Las genealogías
Reflexiones sobre el pelo rizado
Mi hermana y yo hemos crecido bajo el amparo exuberante de la melena rizada de nuestra madre. Cuando me perdía en la calle o en el supermercado, mi primer impulso era siempre mirar en todas direcciones en busca de sus llamativos rizos rubios, que destacaban entre las cabezas de la gente como un ave fénix en medio de una bandada de palomas. De hecho, uno de mis primeros recuerdos es enterrar el rostro en su cabellera espesa, insondable y profundísima, una suerte de oquedad ctónica que me cubría por entero y me protegía del barullo de fuera, de los gritos de los demás niños y de las luces y colores y estridencias de aquel caos inaprensible que, tiempo después, aprendí que recibía el nombre de vida.
Ninguna madre de la clase tenía un cabello como el suyo, y tampoco ninguna tía, prima o vecina que yo pudiera recordar. Su identidad (como madre y como mujer) estaba tan indisolublemente asociada a sus rizos que, cuando un día volvió a casa tras alisarse el pelo, yo rompí a llorar y le dije que parecía una bruja, una bruja malvada, como maticé señalándola con acusación. Ella soltó una risa alegre y me aseguró que su pelo volvería a la normalidad una vez se hubiese duchado: Está bien cambiar de vez en cuando, ¿no te parece? Pero yo negué furibundamente con la cabeza. Todavía no comprendía la importancia de escuchar a las madres.
Los rizos constituyen una herencia antigua en mi familia. Mi abuela materna y sus cuatro hermanas tenían el pelo rizado, pero yo nunca fui consciente de ello porque, durante toda mi infancia, lo llevaron como las Señoras Mayores que eran, corto y cepillado hacia atrás, con más o menos volumen según las modas y las personalidades de cada una. En las fotografías antiguas, sus recogidos exhiben extrañas ondulaciones concéntricas pegadas al cuero cabelludo, pues, en ausencia de productos adecuados, ocultar los rizos fue siempre la alternativa más elegante. No hay que olvidar que, antes de ser Señoras Mayores, mi abuela y sus hermanas fueron brillantísimas Niñas de Bien, a veces sin solución de continuidad entre un estado y otro.
Este principio estético, en cualquier caso, fue transmitido con el mismo vigor a la siguiente generación de mujeres. Por las mañanas, antes de ir al colegio, mi abuela siempre le mojaba y le cepillaba el pelo a mi madre para que tuviera una melena lisa como Dios manda, limpia, sedosa y lacia, acorde con los antiguos cánones. Por eso, en las fotos que tiene de niña, mi madre siempre sale con un cabello mustio y deshilachado, de un volumen inverosímil, que transmite una angustiosa sensación de artificialidad. No fue hasta que empezó su primer trabajo en una peluquería de Sants, con apenas diecisiete años, que mi madre se atrevió a romper con la atávica costumbre y liberar sus largos y acrisolados tirabuzones, que enseguida se dispusieron alrededor de su cabeza como una melena de Gorgona, ochentera y rebelde, abundantísima y excesiva. You better shape up! Ya no hubo vuelta atrás después de aquello.
Por desgracia, no puedo remontar el pelo rizado más allá de mi abuela, ni tampoco identificar la rama familiar concreta que nos lo transmitió. Conservamos varias fotografías de mi bisabuela y de mis dos tatarabuelas tomadas en Cádiz durante los últimos años de la Restauración Borbónica, pero mis antepasadas aparecen siempre con el pelo recogido en un moño, lo que me impide trazar genealogías seguras. Antes de ellas, sólo se extiende el brumoso terreno de la hipótesis. A veces, me gusta imaginar a damas andalusíes descansando a la sombra de los azahares, con largas melenas rizadas, oscuras y fantasmagóricas, medio ocultas por los velos y las sedas. Si sigo este hilo de Ariadna, mi mente retrocede mucho más allá, hasta los soles deslumbrantes del desierto beduino y las estepas milenarias del continente africano, donde, durante muchos siglos, el pelo rizado y su cuidado y ornamentación fueron considerados signos comunitarios de estatus e identidad. Allí, la reivindicación del pelo rizado ha seguido también su camino paralelo, adoptando una perspectiva marcadamente antirracista. Así lo explica Chimamanda Ngozi Adichie en Americanah, donde aprendí (para mi sorpresa mayúscula) que las mujeres nigerianas se trenzan y se alisan el pelo no por una cuestión de estilo o tradición, sino para parecerse lo más posible a las chicas occidentales de las películas, pues el pelo afro se asocia en ese país a la pobreza, la suciedad y el provincianismo. Internamente, la negritud deviene causa de estigma y vergüenza, pero esta desnaturalización, espantosamente autocolonial, se torna en reivindicación cuando la protagonista viaja a Estados Unidos y descubre los primeros compases del movimiento afro a través de una página web:
FelizmenteCrespoEnsortijado.com tenía un fondo de pantalla amarillo chillón, tablones de mensajes llenos de post, miniaturas de mujeres negras titilantes en la parte superior. Lucían rastas largas y colgantes, afros pequeños, afros grandes, trenzas enroscadas, trenzas gruesas, descomunales y llamativos rizos y caracoles. […] Aprendió, gracias a mujeres que colgaban instrucciones en extensos post, a evitar champús con silicona, a usar un acondicionador sin necesidad de aclarado con el pelo húmedo, a dormir con un pañuelo de satén […] Y a comienzos de la primavera —no era un día dorado por una luz especial, ni había ocurrido nada transcendental, y quizás solo fuera que el tiempo, como a menudo ocurre, había transfigurado sus dudas—, un día como cualquier otro, Ifemelu se miró en el espejo, se hundió los dedos en el pelo, denso, esponjoso y magnífico, y no pudo imaginarlo de otra forma. Se enamoró de su pelo, así de sencillo.
Al leer por primera vez este pasaje, no pude evitar sonreír y acordarme de mi madre y de mi hermana. También ellas comparten un hermético universo femenino formado por denominaciones arcanas y brumosos procesos alquímicos: sérum, acondicionador, espuma, champú, mascarilla, preparador, humidificador. Es, de hecho, una de las pocas esferas de la vida donde sus intereses coinciden, porque las dos son muy diferentes, tanto en temperamento como en predisposición. Por ello, siempre me resulta muy agradable verlas conversar sobre este tema, como dos internautas que, en igualdad de condiciones, comparten técnicas y fórmulas a través de FelizmenteCrespoEnsortijado.com. Así, tras muchos años contemplándolas desde la distancia, y muchos más negándome a mí mismo mi propia feminidad, decidí unirme a ellas y, en un arrebato de romanticismo, dejarme yo también el pelo largo.
En realidad, yo ya había reivindicado nuestro legado familiar durante mi adolescencia. No fue, empero, una decisión estética consciente. Al cumplir los trece años, desarrollé una vergüenza paralizante a ir a la peluquería, pues temía que mis compañeros me llamasen maricón si manifestaba el más mínimo interés por mi aspecto físico. Por eso siempre vestía ropa sencilla y pasada de moda, con horribles jerséis oscuros y tejanos desgastados que no combinaban bien con nada. Los demás chicos de la clase sí que podían ser presumidos y coquetear con las esferas más inofensivas de la feminidad (ir de compras, arreglarse, llevar pulseras o anillos, incluso depilarse) pero yo no podía permitirme ese lujo, porque ellos, después de todo, ya eran hombres de verdad, y yo, en cambio, debía demostrarlo. De tal guisa, mi pelo, simplemente, empezó a crecer. Y siguió creciendo y creciendo hasta que alcanzó la densidad de una bola de billar. Yo no mostraba ningún interés en cuidármelo o peinármelo mínimamente, a pesar de los ruegos de mi madre, de modo que la impresión general que producía era que tenía una selva en la cabeza, una selva tupida, informe y desagradable, que yo arrastraba tras de mí como una sombra fatigada. Recuerdo que me retorcía los tirabuzones con los dedos cuando estaba nervioso o aburrido en clase, que me manoseaba la cabellera en momentos de sofoco o vergüenza, que por las noches me estiraba las ásperas pelambreras de las patillas y que a veces, cuando nadie me veía, me ponía a sacudir violentamente la cabeza para sentir el pelo bamboleándose de un lado a otro. Los rizos me cubrían las orejas, la frente y la nuca, envolviéndome en un especie de esponja crispada, en una sofocante prisión capilar. Mi afro, entonces, devenía una emanación física de mi propia incomodidad espiritual, de mi propio temor a ver y a ser visto.
El pelo rizado, no obstante, también se convirtió en una seña de identidad, en un compañero, en un modo de ser-en-el-mundo. Era, dicho en pocas palabras, algo guay. Todas las personas a mi alrededor pronunciaban algún comentario elogioso o sorprendido sobre mi pelo cada vez que me veían. A la fuerza, mi peinado destacaba en todas las fotos grupales, también en los retratos de clase, donde yo siempre salía espantosamente mal, con esa postura jorobada y esa sonrisilla tensa y beoda, enmarcada por un hórrido bigotillo pubescente. Aun así, incluso yo podía reconocer que, cuando me dejaba cuidar por mi madre, mi afro no sólo se convertía en un peinado rompedor, llamativo o extemporáneo, sino que, además, me gustaba. Me hacía sentir especial en un mundo que insistía en silenciarme. Me hacía sentir poderoso.
Tal vez por eso decidí resucitarlo. Inicié el proceso en noviembre de 2023, pero enseguida hube de aceptar que, lo que me sobraba de voluntad, me faltaba ahora de materia prima. El pelo me crecía humillantemente ralo en el flequillo y demasiado abundante en las sienes y la nuca. Cuando me aplicaba los productos, los rizos se me acartonaban y se me quedaban enganchados al cuero cabelludo, dándome la apariencia de un perro viejo y mojado. Mi madre y mi hermana, tras compartir una mirada cómplice, me ofrecían consejos que yo intentaba seguir a rajatabla, pero ni toda la queratina del mundo podía enmascarar un hecho evidente: yo ya no tenía el pelo para esos trotes. Por eso, tras muchos meses de lucha infructuosa, me vi obligado a aceptar la realidad y a cortarme la exigua melenilla que mis agotadas células capilares habían conseguido producir.
No lo viví como una derrota, o no completamente. Si algo me ha enseñado mi experiencia con la homosexualidad, es que luchar contra el cuerpo es una empresa fútil. Como dice el Eclesiastés, hay un tiempo para sembrar y un tiempo para cosechar, y mi tiempo, simplemente, ya había pasado.
Y aunque ahora lleve el pelo corto, he de confesar que mis rizos siempre logran asomar la cabeza. Cuando llevo muchas semanas sin ir a la peluquería, el cabello se me empieza a encrespar y a adoptar su forma naturalmente caracolada, recordándome que, vaya donde vaya y haga lo que haga, yo soy hijo de mi madre y nieto de mi abuela, y que, por ende, siempre las llevaré conmigo en la sangre que me legaron, a ellas y a tantas otras generaciones de mujeres que, mediante el amor y la reparación, lograron hacer del cuidado del cabello (rizado o falsamente liso) una forma de comunidad.
Ya acabo. Como muchos sabéis, estoy realizando una tesis sobre literatura medieval. En la Edad Media, se daba una importancia extrema a la delimitación de las genealogías nobles, que solían seguir el principio cognativo de la patrilineidad. De hecho, en heráldica medieval, se suele decir que un linaje se ha «extinguido» cuando la generación en cuestión no ha sido capaz de producir un heredero masculino legítimo, lo que implica, normalmente, la desaparición del apellido familiar y la disgregación de su patrimonio. Las ramas femeninas, por tanto, se suelen pasar por alto en este tipo de estudios genealógicos, convirtiéndose en simples aderezos florales, necesarios para la procreación, pero incapaces, en el fondo, de transmitir el poder, el título o la riqueza. La patrilineidad, desde luego, no se instauró uniformemente en toda Europa hasta el siglo XVI, y existieron, mientras tanto, muchos modelos alternativos de herencia y cognación que proporcionaban a la mujer cierto control sobre sus propiedades y un mayor protagonismo en la formación de los linajes. Aun así, en nuestras investigaciones, solemos hablar grandilocuentemente de la Casa de Aragón, de la Casa de Trastámara, de los Capetos y los Valois y los Lancaster y los Plantagenet como si fueran dinastías monolíticas, casi personajes de un juego de rol, y olvidamos que, a través de sus mujeres, todas estas familias estaban estrechamente emparentadas, formando una tupida (e invisible) red de consanguinidades que, a la fuerza, vuelve absurdo el concepto mismo de «linaje».
Tras escribir este post, siento que, de algún modo, nuestro pelo rizado reivindica y hace visible todas esas ramas femeninas tan desdeñadas por los historiadores, que esconden, sin embargo, una historia propia, antigua y venerable, tan importante (o más, incluso; recordemos L’origine du monde de Courbert) que las masculinas.
En definitiva:
Qué guapa es mi madre.
Qué guapa es mi hermana.
Qué guapa era mi abuela.
Y qué orgulloso me siento de tener el mismo pelo que ellas.


Abeeeel! Qué post tan precioso. Como ondulaza/ rizada a la que ha costado bastante aceptar su pelo, vaya seña nos dejaron nuestros antepasados. Añadir que durante a mi viaje a Sevilla hice un tour decolonial, porque había bastante afrodescendientes en la ciudad desde hacía muchos siglos. Y aunque la comunidad desapareció, la mujer que nos dirigía afirmó que su legado ha seguido en nuestros genes: el pelo rizado, los labios gruesos, el pelo oscuro, la piel morena... La mezcla genética, cultural, social... es un hecho!
Para mi es importante saber que no estás calvo.