Fuera. Lejos. Solo.
Una tarde en el Gayxample
11 de febrero de 2024, 12:38 (Fragmento de diario #1)
Bueno. Mi psicólogo me ha recomendado participar más activamente en espacios gays. Dice que, de esta manera, saldré de mi zona de confort y me permitiré explorar mi lugar en la comunidad fuera del ambiente agresivo y mortificante de las apps de citas. Con este objetivo en mente, ayer por la tarde asistí al club de lectura LGBTI organizado por Atzagaia y la librería Antinous. La novela escogida para esa sesión era Un lugar para Mungo de Douglas Stuart, que narra la dura historia de un adolescente homosexual en el Glasgow de los 90.
En los días anteriores, mientras leía el libro a toda prisa, me esforcé conscientemente en contener los accesos paranoides y los pensamientos compulsivos. Teñidas por un halo de fatalidad, y también por un complejo de inferioridad aberrante, las voces de mi cabeza me repetían una y otra vez que yo no pintaba nada allí, que me sentiría totalmente fuera de lugar, que no podría ni levantar la vista del suelo y que ellos me verían de inmediato por lo que yo soy: un crío inexperto y bisoño, cobarde instintivo, atrapado, casi inmovilizado en una adolescencia perpetua. Otra parte de mí, más elegante y ególatra, se sentía tímidamente esperanzada: me imaginaba interviniendo en el debate, hablando después en pequeños corrillos, expresándome con desparpajo, elegancia y humildad. Como si hiciera eso todos los días. Como si mereciera la pena conocerme.
Nada más salir de casa, no obstante, supe que mis fuerzas insuficientes volverían a jugarme una mala pasada. Otra vez sentí esos nervios afilados en las entrañas, otra vez me sentí frágil, quebradizo y afinado, como una hoja de otoño agitada violentamente por el viento. A pesar de ello, reconocí que la sensación no era tan intensa como otras veces. De hecho, no me sentía mal del todo: los nervios aglutinaban una extraña mezcla de miedo, incertidumbre, emoción, deseo y un puntito de orgullo casi imperceptible.
Al llegar a la entrada de la librería, vi a través del escaparate que los asistentes ya estaban empezando a colocar las sillas y a conversar entre ellos. Sintiéndome repentinamente agotado, decidí pasar de largo y dar una vuelta más a la manzana. De esa manera, cuando llegase, el acto ya habría empezado, y yo me ahorraría esos incómodos momentos iniciales de charlas entrecortadas y presentaciones ligeras. Así, cuando entré en la librería, el moderador (un chico guapísimo con bigotito gay estándar) ya había empezado a hablar y todos los asistentes se lo escuchaban en silencio. De esta guisa, pedí una silla a la mujer de la caja y me senté al final de la mesa. A mi lado, desafortunadamente, reconocí al bibliotecario de mi universidad, con quien había hablado un par de veces por Grindr y al que, finalmente, había rechazado porque me había parecido demasiado mayor.
De la trentena de asistentes, sólo la mitad participó en el debate. Había hombres de todas las edades e incluso dos mujeres. El ambiente era respetuoso, sosegado y con el toque justo de formalidad: casi parecía un seminario de la uni. Era, en definitiva, mi ambiente.
Yo intervine dos veces en el debate: la primera, para comentar el final del libro; la segunda, para hablar sobre el conflicto entre católicos y protestantes, que es la causa de muchas tensiones en la novela. Ya sabes que hablar en público no es un problema para mí. No en vano he sido profesor universitario y he participado en congresos académicos. Así que eso no cuenta. El verdadero reto ocurrió después, cuando el acto terminó, todos se levantaron y empezaron a hablar entre ellos. Para ganar tiempo, fui a comprar el libro de la próxima sesión e intercambié un par de palabras con el hombre que estaba a mi lado en la cola. Luego me quedé solo. En la puerta de la librería, los chicos jóvenes (los iuniores, como habría dicho mi directora de tesis, tan dada a los latinismos) se habían reunido en un círculo y conversaban distendidamente. Percibí, además, varias imágenes inconexas: un collar de perlas rodeando un cuello fino, ropa ceñida y a la moda, bolsas de tela con diseños abstractos o lemas reivindicativos, maquillaje, uñas pintadas, un comentario ocurrente y una risa colectiva, elegante y brillantemente queer.
Y yo… yo me sentía enajenado, al límite de mis fuerzas, con una hórrida presión en el pecho y una necesidad acuciante de estar solo. Era casi un instinto físico: tengo que salir de aquí, tengo que salir de aquí, tengo que salir de aquí. Mi parte racional había desaparecido, la parte que me recordaba que no pasaba nada si me acercaba al círculo, me presentaba, les preguntaba qué les había parecido el club y conversaba unos minutos con ellos. Habría sido tan sencillo y beneficioso… Pero yo me sentía al borde de un precipicio. Y solo. Tan solo…
De modo que agaché la cabeza, murmuré Adéu Adéu sin mirarlos, salí de la librería y eché a andar en una dirección al azar. La sensación de asfixia remitió, dando paso a un abrumador sentimiento de culpabilidad y derrota. Había fracasado. Nada había cambiado.
La librería, por supuesto, estaba en medio del Gayxample. Pasé ante muchos lugares en los que nunca había puesto un pie: bares de ambiente, discotecas, locales de cruising y tiendas donde vendían cueros y camisetas de rejilla. En un semáforo me crucé con J. y J., una pareja de chicos de mi edad que había conocido por Grindr. Ambos me habían propuesto varias veces hacer un trío, pero yo siempre había terminado rechazándolos. Luego pasé por la portería de B., un drag queen famoso con el que había quedado un par de veces para tener sexo después de la universidad. Él nunca se había tomado la molestia de aprenderse mi nombre: me abría con un Ei guapo y a mí ya me parecía bien. Por ahí también vivían S., G., y unos cuantos chicos más para los que nunca fui suficiente y a los que desperté un interés fugaz, superficial y extremadamente mortificante.
En Plaça Universitat, por si fuera poco, estaban celebrando el Carnaval: había música pop, un escenario, luces de colores y mucha gente disfrazada con sonrisas y un vaso de cerveza en la mano. De algún modo, todas esas imágenes se agolparon en mi cabeza y se convirtieron en un símbolo de todos mis fracasos, de todas mis limitaciones y de todo lo que siempre he odiado de mí mismo: mi complejo de inferioridad, mi secretas y torpes envidias y mi incapacidad tanto para cambiar como para aceptarme a mí mismo. No pude hacer nada más. Agaché la cabeza y bajé las escaleras del metro.
Esta mañana me he levantado muy tarde, con el gesto torcido, el ojo derecho hinchado y un agotamiento primario que entumecía todos los músculos de mi cuerpo. ¿Y todo para qué? Nada ha cambiado. Sigo en la casilla de salida, en el lado incorrecto de la frontera. Fuera. Lejos. Solo.
Fuera.
Lejos.
Solo.
Ay.
16.47. Como sabes, yo siempre he atribuido mis fracasos en el mundo gay a mi timidez innata. Para mí, la timidez no es más que una carga engorrosa, un estigma vergonzoso, humillante y vagamente ridículo, unas tenazas que me encierran en mí mismo y me impiden abrazar la vida en su totalidad. De hecho, ni siquiera la considero como algo mío. La timidez es algo superpuesto a mi auténtica personalidad, un vestigio de la adolescencia que aún arrastro a lo largo de los años y del que no logro deshacerme. La timidez es el auténtico enemigo a combatir, el foco de todos mis resentimientos, el motivo base de todos mis rechazos, la frontera que separa lo que soy de lo que me gustaría ser o de lo que creo que debería ser para gustarles. Allí están ellos: sanos, fuertes, liberados, atractivos, adultos. Y aquí estoy yo: mendigando tímidamente su piedad.
Así ha sido la dinámica de todas las relaciones que he tenido hasta ahora: esos chicos me tendían la mano, se comprometían a ayudarme y me guiaban como si yo fuera el hermano pequeño. Se sentían enternecidos por mi inseguridad, por mi inexperiencia y por mis contritos titubeos. Yo no salí del armario hasta… Yo no perdí la virginidad hasta… Yo nunca he hecho... Yo nunca he ido... Y ellos me sonreían con lástima, gozaban conmigo durante unas cuantas semanas y luego se evaporaban.
Te das cuenta, ¿verdad? Siempre hablo de los chicos en plural, siempre les atribuyo los mismos adjetivos, siempre evoco los mismos gestos, las mismas palabras, los mismos finales lacrimógenos. Una parte de mí los ve como dioses olímpicos; la otra, como fantasmas de la razón que nada tienen que ver conmigo. La pregunta es evidente: ¿cómo voy a formar parte de su comunidad si ni siquiera soy capaz de verlos como seres humanos? ¿Y cómo voy a socializar con ellos si, en realidad, lo único que busco (y temo, y deseo, y espero) es que se sientan atraídos hacia mí? Así es como los veo, en realidad: como potenciales futuros novios. Uno de ellos, en cualquier momento, me mirará, me sonreirá y me dirá: Te amo. Y todas mis tribulaciones desaparecerán.
23:12. Al menos fui. Fui, me expuse, e interactué a mi manera torpe y entrecortada. Francamente, no tengo muy claro si volveré. Todo es tan difícil todavía, tan contradictorio y pesado y turbulento... Soy muy consciente de que hay muchas capas bajo las líneas que he escrito hoy: envidia, resentimiento, victimismo, homofobia, alienación. Después de todo, nunca me fijo en chicos que sean como yo porque no me gusta cómo soy yo. Luego me obsesiono con chicos fulgurantemente inalcanzables, a los que odio, envidio y deseo a partes iguales, tal vez porque el verdadero amor me asusta, a pesar de que también lo anhele.
Lo único que puedo decir en mi defensa es que, socialmente, se nos ha criado para odiarnos a nosotros mismos y también entre nosotros. O quizás la culpa es sólo de Grindr, que hace el sexo tan accesible, prioritario, adictivo e insuficiente. Tal vez no somos una comunidad (mi comunidad), sólo un grupillo de chicos alienados y egoístas que se sexualizan, se temen, se envidian y se hacen daño los unos a los otros. Aunque, quién sabe: tal vez el único alienado y envidioso sea yo.
En fin. Tardaré mucho tiempo en calmar las aguas y ser capaz de ver nítidamente a través de ellas. El camino será largo. Y el temor de base será siempre el mismo. Me siento complicado, inmaduro, excesivamente dramático, cargado de complejos e inseguridades, muy lejos de la auténtica sanación.
¿Cómo me va a querer alguien así?
Sé lo que estás pensando: vaya manera de acabar un diario.
No te preocupes.
Yo pienso lo mismo.
23:32. Exeunt.
03.55. Es que piénsalo: no soy capaz ni de pintarme una uña de rosa por miedo a que se abalancen sobre mí y me llamen maricón. Muchos gays, en cambio, se llaman así entre ellos: «menudo maricón estás hecho», dicen, soltando carcajadas ligeras. Pero a mí la palabra sigue dándome escalofríos. No me reivindico, no me rebelo, tampoco salgo, ni grito, ni bebo. Solo busco el amor. Y a veces ni eso. A veces ni eso…

Hace tiempo que no leía nada tan bueno. Qué ejercicio de honestidad tan bello y tan descarnado, deja un sabor de boca agridulce. Me ha encantado a muchos niveles, sobre todo por lo bien escrito que está, una prosa muy cuidada y muy elegante. Y qué gusto una radiografía distinta a las que suelo leer, que se me quedan demasiado luminosas y coloridas, muy artificiales, como si las luces no engendraran sombras.
Me ha ENCANTADO. Tan bien escrito, tan real y tan honesto que no he podido evitar sentirme identificado. Gracias por escribirlo, conocerse es un camino que nunca termina 💚