Las gratitudes
"Gracias, gracias, gracias"
El otro día, mientras volvía de casa de E., tropecé con un bordillo traicionero en la esquina de mi calle y perdí el móvil. Imagino que se me debió caer del bolsillo derecho del pantalón, que es donde lo llevo siempre, pero yo no me percaté de su ausencia hasta que llegué a casa. La situación desencadenó una pequeña operación logística que tuvo como protagonistas a E., a mí y a J., que es la mujer que encontró mi móvil tirado en la calle. Primero, llamé a E. con el teléfono fijo y ella, a su vez, me llamó al móvil, lo que le permitió ponerse en contacto con J., que había recogido el dispositivo mientras salía del trabajo. Después, E. volvió a llamarme al fijo, yo la invité a casa y juntos llamamos nuevamente a J., que me citó al día siguiente en su trabajo para devolverme el móvil. Casualmente, J. trabajaba en el salón de belleza de Cornellá, y entonces caí en la cuenta de que aquella voz risueña que salía por el interfono se correspondía con la de la esteticién que me había hecho la depilación completa en julio, ese mes de infausto recuerdo. A la mañana siguiente, agradecido y enternecido por la coincidencia, decidí comprar una bolsa de cruasanes en la cafetería que hay al lado del salón de belleza, justo enfrente de la iglesia. Luego, en el mostrador del salón, J. y yo realizamos el trueque: ella me devolvió el móvil y yo, a cambio, le regalé la bolsa de papel repleta de dulces de bollería. J. y el resto de sus compañeras, que habían salido de sus cubículos para presenciar la curiosa situación, me dieron las gracias con un desparpajo sincero y genuino, y yo, ligeramente avergonzado, intenté corresponderlas del mismo modo: No todo el mundo habría hecho lo que has hecho tú, aseguré con ímpetu. Ella, no obstante, rechazó mis palabras con una sonrisa y un ligero ademán: No, hombre, no. Si no ha sido nada.
Pero sí que fue algo. A lo largo de los días siguientes, la pequeña anécdota (que expliqué a todo el mundo) fue desvaneciéndose poco a poco de mi mente, engullida por los anhelos azabaches de la rutina diaria. Sin embargo, mientras escribo estas palabras me doy cuenta de que, ese día, no sólo fui testigo de un golpe de suerte o de una coincidencia fortuita, sino de un acto de bondad. Un acto de bondad, empero, entre dos desconocidos. Cuando acudí a hacerme la depilación, ya detecté que J. pertenecía a esa clase de personas: no era una mujer exactamente alegre, pero sí dulce, habladora y compasiva, de palabras suaves, ojos cómplices y oídos siempre dispuestos a escuchar. A su lado, extrañamente, me sentí cómodo y seguro, a pesar de lo impropio de la situación y del carácter renuentemente físico de la tarea.
Los actos de bondad siempre me han acompañado en mis andanzas por la vida adulta. De hecho, confiar en la amabilidad de los demás resulta indispensable para alguien tan despistado como yo. En el metro, por ejemplo, mi solipsismo autoimpuesto se suele ver interrumpido por algún pasajero que, con más o menos timidez, me avisa de que me he dejado abierta la cremallera de la mochila. En la universidad, la jefa de mi sección siempre me cubre las espaldas cuando pierdo las llaves del despacho o cuando olvido firmar las actas de evaluación con el certificado correspondiente. Una vez, llegué a dejarme en clase un pen-drive con todos los PowerPoints de mis lecciones, pero, por suerte, la profesora de Hebreo que utilizaba el aula después de mí me lo guardó y me lo trajo un viernes a primera hora, justo antes del inicio de las clases. Ahora mismo, de hecho, estoy utilizando el cargador de móvil de mi hermana porque el mío me lo he dejado en el despacho de la universidad. Y la semana pasada me dejé la almohada en casa de B., donde hicimos una pijamada otoñal con N. y M. Esta mañana, por suerte, B. me ha enviado un mensaje prometiéndome que la cuidará bien hasta que pase por su casa a recogerla.
Mis amigas siempre se muestran tolerantes con mis despistes y tardanzas, incluso cuando les afecta de forma personal. ¿Cuántas veces he tenido que cancelar una cita con C. porque he descubierto que, esa misma tarde, tenía otro compromiso agendado? No demasiadas, pero sí las suficientes como para que ella esté en su derecho de enfadarse conmigo. Pero nunca lo hace. No de verdad. Y no es por mis aturulladas y arrepentidas disculpas. Es porque me quiere.
Porque todas me quieren.
Qué frase tan poderosa. Con qué facilidad la olvido cuando me dejo absorber por la cotidianeidad. Me paso los días osificándome en mis ausencias y en mis quebrantos, fingiéndome hambriento de amor, rememorando los últimos momentos de mi relación con J. D. (el sol ocultándose por la ventana, la radio apagada, sus palabras tenues y destructivas, esa vuelta a casa sumido en una crisis de ansiedad) o bien escribiendo largos y tortuosos posts que siempre terminan con una indirecta cada vez más directa que es como un grito a la nada, como un alarido en el desierto. Pero no pienso en que J. encontró mi móvil y me lo guardó hasta el día siguiente. No pienso en mi padre, que me pagó una multa el otro día sin que yo se lo pidiera; no pienso en mi madre, que ayer mismo me llamó desde su trabajo para hablar conmigo; no pienso en mi amiga A., la becaria postdoctoral del departamento, que siempre me da caramelos cuando estoy desanimado por la tesis. No pienso en ninguna de estas cosas porque, de alguna manera, ser consciente de lo afortunado que soy me produce un vértigo espantoso, porque siento que, si no lo aprecio lo suficiente, Dios me lo arrebatará.
¡Pero hay tantas cosas de las que sentirse agradecido! Basta con alzar la vista al cielo y dejarse. Dejarse acariciar por los rayos de sol, dejarse sorprender por el vuelo de los pájaros, dejarse seducir por el mosaico de luces y sombras que proyectan las ramas de los árboles, incluso en la ciudad, incluso en estos callejones estrechos y profundos que son como abismos sin fin. ¡Y el otoño, por Dios! Ana, la de Tejas Verdes, se muestra clarividente en este sentido, como en tantos, tantos otros:
Octubre fue un mes hermoso en Tejas Verdes, donde los abedules de la hondonada se tornaron tan dorados como el sol y los arces del huerto se cubrieron de un magnífico escarlata; los cerezos silvestres del sendero vistieron sus más hermosos tonos rojo oscuro y verde broncíneo, mientras en los campos comenzó la siega. Ana soñaba en aquel mundo de colores: —Oh, Marilla —exclamó un sábado por la mañana, al llegar con los brazos llenos de preciosas ramas—, estoy tan contenta de vivir en un mundo donde haya octubres. Sería terrible que tuviéramos que pasar de septiembre a noviembre, ¿no es así? Mire estas ramas de arce. ¿No la hacen estremecer?
Yo no tengo a mi disposición bosques de abedules, ni huertos de arces, ni océanos dorados y broncíneos, pero, aun así, intento recrear el espíritu otoñal de otras maneras. La semana pasada, por ejemplo, coincidiendo con uno de los primeros días fríos de la estación, me envolví en una manta azul y vi La Novia Cadáver en el portátil de mi cuarto. Siempre vuelvo a esta pequeña joya de Tim Burton: el dueto de piano entre Víctor y Emily, el claro bañado por la luz de la luna, los graznidos de los cuervos y el tictac de los relojes y el crepitar de las hogueras en esa sombría mansión victoriana… Todo eso, de alguna manera, me hace sentir en casa. De hecho, el otoño es el momento perfecto para la visualización ritual de este tipo de obras nostálgicas: Harry Potter y el Prisionero de Azkaban, Coraline, Treasure’s Planet, la primera temporada de Young Royals, algunos episodios sueltos de Avatar o el videojuego Life is Strange 2, cuya sintonía inicial ya consigue oprimirme deliciosamente el pecho. No hay ningún desafío estético o intelectual en estas historias, ninguna lección moral, ninguna reflexión política: sólo autoindulgencia, la suave delectación de los sentidos. Y está bien que así sea. I spent so long in the darkness, I’d almost forgotten how beautiful the moonlight is. La piel se estremece, los ojos se cierran de forma natural y yo me acurruco aún más en mi cama… y me siento agradecido.
También debo dedicaros unas palabras a vosotros, amigos lectores. Una vez, cuando iba al instituto, mi profesora de Literatura Castellana me aseguró que no hay nada más valioso que tener cosas que decir. En ese momento, sus palabras lograron traspasar mi pétreo aislamiento adolescente y hacerme sentir una chispa de consuelo. Yo vivía envasado al vacío, viendo el mundo a través de las finas rendijas de un armario, respirando el mismo aire seco, polvoriento y enrarecido que llevaba manteniéndome vivo durante años y años, toda mi vida, de hecho, según mi limitada experiencia. Allí dentro, sin embargo, el poder de las historias logró abrir un pequeño espacio interior, una especie de recámara o habitáculo aún más escondido, aún más recóndito, donde yo podía hacerme un ovillo entre tupidos terciopelos oscuros y, al menos, pararme a descansar. Mis palabras brotaban allí como un refugio hecho a medida, formando un teatro de hilos y vapores donde yo escenificaba no sé qué emociones balbucientes, sin saber todavía (¡sin sospecharlo siquiera!) que sí, sí, sí, yo tenía muchas cosas que decir.
No obstante, después de estos últimos seis meses, me pregunto si lo realmente valioso no es tener cosas que decir, sino gente que quiera oírlas. Durante mucho tiempo, ese discurso interior, tan estrechamente monologado, se asemejaba más bien a un pitido ininterrumpido que a un verdadero espejo donde pudiera conocerme a mí mismo, al mundo o a los demás. Por suerte, al salir del instituto, mis lentas aperturas a la amistad lograron desempañar un poco el foco, pero mis escritos, aun así, conservaron el mismo tono hermético, inconfesable y vagamente ridículo que me impedía compartirlos con nadie. La publicación de la novela fue, por supuesto, un paso gigantesco en ese y en otros muchos aspectos, pero, de un tiempo a esta parte, he sentido que el pitido estaba volviendo, tenue pero persistentemente. Sin embargo, la creación de esta newsletter me ha devuelto la confianza en lo que digo, en lo que pienso y en lo que escribo, me ha ayudado a conectarme conmigo mismo y me ha permitido revisitar mis antiguas heridas desde una posición diferente, tal vez no exactamente más madura o serena, pero sí, al menos, más consoladora.
Porque contar es sanador. Lo que se cuenta no deja de doler (ni tampoco de dar rabia), pero, de algún modo, el acto de contarlo ya supone una liberación, aunque no cambie nada, aunque, a veces, sea imposible llegar al verdadero destinatario. En estas últimas semanas, empero, mi monólogo angustioso se ha convertido en una conversación, en un gran abrazo que me envuelve con cada palabra amable que he recibido de vosotros, con cada muestra de aliento, con cada broma, comentario o guiño cómplice o cariñoso.
Así que gracias. Gracias a todos por verme, por oírme y por leerme. Gracias también a los otoños, a J., a mis seres queridos, a Tim Burton y a los creadores de Life is Strange.
Gracias, gracias, gracias.
Aunque a veces lo olvide, siempre os llevo dentro.
Gracias,
A.


gràcies a tu! (un plaer formar part de l'anècdota)
“me pregunto si lo realmente valioso no es tener cosas que decir, sino gente que quiera oírlas.”