Esa música callada
Un recorrido sonoro por Barcelona
Algunos autores de la Antigüedad llamaban a los arcadios proselenoi, es decir, ‘anteriores a la luna’. La creencia común dictaba que los arcadios eran la tribu griega más antigua de todas, pues se consideraban descendientes directos de los pobladores originales del Mar Egeo, los pelasgos, que habían habitado la región antes incluso de que los griegos se asentaran en ella. Por este motivo, los escritores atribuían a los arcadios costumbres atávicas y ligeramente salvajes, como el culto a Pan, la preferencia por las construcciones de madera y, muy especialmente, la consagración de la música como elemento fundamental que articulaba la vida pública. Así lo explica Polibio en el cuarto libro de las Historiai:
Los antiguos arcadios, en toda su vida pública [politeian], han asignado a la música un papel educativo necesario no solo durante la infancia, sino también en la juventud hasta los treinta años. Se trata de un hecho conocido y aceptado por todos que casi únicamente entre los arcadios a los niños se los acostumbra a entonar desde muy temprana edad, conforme a sus leyes [katà nomous o ex artis musicae legibus, según la edición latina de Schweighäuser], himnos y peanes a los dioses y héroes de la patria (IV, 20, 1, 7-8).
Tal vez, el rasgo social más insólito de los arcadios era el carácter musical de su código legislativo. Muchas sociedades antiguas leían sus leyes en voz alta como parte de sus rituales de función pública, pero los arcadios no recitaban la ley, sino que la cantaban. A través de la repetición de un mismo patrón melódico, que era interpretado íntegramente para cada principio legislativo, los arcadios fundían sus leyes con el ritmo universal de la naturaleza, de modo que toda su organización social espejaba y reproducía el mismo latido cósmico, la misma harmonía perfecta que unía el cuerpo humano, el cuerpo social y el cuerpo divino. Una sola ley, en definitiva, inveterada y eterna, que gobernaba a todas las criaturas vivas y ante la cual el hombre sólo podía inclinarse mansamente.
Los arcadios, desde luego, no fueron los únicos que trataron de acercar la música al Universo, cuya etimología (unus + versus, algo así como ‘vertido hacia sí mismo’) ya delata el deseo humano de abrazar todo lo existente en una unidad imperecedera. Pitágoras, por ejemplo, enseñaba que el movimiento cristalino de las esferas celestes podía explicarse a través de proporciones numéricas que emitían una harmonía musical exacta, constante y eterna, una musica universalis que los seres humanos no podíamos escuchar, pues, para nosotros, esa melodía munificente era demasiado parecida al silencio. Más tarde, la doctrina pitagórica fue impugnada por Aristóteles, retomada sin mucho éxito por Johannes Kepler y relegada, a día de hoy, a dos o tres frases en los manuales de Historia de la Filosofía.
He de confesar que la idea de una musica universalis me resulta demasiado ambiciosa. Si realmente existiera un único sonido emitido por todo el Universo, estoy seguro de que no sería harmónico en absoluto, ni tan siquiera fónico. Nosotros, en cualquier caso, no seríamos capaces de oírlo. En eso, debo darle la razón a Pitágoras.
No obstante, si la musica universalis permanece fuera de mi alcance, tal vez no ocurre así con la música natural, es decir, con esas melodías que capto espontáneamente mientras ando por las calles de Barcelona, esta ciudad artificiosa, aislante y automatizada, que desdibuja el concepto de sociedad y nos convierte en un estético rebaño de ovejas, que están juntas por el simple hecho de pacer en el mismo lugar. Llegados a este punto, consideraré música natural todo aquello que oiga cuando, simplemente, me quite los cascos inalámbricos y desactive la cancelación del ruido, ese gadget amable pero engañoso que me hunde aún más en la experiencia individual, en un recogimiento sin sosiego, en un silencio mendaz que apenas logra ocultarse a sí mismo tras mis monótonas listas de Spotify.
El ejemplo más evidente de música natural es la música del metro. Normalmente, los cantantes ambulantes van avanzando lentamente por el vagón, arrastrando tras de sí un carrito con el altavoz, el platillo de limosna y algún cartel u oropel decorativo, mientras cantan tonadas populares o improvisan versos de rap que incomodan terriblemente a todos los pasajeros. En general, su llegada es recibida con resoplidos, expresiones irritadas o escuetas sonrisas que translucen, bajo el impulso de la buena educación, un deseo sincero de ser dejado en paz. En mi caso, el volumen de la música me distrae de la lectura o de la canción de turno que tengo reproducida en los cascos, lo que me fuerza a levantar la vista y a enfrentarme, de una vez por todas, a la huidiza vida en sociedad. A veces, el temor a convertirme en objeto de rimas ajenas me hace estar en tensión durante toda la performance, que suele finalizar con algunos aplausos aislados y un verdadero suspiro de alivio que recorre, uno por uno, todos los asientos del vagón.
En ocasiones, no obstante, los músicos del metro logran abrir una ventana fresca y clara que, a través de sus melodías, ilumina los plúmbeos corredores de los transbordos y diluye, ni que sea momentáneamente, el ambiente opresivo y vagamente alienado que caracteriza el transporte público de Barcelona. En ese sentido, recuerdo una noche especialmente deprimente en la que volvía a casa después de haber pasado uno de mis primeros días en la universidad. Apenas había empezado el semestre inaugural de Periodismo, pero yo ya me sentía extenuado y enflaquecido, como si volviera de escalar una montaña y no de asistir a aburridas lecciones sobre teorías de la comunicación, géneros periodísticos y medios y rasgos de estilo. En todas esas horas, no había sido capaz de hablar con ningún compañero de mi promoción, ni en clase, ni en los pasillos, ni en los patios, ni tampoco en la cantina de la facultad, donde había comido en silencio y con la vista baja, inclinado sobre mi fiambrera, casi sofocado en mi propia piel. Aquellos días había descubierto que yo no tenía opiniones propias, ni ocurrencias ingeniosas, ni cultura, ni madurez, ni siquiera sentido del humor. Era, sencillamente, un niño pequeño carcomido por la vergüenza y angustiado por la ilimitada anchura del mundo, ese océano informe donde ya no había asideros ni puntos de referencia, sólo un vago impulso de seguir adelante, fuera como fuera, quién sabe hacia dónde, hasta cuándo y con qué fin.
En ese momento, subió al vagón un chico de mi edad, muy mono y cohibido, con un violín apoyado en el hombro. Sin otra introducción que su propia presencia, cerró los ojos, esperó al cierre de puertas y empezó a tocar la Primavera de Vivaldi. Al instante, los pocos pasajeros que dormitábamos en el vagón levantamos la vista con sorpresa y dirigimos la mirada hacia él. Poco a poco, mientras las notas de Vivaldi me envolvían en un hechizo inefable, apoyé la sien en la barra metálica que había junto a mi asiento y respiré hondo. La música, extrañamente, había abierto un espacio en mi interior que llevaba mucho tiempo estrechándose, tal vez días o incluso semanas enteras. No sé explicarlo muy bien, pero, en ese momento, todas mis extremidades se relajaron y todo mi cuerpo perdió definición y pesadez, como si alguien hubiese estado acariciándome durante horas. Al finalizar la actuación, el chico recorrió tímidamente el convoy, sin levantar la vista ni decir una sola palabra a los pasajeros. Cuando llegó mi turno, deposité una moneda de dos euros sobre su platillo de limosna, y él, tras un instante de perplejidad, me lanzó una mirada furtiva antes de apresurarse a abandonar el vagón. Su música huyó con él… y la sensación de ligereza desapareció.
Asimismo, debo hacer mención a la mujer china que suele instalarse en el transbordo de Diagonal y que, de rodillas, toca parsimoniosamente un erhu de madera rojiza, con el mástil nacarado y la caja de resonancia cubierta preceptivamente por un trozo de piel de pitón (quién sabe si natural o sintética; por desgracia, no entiendo de instrumentos orientales). Las melodías que interpreta son siempre pausadas y melancólicas, y evocan sin dificultad montañas cubiertas por la bruma, pagodas de jade, grullas que levantan el vuelo y esos versos de Wang Wei que tanto me conmovieron la primera vez que los leí, allá por 2018:
No conozco un buen modo de vivir y no puedo dejar de perderme en mis pensamientos, mis viejos bosques… Tú preguntas: ¿cómo se levanta y cae un hombre en esta vida? La canción del pescador fluye en lo más profundo del río.
Cuando me encuentro a la mujer del erhu, siempre intento desviarme de mi camino para acercarme a ella, sonreírle y dejarle alguna moneda, pero debo confesar que nunca me he parado a escucharla debidamente, quizás porque me resulta un tanto ridículo detenerme solo, en medio del espacio público, para contemplar cualquier cosa que no sea el escaparte de una tienda (así es mi existencia en la ciudad: apresurada, neurótica, consumista y profundamente alienada; escribiré sobre ello otro día). En cualquier caso, la música del erhu supone un regalo tan tierno como inesperado, una bocanada de aire fresco que nos eleva momentáneamente sobre el bullicio pestilente de la estación de Diagonal, que es una de las más concurridas de Barcelona, y también, por ende, una de las más denostadas, junto con Catalunya, La Sagrera y Sants, que conforman así los cuatro puntos cardinales de la angustia existencial barcelonesa.
El otro ejemplo más obvio de música natural es, por desgracia, la música de fiesta. Cuando era adolescente, el mundo del ocio nocturno constituía un tormento prácticamente diario, la manifestación más evidente de mi humillante timidez: la incapacidad para beber alcohol, la incapacidad para bailar en público, la incapacidad para rozarme con los Otros, para hacer bromas, para guiñar el ojo y sonreír y sugerir y deslizar un brazo por la cintura con una mínima credibilidad… Uf, me da escalofríos con solo pensarlo. Por ello, durante mis pocos años de vida adulta, he evitado activamente salir de fiesta, especialmente por la noche. Cuando, aun así, me topo con una fiesta en el centro de la ciudad, siempre intento dar la vuelta o atravesarla lo más rápido posible, deslizándome entre los cuerpos sudorosos y conteniendo el aliento para no aspirar humo de marihuana, tabaco, popper o Dios sabe qué más. Cuando me siento especialmente inseguro, el altísimo volumen de la música me intimida y se mete dentro de mí, latiendo furiosamente, como si quisiera abrirme la caja torácica y exhibir ante todo el mundo mis contritas vergüenzas y mis secretos resquemores. Mientras tanto, a mi alrededor, el resto de jóvenes grita y disfruta y levanta un puño al aire como revolucionarios dominados por un patriotismo histérico, un patriotismo hacia ellos mismos, hacia su época y su música y sus gustos. Pero yo, en cambio, sólo puedo respirar tranquilo cuando traspaso la última barrera de gente, doblo la esquina de la calle y me pierdo, al fin, en el silencio invitante de la noche urbana.
En el otro extremo del reggaetón urbano se encuentra, seguramente, el toque ceremonioso de la Torre del Reloj, que se levanta en una de las esquinas de mi universidad. Yo estudio el doctorado en el Campus Histórico de la Universidad de Barcelona, un pastiche historicista del siglo XIX con claustros neogóticos, aulas escalonadas de madera vieja, un paraninfo neomudéjar y una imponente fachada de estilo herreriano que mantiene la ficción de que aquí dentro estudiamos cosas importantes, antiguas y misteriosas (mysterium tremendum, mysterium fascinans) que custodian el Secreto de la Condición Humana. Esta última frase me suena falsamente irónica, porque, si bien la Filología no custodia totalmente ese Secreto, debo reconocer que nuestro objeto de estudio es, al menos, indiscutiblemente bello, y eso, a ojos de cualquiera, ya debería justificar el valor de la disciplina, que no me molestaré en seguir defendiendo. Además, no oculto que me siento íntimamente agradecido por estudiar en el Hogwarts barcelonés, con su biblioteca de manuscritos, sus laberínticos corredores abovedados, sus suelos que crujen al caminar y su altísima Torre del Reloj, cuadrada y solemne, que se yergue sobre el Patio de Letras como la última y más solitaria guardiana del conocimiento. Naturalmente, sus campanas no se repican desde hace muchas décadas, pues han sido sustituidas por un sistema de megafonía que marca el paso del tiempo con más facilidad y exactitud. El sonido de sus campanadas artificiales puede oírse perfectamente desde el despacho de Filología Románica, que es donde está la mesa que me asignó oficialmente mi directora de tesis (no obstante, yo suelo trabajar en un despacho secundario del tercer piso, sin ventanas ni ventilación, que se hizo aprovechando el espacio libre que quedaba entre un almacén y una sala de reuniones. El resto de doctorandos y yo lo llamamos zulo de los hermanos Marx o zulo a secas, con ese humor tan típico de los estudiantes precarizados).
En ese despacho, en todo caso, trabaja un profesor ancianísimo, elegantemente inactual, que siempre felicita los santos, observa las fiestas religiosas y nos envía larguísimos correos electrónicos con digresiones muy entretenidas sobre Dante, Pasolini o alguna etimología oscura que ha puesto en pie de guerra a latinistas y helenistas de todo el mundo. A las doce de la mañana, cuando repica la campana anunciando el mediodía, este profesor siempre levanta la vista de su pantalla, nos observa a todos con solemnidad y dice: És l’hora de l’àngelus. Y entonces todo se detiene: las notas a pie de página, las mezquinas discusiones entre autores, las apostillas, las citas y las revisiones, e incluso las grafías angustiosamente inestables del manuscrito tal o del cancionero cual… La luz, entonces, se queda congelada en el aire y adquiere más definición, más nitidez, como un cuchillo recién afilado que también reverbera imperceptiblemente al son de cada campanada. Luego, cuando se disipa el eco del duodécimo tañido, el profesor suspira satisfecho, nos sonríe beatíficamente y nos conmina a volver a nuestro trabajo. En realidad, nada cambia cuando dirijo la vista de nuevo a la pantalla del ordenador, pero, aun así, la pausa del Ángelus siempre me hace sentir algo parecido al consuelo.
El sonido de las campanas me obliga a hablar de música litúrgica, que es la primera y la más excelsa tradición musical de Occidente. Por motivos obvios, hace muchos años que no asisto a un oficio religioso en mi ciudad. No obstante, una mañana de domingo, mientras paseábamos por la calle de la Catedral, mi amiga S. me detuvo con un codazo y se llevó un dedo a los labios, pidiéndome que escuchara. Al cabo de unos segundos, mi oído distinguió claramente la música estruendosa del órgano, que nos llegaba amortiguada a través del muro de piedra de la Catedral. S. es una de las pocas amigas con las que puedo compartir mi compleja fascinación por el cristianismo, así que le propuse entrar en el templo para asistir (por primera vez) a una misa mayor como Dios manda. Por desgracia, el guardia de seguridad nos impidió el acceso, pues ese día se estaban celebrando las exequias solemnes de un canónigo del Capítulo Catedralicio, de modo que el edificio había cerrado sus puertas al público. Tras unas tibias protestas por parte de S., nos contentamos con deambular un rato más por las inmediaciones del templo, oyendo de lejos los aleluyas, los Miserere y los Kyrie que entonaban los monjes allí congregados, e imaginando que, tal vez, así era como se oía la música celestial desde lo más profundo del infierno.
Del canto de los pájaros poca cosa puedo decir. En Barcelona, apenas se distinguen los piares guturales de las palomas en celo, los escandalosos graznidos de las cotorras y algún ocasional gorjeo de gorrión. Existen, sin embargo, melodías aún más inaudibles que el trino aviar, y que sólo se logran percibir si uno presta verdadera atención al entorno. Allí están, por ejemplo, los silbidos cristalinos que emiten las fuentes públicas, los fragmentos de canciones que tararean los camareros mientras esperan para tomar nota, las notas dispersas que cantan los niños en los parques, o esa música callada, esa soledad sonora de la que hablaba San Juan de la Cruz y que, por primera vez en mi vida, se manifestó un día de otoño en el que iba por la calle con W. y decidimos entrar en una tienda de discos, y yo me hice a un lado para dejarlo pasar primero, y así pude observar durante algunos segundos la parte posterior de su cabeza, y su cuello, y sus hombros desnudos y el nacimiento de su pelo, y entonces exhalé larga y temblorosamente, como si quisiera acariciarle la nuca con mi aliento, puesto que no me era permitido hacerlo con las manos… Ese suspiro, ¿no era música, también? ¿Cómo no iba a serlo, si él no podía oírla? ¿Cómo no iba a serlo, si, en cambio, tronaba en mi corazón con la fuerza de todos los volcanes del mundo?
Así es como se pasa de la música al silencio. De la harmonía a la disfonía. Del amor al rencor. En cualquier caso, dudo mucho que, a través de esta abigarrada sucesión de sonidos que acabo de relatar, podamos reconstruir la antigua música universal que los arcadios expresaban con sus leyes o que Pitágoras creía percibir en el movimiento de las esferas celestes, que ya ni siquiera existen, que no son más que órbitas imaginarias trazadas por el ser humano en un espacio vacío. Tampoco sé si, tras estas melodías, permanece todavía un sentido colectivo que resiste precariamente a los ataques del capitalismo. Tal vez, escuchar algo juntos sea una forma de comunidad. O tal vez no. De todas formas, uno siempre puede recurrir a la proposición final del Tractatus de Wittgenstein: De lo que no se puede hablar, es mejor guardar silencio.
Yo, sin duda, ya he hablado demasiado.

Qué bonito, Abel... tus palabras son música para mis oídos. 🥹
Abel estoy fascinada con tu forma de escribir y de sentir. El otro día escuchaba en la radio del coche, que hay estudios que prueban que algunos sonidos permiten (no sé las palabras técnicas) integrar mejor el conocimiento en el cerebro. De hecho, hacían referencia a que en la iglesias se utilizaba el órgano, para que las tesis promulgadas se interiorizarán en el cerebro de los oyentes de forma más fácil. Por cierto, otra doctoranda por aquí!