El castillo
Sobre miradas en la lejanía
Hay una llanura con pastos verdes que se agitan al viento. En ella crecen pequeños grupos de árboles con los troncos muy altos y esbeltos, como lápices o cerillas. Sus frágiles siluetas negras se recortan contra el cielo de un amanecer incipiente. En la distancia, sobre la pendiente de una elevada colina, se yergue un deslumbrante castillo blanco con altísimas torres de ensueño. Los rayos del sol apenas rozan los pináculos más elevados, que desprenden un fulgor vacilante, un tímido destello que se expande fugazmente por el aire de la pradera.
Es un castillo extraño, imposiblemente vertical, de formas compactas y elegantes. Ningún camino conduce hasta su puerta, ningún estandarte reivindica su propiedad. De hecho, el castillo no tiene ventanas, ni terrazas, ni cornisas, ni almenas, ni ningún otro elemento arquitectónico discernible que mancille la pureza de sus lisos muros blancos. Ahora que me fijo bien, la gigantesca estructura parece un castillo únicamente por su forma, por la silueta que dibujan las torres contra el cielo, por esos finos contrafuertes que parecen apuntalar los muros, por esa desdibujada muralla que resigue el contorno de la colina. No obstante, sé que podría ser cualquier otra cosa, incluso una cosa de otro mundo. Desde luego, no parece algo construido por el ser humano.
La atmósfera es fría y yerta, prístina y silenciosa. Apenas se oye el sonido del viento susurrando entre las copas de los árboles. Yo estoy bajo la sombra de uno de esos bosquecillos, sentado de rodillas sobre la hierba, desnudo y sediento. El sol que viene de lejos envía largos rayos que se cuelan entre las hojas, pero no logran penetrar en la sutil bruma de mis miembros.
Oh, suspiro, estremecido. Aunque llevo un buen rato sentado, no he logrado reponer fuerzas. Tampoco sé si quiero seguir. A pesar de todo, tras unos segundos más de pausa, me levanto y echo a andar hacia la silueta del castillo. Sé que, aquí, esta es mi única opción. Al salir de la sombra del bosque, la luz del sol se desliza por mis hombros desnudos, cubriéndome con un manto dorado, filiforme, una prenda tan vaporosa que tal vez sólo sea mi propio aliento mistificado. No lo sé. A través del aire, los resplandores que emana el castillo parecen envolverme en promesas, promesas dulces y lejanas, etéreas y soñolientas, como caleidoscopios que se mueven lentamente. Muy, muy lentamente.
Una ráfaga de viento me acaricia entonces la mejilla. A lo lejos, distingo una humareda que parece surgir de los cimientos del castillo. Las columnas de humo se entrelazan con sus altas torres blancas. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué son esas llamas que parecen lamer los muros blancos? ¿Y ese súbito estrépito que lanza ecos hacia la infinitud? De repente, la brisa se convierte en un violento vendaval que sacude la hierba de la pradera y arranca las hojas de los frágiles arbolillos. Yo me tapo los ojos con las manos, y vuelvo a caer de rodillas, y empiezo a llorar muy silenciosamente. Ojalá estuvieras a mi lado.
El castillo empieza a elevarse de la colina.


Melancolía, eso me dejaste está vez, no paz...porque conozco demasiado bien esa sensación. La de buscar algo verdadero, algo que te haga sentir completa… y que a veces, aunque sea por un instante, parece que lo encuentras… solo para que se desvanezca después, envuelto en llamas, dejándote más vacía y sola que antes.
no dije nada pero soy muy fan de tus acercamientos a lo gótico, como un río describiendo una frontera entre dos países, gótico país melancólico, gótico país amoroso, eres una frontera geológica hecha texto! maravilla!!