El último año de la veintena
Río abajo lo veré
Cuando era pequeño, las princesas Disney no eran solamente unas muñecas bonitas, unas voces que cantaban o unos simples personajes de dibujos animados. Ante mis ojos de niño, esas figuras coloridas y estilizadas constituían un auténtico modelo aspiracional, un ideal de belleza, fantasía y feminidad que yo trataba de encarnar en todos mis juegos infantiles. Recuerdo que veía sus películas cada fin de semana, que confeccionaba listas larguísimas con los atributos que más me gustaban de cada una y que empleaba muchas horas en diseñarles vestidos nuevos para las innumerables aventuras que yo inventaba para ellas, donde incluía magia, dragones, castillos, reveses del destino, algún príncipe desdibujado… y muchas, muchísimas canciones. Porque, de todos los elementos que conformaban el mundo de las princesas Disney, las canciones eran, sin duda alguna, el núcleo generador del encanto. Me las sabía todas de memoria, de la primera sílaba a la última, incluidos los interludios instrumentales y los diálogos con otros personajes que a veces se inserían entre estrofas. Esas melodías me acompañaban constantemente, aunque estuviera atrapado en la más pedestre y descorazonadora clase de Matemáticas, aunque me sintiera aislado y extrañamente expuesto en los vestuarios masculinos, aunque quisiera esconder mis muñecas a toda prisa para que mis primos no las vieran. Nunca llegué a entender muy bien por qué, pero, durante toda mi infancia, el peso inapelable de mi diferencia se aligeraba en el momento en que, a través del televisor, la princesa Aurora alzaba la vista entre las ramas del bosque y, sacudiendo su larguísima melena rubia, empezaba a tararear la sencillísima melodía de Quisiera:
Quisiera, quisiera, quisiera ser como las aves que cantan a alguien que escucha su dulce tonada de amor. Quisiera, quisiera, quisiera que mi melodía encuentre algún día a alguien que espera y al fin se enamore de mí.
En estudios cinematográficos, este tipo de canciones entonadas por las princesas Disney recibe el nombre de I Want Song. Suelen ser baladas líricas, muy reposadas al principio, y progresivamente más orquestales hasta desembocar en el majestuoso clímax del segundo estribillo, donde los vientos y los violines elevan la voz de la princesa y potencian abrumadoramente la fuerza de sus deseos. Estas canciones iniciales sirven para presentar el personaje a la audiencia y activar una respuesta empática hacia sus aspiraciones o tribulaciones. El tono es vitalista, pero subrepticiamente melancólico; esperanzador, pero al mismo tiempo muy solitario. Básicamente, las princesas cantan sobre lo que desean: Aurora desea el amor verdadero; Cenicienta, el fin de sus opresiones; Bella, una vida de aventuras; Ariel, una salida al mundo exterior. Normalmente, el personaje canta en un espacio emocionalmente connotado que espejea sus propios anhelos. Así, Cenicienta canta mientras contempla la silueta lejana del castillo del rey desde la ventana de su torreón. Aurora hace lo propio desde la linde del bosque. Bella canta en medio de un prado en su apogeo otoñal, con la mirada fija en el horizonte que perfilan las montañas. Y Ariel canta alzando una mano hacia los huidizos rayos de sol que, casi milagrosamente, llegan desde la superficie hasta lo más profundo del océano…
La canción Río abajo rompe completamente con este esquema. Su intérprete, la princesa Pocahontas, no desea nada en particular, sino sólo la libertad de descubrir, precisamente, en qué consiste ese deseo. A lo largo de la canción, las referencias a este dilema son intencionadamente ambiguas y poéticas: Lo escucho allí junto al ciprés, tras la cascada sin final… Sutil sonido que distante llama… ¿Qué es exactamente ese tarareo que la arrastra río abajo? ¿Qué busca? ¿Qué espera? ¿Y cuál es la alternativa? El escenario, por supuesto, ya no es la umbría de un bosque, ni un prado solitario, ni el ondulante perfil de una gruta marina. No es un espacio callado y simbólico que envuelva la expresión confidente de la heroína. Pocahontas, muy al contrario, canta vigorosamente mientras navega con su canoa por las mortíferas y rapidísimas corrientes de un río norteamericano, que evocan, entre verso y verso, una exultante joie de vivre mezclada con un latente temor a perderse, a desorientarse, a no saber identificar de dónde procede esa llamada: Algún sueño debe haber, río abajo lo veré, río abajo esperará… Por mí… Sólo por mí…
En mis primeros días en Roma, escuchaba muy a menudo esta canción mientras exploraba la ciudad. Recuerdo ahora ese primer paseo por el Foro, ese primer domingo inundado de sol, esperanza y optimismo, donde cada columna corintia era un guiño cómplice; cada fuente de agua, una indefinida promesa de paz; cada iglesia barroca, un excitante contrapunto dramático. Tampoco yo tenía muy claro qué estaba esperando con tanta emoción. Mi mente, aun así, iba hilvanando las vagas ensoñaciones de siempre: la vida en su plenitud, el íntimo goce estético, la liberación de mis verdaderas ataduras, la soledad convertida en refugio, la conexión con uno mismo, las nuevas amistades, los nuevos amores (pero estos pícaros, amables, sencillos, tal vez incluso divertidos), el descubrimiento de alguna verdad esencial sobre la existencia humana, o, al menos, sobre mí mismo…
No sé si llegué a alcanzar alguna de estas quimeras. Lo que sí que sé es que me gustaría recuperar ese estado de dulce expectación para afrontar el último año de mi veintena. Ahora que la turbulencia emocional causada por R. se ha atenuado, mi mente ha vuelto a caer en un vacío que es amplio y contenido al mismo tiempo, vibrante pero sosegado, inhóspito pero lleno de espacio para los más elaborados fantasmas de la imaginación. Hoy, sin embargo, me cuesta mucho proyectar ese vacío hacia el futuro y convertirlo en esperanza, no sólo en incertidumbre. Por eso, mi tendencia natural a la nostalgia me empuja hacia los cumpleaños pasados, hacia el recuerdo de personas que ya no están, de sensaciones que ya no podré volver a vivir, de palabras que ya no tiene sentido que siga escribiendo…
Mi cumpleaños de los dieciocho también cayó en sábado. En ese momento, sólo había salido del armario con mis padres y con mis dos mejores amigas de la infancia, N. y A. Me sentía totalmente incapaz de pensar en el futuro, en la universidad, en una hipotética liberación personal o en un irrealizable primer beso. Amordazado por la homofobia y la timidez, me limitaba a estudiar para los exámenes, rezar ansiosamente y escribir fanfictions largos y crípticos en los que nunca pasaba nada y en los que, a lo sumo, me atrevía a describir alguna mirada intencionada y alguna conversación vagamente tierna entre los personajes. El aislamiento empequeñecía todas las posibilidades y el complejo de inferioridad pulverizaba cualquier sentimiento positivo hacia mí mismo, a excepción de una tenue autocompasión que fue acrecentándose con el paso de los años. Esa noche, sin embargo, mis amigas me hicieron una fiesta sorpresa en Il peccato di Cupido, un restaurante que había cerca del instituto y que cerró oficialmente la pasada Navidad. Recuerdo que me regalaron dos jerséis, unos pantalones y muchas tarjetas verdes con largas y esmeradas dedicatorias escritas a mano. Había muchísima gente: primas, vecinas, amigas de otras clases, amigas que habían ido a estudiar el Bachillerato a otros institutos… No había ningún chico, pero aquella levísima nota de anormalidad no pareció molestar a nadie. De hecho, creo que nos hizo sentir a todas muchísimo más cómodas.
De madrugada, cuando llegué a casa, recuerdo que guardé las tarjetas en la caja del dinero y que, después, me toqué las mejillas con delicadeza. Tardé unos segundos en comprender que me dolían los músculos de la cara de tanto reírme. No me había pasado nunca. Nunca…
Ahora mismo, me encuentro manoseando esas mismas tarjetas mientras espero a que las palabras hagan acto de presencia sobre la libreta en blanco. Estoy en casa de mis padres, el sol se oculta tras la fachada de enfrente y mi cabeza salta de un cumpleaños a otro sin seguir ninguna línea cronológica definida. Recuerdo cuando mi cumple cayó en Carnaval y mi madre me regaló el disfraz de mosquetero, un delirio barroco de mangas abullonadas, puntillas, terciopelo y lentejuelas doradas. Recuerdo cuando celebré la fiesta en un parque infantil de San Ildefonso y mi prima se presentó con una jaula de metal llena de pájaros de colores. Recuerdo también cuando estuve todo el día pendiente de la felicitación del Amado, que no llegó hasta las 23.59, oh, Douss Enemich, cómo te gustaba angustiarme. Y recuerdo mi fiesta de los veinticinco, en un karaoke del centro de Barcelona, con C. y L. cantando Dua Lipa a pleno pulmón…
Son demasiadas imágenes desenfocadas, demasiadas sensaciones irrecuperables. ¿Qué significan exactamente? ¿Qué relato conforman? La verdad es que todavía me siento demasiado confundido como para ponerme a cantar una I Want Song, pero, tal vez, sí que me quedan fuerzas para imitar el movimiento nemoroso del río de Pocahontas, que sigue fluyendo prístino, manantío e inevitable, sin siquiera saber qué le espera en el próximo recodo. Además, si algo he aprendido desde esa lejana noche en Il peccato es que, a diferencia de las princesas Disney, yo nunca he cantado solo, aunque a veces me lo pareciera. Siempre ha habido alguien escuchándome desde el otro lado, siempre ha habido alguien dispuesto a tenderme una mano desde el castillo resplandeciente, desde la ribera opuesta, desde el horizonte de la montaña. Ese alguien nunca ha sido un príncipe azul, ni un silfo de los bosques, ni mucho menos X., J. D. o, más recientemente, R.
Pero no pasa nada.
Hoy cumplo veintinueve años.
Y lo demás… Río abajo lo veré.

Mi princesa Disney favorita es Pumba. Problemas de tener pelo en el pecho desde los 14.
Me gusta cómo hablas del deseo sin saber exactamente qué deseas.