Escena de adolescencia (I)
Sobre plátanos, trabajos en grupo y el consuelo de un juramento
Diciembre de 2011. Fundació Llor.
El día anterior a las colonias nadie fue capaz de hacer nada productivo. Mis compañeros estaban inquietos y nerviosos, soltaban grandes carcajadas por cualquier tontería y hablaban tanto que ni se molestaban en abrir los libros de texto. Los chicos jugaban a perseguirse dentro de clase, se daban golpes unos a otros y se gastaban bromas sexuales en voz muy alta. Las chicas, por su parte, se reunían en grupos compactos y susurraban velozmente sobre maquillaje, habitaciones y ginebra mientras especulaban sobre las posibles parejas que se formarían esa noche e intercambiaban información a través de los móviles.
A primera hora de la tarde la situación era insostenible. El sol estaba a punto de ocultarse bajo los bloques de pisos del otro lado de la calle, y sus rayos agónicos se colaban por las celosías de las ventanas proyectando sus largas sombras sobre las paredes. Los radiadores del fondo del aula estaban cubiertos de chaquetas y bufandas, y el aire hedía a adolescentes encerrados demasiado tiempo. Todos teníamos las mejillas encendidas por la calefacción, y la gente gritaba tanto y la atmósfera era tan pesada que incluso a mí me dolía la cabeza.
Cuando el profesor de Matemáticas entró por la puerta se quedó paralizado en el umbral, quién sabe si tumbado por el olor a sudor y a aire viciado o por la descorazonadora estampa que todos formábamos, a saber: que aquella tarde, más que nunca, el álgebra y la geometría nos daban completamente igual.
—¡La Madre de Dios! —exclamó el profesor, antes de armarse de valor y ocupar su puesto en la cabecera del aula—. ¡A ver, silencio todo el mundo! —gritó, y empezó a dar sonoras palmadas para llamar la atención—. ¡Cristina, guarda eso ahora mismo! ¡Enric, baja de ahí! ¡Por favor…!
Lo compadecía profundamente. Más allá del pintoresco anacronismo que suponía que el profesor hubiese utilizado una interjección cristiana (algo completamente prohibido entre el profesorado) había algo entrañable en la manera en que intentaba serenar un poco a la clase, llamando la atención casi a cada alumno de forma individual y moviéndose de un sitio a otro pidiendo que todos se sentaran en los pupitres y copiaran unos ejercicios. Otros profesores eran distintos: nos regañaban con el mismo ahínco, pero había en ellos un aura de fatalidad que indicaba que habían perdido la fe en nuestra clase y en toda nuestra generación. Esos profesores sabían que sus esfuerzos eran tan loables como inútiles, y que la noción de educación pública, era, a lo sumo, petulante.
Seguí observando amablemente al profesor mientras persistía en sus intentos: nos regañó, nos amenazó con prohibirnos a todos ir a las colonias y finalmente jugó con algo de desesperación la última baza: hacer trabajos en grupo. En cuanto lo dijo mi sonrisa se extinguió al instante.
—A ver, haced grupos de cuatro personas e inventaos el enunciado de un problema —dijo el profesor rápidamente, aprovechando que los alumnos parecían prestarle atención—. Después de media hora intercambiaremos los enunciados con otro grupo y tendremos que resolverlos. ¡Y nada de problemas para niños de primaria! —alzó la voz para hacerse oír sobre el recién desatado alboroto general, pues mis compañeros estaban empezando a hablar entre ellos para hacer los grupos y a arrastrar mesas y sillas por toda el aula—. ¡Los problemas tienen que poderse resolver con ecuaciones o con progresiones geométricas! ¡Y nada de expresiones malsonantes! ¡No quiero…! —pero el profesor había llegado al límite de sus fuerzas. De repente bajó los brazos (con los que había estado gesticulando intensamente), echó a la clase una mirada de impotencia y se dejó caer en su silla, soltando un largo suspiro. Luego se mesó la cabellera con las manos y empezó a sacar sus cosas de la cartera.
Entonces captó mi mirada y me sonrió tristemente. Yo no fui capaz de devolverle la sonrisa, pero al menos asentí.
«Vaya par de pardillos», pensé.
Miré a mi alrededor con un nudo de aprensión en el estómago. Mis ojos se detuvieron con vacilación en el grupo de mis amigas, que ya habían juntado las mesas y en ese momento estaban sacando los estuches. Para mi sorpresa, vi que Sofía me miraba y me hacía un gesto de reconocimiento con la mano. Era consciente de mi situación y parecía lamentarla. Y ya está. Eso era lo máximo que podía esperar de cualquiera de ellas.
Pere, el otro marginado de la clase, había conseguido grupo, y Esther, la gótica repetidora, se había juntado con las chicas del equipo de baloncesto. A mí cada vez me costaba más respirar, y me estaba ruborizando con una rapidez alarmante. Me puse a mirar a mis compañeros intentando adivinar si a algún grupo le faltaba un miembro. Lo hice disimuladamente, mirándolos de reojo, porque tampoco quería que se diesen cuenta de que me había quedado colgado. No quería ni pensar en la pavorosa alternativa: arrastrarme hacia el profesor y pedirle que él me asignara un grupo. Aquella era la humillación definitiva del adolescente sin amigos, la expresión última de mi condición. De tal guisa, los familiares insultos flotaron de repente ante mis ojos: maricón, chupapollas, marginado, inadaptado, rarito, aburrido… Los insultos flotaban ante mis ojos, sí, como una venda que me impedía ver el mundo.
—¡Víctor! —me llamó el profesor. Yo di un bote en el asiento y me entraron verdaderas ganas de llorar—. ¿A qué esperas?
Yo lo miré con los ojos muy abiertos. Sentía claramente cómo la sangre se me acumulaba bajo las mejillas.
—Q… ¿Qué? —conseguí decir, con una voz medio estrangulada.
Por toda respuesta, el profesor dio una impaciente cabezada hacia un grupo de chicos que me esperaban de pie al otro lado del aula.
—¡Eso, Víctor! ¿A qué esperas? —me gritó Xavi con una gran sonrisa en la cara—. ¡Venga! —dijo de nuevo al ver que no me movía—. ¡El enunciado no se va a escribir solo!
Me los quedé mirando sin decir una palabra. Entonces, rápidamente, como si obedeciera un impulso, me levanté y empecé a arrastrar la silla hacia ellos. Me tropecé con una mochila y con manos temblorosas la aparté de mi camino. Luego puse la silla en uno de los lados de la mesa y me senté en ella.
Aparte de Xavi, uno de los malolientes amigos de Jaume, también estaban en el grupo Saúl, un chico pecoso y tartamudo cuya hazaña más notoria había sido hacer arder en llamas su propio bocadillo en el transcurso de una clase de Informática, y Juli, uno de los chicos más perturbadoramente sensuales del curso. Aunque lo intenté con todas mis fuerzas, fui incapaz de no advertir el cuello desabrochado de su camisa, el cabello dorado oscuro peinado hacia un lado y esa sonrisa desganada, medio subrepticia, como si sonriera por algo que sólo él sabía. Cuando me senté se desperezó lánguidamente, y, al hacerlo, el borde de su camisa se levantó dejando a la vista la goma de sus calzoncillos y la parte inferior de sus abdominales.
«Dios mío», pensé levantando repentinamente la vista. Me había sonrojado todavía más. El sudor me corría por la espalda y las axilas. Seguro que olía fatal.
—Bueno… —dije tratando que no me fallara la voz—. ¿Tenéis alguna idea?
Enseguida lamenté haber dicho eso, porque había delatado no sólo mis espantosas ganas de terminar la tarea y alejarme de ellos, sino también el deseo de obedecer al profesor como un buen alumno, como un patético chaquetero sin posibilidad de redención. Ellos, por supuesto, soltaron risitas por lo bajo. Recordé entonces que mis amigas llamaban a Juli «el chico Armani», y acto seguido deseé fervientemente haber nacido bajo el franquismo, donde no habría tenido que soportar los trabajos en grupo ni ir a casas de colonias para «reforzar la convivencia». Luego pensé que, bueno, el franquismo era una dictadura y todo eso, y que la Brigada Social podía fusilarte por ser republicano o por no ir a misa o por ser…
Contuve un estremecimiento y decidí apartar las ucronías de mi mente. Tal vez —pensé con furia— habría sido capaz actuar con más naturalidad si no me doliese tanto la espalda, pero me sentía tan tenso que el mero hecho de apoyarme en el respaldo de la silla ya me provocaba inseguridad.
—No sé —Saúl se encogió de hombros mientras les lanzaba a los otros dos una sonrisa—. Yo siempre me dejo los problemas en los exámenes, porque...
—Yo en el último aproveché el espacio en blanco para dibujar una polla –interrumpió Xavi, tras lo cual soltó una gran risotada—. Cuando el profe me lo corrigió me dibujó un interrogante. Hijo de puta, qué poco se enrolla —volvió a reírse, y se balanceó con la silla hacia atrás para tirarles un lápiz a un grupo de chicas que trabajaban cerca.
Los cuatro observamos con la mirada la trayectoria del lápiz, que terminó en el suelo, unos metros al lado de la mesa de las chicas. Xavi soltó un bufido, y Saúl le dio un golpecito en el hombro.
—¿Y tú, Víctor? —dijo Juli, ladeando un poco la cabeza y clavando en mí sus ojos oscuros—. ¿Tienes alguna idea?
Tuve la desagradable sensación de que se estaba burlando de mí.
—No… yo… —balbuceé—. Bueno… —pero me quedé mudo al ver que Juli se había puesto a lamer el tapón de su bolígrafo mientras me observaba, lentamente, sacando la punta de la lengua y pasándose el bolígrafo por sus labios carnosos.
—¿Sí? —dijo sin dejar de mirarme.
—Supongo —las piernas me flaqueaban, la voz me salía débil y temblorosa, el pecho, mis brazos, todo mi cuerpo parecía de repente tan frágil como una hoja de papel—, supongo que primero necesitamos a una persona…
—Una puta —dijo rápidamente Saúl.
—O un chino que la tenga pequeña —apuntó Xavi entre risas—. ¡Ya sé, ya sé! «Un chino va a hacerse una operación para alargarse la polla. Si la operación cuesta mil euros…» ¡Dios, sería buenísimo!
—¿Qué os parece —dijo Juli con voz tranquila, dejando el bolígrafo sobre la mesa— si lo hacemos sobre plátanos?
Rápidamente me puse en tensión.
—¿A ti te gustan los plátanos, Víctor?
Xavi y Saúl se detuvieron en seco y miraron a Juli con una sonrisa adivinándose en sus labios. Yo bajé la vista y me quedé mirando la mesa.
—Eso, Víctor —oí—. ¿Cuáles prefieres? ¿Los plátanos pasados? ¿O mejor una buena banana verde?
—A mí… —dije sin levantar la mirada—. A mí no me gustan los plátanos. Pero si queréis hacer un problema sobre ellos, yo no tengo ningún inconveniente.
Hubo un instante de silencio.
—Muy bien —dijo Juli, al fin. Cogió su libreta, arrancó una hoja con lentitud y empezó a escribir en ella—. Entonces supongamos que un barco que transporta plátanos llega al muelle de Barcelona con una carga de…
—Sesenta y nueve quilos.
Juli sonrió, pero no levantó la vista de la hoja.
—Mejor ponemos cien mil. Se supone que tiene que ser un problema difícil… —entonces no lo pudo resistir más y se le escapó una risita—. ¿Qué opinas, Víctor? ¿Qué hacemos ahora?
Lenta, muy lentamente, levanté la vista de la superficie de la mesa y miré al chico Armani a los ojos. Se lo estaba pasando en grande.
—Pues… —carraspeé débilmente. Me daba miedo hasta toser demasiado alto—. Pues podríamos hacer que, por cada quilo de mercancía, la aduana les cobrase un 5% de impuestos sobre… sobre el precio.
—¿Qué mierda es una duana? —preguntó Saúl frunciendo el ceño.
—¡Es una buena idea! —exclamó Juli, ignorando a su amigo—. ¿Alguno de vosotros sabe cuánto cuestan los plátanos? A ti no te lo pregunto, Víctor, porque como has dicho que no te gustan…
Yo asentí varias veces, y desvié la vista con apremio hacia el reloj que colgaba de la cabecera del aula. Aún quedaban más de cuarenta minutos para que se terminase la clase.
Los tres continuaron hablando tranquilamente sobre plátanos. Saúl y Xavi comprendieron al instante el juego que les proponía Juli. Ambos parecieron crecer de repente: dejaron de interrumpirse el uno al otro, de soltar chistes y de revolverse en la silla, se irguieron visiblemente e imitaron las sonrisillas cómplices y mal disimuladas a propósito que Juli les dirigía.
¿A ti qué te parece, Víctor? Es una pena que no te gusten. Aunque he oído que hay bananas tan grandes que no te caben en la boca. ¿Crees que podrías pegarles un mordisco, Víctor? A veces interrumpían su inofensivo parloteo y simplemente se me quedaban mirando en silencio, con las pupilas dilatándose de placer y aumentando de tamaño hasta que cubrían el iris y luego todo el globo ocular. Sonreían y me miraban con los ojos teñidos de negro, ojos negros de ave rapaz, de silfo, de criaturas poseídas por el Maligno.
¿Serías capaz de meterte la mitad del plátano en la boca? Vi un vídeo una vez… Tan grande y duro, y están tan buenos… Y yo no podía hacer nada. Un chico normal no se habría ofendido por una conversación sobre plátanos. La habría entendido. Se habría reído. Se habría sentido superior. Se habría sentido un hombre.
Me levanté de repente, aguantándome los sollozos en la garganta. Los miré con la vista emborronada y me alejé de allí a trompicones, chocándome con sillas y mochilas. Luego pedí permiso al profesor para ir al baño y salí del aula.
(…)
