Diez cosas que guardo en mi habitación
De un peluche a un ticket de Wicked
Toda la carne indulgente se derramaba a sí misma entre los suaves roces de las sábanas deshechas. La brisa que levantaba el ventilador de techo acariciaba tímidamente las pieles desnudas, recorriendo aquellos contornos que ascendían y descendían a un ritmo mágico y secreto, que nadie más podía entender. Mientras tanto, los resplandores del mediodía de agosto dibujaban un ínfimo mosaico de luces y sombras que se filtraban por las rendijas de la persiana. Hundido, pues, en una autocomplacencia cocida, ebrio de anhelos y amarguras, hube de afrontar el gravoso hecho de que, simplemente, me estaba despertando de la siesta.
Me incorporé con lentitud, dejando que el estilo untuoso del párrafo anterior resbalara sobre mi cuerpo como aceite siendo aclarado por el agua de lluvia. Así pues, tras restregarme los ojos y sacudirme la flojera de las extremidades, me levanté de la cama, subí las persianas y, sintiéndome extrañamente optimista, decidí ordenar mi habitación.
A veces, en mi mente, me refiero a ella como la habitación de casa de mis padres, como si fuera necesario distinguirla de otra habitación que, en algún futuro imposible, sí que es enteramente mía. Sé que es una estupidez, pero esta argucia psicológica es el único medio que tengo a mi alcance para sentir, ni siquiera vicariamente, que tengo una casa propia, un sueño de asfaltos tardíos y cuentas bancarias abrasivas que, a día de hoy, sé que nunca podré cumplir.
Ya veis que no logro desprenderme del todo del estilo untuoso. Supongo que los efectos de la siesta todavía no han remitido. De todas formas, haber vivido en una misma habitación toda la vida también tiene sus ventajas. Los objetos que me rodean han sido desechados y renovados varias veces según las oscilaciones de mis gustos o de mi sentido del deber, pero, aun así, siento que hay algo estructural en esta habitación que se ha mantenido imperecedero a lo largo de los años. No me refiero a las paredes o al techo, y tampoco a la ventana o a los zócalos. De hecho, creo que no sé muy bien a qué me refiero. Para descubrirlo, listaré a continuación diez cosas que guardo en mi cuarto y que he adquirido en estos últimos años:
1. Renart
Renart es un zorrito de peluche que vendían en la tienda de regalos del Natural History Museum. Mi directora de tesis me lo compró como regalo de cumpleaños el último día de nuestra estancia en Londres. Viajamos allí en febrero de este año (junto con otros compañeros del Departamento) para presentar el proyecto de investigación en un congreso de Filología Digital que se celebraba en el Queen Mary’s College. Yo llamé así al peluche en honor al Roman de Renart, una fábula francesa del siglo XII que tiene como protagonista a un zorro homónimo de gran astucia y picardía. Mi Renart, en cambio, es confiable, simpático y muy divertido. Este zorrito fue mi infatigable compañero de aventuras durante mi larga errancia por Roma, y me ha guardado tantos secretos que, a veces, me maravillo de que siga queriendo ser mi amigo. Pero aquí está, a mi lado, mientras escribo estas pocas palabras sobre él. Creo que, aun así, se siente agradecido.
2. Un trozo de cuarzo
Mi prima O. me regaló esta piedra el día del entierro de mi abuela. Ella iba muy guapa, con una camisa de colores claros que reflejaba la luz de aquella mañana de pesadilla. Durante la ceremonia, le pedí que me acompañara al altar y que se quedara a mi lado mientras leía Guárdame un pescaíto. Después, durante una inverosímil pausa en la cafetería del tanatorio, me regaló este cuarzo. Yo no creo en las propiedades de los minerales, pero, ese día, su tacto rugoso en mi mano me transmitió paz.
3. Una Commedia de Dante de 1921
Guardo este libro en el anaquel más alto de mi estantería, junto a la Odisea, la Eneida, el grueso volumen de tragedias de Shakespeare y otras adquisiciones cultas que, diciéndolo muy amablemente, sólo me he leído a medias. Compré este volumen en un tenderete de libros de segunda mano que había instalado en el transbordo del metro de Passeig de Gràcia. Contiene la traducción al castellano de todos los cantos del poema, un estudio preliminar (firmado por un tal Paolo Costa, que no he logrado identificar) y todos los gravados que realizó Gustave Doré para la edición francesa de 1861. Mi gravado preferido (ubicado en la página 93) ilustra la tercera sección del séptimo círculo del Infierno, que está dedicada al pecado de la sodomía. Según Dante, nuestro castigo eterno consiste en caminar desnudos bajo una lluvia de fuego mientras los demonios nos atormentan a placer. Su descripción podría aplicarse a cualquier fiesta del Orgullo en Barcelona, circunstancia que, naturalmente, no me tranquiliza en absoluto. Pero a quién quiero engañar: tras este desapego irónico, temo que se oculten restos de homofobia interiorizada y un miedo ínfimo a ser condenado de verdad.
4. Una caja de probióticos
Esta semana he tenido un pequeño brote de Crohn y me estoy renovando la flora intestinal. Podría hablar un poco más sobre mi enfermedad, pero la verdad es que no tengo ganas. Nunca tengo ganas.
5. El primer tomo del manga Shōjo Kakumei Utena
Hace dos años, mis amigas me regalaron por mi cumpleaños la edición especial de Shōjo Kakumei Utena, un manga japonés publicado entre 1996 y 1997. El anime, que consta de treinta y nueve episodios, fue estrenado simultáneamente, pero ambas obras explican historias radicalmente distintas, a pesar de utilizar los mismos personajes y los mismos elementos de la trama. Se trata, en cualquier caso, de una de mis series de animación preferidas: contiene duelos caballerescos, rosas deshojadas con inquietantes significados alegóricos, lesbianismo, muchas miradas lánguidas y un enorme castillo que flota bocabajo en el cielo y que custodia, en su interior, el Poder para Revolucionar el Mundo. La premisa es muy sencilla y elegante, como ocurre en todas las buenas historias: «hace mucho tiempo, en un reino lejano, había una princesa triste y joven que hacía muy poco que había perdido a sus padres. Entonces, apareció un príncipe montado en un caballo blanco. Era una figura galante con una dulce sonrisa que, envolviendo a la princesa con el perfume de una rosa y enjuagando las lágrimas de su rostro, le dijo: Pequeña, tendrás que llevar toda esta pena contigo. Pero no pierdas esta nobleza y esta fuerza cuando crezcas. Esto es para que recuerdes el día de hoy. La princesa le preguntó: ¿Nos volveremos a encontrar? Y el príncipe dijo: Con este anillo de amor, estarás siempre a mi lado. Aquel anillo que le había dado, ¿era un anillo de compromiso como ella creía? Es posible. Sea como sea, a la princesa le impresionó tanto aquel príncipe que decidió que ella misma sería como él. ¿Pero fue una buena idea?». Yo tengo muy clara la respuesta.
6. Una kalimba
Mis padres me regalaron la kalimba el Día de Reyes de 2023. Sólo sé tocar tres canciones con ella: Avatar’s Love, Mo Li Hua y la outro de The Owl House. Ese verano, fui de camping con E. y B. a los Pirineos, y, mientras hervíamos en el hornillo un poco de arroz para la cena, saqué la kalimba y toqué las tres melodías. Hubo un momento en el que levanté la vista de las teclas y observé el perfil de las lejanas montañas, que estaban cubiertas por una suave neblina azul. Justo entonces, se me erizó la piel.
7. El poema de Àram
Poco después de la muerte y nacimiento de Àram, C., su madre, escribió un poema y repartió copias entre sus seres queridos. El poema habla de viajes a las estrellas, sueños, esperanzas y un dolor eterno e insoldable. Et trobem a faltar, Àram.
8. Un ejemplar de L’Osservatore Romano
Mi estancia de investigación en Roma coincidió con la celebración del Cónclave y con otro brote de Crohn que me impidió participar en los eventos más importantes. Aun así, tuve la oportunidad de asistir al funeral de Francisco, que tuvo lugar en la Plaza de San Pedro una soleada mañana de sábado. Cuando terminó la ceremonia, me acerqué a una voluntaria del Jubileo que repartía periódicos frente a la Columnata y le pedí un ejemplar. Se trataba de un número atrasado de L’Osservatore Romano (el diario oficial de la Ciudad del Vaticano) correspondiente al 21 de abril de 2025, esto es, al día de la muerte del Papa. Luego le pregunté si podía adquirir también el libro de oraciones fúnebres, pero ella, con un resoplido de impaciencia, me dijo que se habían agotado. En la portada del periódico, en todo caso, se lee el siguiente titular: Il Signore ha chiamato a Sé IL SANTO PADRE FRANCESCO. Me gustaría reproducir las primeras palabras del artículo principal del periódico, que corresponden a un discurso que dio Francisco en la Audiencia Apostólica General del 18 de marzo de 2020: La misericordia di Dio è la nostra liberazione e la nostra felicità. Noi viviamo di misericordia e non ci possiamo permettere di stare senza misericordia: è l’aria da respirare. Siamo troppo poveri per porre le condizioni, abbiamo bisogno di perdonare, perché abbiamo bisogno di essere perdonati. Los ojos se me humedecen mientras leo estas palabras. No había abierto el periódico hasta ahora.
9. Una caja de caramelos de La Rondeña
Hace unos meses, mi madre fue a Cádiz con su prima para visitar la casa donde nació mi abuela. El último día del viaje, compró una rosa roja y la depositó sobre el parapeto blanco de La Caleta, que era su playa favorita de toda la Península, y seguramente de todo el mundo. Allí, según me explicó posteriormente, mi madre aprendió el significado de la palabra catártico. A la vuelta, me trajo esta caja de caramelos de La Rondeña, una dulcería famosa de Sanlúcar de Barrameda. En el interior, hay varios caramelos de color lavanda empaquetados en una bolsa de plástico. La caja contiene, además, una pequeña estampa de cartón que representa a Nuestra Señora del Rosario, la tocaya de mi madre y una de las Vírgenes más bonitas del Sur. Los caramelos están muy buenos: tienen un sabor dulzón, añejo y curiosamente nostálgico, como si encapsularan recuerdos de una infancia que nunca tuve. Cada vez que termino un epígrafe de la tesis, abro la caja y me como uno, así que, como imagináis, el recipiente sigue prácticamente lleno.
10. Una entrada de cine para ir a ver Wicked
Hay muchas razones por las que este trocito de papel ocupa un lugar especial en mi corazón, pero, con vuestro permiso, me abstendré de referirlas, porque esos recuerdos son suyos y míos y de nadie más, y tan dulces como la lluvia de abril, y tan suaves como el rastro de su risa en mi pecho, y tan inalcanzables como el resplandor de una pantalla de cine que, en medio de la oscuridad, revela quedamente las formas perecederas de un ser amado. Ah… ¿Quién me hubiera dicho a mí, oh, amigas mías, que el compás de Dancing Through Life acabaría marcando el ritmo sedoso de nuestros besos? ¿Quién? ¿Quién?
***
Creo que sigo sin saber a qué me estoy refiriendo. Pero ha sido divertido, ¿no? Al menos, he conseguido despertarme completamente de la siesta, y el calor de la tarde ya ha declinado.
Respiro hondo, rodeado de mis cosas.
Dentro de poco, mi madre me llamará para cenar.


De la Commedia me quedé en las puertas del Paraíso. Un poco como metáfora de mi misma vida.
Uno de los pocos libros que han humillado a mi OCD de terminar y leer de forma lineal los libros.
Qué bonito todo lo que puede decirse de lo que nos rodea si uno mira bien. Me ha encantado el texto, Abel, ¡que todos los despertares de las siestas fuesen tan lúcidos!