El roce y el silencio
Fragmentos de un viaje en tren
En el tren intento componer un haiku:
Tren de Cercanías Manos que se rozan Ocaso invernal
Frunzo el ceño. Es ridículo y pretencioso, y ni siquiera se adhiere a las reglas métricas del género. A mi lado, efectivamente, va sentado un pasajero con quien me he rozado imperceptiblemente un dedo de la mano izquierda. Es un chico joven, atractivo y lleno de confianza en sí mismo. Basta con echarle un vistazo: uñas pintadas de violeta, pesadas botas militares, un estrambótico abrigo con motivos africanos y esa mascarilla tan de moda con la bandera LGBTI. A su lado, por contraste, yo parezco un tímido esclavo del sistema, con mi abrigo negro tajantemente abotonado hasta el cuello, mis zapatillas del Primark y mis pantalones tejanos de siempre, lisos y pasados de moda. Sin pulseras, sin anillos, sin tatuajes. Aborreciblemente convencional. Solo hay un elemento que juega a mi favor, el cuello alto, que siempre me ha proporcionado cierto aire de distinción. Aunque tal vez solo sean imaginaciones mías.
Dejando el poema por imposible, levanto la vista de la libreta y pulso con el dedo pulgar el extremo del bolígrafo para ocultar la bolilla. Click-click. El gesto ha llamado la atención del Joven Alternativo, porque, entonces, inclina levemente la cabeza hacia mi hombro y se queda detenido en esa posición varios segundos, como si, tal vez, deseara leer el poema que acabo de escribir. ¿Qué más hay en la hoja de papel?, me pregunto con repentina agitación. Unos cuantos garabatos, versos sin terminar, el inicio de una historia sobre un anciano sentado en una cueva.
¿Qué dice todo eso de mí? ¿En qué posición me coloca respecto a él? Soy inconstante y errático, sí, y también poseo vanas ínfulas de literato muy poco atractivas, pero, tal vez, la libreta deja entrever algo más… ¿Algo que merezca la pena conocer? ¿Algo interesante o diferente? ¿Algo que lo atraiga? O, estirando al máximo mis ensoñaciones: ¿Algo que lo retenga?
Un bandazo del tren sacude a todos los pasajeros hacia la derecha. Todo el peso de su cuerpo cae de repente sobre mi costado, nuestros brazos se estrujan el uno contra el otro y su cabeza cae directamente sobre mi regazo, de forma que su moño me acaricia suavemente la barbilla. Con el otro brazo intenta asirse a la barra metálica que hay al final de la fila de asientos; mientras tanto, yo lo sujeto por un hombro e impido que se precipite completamente sobre mí.
Hay, creo, una lentitud del todo deliberada en su forma de retirarse. Tras farfullar aturullado algunas palabras de disculpa, apoya una mano en mi muslo y se incorpora elegantemente, como una bailarina de ballet que se yergue tras la reverencia final. Nuestros alientos se entremezclan en ese instante, nuestras frentes están a punto de tocarse y nuestros cuerpos se unen en un abrazo confuso y conmovedoramente gentil. No lo puedo evitar: sus roces son demasiado parecidos a las caricias; sus manos, demasiado amables y libres de culpa, su cuerpo, demasiado cercano y sincero y presente. Por un momento, el nudo de mi estómago se afloja con un suave ronroneo y yo debo contener el impulso de cerrar los ojos, soltar lentamente el aire de mis pulmones y simplemente apoyar la mejilla en su mejilla, dejando que repose en él todo mi agotamiento, todo mi deseo y toda mi amargura. Poco a poco, mi mandíbula se relaja, mis hombros se hunden, mi pecho se desinfla y al final casi puedo afirmar que él me pasa la mano por la espalda, como si fuera a estrecharme entre sus brazos.
—Ay, perdona, lo siento mucho. Puto tren, de verdad. Lo siento.
—No… —mi susurro es demasiado íntimo, me doy cuenta enseguida—. No pasa nada —digo de nuevo con voz más firme y más triste—. No te preocupes.
Todo vuelve a la normalidad. El tren recupera su velocidad habitual, los pasajeros retoman sus fingidas distracciones (un móvil, una lectura, mirar por la ventana) y el Joven Alternativo, tras arreglarse la caída del gabán, se instala de nuevo en su asiento. Sin embargo, el suceso ha levantado una nueva frontera entre nosotros, porque, ahora, él parece terriblemente incómodo sentado a mi lado. De hecho, está evitando a toda costa que nos volvamos a tocar. Quizás se está resistiendo a cambiarse de sitio, pero no creo que lo haga, porque, entonces, se arriesgará a parecer un maleducado. ¿Tan violentado se puede sentir? En realidad, en ningún momento he apoyado la mejilla en su mejilla, y el incidente ha sido brusco y cotidiano, de apenas un par de segundos. Tal vez, simplemente, se siente avergonzado por su torpeza. ¿Y si cree que el incidente me ha irritado, que me han molestado o incluso indignado sus mínimos devaneos? Ah, si supiera cuán complaciente puedo llegar a ser… Aunque, realmente, si juzgo el suceso desde la frialdad más rigurosa, también es posible que no esté pasando nada de todo esto y que el chico esté sentado en su asiento exactamente del mismo modo que antes del bandazo. Tal vez no le ha dado más importancia al incidente. Pero mi mente imagina de nuevo esos gestos suaves y equívocos, esa forma de pasarme la mano por la espalda que puede o no puede tener un significado ulterior, un significado reservado solamente para mí…
Tras un suspiro, el chico saca el móvil y abre su galería de fotos. En la pantalla aparece de inmediato un larguísimo catálogo de fotografías donde el Joven Alternativo sonríe en compañía de otro chico: están tumbados sobre la arena de la playa, paseando por las calles de la ciudad, comiendo en un restaurante, acostados en una cama de matrimonio. Hay una imagen que me llama particularmente la atención. En ella, el otro chico aparece sentado de piernas cruzadas sobre las sábanas deshechas. Tiene el pecho desnudo y un cigarrillo entre los labios. Tras él, la ventana entreabierta revela un paisaje montañoso al atardecer, y sobre le mesilla de noche se acumulan varios objetos incongruentes: cargadores, los envoltorios arrugados de unas Chips Ahoy, chicles, monedas, mascarillas y una cartera. ¿Una escapada rural, tal vez? El chico, en todo caso, le guiña un ojo a la cámara y sonríe sin muchas ganas. Quizás acababan de tener sexo… Intento conjurar en mi mente esas sensaciones, el tacto de unos dedos amorosos resiguiendo las líneas de mi cuerpo, las miradas íntimas, las tenues carcajadas, la suavidad de los contornos, la paz del hotel de montaña y los rayos oblicuos del atardecer colándose por la celosía de la ventana… Mi compañero de asiento se queda contemplando la fotografía varios segundos, y entonces bloquea el móvil con súbito y se levanta sin dirigirme ni una mirada. El tren ha llegado a la siguiente estación.
Yo, por mi parte, abro de nuevo la libreta y modifico el poema:
Tren de Cercanías Sueños fútiles Ocaso invernal
Sigue sin convencerme (ni siquiera estamos en invierno aún), pero, al menos, ahora estoy siendo totalmente sincero.
***
Noviembre siempre ha sido un mes muy triste para mí. Tal vez sea por la luz menguante, por el aire húmedo y yerto del otoño mediterráneo o por el peso agotador de las decepciones, cuyos restos parecen acumularse en los días de noviembre como las capas de fango que forman el lecho de un río. A lo largo de estas semanas, iré publicando textos que escribí en diferentes noviembres de mi vida, entre 2015 y 2025, para así adentrarme en el secreto que esconde esta huidiza unión de treinta días o, al menos, para hacer más corta la espera de la Navidad. Feliz noviembre, pues, si es que eso nos es aún posible. A.

A mí me encanta noviembre pero tu texto de hoy iba perfectamente acompasado con el día lluvioso de hoy. Me parece asombroso lo fácil que has hecho pintarnos la imagen mental de ese momento. Estoy expectante por recorrer tantos otoños de nuestro Abel.
Me encantan los amores fugaces de autobús... Con este ya has tenido contacto más estrecho que yo con todos los míos jajajaja💔