Las cosas que no vienen
"Quan vaig sortir de l'aigua em vaig asseure a reposar... Hauria volgut que les coses vinguessin i les coses no venien". La mort i la primavera, Mercè Rodoreda.
21 de abril. Domingo de Resurrección
Estaba descansando junto a la fuente que hay delante de la Galleria Spada. Debían de ser las doce del mediodía. Extrañamente, a pesar de encontrarme en el centro de la ciudad, no había nadie más en la plaza salvo una joven ciclista que, detenida en la esquina del semáforo, registraba un furioso audio de WhatsApp en un velocísimo italiano del que solo pude distinguir algunas obscenidades sueltas, Porcodio, Coglione, Vaffanculo y el omnipresente Cazzo, que los romanos emplean para las más variopintas y sorprendentes situaciones, ya como insulto, ya como efusión lírica, ya como expresión de placer (esto último lo había aprendido por experiencia propia).
Tras enviar el audio con un poderoso y dramático ademán, la chica, que parecía visiblemente más relajada, respiró hondo, enderezó su bicicleta y se alejó pedaleando por un callejón. Yo volví a cerrar los ojos, concentrándome en el sonido del agua que caía risueñamente en el pilón de mármol del fontanal, que casi relucía bajo la potente luz del sol: reflejos cáusticos de blanco sobre blanco, una eufonía de fríos destellos y cálidas auras que me recorrían la piel y luchaban por atravesar mis párpados cerrados.
Estaba cansado. Me había levantado temprano para asistir a una misa en arameo que había resultado ser bastante decepcionante, con una liturgia pobre y bochornosamente ensayada que había incluido cánticos desafinados, tartamudeos, silencios demasiado largos y la secreta intuición de que mi presencia incomodaba tanto a los sacerdotes como a los miembros de la congregación (formada exclusivamente por hombres, huelga a decir). El único momento memorable había tenido lugar durante el saludo de la paz, realizado por uno de los subdiáconos según una costumbre litúrgica que yo desconocía: en vez de dar la mano a los feligreses que teníamos a nuestro alrededor, como en el rito romano, debíamos quedarnos con la vista baja mientras el subdiácono recorría todos los bancos de la capilla y otorgaba el saludo de forma individual a cada feligrés. Cuando llegó mi turno, el subdiácono envolvió quedamente mis manos con las suyas y pronunció unas cuantas palabras en arameo mirándome directamente a los ojos. Era un chico joven, barbudo, de rasgos árabes y ojos negros e intensos, como si sus pupilas fueran en realidad eclipses o estanques en calma que reflejaban insoldables cielos nocturnos. Por un momento, me sentí acogido en su yerta y oscura benevolencia, o tal vez fue el consolador abrazo del Espíritu, que se había manifestado a través de nuestras manos titilantes… Uf. Hube de contener un estremecimiento. Sin duda, aquel había sido el tocamiento más erótico que jamás había recibido por parte de un hombre.
Abrí los ojos, suspiré resignadamente y abrí Grindr sin mucho convencimiento. Tras deslizar el dedo por la arrolladora avalancha de perfiles y comprobar que mi presencia no había suscitado absolutamente ningún interés (ah, esa familiar punzada de zozobra, esos ecos hueros, ese momentáneo pero intensísimo acceso de autoodio que por un instante deforma el cuerpo entero hasta convertirlo en un monstruo), bloqueé la pantalla del móvil, me abracé las rodillas y miré hacia la lejanía durante algunos segundos. Iba a levantarme para proseguir mi camino, pero, entonces, algo captó mi atención: una ventana que se abría silenciosamente en un edificio cercano, probablemente un bloque de viviendas, con una fachada pintada de blanco cubierta por la hiedra.
La ventana reveló un rectángulo de oscuridad impenetrable. De ella emergió, como un héroe de tiempos antiguos, un chico joven con el torso desnudo, que se aproximó al rayo de sol que entraba por la ventana y cerró los ojos, dejando que la luz del mediodía inundara todo su cuerpo como una promesa de salvación. Con aire perezoso, el chico levantó una mano y se rascó la base del cuello; con la otra mano se subió la goma del pantalón de chándal. Desde mi posición, podía distinguir sin problemas la forma de su ombligo y el tenue rastro de vello descendiendo zalameramente por su vientre, que casi exigía ser acariciado… El chico intentó abrir un ojo, pero la luminosidad era demasiado intensa. Tenía la piel blanca, suave, tan solo vagamente definida. No sé si llegó a verme.
En ese momento, una anciana de rostro malhumorado apareció a su lado en la ventana. Farfullando palabras en italiano, la anciana colocó una de sus manos arrugadas sobre el hombro del chico y lo guio hacia el interior de la vivienda. Él no opuso resistencia. Las dos figuras desaparecieron al cabo de unos segundos, pero la ventana permaneció abierta, como una cicatriz en el corazón de un enamorado.
El significado exacto de toda aquella escena se me escapaba. ¿El chico era el nieto de la anciana? ¿Era su sirviente? ¿Su protegido? ¿Su “chico de los recados”? ¿O acaso era un modelo que se estaba tomando un descanso tras una ardua sesión de fotos? ¿Qué pintaba la anciana, entonces? ¿Por qué no quería que el chico tomase el sol? ¿Y qué clase de dimensión mítica encerraba la extraña imagen? Tal vez, se me ocurrió con un estremecimiento, el chico era un ángel del cielo que había caído preso de una malvada bruja. Tal vez, en un primer momento, la bruja lo había atraído a la tierra conjurando sus secretos resquemores y sus torpes vergüenzas, ofreciéndole regalos envenenados y la promesa de una auténtica bienaventuranza, la que solo a los seres mortales, con sus equívocos roces y sus palabras sofocadas contra la almohada, les era dable disfrutar. Después, al anclarlo poco a poco a sus deseos carnales, a ese paraíso de erotismos áridos y agonías insuficientes, el ángel había ido perdiendo poco a poco su divinidad hasta convertirse en aquel chico de la ventana, un chico mudo, dócil e insustancial, que, sin embargo, guardaría para siempre en su mirada el definitivo secreto de la belleza, el último reflejo que su alma conservaba de su lejano Creador.
Nunca más volví a verlo. Tampoco volví a la plaza de la Galleria Spada. Unos segundos después, la pantalla del móvil parpadeó con una notificación de Grindr. Hey cutie.
Traté de respirar hondo. A diferencia del ángel, yo no tenía nada que perder; en cambio, tenía un mundo entero todavía por ganar. Al menos, eso fue lo que me dije a mí mismo antes de levantarme y salir en busca de mi destino, o tal vez de mi deseo, que nunca, nunca, nunca, llegan a ser la misma cosa. A veces ni remotamente.

Me gustó mucho el final y también la forma en que transmitís la atmósfera. Uno lee dejándose llevar un poco por la calidez despreocupada con que se suceden las imágenes, percibiendo de fondo una levísima expectación, una promesa de erotismo agazapado tras el próximo párrafo.
jooooooooooooooooo qué chulada, los archivos de abel, es curioso, se siente como si llevases mucho más de un año aquí jajjajaajjaa me ha encantado, qué combo tan chulo haber vivido en Roma y en Bcna