El nido
Reflexiones sobre mi nueva habitación
Siempre me han dado un poco de miedo los pájaros de la ciudad. Me asustan sus vuelos erráticos e impredecibles, la forma en la que se desplazan todos juntos, en espesas bandadas oscuras; me asustan incluso sus torpes graznidos cuando están en celo y sus tristes ululares cuando se sienten solos. De hecho, desde hace varios años, tengo un sueño recurrente en el que una paloma baja en picado del cielo, se posa en mi hombro derecho y empieza a batir sus alas con mucha rapidez. Yo me quedo paralizado de terror, con el cuello inclinado hacia un lado para evitar que sus plumas rocen la frágil oquedad de mi vena yugular. Al cabo de unos segundos despierto de golpe, con la respiración acelerada y el furioso aleteo de la paloma todavía en mis oídos.
A pesar de ello, no puedo evitar comparar mi nueva habitación con un nido, un nido de águilas, tal vez, encaramado en lo alto de una montaña. Ahora duermo en un inconcebible séptimo piso, en un cuarto embutido en la esquina del edificio, de modo que mi nueva habitación tiene cinco paredes, en vez de cuatro. Por ello, la desmesurada cama de matrimonio (que ya ha sido estrenada en todos los sentidos) no encaja completamente en el rincón designado, lo que origina un pequeño hueco que, en un futuro improbable, me gustaría que fuera ocupado por un cabezal. Aparte de la cama, la habitación cuenta con una robusta mesilla de noche, un estante de color blanco y un inmenso armario de cuatro puertas, vasto y aún medio vacío, en el que cabrían los deseos innominados de todos los que no viven de acuerdo a su verdad. Por la ventana, se observa una vista parcial del Carrer Comte d’Urgell, una de las avenidas que bajan en suave pendiente desde la Diagonal hasta los barrios marítimos, atravesando el Eixample de arriba abajo. En nuestro cruce, distingo el cartel luminoso de una farmacia, un bar regentado por una pareja china (donde ya he comido un par de bocadillos) y un parking del servicio municipal de bicicletas. También hay ancianas arrastrando carritos de la compra, grupos de jóvenes de camino a la Escuela Industrial, serios oficinistas e incluso una familia con niños pequeños, que son una especie cada vez más infrecuente en el espacio público.
Desde aquí arriba, yo los puedo observar a todos sin ser visto. Ante los desafíos y las ansiedades de esta vida adulta que acabo de emprender, mi habitación me ofrece un refugio seguro, pequeño y acogedor desde donde puedo contemplar la irrefrenable magnitud del mundo exterior. Es como estar acurrucado entre cuatro paredes (o cinco, en mi caso) mientras se oye de fondo el repicar de la lluvia contra la ventana. Aquí, el Mal no puede alcanzarme, excepto el Mal que viene de dentro, que es el único y verdadero enemigo al que abatir: Vincit qui se vincit. Este será mi lema a partir de ahora.
Fuera de la habitación, el piso se extiende amplio, luminoso e ignoto. Mis dos compañeras transitan por el largo corredor central abriendo y cerrando armarios, cargando bolsas, planificando comidas y haciendo lavadoras con un desparpajo y una seguridad que yo tardaré mucho tiempo en adquirir completamente. Las tres somos catalanas, solteras y veinteañeras, lo que hace muy sencillo imaginar que protagonizamos una versión ad Barchinonam de Friends, Girls o Sex and the City. Creo que estamos en estadios muy diferentes de la soltería, pero, aun así, resulta un cambio muy agradable respecto a mi grupo de amistades de siempre, que está formado, casi exclusivamente, por chicas sólidamente emparejadas desde hace varios años. De alguna manera, este nuevo ambiente me hace sentir un poquito menos raro. Un poquito menos solo.
Amb els tius, el més important és ser conscient dels teus límits, saber què mereixes i tenir molt clar què estàs disposada a tolerar, proclama A. mientras esperamos a que lleguen las pizzas de la cena. Yo asiento vigorosamente a sus palabras, pero P. se lleva una mano al corazón, con ese aire que es a la vez diáfano e impenetrable, limpio y turbio, honesto e imposiblemente profundo, como un abismo sin fin. En realidad, no es fácil para ninguna de nosotras. Pero es bello imaginar que sí.
Sin duda, la vista más interesante del piso es la que ofrece el ventanal del comedor, que da al inmenso patio de vecinos de la manzana. Entre los tejados y las antenas parabólicas, la mole azulada de la Torre Agbar destaca en la lejanía como un recordatorio constante de cuál es (¡ay de mí!) mi nuevo hogar. También se distingue un tramo de sierra y el pináculo más elevado de la Sagrada Familia, que desde hace unos días sobresale de la fachada del edificio de enfrente. Si viviéramos un par de pisos más a la derecha, podríamos ver la silueta entera de la torre de Jesucristo, que en principio se terminará este año, coincidiendo con el centenario de la muerte del arquitecto.
Los tejados son un mundo nuevo para mí, pues siempre he vivido en un primer piso, casi a ras de calle. Allí, en la casa de mis padres, la ventana de mi habitación da al paseo arbolado que hay al otro lado de la carretera. A veces, cuando levantaba la vista del escritorio, me entretenía observando a los transeúntes que iban y venían por el paseo, fijándome en su indumentaria, en la actitud que imprimían a sus pasos, en si dirigían la mirada al suelo o al frente o al cielo. Ahora, además, puedo examinarlos en el interior de sus casas, pues, por extraño que resulte, aquí nadie se molesta en correr las cortinas o bajar las persianas, lo que me proporciona un mosaico fantasmagórico de salones, cocinas y dormitorios ajenos por donde desfila (¿será posible?) la vida del prójimo. De momento, los personajes más distinguibles del patio de vecinos son una señora que siempre está fumando en su balcón y un grupo de obreros (bastante atractivos, huelga a decir) que reforman un ático cercano. Ayer por la tarde, además, me fijé en una chica morena que se tumbó a leer en el sofá de su casa, aprovechando los rayos de sol que caían de pleno a través de su ventana. Conforme fue avanzando la tarde, la chica fue quitándose prendas de ropa: primero se despojó de la bata, luego se quitó el jersey y finalmente se bajó los pantalones, rindiéndose por fin a la tibia caricia del sol de invierno, que hacía resplandecer las blancas superficies de su sofá y las paredes desnudas de su piso inmaculado. Yo, en cambio, que estaba en el extremo umbrío del patio, corregía exámenes con una manta sobre los hombros, pegadito a la estufa, quizás un poco soñoliento. De hecho, cuando el sol se ocultó, la chica se quedó dormida… y un hombre, al cabo de unos minutos, fue a despertarla con un beso.
Confieso que estas imágenes me reconfortan. Aportan una necesaria pátina de cotidianeidad y familiaridad a la vida en Barcelona, que yo siempre he imaginado glamurosa, excesiva, rampante y petulante, como una continua pasarela de moda. Para mí, la efigie de Barcelona es la de una alta ejecutiva, tal vez parisina o neoyorkina, que observa con elegante desdén mi ropa del Zara, mi rutina aburrida y mis cobardes hábitos de extrarradio. Ahora, no obstante, me atrevo a devolverle la mirada cada día, aunque sea con una ligera inquietud. Heme aquí, le digo serenamente, sin saber si estoy hablando con Barcelona, con Dios o con la imagen que veo reflejada en el espejo. Haz lo que quieras conmigo. Lo que quieras…
Me detengo un momento a media palabra, con el bolígrafo danzando sobre la página, dándole vueltas a ese extraño pensamiento. Sí, ahora puedo hacer lo que quiera. Puedo salir del piso a cualquier hora del día y de la noche sin dar explicaciones a nadie. Puedo organizarme las comidas a mi gusto. Puedo apuntarme a teatro o a cerámica. Y puedo, incluso, invitar a un chico a quedarse a dormir. ¡¡A dormir, Dios mío!! Imagínatelo: tardes largas, noches cortas, mañanas perezosas… y un beso al despedirlo en mi puerta.
¿Quieres venir mañana?
Ah… Por supuesto, evito a toda costa que X. personifique este tipo de ensoñaciones. Prefiero imaginar a un chico que todavía no conozco. Una sonrisa nueva, una esperanza nueva, una piel nueva… Ahora me es más mucho más fácil tener confianza en las cosas nuevas, en todo lo que pueda depararme esta ciudad, en todo lo que pueda enseñarme. Por el momento, prefiero no escribir sobre el confuso e inconstante sentimiento de soledad, sobre la agitación permanente, sobre la dificultad para conciliar el sueño o sobre el auténtico caos que supuso la mudanza. Ya habrá tiempo para ello.
Esta mañana, mientras desayunaba solo en la mesa del comedor, he leído en Twitter que el miedo a los pájaros transluce miedo a la libertad. A mí, desde luego, nunca me veréis viendo The Birds de Alfred Hitchcook, pero, tal vez, sí que me atreveré a vivir siendo libre. O no. No lo sé. Creo que ya era libre antes, en casa de mis padres, pero sólo ahora me he permitido darme cuenta de ello. ¿Qué pasará después de este instante de clarividencia? ¿Cómo me sentiré? Son las once de la mañana de un domingo de enero, la señora del balcón ya ha apurado su cigarrillo, los obreros descansan al sol y yo estoy terminando este escrito. Reina el silencio… y mi cabeza bulle con preguntas a medio formular.
No obstante, por primera vez, me parece bien que así sea.

A pesar de todas las muy ricas oportunidades para ser tremendusco que me ofrece este texto, te diré que ojalá tu nueva habitación te ofrezca un catálogo de remedios para toda sombra que amenace esa felicidad que tanto te mereces.
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