La fría sensualidad del mármol (I)
Reflexiones sobre el erotismo en Roma
23 de abril. Sant Jordi.
A unos minutos del campus principal de La Sapienza se encuentra el Cementerio del Verano, una gigantesca necrópolis construida originalmente en los campos que rodeaban Roma, fuera de las murallas. Hoy en día, sin embargo, el cementerio ha sido engullido por la expansión urbana y se ha convertido, simplemente, en un barrio más de la ciudad. A pesar de lo evocador que resulta en nuestro idioma, el topónimo Verano no hace referencia al apogeo estival, trasunto contradictorio del descanso eterno, sino que es una alusión a los Verani, la familia de patricios romanos que, en época republicana, poseía las tierras donde posteriormente se instaló el camposanto. En todo caso, la céntrica posición de il Verano y su cercanía a la universidad lo convierten en el lugar ideal para comer mi precario tupper de arroz alejado del ajetreo del campus y escondido de las miradas burlonas que todos los estudiantes, secretamente, me dedican cuando pasan por mi lado. Así es la timidez: una curiosa mezcla de hosquedad y egolatría que nos coloca sobre un pedestal de glorioso ostracismo, en su mayor parte autoimpuesto.
La ciudad de los muertos ha resistido con éxito el asalto de los vivos. Mi rincón favorito, donde me suelo instalar para comer, es el banco que hay delante de la tumba de Vincenzo Carino, un joven de veinticinco años que murió de tuberculosis en 1819, solamente un año antes que John Keats, el gran poeta romántico, tristemente célebre tanto por sus excesos como por sus angustias. El monumento funerario consta de un templete redondo de factura neoclásica que imita sin mucha fortuna la estructura arquitectónica del tholos griego. En su interior, al abrigo de las inclemencias del tiempo, se encuentra una soberbia escultura de mármol blanco que representa un efebo desnudo reclinado sobre un lecho. El joven tiene los ojos entreabiertos y la cabeza echada hacia atrás, pero la impresión que ofrece no es tétrica ni siniestra, al contrario: es pacífica. Enzo solamente duerme, o reposa, o sueña despierto, quién sabe si mecido por la dulzura de la muerte o por el divino sopor que sucede al clímax erótico. Uno casi se sorprende de no ver a Enzo hundiéndose lentamente entre los almohadones, o, al contrario, elevándose sin culpas hacia la bienaventuranza, ingrávido, ligero, angélico, con los cabellos meciéndose con la suave brisa primaveral y los párpados temblando ante una dolorosa pasión que está a punto de verse saciada.
Me gustaría decir que he convertido a Enzo en mi cómplice, en mi confidente, en el silencioso compañero con el que comparto mis torpes aflicciones de estudiante doctoral. Me gustaría decir que, entre bocado y bocado, fabulo sobre su vida y me preguntó cómo debió ser el hueco que dejó en el mundo cuando murió. ¿Quién lo lloró? ¿Quién sufragó su tumba? ¿Quién vino a rezar por él? Y, sobre todo, ¿quién lo echó verdaderamente de menos? ¿Su madre, su padre, sus amigos? ¿Su… amante? Ah, pero nada de eso me importa en realidad. Para mí, Enzo es solamente un objeto de deseo, un reflejo de mis propios delirios. Lo único que imagino cuando contemplo su silueta en éxtasis es que aparto la hojarasca del suelo, abro la cancela de hierro que rodea la tumba, abrazo su cuerpo desnudo y apoyo la cabeza en su pecho. En mi ensoñación, su piel es cálida al tacto, la sangre fluye imperceptiblemente por sus venas y su aliento me acaricia el rostro con una delicadeza que sólo me es dable comparar con el amor.
Y sin embargo es piedra. Piedra caliza cincelada y pulida en los talleres decimonónicos de un artista sin nombre cuya obra no es más que otro testimonio mudo de nuestra eterna melancolía, de nuestra perenne insatisfacción. Sé que no encontraré refugio entre sus brazos. Sé que, muy al contrario, me recibirá un cuerpo frío, duro, inanimado, una masa de roca inerte que, tras millones de años bajo la superficie, no puede saber que un cuerpo vivo está contemplándola en este momento, un cuerpo inerme, frágil, inquieto… un cuerpo fatigado.
Enzo no es la única escultura romana que me suscita estas emociones. En los Museos Capitolinos, estuve mucho tiempo detenido ante el Gálata moribundo, la famosa escultura helenística que representa uno de los soldados galos derrotados por el rey de Pérgamo durante la Batalla del Río Caico, ocurrida en el año 241 a. C. La obra representa un instante de quietud desgarradora: el anónimo soldado, ya herido de muerte, se recuesta en el suelo del campo de batalla y agacha la cabeza, inerme y agónico, dejando escapar de entre sus labios un suave gemido casi imperceptible. Aun así, el guerrero no se rinde, pues aún tiene fuerzas para apoyarse con un brazo en el suelo y mantenerse heroicamente erguido. Está desnudo, por supuesto (así batallaban los celtas en la Antigüedad), a excepción del torq de metal que decora su cuello y del invisible pero poderoso abrigo de la tragedia, que cubre su silueta declinante con la fuerza del ocaso y la dulzura de una noche sin estrellas.
No sé cuánto tiempo estuve contemplando al Gálata. Era un domingo de abril a primera hora de la tarde, y los Museos estaban repletos de turistas que, como yo, paseaban por las largas galerías con aire cansado y distraído. Al llegar a la sala del Gálata, los visitantes daban un par de vueltas alrededor de la escultura, hacían fotos desde diferentes ángulos y al final leían por encima la cartela, con expresión impaciente y tal vez aburrida. El Gálata no levantó la vista ante ninguno de ellos.
Tampoco lo hizo conmigo.

Amb ganes de llegir la segona part 😍