El rencor
Exeunt omnes
Unas semanas después de abandonar el club de lectura, decidí, sin mucha convicción, apuntarme a clases de teatro. Mi amiga S., que estaba muy relacionada con los ambientes LGBTI de Barcelona, indagó al respecto durante varios días y confeccionó una lista exhaustiva de talleres, clubs, iniciativas y grupos diversos que yo, en un momento de debilidad, rechacé alegando motivos más o menos inventados. Finalmente, un viernes de febrero, poco después de mi vigesimoséptimo cumpleaños, acordamos ir juntos a una clase de prueba en un centro cívico del Poblesec, donde tenía lugar un taller de teatro semanal organizado por el Casal L.
He de reconocer que S. y yo estábamos muy emocionados. Durante el viaje en metro, S. comparó nuestra situación con un episodio de Física o Química en el que Fer, que todavía no ha salido del armario, le pide a Yoli que lo acompañe a descubrir ambientes gays por Madrid, sin ser consciente de que David ya está enamorado de él y que se muere de celos cuando la misma Yoli se lo cuenta tras una clase de Educación Física (la otra subtrama del episodio concierne a Cavano y a Ruth, que se enrollan en los vestuarios del instituto mientras Gorka los graba con el móvil, lo que da pie a una ineficaz reflexión sobre los peligros del mundo digital en la adolescencia). Yo hacía muchos años que había salido del armario y no tenía, lamentablemente, a ningún David bebiendo los vientos por mí, pero la sensación de apertura, esperanza y optimismo era bastante parecida a la que sentía Fer en ese episodio. Y es que, a pesar de mis recientes fracasos, yo persistía en mi objetivo de abrirme a nuevas experiencias y explorar mi lugar en la comunidad gay, un lugar que, con suerte, estaría menos condicionado por las abrasivas mortificaciones (a veces autoinfringidas) que conlleva la siempre ansiosa búsqueda del amor.
S., por desgracia, acabó asistiendo a muy pocas clases, pues enseguida tuvo que dejar el grupo de teatro para centrarse en la preparación de sus oposiciones. El primer día que me enfrenté yo solo al ambiente, J., el profesor, nos puso a caminar por toda la sala y nos dijo que, cada vez que nos cruzáramos con algún compañero, debíamos detenernos, mirarlo durante un minuto a los ojos y darle un abrazo largo y sentido. ¡¡¡Dios!!! El grupo estaba compuesto exclusivamente por hombres gays, casi todos de mediana edad, aunque también había varios jubilados e incluso un chico de mi edad con el que todavía no había tenido el valor de intercambiar una sola palabra. Por suerte, ninguno tenía un aspecto especialmente intimidante, a excepción de un hombre moreno que debía rondar los cuarenta años, perturbadoramente sensual, a quien logré evitar con éxito durante todo el transcurso de la clase.
Al principio, me limité a caminar con la vista baja por los márgenes del aula, preguntándome cómo podía participar en la actividad sin parecer fuera de lugar, torpe, cohibido o secretamente deseoso. No quería dar la impresión de que buscaba cruzarme adrede con algún compañero en específico. Tampoco quería ruborizarme cuando nos mirásemos a los ojos ni romper a sudar cuando nos abrazáramos. En realidad, me di cuenta de que no quería hacer el ejercicio. No quería hacer teatro. No quería estar allí, con esos hombres que no conocía de nada y que, sin embargo, yo debía mirar, tocar y abrazar como si fuéramos hermanos, amigos… o amantes. Poco a poco, me había ido encogiendo sin darme cuenta, como ese homo incurvatus in se del que habla San Agustín en De Doctrina Christiana.
Y entonces me topé con F., uno de los jubilados del grupo. El encuentro fue absurdamente inesperado, como si F. hubiese aparecido de la nada, como si acabase de brotar de la tierra, allí mismo, a mis pies. Tras reprimir un estremecimiento, le dirigí una sonrisa nerviosa y me dispuse a mirarlo a los ojos. Uno, dos, tres, cuatro… F. tenía los ojos pequeños y claros (un rasgo muy infrecuente en mi país), el rostro achatado y una expresión distante y solemne, aguda, inquisitiva, como la de un profesor de instituto en una reunión con un estudiante problemático. Quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho… Valoré la posibilidad de respirar hondo, pero enseguida descarté la idea porque habría revelado aburrimiento, nerviosismo o simple mala educación, de modo que me esforcé en respirar con naturalidad. Sin embargo, al formular el pensamiento, empecé a sentir de un modo insoportablemente preciso cómo mis pulmones se llenaban y se vaciaban de aire y cómo mi caja torácica se expandía y se contraía bajo mi (ya sudada) camiseta de manga corta. ¿No eran bocanadas demasiado superficiales? ¿Demasiado impostadas? Veintitrés, veinticuatro, veinticinco… F. tosió inaudiblemente, cambió el peso de una pierna a la otra y siguió mirándome. Deixeu que la presència de l’Altre us ompli a poc a poc… iba diciendo el profesor de teatro con su voz aflautada y cantarina. Atureu els pensaments i fluïu amb la connexió…
…i seixanta, zanjó F. cuando todavía íbamos por el segundo cuarenta y ocho. El abrazo subsiguiente fue corto y artificial, pero, cuando nos separamos, F. me sonrió tímidamente, me dio un golpecito en el antebrazo y se alejó de allí con los mismos andares solemnes. En ese momento, caí en la cuenta de que F. también se había sentido un poco incómodo con el ejercicio. Curiosamente, a partir de entonces, la clase de teatro se me hizo mucho más llevadera.
Después de la actividad, J. nos puso por parejas y nos dio la siguiente instrucción: una pareja de hombres gays, a quienes llamaríamos convencionalmente Fran y Cisco, volvían a su casa después de pasar el día de Navidad con la familia de este último. Fran estaba enfadado porque la madre de Cisco no había parado de meterse con él durante la comida, pero Cisco no había hecho nada por defenderlo. La situación venía dándose desde hacía varios años, hasta el punto de que Fran ya no sólo estaba enfadado: estaba resentido. Con esta información, cada pareja debía subir al escenario para improvisar una escena de seis minutos. Vinga, va!, nos animó J. Qui vol començar?
Mi pareja era R., un hombre de mediana edad, esbelto y delgado, con una barba muy cuidada y unas inmensas botas militares que resonaron majestuosamente cuando entró en el escenario. Yo lo seguí con mi aire contrahecho de siempre, fingiéndome atareado mientras dejaba mi imaginario abrigo sobre la imaginaria mesa del comedor y me sacaba de encima bártulos y bolsas de regalos también imaginarios. R., mientras tanto, se sentó en una de las dos butacas que había en el escenario con gestos amplios y relajados, se desperezó cuan largo era y se quedó observando plácidamente al público. Yo me senté en la otra butaca y dejé que mi cuerpo adoptara su natural postura agarrotada: me encorvé, me crucé de brazos y piernas y apreté las mandíbulas con todas mis fuerzas, descargando sobre mis muelas (ya muy maltratadas tras años de bruxismo nocturno) toda la tensión y la incomodidad que llevaba reprimiendo desde que había empezado la clase. Entonces, tras unos segundos de silencio, dije mi primera frase:
—Sempre passa el mateix. Mai, mai, mai et poses de part meva.
—Au, va, no siguis exagerat.
—No estic sent exagerat —repliqué con una vehemencia que me sorprendió a mí mismo. Entre el público, el profesor asintió varias veces para darme ánimos—. A tu t’és igual el que ella em digui. Sempre et quedes callat. Sempre, sempre...
—És la meva mare, Fran, ja la coneixes... Amb ella no es pot parlar.
—Ja ho pots ben dir.
—Per favor... Intenta posar-te a la meva pell per una vegada. Tot plegat se’m fa terriblement incòmode. Mai sé què dir quan comenceu a discutir...
—Discutir? Discutir, Cisco? —solté una risotada amarga y sardónica—. Ella i jo no discutim. Ella es limita a insultar-me i jo em limito a callar. Això no és discutir. ¿O ja no recordes quan, després de les postres, ha començat a dir por lo bajini que jo soc un puto maricón de merda i que jo et vaig corrompre i que per això ets homosexual...?
—Ella mai t’ha parlat així.
—Que ella mai m’ha parlat així?! Per favor. Es burla de qualsevol cosa que faig. Es burla dels meus gestos, de les meves opinions, de la roba que porto, dels llibres que he escrit, de la meva feina i de la casa i de...
—És una dona del seu temps. Així de senzill. Crec que estàs fent un gra massa de tot això...
—I tu sempre et quedes callat, sempre, sempre, sempre, mirant el plat com si jo t’avergonyís, como si estuvieras deseando librarte de mí, como si te arrepintieras de la vida que hemos construido juntos y de hacer sufrir a tu pobre madre de esta manera, pobrecilla, cómo sufre por ti, las cosas que ha aguantado, cómo fuerza una sonrisa cada vez que me ve, cómo me reserva un sitio en su mesa, qué abnegada, qué bondadosa, qué buena madre, pobrecilla, y tú se lo pagas de esta manera, ¿verdad? ¿verdad? ¿VERDAD?
—Estàs sent molt injust —R. se levantó de la butaca con lentitud, lanzándome una mirada cargada de dolor—. Siusplau, anem a l’habitació i parlem-ho amb calma…
Pero yo negué varias veces con la cabeza, apartando la vista de él. Sentía ganas de llorar.
—Nunca dices nada —dije en voz baja—. Nunca me proteges. Y si crees que voy a olvidar cómo te quedas callado cada vez que ella me insulta delante de toda tu familia… pues estás muy equivocado.
R. no respondió nada. De esta guisa, el tenso silencio se asentó como una losa de piedra sobre el auditorio. El profesor, entonces, se levantó de su asiento y dijo con voz queda:
—Fran, mira al Cisco als ulls. Mira’l com si volguessis matar-lo i fer-li una abraçada al mateix temps.
Yo obedecí lentamente. Cuando miré a R. a los ojos, ladeé ligeramente la cabeza y dejé que todas las líneas del mundo convergieran en aquel rostro anónimo. Entonces apreté las sienes y las cuencas de los ojos, y también las mandíbulas y el cuello y todo el cráneo desde la nuca hasta la frente, como si quisiera traspasar ese punto focal con la mirada y luego destruirlo y acariciarlo y comérmelo a dentelladas, todo a la vez y con todas las partes del cuerpo, y así seguí apretando y apretando hasta que los labios me temblaron del esfuerzo y los ojos se me humedecieron con estas lágrimas que aquí restan todavía, sofocadas y sin verter, lágrimas ardientes del más fiero y delicadísimo rencor.
—I fi —dijo J. con la misma voz suave—. Exeunt omnes.
Pero yo no aparté la mirada.
***
No sé qué rostro proyecté sobre la faz de R., pero la sensación me acompañó durante muchas semanas. Mira’l con si volguessis matar-lo i fer-li una abraçada al mateix temps. Yo nunca había mirado a nadie de esa manera, ni siquiera a los chicos que me habían hecho daño de verdad. Con ellos, siempre había primado la resignación, el llanto, la culpabilidad y finalmente el silencio. ¿Qué ganaba yo con histrionismos y acusaciones despechadas, con portazos y bloqueos y miradas envenenadas e indirectas furiosas por Twitter e Instagram? Nada de todo aquello me los devolvería. El enamoramiento, después de todo, puede nacer o brotar o surgir con más o menos lentitud, con más o menos violencia, como una fuente o como un estallido, como una rosa que florece o como un día que anochece, pero, por desgracia, el enamoramiento no puede hacerse. No puede elegirse. Y ellos, simplemente, ya no estaban enamorados de mí, o no habían llegado a estarlo nunca, o habían confundido el amor con la atracción, o con la lástima, o con la simpatía, o, tal vez (¡ay de mí!), con el simple temor a estar solos.
En el fondo, ellos no tenían la culpa. La comunicación podría haber sido más fluida, mis mensajes de WhatsApp podrían no haber sido dejados en visto, las preguntas de ¿Qué buscas?, ¿Cómo te sientes? o ¿Quieres quedarte dormir? podrían haber sido contestadas con más honestidad, con más sensibilidad y paciencia y virtud y responsabilidad afectiva y todo lo que tú quieras, pero, incluso cuando el desarrollo de la situationship había sido ejemplar, el dolor de base era el mismo:
Él no estaba enamorado de mí.
Él no estaba enamorado de mí.
Él no estaba enamorado de mí.
Ahhhhh, ¿cómo no iba a vivirlo como un abandono? ¿Cómo no iba a atribuirlo a mis inhibiciones, a mi timidez, a mi personalidad excesivamente torpe, violentamente enardecida y vorazmente necesitada de amor y validación y paz y sexo y caricias? ¿Cómo no iba a guardarles rencor por haberme herido tanto? ¿Y cómo, en definitiva, no iba a querer matarlos y darles un abrazo al mismo tiempo?
Esos días, tuve muy presente un recuerdo de cuando estaba en primero de la ESO y fuimos de colonias a una masía en el campo. Allí, una mañana, nos llevaron a la ladera del monte y nos enseñaron a tirar flechas con un arco de competición. El instrumento (por llamarlo de alguna manera) era más alto que el instructor y casi el doble de ancho que yo. Sus formas fluidas y centelleantes le daban la apariencia de una pieza de carrocería, o tal vez de una salpicadura de agua que había sido transformada en metal mediante innominadas operaciones alquímicas. Cuando llegó mi turno, comprobé que era frío y suave al tacto, como una sierpe al acecho, como una de esas armas de alta tecnología que aparecen en las novelas distópicas. Me costó mucho esfuerzo colocar la flecha en su sitio y tensar la cuerda del arco. Más… Más… Más…, decía el instructor con voz distraída mientras yo estiraba un brazo hacia atrás y mantenía el otro recto y rígido, con la mano firmemente sujeta a la empuñadura. Más… Más… Más… Sentía toda la musculatura del torso angustiosamente tensada, en especial el pecho, que parecía a punto de partírseme por la mitad. Más… Más… Más… Aguanta. Cerré los ojos. Estaba temblando de la cabeza a los pies. ¡Ya! Y entonces los abrí de nuevo y disparé. Al instante, todo mi cuerpo fue propulsado hacia delante, como siguiendo el impulso de la flecha, que cruzó el aire con un silbido seco y se clavó entre los arbustos del campo de tiro, a varios metros de la diana a la que supuestamente estábamos apuntando. Rápidamente, el instructor detuvo el impulso de mi cuerpo colocándome una mano en el pecho. ¡Epa, que te nos vas!, exclamó de buen humor. Yo murmuré una disculpa aturullada (era un hombre muy guapo), le devolví el inmenso arco y regresé a la casa de colonias sin darle más importancia al acontecimiento. Sin embargo, mi cuerpo ha conservado con mucha nitidez esa sensación de ser sacudido hacia delante por un impulso externo, por una fuerza cinegética impersonal, cruda y rabiosamente física. Fue casi como abandonarse a uno mismo, como soltar la voluntad y simplemente dejarse en manos de la Naturaleza, del instinto, de ese íntimo deseo de muerte y violencia que anida en todos nosotros. Eros y Thánatos… Y allí, al otro lado del campo, su pecho ensangrentado y atravesado dramáticamente por una flecha. Por mi flecha.
Pum.
Zas.
Crac.
Nunca más volverás a hacerme daño.
***
Una vez terminada la clase, J. me llevó aparte y me felicitó por mi actuación. Yo obvié decirle que en ningún momento había actuado de verdad. Ni siquiera parcialmente. Mientras escribo estas palabras, me viene a la cabeza esa conmovedora escena de Hamlet donde el propio Shakespeare, enmascarándose bajo la locura de su protagonista, reflexiona agudamente sobre lo extraña y maravillosa que es la profesión de actor. El monólogo tiene lugar tras la reunión de Hamlet con la compañía teatral, a la que ha encargado representar en escena el espeluznante crimen de su tío, el Rey Claudio. Para convencer al príncipe de sus habilidades, uno de los actores pronuncia un untuoso monólogo lírico puesto en boca de Hécuba, la mítica reina de Troya, que deja a Hamlet sorprendido y atemorizado a partes iguales:
Ya estoy solo […] ¿No es tremendo que ese actor, no más que en ficción pura, en sueño de pasión, pueda subyugar así su alma a su propio antojo, hasta el punto de que por la acción de ella padezca su rostro, salten lágrimas de sus ojos, altere la angustia su semblante, se le corte la voz, y su naturaleza entera se adapte en su exterior a su pensamiento?... ¡Y todo por nada! ¡Por Hécuba! ¿Y qué es Hécuba para él, o él para Hécuba, que así tenga que llorar sus infortunios? (Acto II, Escena 2).
Dudo mucho que Shakespeare se hubiese maravillado de igual modo al verme interpretar a Fran. De todas formas, ¿qué fue Hamlet para él, o él para Hamlet? En mi caso, Fran fue lo que ellos son también para mi corazón: una ausencia que grita, un vacío encarnado, una ficción fantasmal que bascula precariamente entre la memoria, el deseo, la ilusión y el sufrimiento. De hecho, a veces, cuando todavía estaba con ellos, sentía que mi cuerpo ya estaba representando una escena, o encarnando un recuerdo a duras penas conservado, o pronunciando, tal vez, unas pocas líneas de guion reservadas al protagonista de la obra, cuyo director, fruto del despiste o de la temeridad, me había adjudicado erróneamente, como esa vez en la que J. D. y yo estábamos desnudos en su cama y yo apoyé la mejilla en su pecho y entonces alcé la vista y lo observé y vi que estaba sonriendo con los ojos cerrados mientras movía ligeramente la cabeza al ritmo de la música de Natalia Lafourcade. Él estaba sonriendo y yo sonreí también, pero no pude evitar sentir que estaba contemplando la imagen desde fuera, que ya se alejaba de mi alcance, que ya se estaba convirtiendo en un recuerdo. Aquello no podía durar mucho más: lo estaba estirando al máximo de mis posibilidades.
Aun así, en ese momento, lo abracé y cerré los ojos. En menos de una semana, estaría llorando en la cocina de mi casa mientras mis padres y mi hermana dormían. En menos de una semana, me quedaría contemplando un breve mensaje de WhatsApp donde, en el fondo, no había nada que yo pudiera recriminarle. Pero yo, igualmente, lo abracé.
Mira’l con si volguessis matar-lo i fer-li una abraçada al mateix temps.
No sé si lo que he escrito tiene mucho sentido. ¿Cómo es posible que el enamoramiento y el despecho puedan solaparse de esta manera? ¿Por qué no quiero volver a verlo en toda mi vida, pero, al mismo tiempo, lo busco incesantemente entre los rostros de la gente? ¿Qué haría si me lo encontrara de verdad? ¿Qué haría si me hablase de verdad? ¿Si aquí, ahora, en este instante, abriera WhatsApp y encontrase ese número 1 al lado de Archivados, ese ominoso, estremecedor y dilectísimo numerito verde que encierra todas las promesas de felicidad que alguna vez me han sido murmuradas?
Dios mío, me muero de sed. Probablemente, nunca hallaré la respuesta a estas preguntas. Por ahora, mi única alternativa es seguir tarareando entre dientes esa copilla andaluza que canta Rosalía en Los ángeles y que yo rescato ahora con todo el rencor que mi lengua pueda imprimirles a sus áridos versos:
Te voy pintando y pintando al laíto del brasero y a la vez me voy quemando por lo mucho que te quiero. !Válgame, San Rafael! Tener el agua tan cerca y no poderla beber.
Te lo repito: me estoy muriendo de sed.
Pero una palabra tuya, amor mío… bastará para saciarme.
¡Ay, el rencor, el rencor…!


Como siempre, ¡qué delicia leerte! 😍
Como siempre super bien escrito Abel. Me gusta mucho el detalle con el que describes las cosas, mientras lo lees casi puedes sentirte ahí mismo. Me han llamado la atención las referencias cruzadas con la historia de la escena del taller de teatro, muy creativo e inesperado. Obviamente también me sentí muy identificado con todo lo que cuentas, gracias por abrir esta ventanita al interior de tu mente ✨