Los buenos hombres
Un paseo por la memoria familiar
Dicen que mi abuelo era un buen hombre. Dicen que una vez, mientras paseaba por Cornellá con mi abuela, vio expuesto en el escaparte del Cinco Duros un jarrón con flores de porcelana. Mi abuela se detuvo, contempló el jarrón durante unos segundos y luego prosiguieron su camino sin intercambiar una sola palabra. En aquel tiempo, ambos debían sacar adelante a una familia de siete miembros con un solo sueldo, y esa clase de menudencias estaban fuera de toda discusión. Al día siguiente, no obstante, mi abuela encontró en la diminuta mesilla de la cocina un paquete envuelto en papel oscuro: era, evidentemente, el jarrón de porcelana. Os puedo asegurar que el brillo prístino de sus delicadas rosas cerúleas todavía no se ha apagado, pues, a día de hoy, el jarrón permanece adormecido en el fondo de la vitrina del comedor de mis padres. Mi abuela se lo entregó a mi madre unos años antes de morir.
Y allí sigue, todavía, como un signo de su amor.
Mi madre y mis tías me han relatado la historia del jarrón muchas veces a lo largo de mi vida. Esta pequeña anécdota se suma a una serie tipificada de imágenes sobre mi abuelo que, con el paso de los años, han adquirido un matiz legendario, casi mitológico. Sé, por ejemplo, que mi madre y sus hermanos solían ver la televisión en casa de la vecina de arriba (esa sinfonía de ecos patrióticos, gris e insulsa, tan carente de vida como el lápiz desteñido de un censor), algo que incomodaba profundamente a mi abuela. Entonces, mi abuelo, haciendo lo que por aquel entonces se denominaba una burrada, respiró hondo y propuso comprar un televisor a plazos, pues le entristecía que sus hijos prefirieran pasar la tarde en una casa que no era la suya. También sé que entregaba todo su sueldo a mi abuela y que lo dejaba cada mes en la mesilla del recibidor, casi precipitadamente, como si quisiera desprenderse de él cuanto antes. Según dicen las mujeres de mi familia, mi abuelo sólo se reservaba unos céntimos para el tabaco, para el café y para los regalos de mi abuela. Luego se quitaba la ropa de trabajo, se sentaba en la sala y esbozaba una sonrisa cansada mientras los niños (sus niños) se agolpaban felizmente a su alrededor. Y también sé que, una tarde de mayo, mi abuelo se puso a ver con mi madre el programa de Félix Rodríguez de la Fuente, que, ese día, trataba sobre animales de la estepa castellana. ¡Mira papá!, exclamó mi madre cuando mi abuelo se hubo sentado en su butaca. ¡Son perros! Pero, justo en ese momento, el locutor del programa empezó a hablar: Puede que parezcan perros, pero, en realidad, estos animales son lobos: una peligrosa manada de lobos esteparios.
Mi madre se quedó contemplando la pantalla con los ojos como platos. Y él, entonces, se echó a reír.
Sí, creo que mi abuelo era un buen hombre. Soy consciente de que sólo lo he conocido a través de los recuerdos dulces y penumbrosos que han evocado para mí las mujeres de mi familia; aun así, dudo que todas estas imágenes puedan reducirse a simples ecos nostálgicos o a deseos exagerados de lo que podría haber sido. Yo ya conozco el legado de una persona que no ha amado a su familia, y no es, en absoluto, el legado que dejó mi abuelo al morir.
A pesar de todo, mi abuelo no era un hombre perfecto: sé que una vez azotó a mi tío con su cinturón y que luego, por la noche, mientras gemía de dolor en su cama, le curó las heridas con el rostro desencajado. Sé también que le tenía un temor reverencial a la religión y a la sexualidad. Un día, por ejemplo, decidió arrancar varias páginas de la Enciclopedia familiar simplemente porque contenían diagramas de la anatomía humana. Y otro día, mientras mi madre veía una película en la televisión con sus amigas (ya en los 80, you better shape up), mi abuelo irrumpió en el comedor y, rojo de ira y vergüenza, echó a todas las chicas de allí, pues en la pantalla se estaba proyectando una escena sexual. Por si fuera poco, en los oscuros meses que siguieron a la muerte de su primera mujer, mi abuelo fue captado por los Testigos de Jehová y estuvo a punto de unirse a ellos. En su biblia, que compró más o menos por esa época, aparecen subrayados con tinta azul varios pasajes significativos: Daniel 8:18, Mateo 2:17, Mateo 2:23 y, el más importante de todos, Juan 11:25, que aún hoy sigue inscrito en la lápida de su tumba. Todo esto lo sé porque, el día en que salí del armario, mi abuela me regaló este librito negro y centrípeto que ahora sostengo entre mis manos, una Sagrada Biblia de páginas finas, deslucidos bordes dorados y una sencilla anotación manuscrita en la contracubierta: «E. Márquez». Fue un gesto atávico y poderoso, cargado de un significado que aún hoy me persigue, que aún hoy me conforta.
Tras un susurro desvaído (que tal vez es una plegaria y tal vez un simple suspiro) devuelvo la biblia a la estantería de mi cuarto. Tengo la impresión de que el cristianismo era el demonio personal de mi abuelo, igual que ahora lo es para mí. Mi abuela, en cambio, siempre fue capaz de hallar consuelo en la religión. Para ella, Cristo era una imagen de paz, no de condena. Siempre la admiré mucho por ello.
Mi padre también es un buen hombre. Los primeros años de su vida transcurrieron en un pueblo remoto de Galicia en condiciones más propias de la Edad Media que del siglo XX. Así lo deduzco de las extasiadas descripciones que nos ofrece de su infancia: lameiros dorados a la luz del atardecer, juegos infantiles en oscuros castañedos, cascadas escondidas, animales salvajes y castillos en ruinas elevándose sobre los montes. Mi padre fue criado por su abuela (la Yayita, como nosotros la llamábamos) en una casa sin lavabo que se levantaba junto al camino que conducía a San Paio, el monasterio de la región, que actualmente también está en ruinas. Así es como me siento cuando paseo entre las calles de esa aldea desierta: como si caminara entre las ruinas de un pasado que ni siquiera es enteramente mío. Y si yo me siento así, ¿cómo debe sentirse mi padre? ¿Se creerá dueño de esos recuerdos tan antiguos, tan improbables? La verdad es que nunca se lo he preguntado.
A los ocho años, mi padre vino a vivir a Cornellá con sus hermanos y sus padres, a quienes por aquel entonces apenas conocía, ya que se pasaban la mayor parte del año trabajando en las fábricas de Alemania para poder enviarles dinero. Desde los nemorosos valles gallegos, mi padre vino a vivir a un pisito del barrio de San Ildefonso, que entonces recibía el sobrenombre de «Ciudad Satélite», un término futurista y vagamente glamuroso que no lograba camuflar su condición de barriada de extrarradio, sucia y mal condicionada, repleta de familias de clase obrera que, como ellos, procedían de Galicia, Andalucía, Extremadura o Castilla. Intento imaginarme el barrio con los ojos de mi padre: altísimos bloques de pisos que ahogan los horizontes, calles sin asfaltar, fachadas cubiertas de mugre y violencia y rencor y la peste rancia del nacionalcatolicismo. Mi madre dice que mi padre lo pasó muy mal durante sus primeros años en Cornellá. Dice que, al principio, se metían con él en el colegio porque no sabía hablar bien castellano. Y también dice que, cuando mi padre era pequeño y la Yayita se iba al pueblo a comprar, él se quedaba de pie en el porche, se aferraba a los barrotes de la baranda y gritaba: ¡Agüela! ¡Agüela! ¡Agüela! No se detenía hasta que la veía volviendo por el camino, a salvo y sonriente, de vuelta a casa.
Es curioso que casi todo lo que sé sobre los hombres de mi familia lo haya recibido a través de sus mujeres. Es algo en lo que no había reparado hasta que me he puesto a escribir sobre ellos. Todavía hoy, son ellas las que transmiten las historias, las imágenes, las leyendas, el legado familiar. En el caso de mi padre, la reprimida educación sentimental que recibieron los hombres de su generación se suma a un rasgo particular de su carácter: su deseo de protegernos contra todo lo que sea desagradable o negativo de la vida, y, más específicamente, de su vida. A pesar de que lleva muchos años explotado y presionado en su trabajo, mi padre nunca se queja ante nosotros más allá de los vagos Qué cansado estoy o Qué ganas tengo de que llegue el fin de semana. No comparte nunca sus temores ni sus preocupaciones, no evoca experiencias dolorosas, no habla de su abuela, ni de su juventud en San Ildefonso, ni de los amigos que perdió por culpa de la droga. No son vivencias fáciles. No son recuerdos fáciles. Y allí yacen, sin embargo, escondidos en lo más profundo de su corazón, en un lugar al que (creo) solamente mi madre tiene acceso.
Yo también puedo ser algo opaco, a pesar de sus evidentes esfuerzos por conectar conmigo. A veces, después de cenar, mi padre viene a mi cuarto, me da un masaje en los hombros y luego me pregunta cómo estoy, si necesito ayuda, si las cosas me van bien. Otras veces me habla sobre política, sobre música, sobre el tiempo, sobre cualquier cosa que se le pase por la cabeza. Y yo, abrumado por la tesis o por tal o cual chico de Tinder, me esfuerzo por seguirle la corriente, aunque, en ocasiones, reconozco que apenas aparto los ojos de la pantalla. No es algo de lo que esté orgulloso.
Y sin embargo siempre noto su mirada, vigilante y a veces lejana, planeando benévolamente sobre mí, como, cuando era pequeño, me observaba por encima del borde del libro de cuentos que me leía cada noche antes de acostarme. Aún recuerdo las voces que ponía: graves para los brujos y los lobos, y agudas para las princesas y las hadas. Cómo me hacía reír. Cuánto deseaba que el cuento no se terminase nunca.
Y, ahora, al sobre.
Es muy tacaño, de eso no cabe la menor duda. Y un poco cabezón, como todos los gallegos (xa estades tercando outra vez, masculla mi abuela cuando él y su hermano discuten). Le encantan la música y los ordenadores, la bicicleta y su tierra natal, y persigue esos intereses calladamente, casi resignadamente, sin esperar nada a cambio, sin desear nada más, sin compararse ni sentirse inferior, torpe o fuera de lugar. Él vive la vida con una calma serena que tal vez sea un privilegio de su sexo, un regalo de una sociedad que le favorece por sistema. Después de todo, las madres son juzgadas mucho más duramente que los padres. A ellas las condenamos por lo que han hecho mal; a ellos, en cambio, los elogiamos por lo que han elegido no hacer mal. Tu abuelo nunca me pegó, nunca me puso una mano encima, nunca llegó borracho a casa, solía decir mi abuela, a veces con cierta vehemencia.
No lo sé. Lo único que puedo decir al respecto es que, a pesar de todo, mi padre es un buen hombre, como también lo ha sido mi abuelo.
Fuera de ellos, la verdad es que no conozco a muchos más hombres en profundidad. Creo que el hermano de mi padre es un buen hombre. También lo son el director del Centro Gallego de Cornellá, mi tutor del TFG, algún amigo de la universidad y el marido de C. Por otro lado, no puedo negar que algunos chicos también fueron buenos hombres: M., P., N. y por supuesto Y.
En cuanto a mí, me limito a invocar un solo recuerdo: el día en que salí del armario, tras llorar durante mucho rato y confesarles todas mis tribulaciones, mi madre me cogió la cara con las manos, me miró a los ojos y me dijo: Tú eres un buen chico, Abel. Y te convertirás en un buen hombre.
Yo no supe qué contestarle. Lo cierto es que la palabra hombre me resulta ajena y un tanto angustiante, pero debo confesar que chico ya está empezando a adquirir un matiz ligeramente engorroso. De todas formas, ¿qué es exactamente lo que me han legado los hombres de mi familia? No estoy seguro de poder llegar a una conclusión valiosa después de haber escrito estas palabras. ¿Soy digno de esa herencia? ¿Soy digno de llevar sus apellidos? ¿Yo, un chico homosexual, afeminado, ansioso, torpe con el coche, incapaz de cambiar una bombilla o de arreglar un armario sin ayuda? ¿Un chico envidioso, inestable, lascivo, miedica y melifluo, que siempre piensa en sí mismo y se angustia sobre lo que los demás puedan pensar de él?
¿De verdad? ¿De verdad, mama? ¿De verdad puedo llegar a ser un… un… un buen hombre?


no sé cómo he dado con este texto pero me ha encantado tu forma de honrarles ❤️ cuanta memoria heredada y qué responsabilidad de ellas también… hay que creer en los buenos hombres
Eres tan bueno como ellos ❤️