La fría sensualidad del mármol (II)
Reflexiones sobre el erotismo en Roma
(primera parte aquí)
Un poco antes, había tenido la oportunidad de ver en los Museos Vaticanos la estatua colosal de Antínoo, el trágico amante del emperador Adriano, que, tras perder la vida en las aguas del río Nilo, fue deificado y convertido en el símbolo por excelencia de todos nuestros frenesíes. La escultura lo representa engalanado con un largo manto que revela las tenues oquedades del torso y la silueta huidiza de las piernas. Descalzo y semidesnudo, el joven Antínoo lleva en la cabeza una diadema de hojas y bayas de hiedra que lo identifica como Dionisio, el oscuro dios de la embriaguez, el éxtasis y la resurrección: ¡Evohé! ¡Evohé!, gritaban las bacantes de la Antigüedad, poseídas por la orgiástica locura que les inspiraba el dios nocturno, el dios salvaje, el dios sutil, el más poderoso de todos. Séanos propicio, Taurino —dice un verso homérico—, tú que enloqueces a las mujeres. Cuando alcé la vista hacia él, en la majestuosa Sala Rotonda, yo mismo tuve que contener el impulso de ponerme de rodillas, quién sabe si para adorarlo o para practicarle una ávida felación. Ambas acciones, en todo caso, poseen un evidente carácter ritual que las hace indistinguibles en mi mente. Orar y lamer. Suplicar y atragantarse. Pedir perdón, arrepentirse y sentirse abatido por el gozo.
Para mí, el acto sexual es una ceremonia. Durante el sexo estoy siempre tenso y concentrado, casi al acecho. De esta guisa, lo que debería ser divertido y espontáneo se convierte en un ejercicio de arte: arquear la espalda, gemir en los momentos precisos, mostrarme flexible, complaciente, taciturno o melancólico, oscuro, hambriento, deseoso, gustosamente humillado, extáticamente poseído. Preciso como un bailarín de ballet. Un bailarín que ha olvidado la danza y que siempre, en el fondo, baila solo. ¿Cómo va a ser de otra manera, si el sexo casual es la única intimidad que hasta ahora he podido explorar? Sé que debería haberme acostumbrado a estas alturas, pero, en mi fuero interno, no dejo de maravillarme ante su esquiva naturaleza: ¿cómo pueden existir estas caricias tan áridas? ¿Estos besos tan hidrópicos? ¿Estos abrazos tan… impalpables? ¿Y por qué estos dones se me antojan tan insuficientes y, a la vez, tan insoportablemente adictivos?
Antínoo, desde luego, no tiene la respuesta. Su serena mirada se limita a planear por encima de todos nosotros, una mirada lejana, beatífica, inalcanzable, majestuosa pero sensual, que preside sobre mis pesares como un ángel de la guarda. Lo apolíneo y lo dionisíaco, en definitiva, mezclándose inefablemente al ritmo de nuestros suspiros…
Debo reconocer, no obstante, que casi no tuve tiempo de examinar la escultura de cerca. Tras dar una vuelta muy corta alrededor del mosaico central, el guía nos apremió para que nos trasladáramos a la siguiente sala, pues la corriente de visitantes era tan persistente que resultaba imposible detenerse a comentar una obra en concreto, y menos aún con un grupo tan grande (éramos unas veinticinco personas; aparte de mí, por supuesto, sólo había petulantes parejas heterosexuales que no contribuyeron a mejorar mi estado de ánimo). De hecho, el guía pasó de largo de mi Antínoo. Solamente lo señaló con un gesto resuelto y, sin dejar de caminar, recitó un par de datos imprecisos antes de pasar a la siguiente escultura, un busto de estilo tardoantiguo que representaba un olvidable senador romano del siglo IV.
En este momento ya no puedo volver a los Museos Vaticanos. Los cierran demasiado a menudo a causa del Cónclave. Sin embargo, aún quedan esparcidos por Roma varios amantes que están dispuestos a posar en mí sus vacíos ojos de mármol: el voluptuoso San Sebastián de Giuseppe Giorgetti, el resignado Ecce Homo que decora el atrio de la Escalera Santa o el esbelto y pícaro San Miguel que descansa en un rincón del Borgo Santo Spirito. A veces imagino que conversan entre ellos, que se desean y que se hacen daño los unos a los otros; que, en el fondo de sus miradas aquilinas, descansa una tímida pulsión de humanidad, un pequeño hálito de espíritu que, tal vez, les permite compadecerse de mí.
En fin. Hoy es la Diada de Sant Jordi. Durante el descanso de mediodía, me acerco a la floristería que hay delante del cementerio, compro una rosa roja y la deposito sobre la tumba de Vincenzo Carino. Requiem aeternam dona eis, Domine, rezo sin mucha convicción. Después de todo, es la primera vez que regalo una flor a un chico. Tal vez sea la última.
Los minutos van pasando. El cementerio está desierto y el viento silba en mis oídos una melodía seca. Mientras contemplo su figura, la mente se me inunda de recuerdos… Sé que algunas de las cosas que he escrito hoy no son exactamente ciertas, o, al menos, no siempre creí que lo fueran. Aun así, mientras abandono il Verano por la puerta de San Lorenzo, la pregunta flota sin aliento en mi corazón: ¿poseo verdadera sensibilidad estética? ¿Soy capaz de conmoverme por la belleza del arte? ¿O estoy simplemente (constantemente) horny?


Todo lo que escribes se disfruta, se siente o se sufre y esa intensidad tan tuya es puro arte. Después de leerte, no tengo dudas: tu prosa rebosa sensibilidad estética. Solo alguien profundamente conmovido por la belleza podría escribir algo así. Me ha encantado descubrir tus post, Abel.
Qué delicia leerte, como siempre. ❤️❤️❤️