Las chicas están bien
Sobre las amistades femeninas
El escenario es una aula de mi adolescencia. La profesora ha desaparecido hace unos minutos, el sol se cuela por las celosías de las ventanas y yo ya he guardado las hojas de apuntes en el separador correspondiente de la carpeta. Como siempre, hallo un placer inexplicable en organizar el material de clase en función de la asignatura. La cantinela se reproduce automáticamente en mi cabeza, la misma desde hace años y años: el separador azul, para Matemáticas; el separador rojo, para Catalán; el separador verde, para Naturales; el separador violeta (mi color favorito), para Historia y Geografía. Voy pasando los separadores con un gesto repetitivo, rápido y eficaz, comprobando que no haya ninguna hoja traspapelada. A mi alrededor, sólo hay ruido y furia.
Por desgracia, ya no puedo seguir fingiendo que estoy atareado. Con una punzada de zozobra, me levanto del pupitre y cruzo la clase para encontrarme con mis amigas, que se sientan todas juntas en el mismo rincón del aula. Las cuatro cuchichean con mucha fruición, inclinándose expectantes sobre sus pupitres. Al verme, se separan rápidamente.
—¡Hola! —vacilo—. ¿Qué tal la clase?
Pero ellas se miran unas a otras con mal disimulado apuro. Tal vez es sólo mi impresión, pero creo que L. desvía la vista hacia el grupito de D. y sus amigos, que están junto a los radiadores comparando el tamaño de sus respectivos bíceps (la imagen es obscenamente ordinaria, pero también atrayente, ya sabéis). Al final, tras unos segundos de silencio, A. suspira y me dice abruptamente:
—¿Podrías irte un momento, por favor? Estamos… Estamos hablando de algo secreto.
Algo secreto, repito para mis adentros. Es un pensamiento hueco y bobo, una reverberación sin consciencia.
No soy capaz de contestar. Las miro a todas con una sonrisa tirante y vuelvo rápidamente a mi pupitre, sintiéndome hinchado y contrahecho, deforme y macilento, un bulbo protuberante, una excrecencia en la superficie de sus vidas. Con una sacudida de otredad, me doy cuenta de que es exactamente la misma emoción que experimento cuando los chicos de clase me llaman marica. Es el mismo tañido negro, la misma humillación soterrada y ardiente y repulsiva. Una vez me he sentado, cojo un bolígrafo de mi estuche y me dibujo una pequeña cruz en la palma de la mano, justo entre la línea de la cabeza y la del corazón. El simbolismo, si es que existe, no logra tranquilizarme.
Cuando salimos al patio, mis amigas se atrincheran inmediatamente en los baños femeninos. Mientras las espero fuera, no puedo evitar imaginármelas como damas del siglo XVIII. Las imagino atándose los corsés las unas a las otras, colocándose la crinolina por encima de la cabeza, repasándose mutuamente las hileras de botones o pidiéndose prestadas enaguas, medias, joyas o largas cintas de encaje para adornar las dobleces de los vestidos. Helas allí, soportando todas juntas las opresiones del género: el apretón del corsé, el peso tambaleante de las faldas, el estornudo repentino provocado por los polvos de maquillaje, las cruces enjoyadas colgando del cuello, las mangas ajustadas que no permiten mover libremente los brazos. Mis amigas asumen las exigencias de la belleza con todas sus contradicciones, pero no como una condena, sino como una transformación. Así pues, tras el último broche de rímel, L. y A. se dirigen una mirada de complicidad a través del espejo, una mirada pícara y solidaria, una mirada que subvierte (¿o que afianza?) las presiones del mundo exterior. Otras veces, en cambio, imagino los baños femeninos como un hortus conclusus, como uno de esos estanques mitológicos donde, bajo la luz de la luna, Diana y sus cazadoras se detienen a descansar. En esas ocasiones, mis amigas visten faldas de muselina que orean la oscuridad de la noche con un resplandor palidísimo. Allí, recostadas entre rocas cubiertas de musgo, las jóvenes cazadoras se mojan los pies, cantan tenuemente canciones de otro tiempo y entretejen coronas de flores que custodian los secretos de la feminidad, los misterios de la menstruación, ese intercambio casi clandestino de compresas y pintalabios que yo sólo puedo conocer indirectamente, apartando la vista con pudor.
Los baños femeninos están en un lugar de paso, entre el edificio del comedor y las escaleras que conducen a las aulas. Una vez salen al patio, todos los chicos pueden verme allí de pie, con la espalda apoyada contra el muro y la mirada perdida en la lejanía. Yo intento parecer ocupado, pero mi móvil no tiene conexión a internet, ni galería de fotos, ni tampoco reproductor mp3. De hecho, lo único que puedo hacer con este odioso ladrillito electrónico es jugar a Snake, un videojuego que rezuma mezquindad, una aburrida línea de píxeles negros que va contrayéndose progresivamente entre los márgenes de la pantalla hasta que un enrizamiento interno la hace desaparecer. Aun así, yo persisto en ir superando niveles, en ir pulsando las duras y diminutas teclas del Nokia 3310 mientras la serpiente se retuerce por la pantalla y las gotas de sudor bajan por mi nuca y los chicos de clase cuchichean sobre mí a unos metros de distancia: Maricón, Maricón, Maricón. Marginado, Marginado, Marginado. Oh, Dios, ¿por qué insisto en ser diferente? ¿Por qué me mantengo inmóvil junto al baño de las chicas, escuchando sus risas risueñas de fondo? ¿Por qué no puedo levantar la vista y caminar hacia ellos y darles la mano y subirme las mangas de la camiseta y decirles Mira, hermano, el gym por fin da sus frutos? ¿Y por qué me endurezco cuando imagino que se acercan a mí y me palpan los bíceps y me rodean y me aplastan contra la pared como hacen los bullies en las películas, y yo los tengo a todos aquí, conmigo, complacientes y terroríficos y sudorosos y, y, y…?
¡Ah!
Al final, yo también tengo que ir al baño.
Por supuesto, nunca me atrevo a reprocharles nada a mis amigas. Ellas, después de todo, toleran mi desviación con una benignidad que tal vez confundo con indiferencia, pero que, al menos, no es abiertamente hostil. Es cierto que no me tienen en cuenta para los trabajos en grupo, ni me invitan a sus planes, ni hacen esfuerzo alguno por incluirme en sus vivencias femeninas, pero, en el día a día, permiten al menos que yo (un chico) esté con ellas. Desde luego, esta ineluctable diferencia adquiere su máxima expresión durante las colonias de fin de curso. Cada año, tras el fin de los exámenes, los profesores cuelgan en el corcho del pasillo dos hojas de papel, una para las habitaciones de los chicos y otra para las habitaciones de las chicas. En las semanas siguientes, se suceden multitud de pequeñas e invisibles negociaciones, normalmente conflictivas, que van ampliando poco a poco el contenido de ambas listas. El último día antes de las colonias, los profesores nos reúnen en la sala de actos para darnos instrucciones para el viaje, y, al final, con una renuencia evidente, preguntan en voz alta si alguien se ha quedado sin habitación. Mi mano alzada, pálida y temblorosa, apenas encuentra otras manos en las que espejearse, manos que aparecen entre el océano de cabezas con la misma vacilación, con el mismo autoodio punzante, como si fuéramos tributos involuntarios destinados a una autoinmolación ritual. Una vez identificados, los profesores reparten a los marginados entre las habitaciones ya constituidas, o quizás, si somos suficientes, nos otorgan con condescendencia una habitación propia. Siempre somos los mismos. Siempre terminamos juntos. Y siempre rehuimos la mutua compañía: así de aleccionador es nuestro estigma.
En todo caso, la habitación de los chicos es una institución impositiva y hostil, como cualquier espacio en el que me veo injustamente segregado por mi género. Traspaso el umbral con la cabeza gacha y avanzo entre las literas con pasos tensos y contenidos, procurando no pisar la ropa interior tirada por el suelo, esos remolinos abigarrados, desdibujados y angustiosamente eróticos, un océano de calzoncillos Calvin Klein en el que temo asfixiarme, tal vez con cierta fruición. Mi litera suele estar al final del cuarto, junto a los baños o la ventana, en la oquedad más profunda de esta cueva inhóspita, sin posibilidad alguna de escape. Así me siento cuando, tras la cena y las actividades nocturnas, los profesores nos envían de vuelta a las habitaciones: completamente atrapado, redivivo en mi adolescencia. A estas alturas, mi único deseo es lavarme los dientes y envolverme en el saco de dormir, esperando camuflarme entre las sombras de las literas y las formas confusas de las mochilas. Sin embargo, debo mantenerme despierto, tirante y visible, rehuyendo las miradas de todos mis compañeros mientras, en las horas calladas de la madrugada, empiezan a hablar de tías. Cómo se retan los unos a los otros, Dios mío, cómo se jalean, cómo se crecen. Con qué ahínco intentan ensanchar sus pechos de adolescente, con qué seguridad abultan y fabulan sus hazañas sexuales, con qué sincronización se miran y se sonríen y se resoplan mutuamente cuando las palabras van adoptando un tono cada vez más abrupto, más burdo, más zafio y violento. En sus labios, las chicas se vuelven zorras; el sexo, un acto vejatorio; el amor, una taimada estrategia para engatusarlas. Porque enamorarse de ellas es caer en sus garras, es permitirse ser débil, es, paradójicamente, convertirse en marica. ¡Oh! ¡Equilicuá! Cuando esa palabra sale a relucir en la conversación, las miradas de mis compañeros convergen un instante en mí, con esos ojos chispeantes, esas expresiones cómplices, ese aire depredador. ¿Y tú, Abel? ¿Qué chicas te ponen? Éste seguro que se mata a pajas, ja, ja.
Ja, ja, repito con voz forzada. A partir de aquí, la noche se desenvuelve como en medio de un abismo. En todas esas horas, mi único pensamiento coherente es: ay, ojalá estuviera con ellas.
El Bachillerato me libera del infierno anual de las colonias. La clase del Social es de mayoría abrumadoramente femenina y tampoco existen ya ni la asignatura de Deporte ni las extraescolares, así que las situaciones en las que tengo que interactuar con chicos se reducen hasta casi desaparecer. La mezcla de grupos, además, me permite reconectar con amigas de la infancia y descubrir otras amistades nuevas. Con sorpresa, compruebo que ese muro de cuerpos femeninos que siempre me ha rodeado, tan aleccionador y excluyente, se va resquebrajando para revelar afinidades desconocidas, vivencias compartidas, incluso alguna que otra broma privada. Así sucede, por ejemplo, con M., mi nueva compañera de pupitre. Cuando vuelvo a mi sitio después de haber resuelto una ecuación en la pizarra, siempre capto la mirada confiable de M., que me guiña un ojo mientras dibuja una «O» con los dedos índice y pulgar. Entre nosotros ha surgido enseguida un universo entero de comentarios crípticos y señales invisibles que nos ayuda a superar el día a día académico: Matemáticas, Historia, Economía, Filosofía, no hay asignatura que se nos resista. Qué extraño, ¿no? ¿Realmente me está empezando a gustar ir a clase?
S. es otra de las amigas con las que reconecto en Bachillerato. Cada lunes por la mañana, S. y yo nos reunimos junto a los radiadores para comentar el programa de Salvados, que en ese momento nos parece el culmen del pensamiento crítico (lo sé, lo sé…). Al hablar con ella, compruebo con cierta zozobra que no soy la persona más culta de la clase, ni tampoco la más elocuente. Mientras yo sigo atascado en releer Harry Potter, Percy Jackson o Los Juegos del Hambre, S. ya se está adentrando en las brumas de la filosofía, quizás con cierta vehemencia, pero también con pasión. De hecho, creo que es una de las pocas personas que no memoriza los textos que estudiamos en clase, sino que los entiende, una distinción resbaladiza que yo nunca he logrado dominar del todo. En cualquier caso, los debates semanales con S. ensanchan mi mente mucho más allá de los libros de texto, porque creo que, con ella, estoy aprendiendo a pensar.
Mi amistad con E. también supone un descubrimiento capital. De hecho, mi primera actividad social fuera del instituto consiste en las sesiones de estudio que E. y yo hacemos algunos viernes por la tarde en la biblioteca municipal. El plan siempre es el mismo: bajar en autobús al centro del pueblo, comer una pizza de jamón y queso en el diminuto restaurante Pizza&You e instalarnos en la primera planta de la biblioteca para repasar los apuntes de Historia de España, una lista interminable de pronunciamientos militares y batallas perdidas que E. siempre confunde y que yo hilvano en una cancioncilla mnemotécnica que susurramos entre dientes en los minutos previos al examen: Espartero fue a por una cerveza O’Donnell, pero Prim y Serrano se chivaron a Martínez Campos y Alfonso XII se la quitó. Casi cuesta más aprenderse el chascarrillo que los propios nombres de los generales, pero, aun así, cuando el profesor de Historia los menciona en sus soporíferas lecciones matutinas, E. levanta la cabeza, buscando mi mirada cómplice. Espartero fue a por una cerveza…, dice con los labios. A mí se me escapa la risa en medio de clase, y el profesor interrumpe la lección, y E. se tapa la boca con la mano, temblando para contener las carcajadas.
Al empezar segundo curso, B. y yo decidimos prepararnos por nuestra cuenta la asignatura de Literatura Castellana, que nos pondera 0.2 para nuestras respectivas carreras. Cada tarde, después de comer, B. y yo nos instalamos en las mesas de picnic que hay junto a la conserjería y leemos pacientemente los fragmentos del Quijote que nos ha preparado nuestra profesora, y luego buscamos en el glosario las definiciones de esas palabras arcanas, palabras que nunca antes habíamos escuchado, como pendolisa, cabezalero, fementido o alázaber. En Navidad, pasamos a los sonetos del Siglo de Oro, que leemos con más calma, en voz alta, saboreando la cadencia de los versos y el dulce almíbar que derrocha ese amor idealizado, ese amor que yo todavía no conozco ni creo que vaya a conocer jamás. B. se queda pensativa después de los recitados, y me habla de chicos que no le hacen caso, de chicos que la miran pero no la ven, de su hermano y de su padre, del miedo a los besos, del deseo de besos. ¿Qué pensaría de nosotras Sor Juana Inés de la Cruz?, me pregunta tristemente una tarde de mayo. Yo no sé qué contestar, pero, ese día, siento que nuestro abrazo de despedida es un poquito más sincero que otras veces.
B. es la primera amiga a quien le confieso mi sexualidad en persona. Hasta ahora, sólo lo saben mis padres y N., a quien tuve que decírselo por WhatsApp a altas horas de la madrugada, incapaz todavía de verbalizar mi secreto. B. y yo, en todo caso, nos encontramos un par de semanas después de haber terminado la Selectividad. Nos pasamos la tarde paseando por el pueblo, entrando y saliendo de los locales climatizados. Quiero decírselo, por supuesto, pero noto las palabras atascadas en la garganta, incómodamente sólidas, como trozos de comida maloliente. Al final, justo antes de decirnos adiós, me armo de valor y le confieso mi secreto con voz estrangulada, sonrojado y tembloroso, temiendo un rechazo que sólo los chicos me han enseñado a esperar. Ella me abraza de inmediato, muy, muy fuerte, y yo apoyo mi cabeza en su hombro, y respiro hondo, y ya casi no hace falta hacer nada más. Luego, cuando nos separamos, intento decir algunas palabras sueltas, intento justificarme, intento defenderme de no sé qué acusaciones, de no sé qué burlas. Pero ella niega con la cabeza, acariciándome el brazo con una mano. No hay nada que explicar. Estoy a salvo.
Ese verano, realizo una de mis primeras incursiones en Barcelona con N. La experiencia es abrumadora y sobreestimulante: los metros abarrotados de turistas, las avenidas rugientes por la canícula, los jóvenes de aspecto agresivo, esa sensación de que existe una Vida más salvaje y más auténtica, una Vida en la que seremos admirados, queridos, consumados. En medio del caos de sueños y ensueños, N. y yo nos miramos con una idéntica expresión de alarma, aplastados por la multitud, cogiéndonos de la mano como dos náufragos en medio del mar (Muchos años más tarde, N. me pedirá que la acompañe a una fiesta punk. Nos haremos fotos con calaveras de animales y bailaremos al son de una música psicodélica en una sala oscura, totalmente pintada de negro, con luces intermitentes que simulan los rayos de una tormenta. Sobre todo, recordaré la silueta de su larga melena balanceándose al ritmo de una canción revolucionaria, una canción que me destroza los tímpanos pero que, de alguna manera, siento que nos conecta con algo más grande. Pero ahora, con dieciocho años recién cumplidos, esta escena se me antoja poco menos que una quimera).
Pocos días antes de empezar la universidad, E. decide reunirnos en la piscina de su casa para celebrar su cumpleaños. Todas hablamos y reímos agitadamente mientras nos mojamos los pies en el agua. El sol se oculta bajo las casas vecinas, la música suena por el altavoz y el instituto parece poco menos que una pesadilla lejana. En este contexto, hablar sobre mi homosexualidad me resulta casi natural. Ellas me salpican con aire pícaro cuando revelo mis crushes de clase, se escandalizan cuando explico las conversaciones que tienen los chicos en los vestuarios y enmudecen cuando rememoro algunas de las vejaciones de P. Mis confesiones crean un ambiente más reposado, porque todas empiezan a hablar de sus propias experiencias en el instituto, de personas que nos han hecho daño, de sueños y desvaríos, del hecho de ser humanas, del hecho de ser quebrantables. Al final, se instala entre nosotras un silencio cómodo, reflexivo, fraternal. En ese momento, desde las ventanas de la cocina (que están abiertas y dan al jardín), oímos que la madre de E. le dice a su padre: Sal a ver si las chicas están bien. Y todas nos echamos a reír.

Ayyyyyy qué texto tan maravilloso!!!!! Me recuerda muchísimo a tu libro y a muchas de las subtramas latentes en él, gracias por tu profundidad, tu decoro y tú omnipresente honestidad, tú escritura, sin duda, es agua viva
Me has recordado el infierno de mi adolescencia… Qué manera de narrar… ¡qué angustia! Me encantó.