Las últimas palabras
Fantasía en Babel
Los muros exteriores de Babel estaban decorados con gigantescas estatuas de figuras orantes. Representaban hombres, mujeres y niños con los ojos vendados, las manos implorantes elevándose al cielo y el rostro congelado en una expresión hueca y desesperada, con los labios abiertos pronunciando oraciones que nadie recordaba ya. Los babélicos, en su osadía, habían esculpido aquellas inmensas esculturas para hacerle creer a Dios que aún lo adoraban y que se arrepentían de sus excesos. De hecho, la creencia popular dictaba que, poco antes del amanecer, Dios se asomaba al borde del Empíreo para contemplar su Creación y, desde esas alturas inconcebibles, confundía las imágenes de piedra con seres humanos de verdad. Entonces sonreía complacido y permitía, un día más, que el sol iluminara las miserias de su mundo. Por eso, los babélicos llamaban al alba la hora del Engañado.
En el ojo izquierdo de una de esas esculturas vivía Um, uno de los últimos moradores de Babel. El ojo formaba una cavidad de piedra de unos quince codos de diámetro, lo suficiente para alojar un camastro de plumas, una mesa de trabajo y una deslucida cajonera donde Um guardaba las reliquias que encontraba durante sus paseos por la torre en ruinas. Al fondo del cuarto, una ventana ovalada (que se correspondía con la pupila de la estatua) permitía divisar las amplísimas llanuras de Sinar, que se extendían en tenues ondulaciones hasta la lejanía, como el mar de los antiguos mitos. Las paredes de la cavidad, además, estaban cubiertas con dibujos e inscripciones en la lengua de los Primeros Padres cuyo significado Um sólo podía aventurar parcialmente, pues la Gran Confusión había tenido lugar cuando él aún estaba en la adolescencia, por lo que había olvidado no sólo la lengua original, sino también los casi dos milenios de cultura babélica que quedaban a sus espaldas.
En los días buenos, Um bajaba a los niveles inferiores de la torre para recolectar musgo rosa, que era su principal fuente de alimentación. También recogía agua de los pozos circulares y pescaba truchas y otros animalillos cuyo nombre desconocía. En los días malos, Um se limitaba a lamer la cara interna de los pequeños moluscos luminiscentes que crecían en las paredes de las salas sumergidas. Su carne húmeda y blanquecina le proporcionaba una rara explosión de emociones que lo dejaban sumido en una apatía eufórica, en un revoltoso estado de inacción. Milenios más tarde, sus descendientes identificarían esa experiencia con el trance religioso, la creación poética o, ya más tardíamente, el simple colocón.
Nunca se cruzaba con nadie en sus paseos. Un día, junto al nártex del Templo de Nimrod, Um creyó distinguir los restos de una hoguera, y otro día, en el decimoséptimo nivel de la Academia de Teoturgia, encontró una curiosa estructura de madera con forma de cabaña. Aquellos hallazgos incrementaban su esperanza de conocer a Otro Habitante, pero, en su fuero interno, Um sabía que estaba solo. A través de galerías, corredores y escalinatas derruidas, Um sólo oía el viento silbando por los desnudos arcos de piedra, sólo respiraba el polvo de los altares en desuso, sólo escuchaba los ecos de su propia voz incomprensible, una voz que apenas lograba hendir en el majestuoso silencio de Babel, el silencio triunfante y vengativo de Dios.
En los desdibujados años que siguieron a la Gran Confusión, las obras de la torre se detuvieron indefinidamente. Por ese motivo, Um siempre evitaba adentrarse en los inacabados niveles superiores, donde aún había cabestrantes activados, herramientas punzantes sobresaliendo de los muros y bosques de andamios en precario equilibrio. Además, la cúspide interrumpida de Babel era fuente de oscuros y amargos pensamientos…
Por lo que Um podía recordar, la Gran Confusión había ocurrido de la noche a la mañana. Un día, simplemente, los habitantes de Babel empezaron a hablar idiomas distintos. Dios, al fin, había castigado las soberbias de la humanidad, confundiendo sus lenguas para que no pudieran entenderse los unos a los otros y, por ende, no pudieran concluir la construcción de la torre. De esta guisa, sus hermanas empezaron a hablar en lituano; sus hermanos, en latín eclesiástico; su abuela (¡ay de mí!) en el español anterior a la Reforma de la RAE. Él, en cambio, se sorprendió hablando una extraña lengua de transición gótico-samoyeda, con elementos del dacio, del anatolio septentrional y del protocéltico. Poseía un vocabulario extensísimo y más de diez conjugaciones, pero también un complejo sistema de posposiciones casuales y una red de dativos tan enmarañada que, muchas veces, Um no podía estar seguro de quién recibía la acción, quién complementaba la acción y quién era la acción.
En los meses siguientes, los hablantes de cada lengua empezaron a reunirse en zonas específicas de la torre, formando comunidades cada vez más cerradas y aisladas las unas de las otras. Tras varios intentos fallidos de comunicación, esas pequeñas sociedades monolingües empezaron a abandonar progresivamente Babel, buscando nuevos territorios en los que asentarse y desarrollarse con más libertad. Así, las hermanas de Um se unieron a la expedición báltica que, según los rumores, alcanzó las orillas del mar mítico. Sus hermanos, que enseguida adoptaron la gravitas propia de la liturgia preconciliar, partieron en procesión rumbo a las llanuras de Europa, cantando salmos y responsorios que nunca lograron atenuar la aridez de sus espíritus. Su abuela murió poco después, reivindicando en su lecho de muerte la tilde de «sólo» y el uso abundante de adverbios acabados en -mente.
Um nunca encontró a otros hablantes de su lengua. Cada vez que accedía a una nueva comunidad, sus palabras eran recibidas con miradas de lástima y melancólicos ademanes que señalaban la siguiente puerta, la siguiente galería, la siguiente escalinata. Aquí no. Aquí todavía no. Aun así, en su largo peregrinar, algunas comunidades le ofrecieron refugio temporal. De los siríacos, Um recordaba su tendencia al anacoretismo, pues solían sentarse en silencio alrededor de un pilar de piedra, desnudando progresivamente sus almas en el consuelo de la oración. Los griegos le enseñaron a pescar; los japoneses, a dominar el arte del onanismo; los quechuas, a orientarse en las trémulas lagunas de los niveles interiores. De los anglófonos y francófonos, en cambio, no guardaba ningún recuerdo en particular. En general, le habían parecido bastante aburridos.
Todos ellos acabaron marchándose, dejándolo solo en la gigantesca Babel. Para sentirse más acompañado, algunas mañanas, Um intentaba contemplar su reflejo en las aguas tranquilas de los pozos circulares. De este modo, observaba sus pupilas teñidas de rosa por la ingesta excesiva de musgo, reseguía con un dedo la silueta de su rostro pálido y estudiaba con atención la forma angulosa de sus mejillas. Pero, sobre todo, Um se dedicaba a examinar su lengua, aquel instrumento aparentemente zalamero, viscoso y atrayente que era la causa última de su soledad. ¿Por qué Dios le había asignado una lengua impronunciable? ¿Una lengua áspera, complejísima, redundante e inservible? ¿Qué había hecho él para merecer semejante castigo? ¿Semejante distinción?
Naturalmente, sus preguntas nunca hallaron respuesta. Sólo podía buscar, buscar, buscar… hasta que, un día, muchos años después, Otro Habitante emergió de la penumbra de las salas inferiores. Vestía una túnica blanca atada con un cinto y un largo manto azul. Al bajarse la capucha, las sombras revelaron un rostro pálido y anguloso, con las mismas pupilas rosadas de Um, que, al verlas por primera vez en otra persona, no pudo evitar sentir un sutil aguijonazo de angustia. Ambos se miraron con temor durante largos minutos, sabiendo que aquella era, seguramente, su última oportunidad. Entonces, Otro Habitante respiró hondo y dijo en voz alta:
—ta ou tahariaa taniia nili-tia-n i-huadu-n, id’i.
A lo que Um respondió, con una inmensa sonrisa de alivio:
—timinia min ni-nt-mi, hünsarai- manta nili’.
Esas fueron las últimas palabras que se oyeron en Babel1.
Este relato es un pequeño tributo al videojuego Chants of Sennaar. También me he inspirado en Piranesi de Susanna Clarke y en Caín de José Saramago. Obviamente, la fuente primigenia es Génesis 11:1-9, que narra la historia de la torre de Babel.


Qué buen relato. Me encanta como tiene un aire solemne y melancólico y, aún así, hay toques de humor entre medio. Mientras lo leía iba pensando ¿"habrá jugado a "Chants of Sennar"? Y resulta que si.
La pintura de Brueghel de la torre me gusta mucho, pero me gusta más la rojiza; "La pequeña Torre de Babel". Y respecto a esto: ¿El castillo de Laputa de la película del Studio Ghibli estará basada en el diseño de Brueghel? Lo menciono porque esa melancolía del personaje en su búsqueda me recordó también al robot solitario de Laputa, a esa sensación de belleza y soledad entremezcladas.
“reivindicando en su lecho de muerte la tilde de «sólo» y el uso abundante de adverbios acabados en -mente.” Casi estallo en carcajadas, muy bueno.
Me parece maravilloso que hayas utilizado el idioma para condenar a los personajes a la soledad, la incomunicación y el desconsuelo.
Dejando a un lado el humor, hay algo muy borgeano en este texto. Me gustó mucho =)