El borde dorado del vestido de novia
Algunas escenas de infancia
Cornellà de Llobregat, abril de 2005
El pasillo estaba forrado de cajas de color rosa. Se trataba de una tonalidad chillona, saturada y explosivamente femenina, que yo sólo asociaba a los helados Frigopié y a las tiendas de juguetes como aquella. Era la última hora de la tarde y el centro comercial estaba casi vacío, pero, aun así, me detuve en la entrada del pasillo y, disimuladamente, miré a ambos lados para comprobar que no había nadie mirando. Sintiendo un ligero apelmazamiento por todo el cuerpo, recorrí apresuradamente la sección de Nenuncos (que nunca me habían interesado demasiado) y la de utensilios domésticos de juguete (¿quién querría jugar con una cocinita o con una plancha de plástico?), hasta que, por fin, alcancé el final del pasillo, donde me esperaba la anhelada y secretísima sección de muñecas.
Transido de gozo, me acerqué a la estantería más cercana, en cuyos anaqueles se exhibían, en embriagadora sucesión, cajas y cajas de Barbies, Nancys, princesas Disney y otras muñecas menos conocidas. Me llamó especialmente la atención una princesa de piel blanca con una larguísima melena negra cuyo imponente vestido tenía unas mangas desproporcionadamente abullonadas. Al coger la caja con las dos manos y acercármela a la vista, pude comprobar que la falda de la princesa (de un azul celeste preciosísimo) estaba decorada con bordados dorados que representaban hojas y animales fantásticos. Debajo de la falda, además, la princesa vestía una enagua interior blanca, como era costumbre entre las damas del pasado, algo que (para gran desaprobación mía) la mayor parte de muñecas ignoraba. Según la caja, la princesa se llamaba Diana Star, un nombre de lo más apropiado, resolví con satisfacción. No obstante, tras unos segundos de cuidadoso examen, me di cuenta de que Diana Star no era una princesa por derecho propio: era solamente la mejor amiga. Así se desprendía del desalentador eslogan que acompañaba a su nombre: ¡Ahora también puedes jugar con la mejor amiga de Sparklina Galaxy! De inmediato, mis ojos se desviaron hacia la muñeca de la derecha, que era rubia y alta, con un deslumbrante vestido rosa y un sinfín de complementos enganchados a su alrededor: una varita, unos zapatos, una corona, varios lazos de colores e incluso un pequeño peine de plástico. La caja era mucho más grande que la de Diana Star y estaba decorada con purpurina y otros destellos cuya naturaleza exacta no logré identificar. También costaba mucho más dinero, de modo que yo, con un repentino acceso de dignidad, le giré la cara a la petulante Sparklina Galaxy y me propuse consolar a Diana Star, a quien dije en voz baja: Tú también eres una princesa.
Tras devolver la muñeca a la estantería (y sintiéndome muy orgulloso por mi buena acción), doblé la esquina del pasillo y fui a la pequeña Biblioteca de las Princesas, que estaba al fondo de la tienda, junto a los juegos de mesa y los productos de coleccionista. Yo ya había leído casi todos los libros que contenía la Biblioteca, pero había una nueva adquisición que captó mi atención. Se trataba de un libro rectangular, flexible, de letra grande y muy pocas páginas, cuyo título (¿sería posible?) era La boda de Cenicienta. En la portada, efectivamente, había un dibujo de Cenicienta cosiendo su vestido de novia mientras los ratones (Jack, Gus-Gus, Mary, los gemelos y el pequeñín que no tenía nombre) le iban alcanzando los enseres de costura. Detrás de ella, haciendo amago de entrar en la habitación, estaba la aburrida figura del Príncipe, que vestía un traje oscuro con bandas rojas (a diferencia de la película, donde obviamente iba con un traje claro con bandas doradas).
El inesperado descubrimiento me cortó la respiración durante algunos segundos. Como os podéis imaginar, yo siempre había manifestado una curiosidad insoportable por las vidas de las princesas después de sus finales felices. ¿Cómo era su día a día en Palacio? ¿Qué hechizos aprendían? ¿Qué canciones cantaban? ¿Iban los fines de semana al bosque, a jugar con los animales que habían dejado atrás? Y, lo más importante: ¿qué vestidos nuevos se ponían? Por desgracia, todos esos interrogantes permanecían angustiosamente irresolubles tras la bruma difusa del final feliz; por ello, encontrar hasta el más insignificante grano de información post-película suponía, en cualquier circunstancia, un enorme acontecimiento para mí. Por ende, haciendo acopio de todo mi valor, cogí el libro, me lo estrujé contra el pecho (asegurándome así de que el dibujo de la portada no se viese) y volví con mi madre, que estaba en la sección de puericultura, apuntando precios en su libreta de notas. Mama… murmuré con el tono lastimero y tímido que empleaba para pedirle algo. Porfa… Es de la boda de la Cenicienta… Mi madre apartó la vista de una inmensa trona amarilla, ojeó el libro, le dio la vuelta para consultar el precio y sonrió. Y así mi corazón explotó de alegría.
Quedaba una última prueba antes de leer el libro: la compra en caja. Mientras hacíamos la cola, consideré brevemente fingir que el libro era un regalo para alguna prima o hermana inventada, pero enseguida deseché la idea, pues ello habría implicado reconocer (ante mi madre y ante mí mismo) que yo era consciente de mi propia anormalidad, lo que inevitablemente daría pie a Conversaciones Importantes e Incómodas cuyo contenido yo sólo podía aventurar de forma confusa, aproximativa y muy, muy angustiante.
Así pues, al llegar al principio de la cola, mi madre empezó a colocar en la cinta varios paquetes indeterminados de Cosas de Bebé, dejando mi libro para el final. Yo me limité a observar con aprensión a la cajera mientras iba pasando los códigos de barras por el lector, atento a la más imperceptible variación de su rostro, al más leve gesto que pudiera translucir una momentánea sensación de extrañeza, o tal vez un matiz de burla, o de desaprobación, o de desconcierto o sorpresa… Enseguida traté de tranquilizarme, porque, después de todo, la cajera era una Persona Mayor, así que no se burlaría de mí directamente, y mucho menos delante de mi madre. Pero, ¿y si los otros niños que esperaban con sus propias madres en la cola habían visto el libro? ¿Y si habían deducido que era para mí? ¿Y si pensaban que yo era…? ¿Que yo era…? ¿Que yo era…?
Serán cincuenta euros justos, por favor, dijo la cajera con tono monocorde. Mi madre pagó resignadamente, metió las Cosas de Bebé y mi libro en una gran bolsa azul y me apremió para que saliéramos de la tienda.
Sólo entonces pude respirar con alivio. El momento de peligro había pasado. Mama, ¿puedo coger el libro ya?
Tras guardar la cartera en el bolso, ella bajó la vista y me sonrió exactamente del mismo modo que antes. Claro que sí, cielo. Pero tenemos que darnos prisa… Aún hay que preparar la Cena.
Yo asentí muy ceremoniosamente.
Esa noche, me leí el libro cinco veces antes de dormir.
***
No había nada que ilustrara mejor mi anormalidad que el baúl de los juguetes. El nivel superior estaba ocupado, naturalmente, por mi colección de muñecas: la princesa Sissí, la princesa Aurora, la princesa Anastasia, la princesa Cenicienta y tres más que no salían en ninguna película y que yo llamaba princesa Anna, princesa Lisa y princesa Judith (esta última no tenía ninguna corona que señalase su condición regia, pero yo, magnánimamente, le concedía aun así el título de “princesa” y la llamaba “Alteza” cuando jugaba con ella). En segunda posición, debajo de las muñecas, estaban los juegos de mesa, los bloques de construcción, los animales y otros juguetes indiferenciados que no poseían ningún valor por sí mismos pero que constituían el necesario atrezzo que yo empleaba en mis ensoñaciones. Por último, debajo de todo, relegados al polvo y al estigma más firme y desdeñoso, estaban los juguetes de chicos: los coches teledirigidos sin desempaquetar, las pelotas de futbol sin inflar, las figuras de acción y la única arma que poseía, una pistola de plástico que personalmente me horrorizaba y que desconocía por completo cómo había llegado a parar a mi baúl.
Existía, asimismo, una cuidadosa gradación de los atributos que más me gustaban de cada una de mis muñecas. En primer lugar, estaba indiscutiblemente el cabello de la princesa Aurora: era rubio platino, ondulado y tan largo y abundante que casi le llegaba hasta las piernas. Muchas tardes, cuando volvía del colegio, mi único deseo era coger a la princesa Aurora, sentarla en mi regazo y charlar con ella durante horas mientras le peinaba la melena con un minúsculo cepillo de plástico. En segundo lugar, figuraba el collar escarlata de la princesa Sissí, que estaba adherido a la piel de su cuello y terminaba en una hermosa joya circular que, al apretarla con el dedo, obsequiaba a la princesa con el don del habla. Ella siempre decía las mismas frases: Estoy enamorada de Francisco José. Me gusta bailar con él. Y adoro cepillar mi cabello. Soy la princesa Sissí. En estas impactantes declaraciones, se hallaba resumido el ideal femenino al que yo debía forzosamente aspirar. No deseaba seguir ningún otro camino en la vida.
Por último, debo hacer mención especial al vestido de la princesa Anna. Se trataba de una prenda de color rosa pálido, con mangas abullonadas estándares y unos aburridos zapatos a juego, pero incluía, además, un preciosísimo revestimiento dorado que aumentaba imposiblemente el volumen de su falda. Era como si la princesa Anna estuviera danzando sobre los rayos del sol, como si, realmente, no fuera una princesa después de todo, sino un hada, un hada de incógnito, sin alas ni varita, exiliada, tal vez, de algún reino mágico más allá del arcoíris... Ella, en todo caso, era la más intrépida de todas mis muñecas, y por eso siempre protagonizaba las aventuras más peligrosas y arriesgadas, como luchar contra dragones, explorar cuevas encantadas o escalar las torres más altas de algún improbable castillo de ensueño que, de repente, yo creía vislumbrar en la lejanía, emergiendo entre los rayos del atardecer que se colaban por la ventana de mi cuarto.
Compartía aquellos juegos deslumbrantes con muy pocas personas: mis padres, mi prima O., mi primo N., mis abuelas y algunas amigas del colegio. En todo el resto de casos, cuando recibíamos visitas, siempre guardaba todas las muñecas en el baúl e intentaba hacer cualquier otra cosa que se me ocurriese. Una vez, recuerdo que cogí todas mis espadas (la única afición masculina que tenía, de la que me sentía ferozmente orgulloso) y las esparcí desordenadamente por la cama, como si acabase de jugar con ellas. Qué perspicaz me sentí en ese momento. Qué ingenioso.
Pero no siempre era capaz de disimularlo tan bien. En una ocasión, por ejemplo, mientras jugaba solo en el patio del colegio, recuerdo que empecé a tararear en voz baja mi canción preferida de Barbie: La Princesa y la Costurera, que veía religiosamente cada sábado por la noche. El estribillo de la canción decía: Soy como tú, tú igual a mí, cualquiera puede ver que sí… y entonces me tapé la boca con una mano, horrorizado, mirando en todas direcciones para cerciorarme de que nadie me había oído. Por suerte, ningún compañero me prestaba atención, así que pude seguir jugando.
No era para menos. En aquel tiempo, los niños de mi clase le habían declarado la guerra al color rosa. Cada vez que veían un libro, un dibujo, un juguete o una prenda de ropa de color rosa, los niños de mi clase gemían al unísono, se tapaban los ojos con las manos y empezaban a quejarse en voz muy alta: Quin fàstic! Quin fàstic! El rosa és un color fastigós! Puaj! Puaj! Mi compañero de pupitre, O., era precisamente uno de los instigadores más vehementes de la lucha. Él era capaz de percibir hasta la más diminuta goma de borrar que una niña tuviese la osadía de sacar de su estuche, incluso si estaba en el otro lado de la clase. Mira, tiene una goma de color rosa, me cuchicheaba al oído, dándome un codazo en el costado. Su expresión siempre era de absoluto desprecio. Qué asco, de verdad, recalcaba con la voz teñida de resentimiento. Luego se retiraba unos centímetros y se quedaba observándome con impaciencia. ¿Verdad? ¿Verdad?, repetían ansiosamente sus ojos oscuros. Pero yo, tras unos instantes sumido en innominadas tensiones internas (que a lo mejor solamente existen en mi imaginación), siempre asentía vigorosamente, resoplando y poniendo los ojos en blanco, o bien fingiendo que estaba a punto de vomitar. Es asqueroso, decía con la voz estrangulada, como si realmente estuviera conteniendo las arcadas. Odio el color rosa. Odio las muñecas. Y odio a las niñas. Entonces O. me daba unos golpecitos en el hombro, sonriendo con cierto aire de camaradería, y seguidamente volvía el rostro hacia la pizarra, ya tranquilo y sosegado, porque (¡Gracias a Dios!) todo era como debía ser: unívoco, compacto, rotundo y dicotómico. Como las luchas entre Buenos y Malos de los dibujos animados. Tú aquí y tú allí. Y fin de la cuestión.
Ese viernes por la tarde, recuerdo que N. me invitó a merendar a su casa. N. era mi MCA (mi Mejor Císima Amiga) y lo hacíamos prácticamente todo juntos, a excepción de algunos trabajos en grupo en los que los profesores nos separaban adrede para que socializásemos con otros niños. N., en todo caso, vivía en una casa apartada de la ciudad, en una urbanización rodeada de pinos, cuestas y montañas, donde siempre hacía más frío y donde todo parecía más misterioso y emocionante: el aroma a agujas de pino que entraba por la ventana de su habitación, el trino de los pájaros, mucho más audible y penetrante que en la ciudad, los gatos que salían de entre los arbustos, las luces lejanas del pueblo y, sobre todo, el silencio, un manto solemne que parecía cernirse pesadamente sobre las casas de la urbanización y que sólo era roto por el estrépito de algún coche solitario pasando por la carretera, por los ladridos de los perros y, sobre todo, por nuestras risas desenfrenadas mientras jugábamos al Doraemon, a las Witch o al Keroro. Tras la tarde de juegos, la madre de N. entró en su cuarto y le pidió que se cambiara para la Cena, y ella, entonces, sacó del cajón un preciosísimo pijama de color rosa, suave y mullido, como el plumaje de una cría de pájaro. Obedeciendo un impulso de urbanidad largamente interiorizado, yo me tapé los ojos con las manos, volví ostentosamente el rostro hacia otra dirección y me encendí en impostadas protestas. Pero N., muy tranquila, me observó con benevolencia, se apartó el cabello de los ojos y dijo: No passa res, Abel. Amb mi no has de fingir.
Y entonces todo se detuvo. Había olvidado que N. conocía mi secreto. Que, con ella, efectivamente, no tenía que fingir. Así pues, tras unos segundos de silencio, me llevé una mano a la frente y me desmayé teatralmente sobre ella. N. rompió a reír con sonoras carcajadas, me apartó de un empujón y siguió poniéndose el pijama. Al parecer, no quiso darle más importancia al gesto. Tal vez, en el fondo, no la tenía.
O tal vez sí.
Yo, en cualquier caso, tenía un instinto de la teatralidad muy arraigado. En general, me fascinaban los gestos apolíneos, harmónicos y escrupulosos: ladear la cabeza cuando bajaba las escaleras, caminar de puntillas, arquear la espalda, tensar el dedo meñique cuando bebía un vaso de agua, e incluso estirar lánguidamente el brazo para ofrecerle el dorso de mi mano a un invisible caballero que, arrodillado ante la princesa, juraba profesarle amor eterno. Aquellos gestos iban siempre acompañados de un vocabulario ampuloso y en gran medida inventado, donde los tratamientos nobiliarios se combinaban desordenadamente con largas ristras de palabras terminadas en -ísimo y con histriónicas lamentaciones que yo interpretaba con una pasión convencida y ardorosa: ¡Oh, príncipe mío, desde el fondo de mi corazón, os proclamo Señorísimo del Reino! ¡Estoy encantadísima de teneros a mi ladísimo! ¡Por favor, padre, padre, padre mío, os lo suplico, Majestadísima Incredibilísima, permitidme que me case con él! ¡Oh, no! ¡El dragón ha secuestrado a la princesa! ¡En guardidísima guardia, malvada criatura…! ¡Oh! ¡Ah! ¡Yo os salvaré, amorísimo de mi corazón…!
¡Oh! Ah!
Por ese motivo, el invierno anterior, nuestra tutora me había asignado uno de los papeles principales de la obra de Navidad: el de Ángel Anunciador. Recuerdo prístinamente el momento en el que subí las escaleras del escenario y me recogí los faldones de la túnica blanca para no tropezarme, a pesar de que no fuese necesario, a pesar de que el borde de la túnica apenas me llegara a las pantorrillas. Recuerdo también la aureola dorada que me rodeaba la cabeza, y las alas desplegadas a mi espalda, y la última frase de mi largo monólogo, que pronunciaba jubilosamente con las manos en alto y la mirada perdida en la lejanía: No tingueu por! Us anuncio una bona nova que portarà a tot el poble una gran alegria: avui, a la ciutat de David, us ha nascut un Salvador, que és Crist, el Senyor. ¡Glòria a Déu a dalt del cel, i a la terra pau als homes de bona voluntat! Hosanna! Hosanna! Hosanna!
Y entonces un aplauso rotundo, brillantísimo, ensordecedor, y una reverencia tan pronunciada que casi se me cae la aureola de la cabeza.
Tras esa experiencia cardinal, mis padres decidieron apuntarme a un cursillo de ballet que ofrecían en el centro cívico de mi barrio. Huelga a decir que yo era el único niño de la clase. Antes de los estiramientos, mis compañeras solían agruparse en uno de los rincones del pabellón, soltando risitas tontas y diciéndose secretitos a la oreja mientras me lanzaban miradas falsamente furtivas. Cuando me acercaba a ellas, la Niña Más Repipi De Todas siempre hacía un paso al frente, me empujaba delicadamente hacia atrás y me decía: Tú no puedes estar aquí. Son cosas de niñas. Sus amigas, a su espalda, asentían presuntuosamente y me lanzaban una unánime mirada de rechazo, de modo que a mí no me quedaba más remedio que claudicar, bajar la vista e irme al banco de la entrada, donde dejábamos las mochilas, a la espera de que la clase empezara.
Mi anormalidad quedó humillantemente expuesta el día de la función de Navidad, al año siguiente. Tras la exhibición de movimientos, todas las niñas (que iban vestidas con preciosísimos tutús rojos) debían agruparse en un extremo del escenario, alrededor de un Tió de madera cubierto con una manta rosa. Yo, por mi parte, debía quedarme al otro lado del parqué, solo y callado, delante de otro Tió que me observaba con ojos llenos de reproche y que, naturalmente, estaba cubierto con una manta azul. Tras unos segundos de silencio expectante, las niñas empezaron a aporrear con palos a su Tió-Chica y a cantar la preceptiva canción tradicional, pero entonaron los versos con voz muy débil, soltando risitas nerviosas e interrumpiéndose constantemente las unas a las otras, en especial la Niña Más Repipi De Todas, que apenas fue capaz de tartamudear un par de palabras a destiempo. Cuando llegó mi turno, en cambio, canté la canción con voz potente y decidida, descargando sobre mi Tió-Chico golpes secos, fuertes y regulares, que adapté sin problemas al ritmo de la melodía, porque, si bien yo era un anormal, también era el único niño del grupo de ballet, y eso, a la fuerza, me hacía especial, o, al menos, mucho más especial que ellas.
Es que no hay ningún niño, dije con vaguedad cuando pedí a mi madre que me desapuntara. Ella asintió lentamente y no me pidió más explicaciones.
Pero no pasa nada. Si hay algo que admiro de mi infancia es la capacidad que tenía para ser feliz a pesar de mi anormalidad, que se diluía completamente en el momento en el que cruzaba el umbral de mi casa. Mis padres, en ese sentido, siempre fomentaron y alentaron mis intereses femeninos, y no toleraron en su presencia ninguna crítica al respecto ni ningún comentario jocoso por parte de abuelos, tíos o primos mayores. Mi madre, especialmente, solía hablarme de La Importancia De Ser Uno Mismo y de Lo Bueno Y Guapo Que Yo Era, con independencia de mis gustos o de mis aficiones. También le encantaba jugar conmigo a muñecas y que viésemos juntos las películas de la Barbie. Mi padre, por su parte, solía comprarme los sábados por la mañana el número semanal de la revista Princesas, que a veces venía con pulseras o collares de regalo que él mismo se ponía antes de dármelos a mí. Sin embargo, esos valores tan positivos parecían desaparecer, o al menos empequeñecerse, en el momento en el que iba al colegio o tenía que socializar con otros niños de mi edad. Qué extraño, ¿no? A veces era consciente de mi anormalidad, y otras veces no. Ahora mismo me resulta imposible concebir un mecanismo tan complejo de doblepensar. Pero así es como lo recuerdo.
La boda de mi prima C. fue un momento capital en ese sentido. Como era mi madrina, yo fui el encargado de llevar el Cojín de los anillos hasta el altar. Mi madre y yo compramos el Cojín en una Tienda De Novias, una Tienda De Novias De Verdad, como en las películas, repleta de vestidos blancos acumulados en perchas y anaqueles y de un sinfín de complementos que parecían hechos con diamantes: coronas, tiaras, zapatos deslumbrantes, ropa interior estrambótica, encajes, transparencias, maquillaje. Parecía que, durante un momento, mi madre y yo hubiésemos accedido al país de los cuentos de hadas. Sin embargo, ningún artículo era tan preciosísimo como mi Cojín, un objeto suave, mullido y blanco, con dos cintas de seda que servían para atar las alianzas doradas y un encaje del mismo color que reseguía todo el contorno del Cojín. Era absolutamente perfectísimo. Completamente maravillosísimo. Los labios se me ponían a temblar de gozo, incapaces de encontrar palabras acabadas en -ísimo que expresaran semejante alegría, pues era, de lejos, el objeto más bonito que había poseído en toda mi vida.
El día de la boda, recuerdo que mi madre y mi tía R. nos pusieron en una fila horizontal para avanzar por el pasillo de la iglesia. Según nos explicaron, nuestra fila debía preceder a la novia y a su padre, mi tío J., cuyo coche se acababa de parar delante del edificio. Aparte de mí, en la fila también estaban mi prima O., que llevaba la Cesta de Pétalos, y tres o cuatro niños más que procedían de la Otra Familia y que, por ende, sostenían Otros Objetos Menos Importantes. Como yo era el mayor, los adultos me pusieron en el centro de la fila con instrucciones precisas de vigilar a los más pequeños y evitar que salieran corriendo hacia sus madres durante el desfile nupcial. Después, tras unos segundos de expectación, empezó a sonar una abrumadora música de órgano que indicaba que debíamos acceder a la iglesia e iniciar la marcha.
Yo avancé por el pasillo del templo muy erguido y muy digno, con la barbilla proyectada hacia delante y el Cojín sostenido en alto como si abriese la procesión del Corpus Chirsti. Mi prima, que iba a mi lado, enseguida percibió el cambio de talante, y se sumó a él con satisfacción, esparciendo los Pétalos a nuestros alrededor con dramáticos gestos con las manos y ligeros balanceos de cintura que hacían mover la falda blanca de su vestido. Los niños de la Otra Familia, en cambio, nos seguían rezagados y desconcertados, muy apiñados unos junto a otros, como si los estuviéramos conduciendo a una especie de castigo y no al Paraíso De La Vida Eterna. Al llegar al altar, mi madre y mi tía nos dieron la mano y nos condujeron al primer banco de la izquierda, que estaba reservado específicamente para nosotros, los niños del desfile nupcial. Durante la ceremonia, nos fueron llamando uno por uno para que entregásemos nuestro objeto al sacerdote, que era un Hombre Guapísimo, con una espectacular barba de bandolero y una larguísima túnica magenta que tenía los bordes ribeteados de color plata. Al llegar mi turno, me acerqué en trance hacia él y le ofrecí los anillos con la cabeza gacha, en actitud brillantemente devota, irreprochablemente humilde. Tras hacer entrega de las alianzas, pude levantar la vista y contemplar de cerca el vestido de novia de mi prima, que se desparramaba en cremosas ondas blancas por todos los escalones del altar mayor. La visión me arrebató el aliento, porque, al forzar la vista, pude distinguir que el vestido tenía el borde dorado, como mi Cojín y como el vestido de la princesa Anna. Entonces, estremecido de la cabeza a los pies, recuerdo que alcé la vista hacia el techo, hacia esa cúpula abrumadora que se abría sobre mí, lejana e imperecedera, y me dejé seducir por las resonancias solemnes del órgano, y por las flores blancas que decoraban la capilla, y por los pétalos de rosa, y por los vestidos y las perlas y los zapatos, y también por las palabras del sacerdote, que, al final de la ceremonia, alzó las palmas de las manos hacia el cielo y dijo: Lo que ha unido Dios, que no pueda separarlo el hombre. Podéis ir en paz.
Unas semanas después, mi madre fue víctima de un poderoso ataque de nostalgia y sacó su propio vestido de boda de uno de los cajones grandes que había debajo de su cama. Cuando se lo puso, yo chillé con tanto entusiasmo que tuvo que regañarme y amenazarme con guardarlo. No obstante, cuando logré tranquilizarme, mi madre me dejó que le sostuviera la cola del vestido mientras ella avanzaba solemnemente hacia la cocina, donde mi padre la recibió con risas y una curiosa vuelta sobre sí mismo que, a su vez, hizo reír a mi madre. Tras esperar pacientemente a que terminasen sus juegos galantes, me acerqué a los dos y les supliqué, con la voz transida por la emoción, que me dejaran probarme el vestido. No se trataba, desde luego, de una petición inusual. A mí me encantaba disfrazarme de princesa (siempre dentro de casa) y mi madre, a veces, me dejaba ponerme su viejo vestido de comunión. Pero yo sabía que estaba jugando con fuego, porque el vestido de novia era, a diferencia de los disfraces, Caro, Antiguo y Valioso, y corríamos el riesgo de que yo Lo Rompiera Sin Querer.
Fue la mejor tarde de mi vida. Durante unas horas, me hundí en un universo blanco formado por exuberantes capas de tul, velos translúcidos, faldas larguísimas e imágenes fulgurantes de princesas, castillos, tesoros y espadas resplandecientes. Mi gesto favorito, sin duda, consistía en agarrarme los pliegues del vestido mientras hacía una profunda reverencia, como cuando Fräulein Maria se arrodillaba ante la Madre Superiora para recibir su bendición y todos los tules de su vestido de novia se movían vaporosamente hacia arriba y hacia abajo, con una elegancia hipnótica que ni siquiera las princesas Disney habrían podido replicar. Luego me erguía de nuevo, avanzaba unos pasos por el comedor y me daba la vuelta de golpe, de forma que los tules y las sedas se sacudían a mi paso como ángeles que estuvieran dándome la bienvenida. De este modo, la princesa convocaba majestuosamente a su grupo de caballeros, y juntos salíamos del castillo para explorar la guarida de la bruja, que estaba celosa de su belleza y quería quitarle el vestido de novia de mi madre. Por suerte, el vestido era mágico porque me lo había hecho una hada al nacer, y así, tras pronunciar las palabras mágicas, la bruja se desintegraba en una nube de humo y chispas de colores y yo me apartaba el velo del rostro, y hacía una reverencia, y entonces me convertía en el sacerdote de la boda de mi prima, el Hombre Guapísimo, que casaba al príncipe y a la princesa delante de todo el Reino y les decía con voz solemne: podéis ir en paz, podéis ir en paz, podéis ir en paz.
La Metamorfosis estaba efectuada.
Nunca más volvería a ser el mismo.
***
Hacia final de curso, mi tutora sugirió a mis padres que me llevaran al psicopedagogo del colegio porque manifestaba un rechazo preocupante hacia el sexo y la desnudez (haré un post sobre el tema otro día…). Tras una divertida prueba con dibujos y transparencias y un pequeño cuestionario oral, el psicopedagogo ofreció a mis padres un diagnóstico rotundo: de mayor, yo iba a ser homosexual, que era un tipo de gente que sufría mucho, tenía muy mala vida y corría el riesgo de desarrollar alcoholismo y drogodependencia al llegar a la edad adulta (quiero enfatizar que esto estaba sucediendo en el año 2005, no en la década de 1970, y en un colegio privado que se las daba de progresista e innovador porque estudiábamos inglés desde P-3 y porque podíamos hacer extraescolares de pijos como esgrima, pentatlón o gimnasia rítmica). Por suerte, mis padres todavía podían revertir la situación si se ceñían a una serie de instrucciones muy precisas, que se reducían a lo siguiente: 1) favorecer actividades y compañías masculinas, 2) pasar más tiempo con mi padre, 3) dejarme solo en el parque de debajo de casa y 4) prohibirme jugar con muñecas. Mis padres salieron de esa reunión estremecidos y escandalizados, y lo único que me prohibieron fue volver a la consulta de ese hombre.
Yo no recuerdo nada de eso, pero, por desgracia, el incidente marcó el inicio del fin de mi niñez. Así, después del verano, nuestra nueva tutora nos anunció que ya no nos cambiaríamos todos juntos en los vestuarios de piscina, sino que, a partir de entonces, nos dividiríamos por sexo y se nos asignarían taquillas separadas a uno y otro lado del polideportivo. Mi memoria ha conservado con mucha lucidez el momento exacto en el que, después de la primera clase de Educación Física, me encaminé hacia el vestuario de siempre y N. y nuestras otras amigas me cerraron la puerta en las narices, impidiéndome la entrada. Creyendo que me estaban chinchando, empecé a protestar y a aporrear la puerta con el puño, pero, de inmediato, el entrenador me cogió por los hombros y me condujo amablemente hacia el umbral de otra puerta, la del recién creado vestuario masculino, cuyo recuerdo a día de hoy todavía me atormenta, por tantos motivos diferentes. Cuando el entrenador se fue, avancé lentamente por el cuarto embaldosado, encontré un banco libre, dejé allí mi mochila y me di cuenta, con unas extrañas ganas de llorar, de que me había quedado solo. A mi alrededor, los niños de mi clase bromeaban entre ellos, discutían, se chinchaban, se perseguían e iban sacando la toalla y la ropa limpia de sus mochilas. Eran los niños de siempre, tan brutos, tan violentos, tan poco interesantes. Pero lo verdaderamente sorprendente fue descubrir, en medio de una nube de confusión, que yo pertenecía a esa otra mitad, que siempre había pertenecido. Aquella pequeña impostación sobre el color rosa, aquella forma de apretar La boda de Cenicienta contra el pecho para que no se viese el dibujo de la portada, aquel baúl de los juguetes, aquellas muñecas tan rigurosamente clasificadas… Todo ello no había sido más que una quimera, una amable ilusión, un singular ejercicio de solipsismo que, lamentablemente, no había logrado enmascarar que yo era un niño como ellos, que mi lugar estaba allí entre ellos y que, por tanto, yo debía ser, estar y parecerme a ellos.
Ellos y Yo. Yo y Ellos.
Os dais cuenta, ¿verdad? Ya he hablado otras veces del perturbador pronombre ellos. Aun así, mientras sacaba mis cosas de la mochila, hube de intuir que, en ese aspecto, también estaba llamado a fracasar.
Dos años después, un día de agosto, mi vecino S. me invitó a su fiesta de cumpleaños. No conocía a ninguno de sus amigos, de modo que me pasé toda la tarde metido en el baño, fingiendo que tenía dolor de barriga mientras los oía burlarse de mí al otro lado de la puerta. Esa noche, mi madre me preguntó cómo me lo había pasado, y entonces ya no pude soportarlo más y me eché a llorar.
—Pero, ¿por qué les tienes tanto miedo? —inquirió mi madre, que se había puesto pálida—. Son sólo niños, como tú.
—Cuando he entrado en la habitación, J. le ha dicho algo al oído a A. Y se lo ha dicho mirándome a los ojos, así que seguro que era sobre mí.
—¡Pero a lo mejor era algo bueno!
—No, mama, porque entonces él ha dicho: Sí, pero no se lo digas.
Ella se quedó un momento en silencio, sin saber qué decir.
—¿No lo entiendes? -exclamé con lágrimas en los ojos—. Seguro que todos piensan que soy maricón. Estoy seguro. Segurísimo.
Esa fue la primera vez que dije la palabra en voz alta, la primera vez que sentí, de forma insoportablemente física, esa espiral de otredad y alienación que habría de ser mi única compañera durante los próximos años y que, al final, me hizo olvidar por completo al niño que fui. Para cuando quise reconectar con él, ya casi se había desvanecido, y aún hoy sigo luchando por recuperarlo. Pero eso es una historia para otro día. Por el momento, sólo me queda dar las gracias a mis padres, a mis primos, a N. y a todas las personas que, en algún momento de mi infancia, me hicieron sentir la seguridad y la calidez que todavía no era capaz de sentir por mí mismo. Lo cierto es que podría seguir reflexionando sobre mi Tió de Nadal tapado con una manta azul, sobre la pelota de fútbol que nunca llegué a utilizar, sobre los vestidos de novia, sobre mis películas favoritas, sobre el género y sobre el sexo y sobre la teoría psicopedagógica que imperaba a principios de los 2000. Pero no me apetece. Ahora mismo, lo único que me gustaría hacer es sentar a ese niño en mi falda, darle un abrazo enorme y decirle en voz bien alta, para que todo el mundo lo oiga:
¡Tú también!
¡Tú también eres una princesa!
Espero que puedas oírme, Abel, estés donde estés.
Te quiero.



Abel, qué texto tan bello y, si me lo permites, tan necesario. Ojalá lo leyese todo el mundo, sé que será refugio de muchos. Gracias por poner ahí fuera, con tanta sensibilidad y precisión, esta ventana a la que poder asomarnos. Tu narración es fantástica, me has llevado contigo desde la primera frase y ya y no he podido despegarme de ese niño. El texto me ha emocionado, me ha frustrado y luego me ha vuelto a emocionar, y supongo que es eso con lo que juega la literatura para hacernos sentir menos solos. ¡Un abrazo!
Abel... 🩵🩵🩵🩵 me ha ayudado mucho tu texto, gracias por compartirlo. Y yo también te abrazo, al pequeño de la foto y al grande que escribe así.