Las terceras personas
Sobre las relaciones abiertas
—No lo sé —respondí tras un instante de duda—. Yo nunca he tenido una relación romántica estable, así que, en realidad, no puedo opinar sobre este tema.
Estaba mintiendo, por supuesto. Mis amigas y yo condenábamos vehementemente las relaciones abiertas en cada ocasión en que nos reuníamos. No importaba si estábamos solteras o emparejadas, si teníamos el corazón roto o si estábamos a punto de independizarnos, si utilizábamos apps de citas o si estábamos atravesando un período de abstinencia. Mis amigas y yo comentábamos durante horas casos de relaciones abiertas que conocíamos y que habían fracasado, nos pasábamos mutuamente tuits o links de artículos procedentes de Núvol o de The New Yorker que secundaban nuestras opiniones y diseccionábamos con la jovial precisión de una junta revolucionaria la lista de motivos por los que la moda de las relaciones abiertas encubría el egoísmo endémico de nuestra generación, el miedo al compromiso de los hombres y, muy especialmente, la muerte y tumba del verdadero romanticismo, el único que merece la pena.
Desde luego (desde luego, reitero con todo el énfasis posible), a mí no me era dable verbalizar tales opiniones con la contundencia que mostraba ante mis amigas. En esos momentos, mi ingenio improvisaba vericuetos diversos mediante los cuales lograba expresar una sutil crítica hacia el concepto sin delatarme, gracias a Dios, como lo que yo era verdaderamente: un acabado, humillado, irremisible e irredimible mojigato.
—Es natural que el debate sobre las relaciones abiertas ponga el foco en los dos miembros de la pareja —continué con el mismo tono reflexivo y casual, como si nunca me hubiese planteado la cuestión o, más bien, como si tal cuestión me resultara indiferente—. Pero creo que una parte del discurso debería centrarse en las terceras personas que se relacionan con la pareja. En los amantes, ¿sabes? —Él asintió una sola vez con expresión cautelosa. Parecía acobardado ante la mención de un vocablo tan concienzudamente retrógrado—. Para mí, enzarzarme con un chico que está en una relación abierta es como cometer una falta de respeto contra mí mismo. Porque él puede hacer lo que quiera contigo, ¿te das cuenta? Él puede amarte y acariciarte, y abrazarte desnudo en la cama, y obsequiarte con corazoncitos en las stories, y compartir contigo pensamientos secretos, íntimos o profundos… pero, aun así, tú no puedes exigirle nada. Ni una pizca de comprensión o piedad. No en el fondo. No de verdad.
—Ya.
—¡Porque él ya te ha puesto sobre aviso! —exclamé levantando un dedo índice al cielo—. Ya te ha advertido que él no está disponible emocionalmente. Y tú lo has aceptado a sabiendas y plenamente consciente de la situación. De modo que, cuando realmente hay sentimientos heridos… tú no tienes dónde aferrarte. Él no está dispuesto a entender tus emociones ni a tenderte una mano para ayudarte. ¡Nunca lo ha estado, en realidad! Él sigue felizmente emparejado con su novio, y tú, olvidable amante pasajero, debes llorar a escondidas el desamor sin ni siquiera permitirte el decadente pero divino consuelo del resentimiento, porque, recordemos, la consumación romántica siempre estuvo fuera de la ecuación. En definitiva, ja sabies el pa que s’hi donava —hice una breve pausa, confundido por el espontáneo e infrecuente catalanismo—. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
—Claro que te entiendo —replicó con un tono ligeramente tenso—. Pero hay muchos tipos de relaciones abiertas.
—Claro, claro. Sin embargo, siempre existe una desigualdad de base, incluso cuando las relaciones son únicamente sexuales. Desde mi punto de vista, claro —concedí con una inclinación de cabeza.
—¿Por qué? Si el sexo es consentido y libremente elegido…
—Claro, claro —repetí—. Pero los estados emocionales de cada uno son diametralmente opuestos. El chico emparejado goza por defecto del sexo y del cariño físico siempre que quiere. Más o menos. Él tiene a su disposición un punto de referencia constante, unos ojos fijos sobre los que reposar la mirada, unos brazos en los que refugiarse de las angustias del mundo, un cuerpo en el que descansar, un… un… —me interrumpí con un carraspeo. Lo que había comenzado como un análisis resuelto y despreocupado, casi elegantemente irónico, estaba adoptando un cariz peligrosamente sincero, intenso y de una desesperación del todo inapropiada, la clase de desesperación que todos nos esforzamos en ocultar porque sabemos que resulta muy poco atractiva—. En cambio, el chico soltero está solo —concluí—. Duerme solo. Y ese tipo de placer nunca puede darlo por sentado. Ni la más mínima concesión, por pobre o insuficiente que le resulte. Solamente por eso, el encuentro sexual ya adquiere un significado diferente, porque lo que para uno es un simple entretenimiento, para el otro es un privilegio. Un privilegio vital. O al menos esa es mi opinión y mi experiencia —negué varias veces con la cabeza, desalentadora pero firmemente—. No, yo nunca m’embolico con chicos que tienen relaciones abiertas —otro catalanismo inesperado. ¿Me estaría poniendo nervioso?—. Esa es la única regla que aplico de forma consistente. Antes tenía dos: ni fumadores ni relaciones abiertas. Pero la primera regla la rompí el verano pasado, cuando me enamoré hasta las trancas de un fumador.
—Esquivaste la bala, por suerte.
—Pues sí —repuse con una involuntaria carcajada. No me esperaba un comentario así de su parte—. Así que ya ves. Yo nunca diré que las relaciones abiertas no puedan funcionar a priori. En el fondo, todo tiene que ver con las necesidades emocionales de cada uno, ¿no? Y si están cubiertas de esa manera… ¿quién soy yo para cuestionarlo? Eso sí, en lo que se refiere a mis propias decisiones, te puedo asegurar que siempre evitaré al máximo vincularme sexoafectivamente con un chico que tenga novio.
—Siempre lo evitarás al máximo, ¿eh? —Él me observó con una sonrisa vagamente socarrona—. Es curioso que utilices palabras tan ambiguas para enunciar principios morales de conducta personal.
—Sí, bueno, uno es humano e inconsistente y contradictorio —reconocí con la misma sonrisa. La verdad es que teníamos mucha química, Él y yo—. No me atrevo a negarlo tajantemente. Y la duda siempre ha sido el alimento de la sabiduría, ¿no?
—Protesto contra toda conclusión definitiva —recitó Él con voz soñadora.
—Exacto —repuse—. ¿Y tú qué? ¿Tenéis una relación abierta, Andreu y tú?
—Bueno… Es complicado —Él apartó la vista hacia el paisaje urbano. Estábamos paseando por una calle de la parte alta de Gràcia desde la que se divisaba buena parte de la ciudad extendiéndose a nuestros pies. Él había escogido el sitio, por supuesto. A mí nunca se me habría ocurrido proponer como punto de reunión un lugar tan inequívocamente romántico—. Supongo que sí. Se podría decir que tenemos una relación abierta.
—Ya.
—Está bien —aseguró con cierta vehemencia—. Está bien. Es un experimento. Una aventura nueva que estamos emprendiendo él y yo. Nos ayuda a… a valorar más lo que tenemos, ¿sabes?
—Claro —no lo entendía en absoluto.
—Estas relaciones tan jerarquizadas nos vienen impuestas por el sistema ideológico —afirmó—. Y es muy bonito poder darse la libertad de disfrutar de los cuidados de una forma más horizontal. Luego, desde el punto de vista puramente sexual… No sé, Andreu y yo tenemos ganas de explorarnos en ese sentido. Llevamos muchos años juntos, ¿sabes? Y la monogamia es tan absurda si te lo paras a pensar… Requiere un esfuerzo constante, una presión, una vigilancia moral… —Él soltó un hondo suspiro—. Es imposible no verlo como algo antinatural conforme van pasando los años. ¿Por qué cuesta tanto, a la larga, si es el estado teóricamente más perfecto al que puede aspirar el ser humano? ¿O el estado más deseable, al menos?
—No lo sé, Joan —respondí. No me molesté en ocultar el desaliento en mi voz—. De verdad que no lo sé.
—Entiendo lo que me has explicado. Y creo que es normal que, desde tu perspectiva, priorices vincularte con chicos que estén solteros. ¡Claro que lo entiendo! Pero tener pareja tampoco es algo tan maravilloso. Hay gente que tiene pareja y aun así se siente muy, muy, muy sola. Muy infeliz… Y tampoco es porque la pareja en cuestión no sea la persona correcta —añadió adelantándose a mis palabras—. Simplemente, se necesitan enormes cantidades de energía mental y emocional para que funcione. Ya sé que es un tópico, pero es que… ¡Te levantas cada día a su lado! ¡Cada día, desde hace años y años! ¡Imagínatelo! Ambos arrastráis recelos, dependencias, recriminaciones, juicios, silencios, tensiones, pasiones y amores que se transforman cada día en algo nuevo, en algo inesperado. Todo junto, todo a la vez, día tras día… Es, es…
Pero Él se quedó en silencio. Por un momento sólo se oyó la brisa estival sacudiendo los árboles del paseo.
—No lo sé, Joan —repetí finalmente—. Perdona si mis comentarios de antes te han incomodado. No pretendía cuestionar tus decisiones.
—No, no, no pasa nada —repuso encogiéndose vagamente de hombros—. No me has molestado.
Quise tocarle el hombro con una mano, pero me contuve. Habíamos llegado a su parada de autobús. Yo todavía tenía que bajar hasta la estación de metro de Lesseps para emprender el largo camino de vuelta a Sant Boi, donde había quedado para cenar con Sonia.
—Ha estado muy bien —dije, no obstante—. Me alegro de que podamos ser amigos.
—Sí, yo también.
Nos dimos un abrazo superficial y nos despedimos bruscamente. Tras alejarme de él, aún tuve tiempo de murmurar la declaración final:
—Oh, Joan.
Suspiré teatralmente y me volví hacia las vistas de la ciudad que ofrecía el mirador. Al fondo, descollando sobre los edificios de Barcelona, la franja azul del Mar Mediterráneo destelleaba como el reflejo de una imagen soñada en una siesta a mediodía. Justo entonces caí en la cuenta de que el verano estaba a punto de acabar y que yo todavía no me había bañado en la playa ni una sola vez.
A la sazón tenía entonces veinticuatro años.

Qué suerte los que conversan contigo, con alguien tan reflexivo y tan real. Y me ha encantado el apunte sobre la desesperación. A mí me pasa, y odio notarlo en mi voz cuando sucede. Un abrazo enorme
Qué texto tan guay Abel. El texto me ha encantado, y refleja algo que pienso en lo personal, ni relaciones abiertas ni debates sobre relaciones abiertas. Al final es importante que la persona que esté contigo tenga una mentalidad parecida a lo tuyo en eso… No sé si es rígido, pero creo que una pareja puede tolerar muchísimas diferencias entre los amantes, muchísimas, pero ¿sobre la gente que puede entrar en la pareja? Creo que hiciste muy bien en distanciarte.