Escena de adolescencia (II)
Sobre plátanos, trabajos en grupo y el consuelo de un juramento
(Primera parte aquí)
Terminé en los baños masculinos de la planta baja, los que están al final del corredor principal, después del laboratorio y del almacén de material deportivo. Durante muchos años, creí que su acceso estaba restringido porque siempre me los encontraba vacíos y exageradamente limpios. Con el paso del tiempo, y tras varias pesquisas por mi parte, descubrí que no había ninguna regla fantasmal que nos impidiera usarlos. Mis compañeros, simplemente, no se habían tomado la molestia de explorar todo el instituto, como tampoco habían explorado sus ciudades, sus cuartos o el interior de sus corazones.
Era, en resumidas cuentas, un refugio contra el Mal. Una pequeña concesión de Dios, discreta e insuficiente, nacida de la lástima o tal vez del desdén. Aquí tienes tu cuartucho —prorrumpía Su voz en mis pensamientos—. Pero no bajes la guardia: el Juicio pronto llegará.
Me enjuagué las lágrimas con las mangas del jersey, me acerqué al espejo rectangular y contemplé mi reflejo bajo la luz irreal de los fluorescentes, de pie en medio del resplandor brillante que emanaban los azulejos y la porcelana de los urinarios. El mundo se había transformado en una eufonía de blanco sobre blanco, un aséptico y silencioso paraíso que enmarcaba, por contraste, mi horrísona figura pubescente. Era imposible no pensar de esa manera: los ojos grandes y enrojecidos, la nariz protuberante, el repulsivo bigotillo sobre el labio superior, las marcas de acné que me cubrían la frente y las mejillas, el cabello áspero y alborotado, la piel cetrina, los labios cortados. Era una visión de pesadilla. Un trono de espanto. Un espectro pálido y furioso, casi un borrón en el espejo.
Un chico sin amigos.
Un hombre a medio hacer.
Un maricón.
Allí es donde estaba la raíz de todos mis males. Me acerqué todavía más al espejo, observando con atención las líneas asimétricas de mis pómulos, la fea caída de la mandíbula y las profundas ojeras que reseguían el contorno inferior de mis párpados. Mi homosexualidad estaba allí metida, entrelazada con mis nervios y mis huesos, tan natural como los árboles y las piedras, tan perversa como la más sutil de las enfermedades. No era un humo tóxico, ni un tumor cancerígeno, ni una cepa infecciosa. Era algo más profundo e inabarcable, una mezcla de todas esas cosas, un miasma latente que corrompía desde el interior tanto mi cuerpo como mi espíritu. ¿No lo decía San Juan Crisóstomo, el venerable Padre de la Iglesia Oriental? La sodomía es peor que el asesinato, pues morir es mejor que vivir bajo tal insolencia. Porque el asesino separa el alma del cuerpo, pero este hombre arruina el alma junto con el cuerpo. Nombra cualquier pecado que quieras, ninguno hay que iguale a esta iniquidad. Y si quienes sufren tales cosas las percibieran, aceptarían diez mil muertes para no sufrir más este mal, porque no hay, ciertamente no hay, pecado más grave que este…
Pecado más grave que este… Pecado más grave que este… Me agarré el vientre con las dos manos, tratando de respirar hondo. Cerré con fuerza los ojos e intenté atajarlo, contenerlo, reprimirlo, pero sabía que era inútil. ¿Por qué yo? ¿Por qué yo, oh, Señor? Si pudiera, me arañaría las entrañas en Tu nombre. Me arrancaría los ojos de sus cuencas, me mutilaría los brazos y las piernas, me castraría, me dejaría morir de hambre. Pero es este sofoco, Señor, es este sofoco que no me deja vivir. Lo tengo enterrado en lo más profundo del vientre. Justo debajo del ombligo. Como si Tú mismo lo hubieses escondido aquí.
Fui abriendo los ojos con lentitud, sabiendo que mis oraciones no habían hallado respuesta. Seguía en el lavabo de la planta baja. Seguía solo. Seguía en el instituto. Y seguía siendo homosexual. A esa hora de la tarde, sólo se oía el zumbido de la calefacción y el goteo intermitente de uno de los urinarios. Mi mirada, entonces, se detuvo en el dispensador de papel higiénico, que contaba con una pequeña cuchilla afilada para cortar el papel con más facilidad. Por un momento, me imaginé que extraía la cuchilla del saliente de plástico y que, tras un segundo de duda, me cortaba violentamente las venas de los brazos. Las salpicaduras de sangre, de un rojo rabioso, mancharían las inmaculadas picas de porcelana, y mi patético cuerpo subdesarrollado, que había fracasado en todo lo demás, alcanzaría la grandeza literaria al derrumbarse sobre las baldosas del baño con la cuchilla ensangrentada todavía entre las manos. Me convertiría así en una Ofelia rediviva, en una Lucrecia que moría todavía virgen, en una gloriosa Cleopatra sin amantes, tierras ni belleza.
¿Cuánto tardarían en encontrar mi cuerpo?, me pregunté con un furioso y repentino deleite. ¿Notaría el profesor de Matemáticas mi ausencia? ¿Mandaría a otro alumno a buscarme? ¿Preguntarían a mis amigas? Después de todo, nadie sabía que me escondía en los baños de la planta baja. En mi ensoñación, Juli bajaba al almacén de material a buscar una pelota de fútbol, notaba un olor extraño, iba a los baños y me encontraba allí tendido, a salvo al fin de sus mortificaciones. Entonces lanzaba un alarido de horror y un profesor iba a ver qué sucedía, y también gritaba, y con él otros profesores que se acercaban, atraídos por el alboroto, y, así, conforme se iba extendido la noticia, los alumnos empezaban a salir corriendo de sus clases, llorando y gritando, y la histeria se adueñaba de todo el instituto, y todos clamaban mi nombre, como peregrinos en el desierto, Víctor, Víctor, Víctor. A Juli lo expulsaban del instituto, lo trasladaban al más severo reformatorio sobre la tierra, lo azotaban desnudo bajo el sol y él lloraba de agradecimiento, conjurando mi cuerpo sin vida, sabiendo que todo había sido por su culpa, que él no era más que un adolescente idiota, engreído y cruel que no merecía ni una pizca del amor o del consuelo que había en este mundo.
La fantasía perdió definición en ese instante, cuando caí en la cuenta de que, efectivamente, yo estaría muerto y, por tanto, no podría ser testigo de su martirio. Mi erección también iba declinando, dando paso a un nuevo tipo de tristeza. En el fondo, yo era tan raro y pervertido… Tan… anormal. ¿Cómo no iba a serlo, si, a pesar de todo (¡a pesar de todo!), lo único que deseaba en realidad no era que Juli fuese castigado, sino que entrase en el baño, y con él Saúl y Xavi, y con ellos Jaume y Aleix, y detrás todos los chicos de la clase, y después todos los chicos del mundo, uno por uno hasta el final? ¿Cómo no iba a serlo si, en verdad, lo único que me imaginaba es que me arrancaban la ropa y me ponían a cuatro patas, y me penetraban y me acariciaban, y me pedían perdón y me hacían llorar y me hacían suplicar y gimotear, todos desnudos unos sobre otros, gimiendo al unísono en un orgiástico frenesí de pena y violencia y asco y amor?
No pude aguantarlo más. Estaba temblando sin control. Caí de rodillas, apoyé los codos sobre la pica del baño y le prometí a Dios con lágrimas en los ojos que jamás, jamás, jamás, volvería a mirar a un chico con deseo. Se lo prometí a Jesucristo, a la Virgen María, a los ángeles y a los santos y a vosotros, innominados espíritus de la tierra, que me sostenéis en la soledad y vigiláis todos mis movimientos. Apoyadme ahora, hermanos míos, y de esta guisa pasemos con Cristo crucificado al paraíso del Padre, a fin de que, manifestándose en nosotros el Padre, digamos con Felipe: Esto nos basta; oigamos con San Pablo: Bástate mi gracia; y nos alegremos con David, diciendo: Mi carne y mi corazón desfallecen, Dios de mi corazón y herencia mía por toda la eternidad. Bendito sea el Señor eternamente, y responderá el pueblo: Así sea. Así sea. Amén.
Amén.
Me levanté más sereno. Más… íntegro. Salí despacio del baño y despacio subí las escaleras. Iba de vuelta a mi clase, al sofocante microcosmos de 3r d’ESO C. No sabía cuánto tiempo había pasado. Tal vez, el profesor me regañaría por haber tardado tanto. Tal vez, la clase de Matemáticas ya habría terminado y yo podría irme a casa. Al día siguiente tendría que enfrentarme a las colonias, pero Jesús había dicho: No os preocupéis por el mañana. A cada día le basta con su inquietud.
Inquietud… Inquietud… Inquietud… Sabía que la imagen que Juli había conjurado tardaría semanas en dejar de perseguirme: sus labios húmedos, su frente perlada de sudor, sus ojos turbios mientras mordía el extremo de un plátano demasiado grande para su boca, su saliva corriendo por su garganta como un efluvio putrefacto, como una maravillosa ambrosía que yo quería lamer con avidez.
Dios mío, Dios mío, recé de nuevo esa noche.
Libérame de este mal.
