevamos sobre las cabezas de la gente, y nos acercamos, y él se inclina sobre mí, y sus labios brillan, Dios mío, brillan de verdad, y, y, y…
Y entonces abro los ojos de golpe, porque el tren ha llegado a mi estación: un pequeño andén desierto, una anónima ciudad de extrarradio, un cielo sin estrellas.
Pero una palabra palpita en mi corazón, punzante y displicente: Juventud.
Juventud…
***
Noviembre llega a su fin, y con él su quietud y su angustia. Aquí termina, también, esta pequeña colección de textos que escribí en diferentes noviembres de mi vida, entre 2015 y 2025. Ello ha implicado un pequeño ejercicio de arqueología digital por mi parte, pues me he visto obligado a bucear entre ordenadores antiguos, unidades de Drive abandonadas e incluso (¿quién lo habría dicho?) apuntes de la uni. La búsqueda, por ende, ha sido memoriosa, nostálgica y piadosamente espuria, muy acorde con el espíritu de la estación. Ahora, por contraste, ya sólo queda volver al presente y prepararse para el tiempo de Adviento, el último acto, la sinfonía final. Gracias a todos por haberme acompañado hasta aquí. A.

Ha sido muy guay este paseo por tu pasado de escritor, lo he disfrutado mucho❤️ a por diciembre, ahora!!
Me ha encantado, querido Abel... me he sentido muy identificada, creo que tampoco supe trabajar la juventud como lo hacía el resto y siempre me sentía fuera de lugar. Luego, con el tiempo, entendí que no hacía falta encajar en ningún sitio, que podía crearme un sitio a mi manera. Un beso enorme, te mando todo mi cariño de cierre de noviembre.