El ángel herido
Encuentros bajo la luz del crepúsculo
—Está bien —cedió su madre, recolocándose cuidadosamente la cofia—. Pero no vayáis más allá del puente de Santa Právuda. Vuestro padre tuvo un accidente allí.
Los niños salieron de las ruidosas cocinas y cruzaron a hurtadillas el imponente vestíbulo del palacete, una galería de mármol con las paredes cubiertas de frescos dorados y unas extrañas incrustaciones de malaquita que casi parecían ojos, ojos sobrehumanos que los miraban airadamente, como si supieran que aquél no era su sitio. Al salir al fresco aire del atardecer, los dos hermanos rodearon el pequeño cenador donde unos aristócratas jugaban a la buena sociedad mientras se sentían muy ocurrentes y perspicaces (miradas, risitas, caídas de ojos y estudiados gestos con el abanico, la sombrilla y la tacita de té). Luego se dirigieron a la verja que había detrás de las caballerizas, la cruzaron y al instante se sintieron mejor. Tras unos minutos recorriendo el estrecho camino de tierra, los niños llegaron a la orilla de un riachuelo centelleante, el Trástago, que separaba la inmensa finca del Conde de los bosques circundantes. Al otro lado del agua, los últimos rayos de sol se colaban a través de las ramas de los árboles, que, a pesar de la tenue brisa, se mantenían absolutamente inmóviles, como si estuvieran conteniendo el aliento y compartieran la expectación de los dos hermanos.
El mayor le dirigió al menor una mirada de decisión y ambos cruzaron el riachuelo de un salto. Luego, se internaron en la espesura.
Normalmente, a Leriano y a Iulo les gustaba mucho jugar en el bosque, aunque nunca se internaban demasiado ni tampoco por mucho tiempo. Esas breves escapadas, no obstante, les permitían olvidar el ambiente opresivo y falsamente plácido del palacete de campo del Conde, un lugar lleno de nobles presuntuosos y criados irritados que los miraban como si fuesen algo menos que un estorbo. Su madre era amable y paciente, pero siempre estaba ocupada curándose las llagas de las manos e intentando sobreponerse a las constantes jaquecas fruto del humo y el ruido de la lavandería del palacete.
Antes de acostarse, aun así, la madre de Leriano y Iulo siempre sacaba tiempo para relatarles algunas historias. En ellas siempre aparecía un intrépido caballero o un pícaro huerfanillo que en algún momento de la historia tenía que escabullirse entre la maleza. Ahora, mientras resbalaban con las hojas caídas y sentían los arañazos de los arbustos en la cara y los brazos, por fin entendían la fatalidad de la expresión. Leriano reflexionó sobre lo aparatoso que habría sido para el pobre príncipe de las historias avanzar por el bosque, con la capa de terciopelo, la pluma sobre el sombrero y el caballo tropezándose continuamente entre las raíces. A Iulo, por su parte, le vinieron a la cabeza las inquietantes historias sobre lobos parlantes y hadas del agua que extraviaban a los viajeros incautos que cruzaban las florestas deshabitadas.
Desde luego, ninguno de los dos compartió sus pensamientos con el otro, pero Iulo trató de avanzar un poco más pegado a su hermano.
Tras un rato más de penosa marcha, los dos hermanos llegaron al claro. Tumbado en medio del césped, con los brazos y las piernas doblados de cualquier manera sobre la tierra, estaba el ángel. No era, sin embargo, la clase de ángel que uno esperaría ver representado en los cuadros de la capilla del palacete. No tenía alas, ni vestía una túnica blanca, ni tampoco estaba despreocupadamente rechoncho. De hecho, no parecía un ángel propiamente dicho. El ser se había presentado a sí mismo como un silfo, pero ninguno de los dos pensaba en él con ese término.
Leriano fue el primero en acercarse, con cautela y tratando de parecer valiente. Al ver que su hermano no lo seguía, Leriano se volvió y lo instó con apremiantes gestos a que se diera prisa.
—Ven, ven, ¿por qué no vienes? —le decía casi sin mover los labios.
Iulo tragó saliva. Se puso al lado de su hermano y a partir de entonces avanzaron juntos. Al adentrarse más en el claro, el ángel apartó la vista del cielo y clavó sus intensos ojos dorados en los dos niños. Éstos se paralizaron al instante.
—No pasa nada —la criatura habló con una voz etérea y distraída, como si su aliento estuviese hecho de brisas suaves y juguetonas—. Acercaos. Os estaba esperando.
Ellos se acercaron y se sentaron de rodillas en la hierba, al lado de su cabeza.
—Te hemos traído los que nos pediste —dijo Leriano dejando un pequeño macuto blanco a su lado—. El laurel nos costó un poco encontrarlo...
—En realidad lo robamos —confesó Iulo abruptamente.
Leriano lo fulminó con la mirada, pero el ángel se limitó a sonreír.
—Habéis hecho un buen trabajo —dijo, tratando de tranquilizarlos—. Nadie se había tomado nunca tantas molestias por mí. Os doy las gracias.
Ninguno de los dos respondió. Se quedaron quietos y callados, mirándose las rodillas.
—¿Por qué me tenéis miedo? —preguntó el ángel. Parecía dolido de verdad—. Nos os voy a hacer daño. Estoy solo y herido, y necesito vuestra ayuda.
—Bueno, es que... —Leriano se revolvió, incómodo—. Tienes la piel violeta.
—Y llevas pantalones raros —añadió Iulo.
—Y no llevas zapatos ni camisa.
El ángel se rio melodiosamente. Aquello, sin embargo, hizo que los dos hermanos se sintieran muy avergonzados de sí mismos.
—Entiendo vuestro recelo. Iulo, mis pantalones están hechos de hojas entretejidas. Leriano, no llevo zapatos porque me gusta sentir el tacto de la tierra en mis pies, y no llevo camisa porque me gusta que el viento me acaricie el pecho…. Ah, y os aseguro que el color de mi piel es absolutamente inofensivo.
—Bueno... vale -dijo Leriano con educación.
Iulo, sin embargo, no parecía convencido.
—Pero, ¿cómo es posible? —al darse cuenta de que había hablado en voz alta, Iulo empalideció—. Quiero decir... A veces, mi hermano y yo nos mojamos los pies en el riachuelo. Y cuando salimos del agua nos clavamos piedrecitas y ramas en la planta de los pies y no entiendo cómo... —Iulo carraspeó elocuentemente—. No entiendo cómo puede parecerte agradable.
—Supongo que mis pies y los vuestros son diferentes —reflexionó el ángel—. Pero lo distinto no tiene por qué ser malo, ¿verdad?
—Supongo que no —convino Iulo, también con mucha educación.
Mientras esta conversación estaba teniendo lugar, Leriano dirigió la vista hacia el otro extremo del claro, sintiéndose extrañamente inquieto. El sol se acababa de poner bajo las copas de los árboles, lo que significaba que su madre ya estaría sirviendo la cena en el piano nobile del palacete. ¿Se estaría preguntando dónde se habían metido? Por lo general, su madre sólo los reclamaba a última hora de la noche, cuando los nobles ya se habían retirado a sus aposentos, así que no había motivo para preocuparse. Pero estaban tan lejos… Tan y tan lejos de ella… ¿Cómo no iba a sospechar algo? ¿A presentir algo? Algo, algo, algo…
Algo raro está por venir.
¿Cómo?
¿Quién había dicho eso?
Leriano sacudió la cabeza firmemente, deshaciendo esos confusos pensamientos. Bien mirado —se dijo con convicción—, el ángel los había tratado con mucha más amabilidad que cualquier otra persona adulta que hubiesen conocido hasta entonces. Sus gestos inspiraban sosiego; su mirada, candor y gentileza, y su voz parecía deslizarse por las ondas del aire, como si cada palabra fuese un pajarillo volando en libertad… O como si ellos mismos fueran pajarillos, ligeros y luminiscentes, como pequeñas estrellas errantes…
—¿Estáis listos para empezar? —preguntó el ángel. Ellos, sincronizados inconscientemente, soltaron el aire de los pulmones.
—Sí —dijeron al unísono.
Así pues, Leriano fue sacando las cosas que habían traído en el macuto. Dentro había una botella de sidra de manzana recién prensada, un manojo de hojas de laurel y una cuchara tallada en madera. Diligentes, Leriano y Iulo fueron mojando las hojas de laurel en sidra y poniéndolas cuidadosamente sobre las heridas violetas del ángel. Sin embargo, Leriano vio que a Iulo le temblaban un poco las manos. Aún seguía un poco asustado.
—Nuestra madre siempre nos ha advertido de que no debemos ayudar a extraños —dijo Iulo, en efecto, levantando la vista para mirarlo—. En todos los cuentos que nos explica, los niños siempre terminan muriendo por alejarse demasiado de casa.
—Vuestra madre teme por vosotros —afirmó el ángel pensativamente—. Pero la habéis desobedecido para hacer lo que consideráis que es correcto. Eso es muy admirable.
Los hermanos se quedaron en silencio. Los dos sabían que eran una carga para su madre, una molestia para los criados, una sombra mortecina para los nobles. También sabían que, para el sacerdote, sus almas tenían más valor muertas que vivas, y que el jefe de las caballerizas había aconsejado al Conde que los vendiera en la caserna imperial, que estaba a unos tres días a caballo de la finca. En todo caso, nadie les había dicho nunca que fueran admirables.
—Y decidme, ¿qué hay de vuestro padre?
—Nuestro padre está descansando con Jesús —contestó Leriano.
El ángel no preguntó nada más.
Cuando las hojas de laurel se acabaron, los dos hermanos ayudaron a incorporarse al ángel (a Leriano le daba un poco de aprensión tocarlo, pero tenía la piel muy cálida y suave, como cuando Iulo tenía fiebre) y le fueron dando con la cuchara de madera lo que quedaba de sidra. El ángel parecía incapaz de moverse por sí mismo, pero, en cuanto la sidra se terminó, les pidió que se apartaran unos pasos y entonces se levantó, haciendo que todas las hojas de laurel se cayeran al suelo de una vez.
—Gracias —dijo de nuevo, sonriéndoles. Los dos le devolvieron la sonrisa—. Pero me temo que no soy ninguna hada disfrazada que os vaya a recompensar por lo que habéis hecho, como en los cuentos. No tengo nada que daros, sólo mi agradecimiento.
—No pasa nada —el tono de Iulo parecía curiosamente anhelante. Leriano no fue capaz de distinguir si su hermano estaba aliviado o apenado porque el ángel se marchase—. ¿Podemos hacer algo más para ayudarte?
—No. Nada —dijo el ángel con amabilidad—. Ya habéis hecho más que suficiente.
—¿Puedes decirnos de dónde vienes? —preguntó Leriano.
—Estoy haciendo un largo viaje.
—Eso no es una respuesta —observó Iulo.
—Es verdad —el ángel le dirigió a Iulo una sonrisa—. ¡Ya lo tengo! Podríais ir conmigo. Durante un trecho muy corto.
—¡Eso sería genial! —exclamó Iulo—. ¿Verdad, Leriano?
Él asintió varias veces. Le parecía una idea magnífica.
—Perfecto. ¿Por qué no me acompañáis al puente de Santa Právuda? —propuso el ángel alegremente—. Vuestro padre tuvo un accidente allí.

Las descripciones y la ambientación, tan cuidadas como siempre❤️ pero, por supuesto, de este cuento en concreto me quedo con el final, oscuro, retorcido y la culminación de esa extrañeza que incomoda durante todo el relato. Enhorabuena, como siempre 💫