Dentro en el vergel
Sobre la primavera
Una rama de almendro empieza a crecer lentamente por mi brazo derecho, enroscándose alrededor del bíceps, del codo y del consumido e irrisorio antebrazo, tan delgado que fácilmente podría partirse por la mitad. Al llegar a la huesuda muñeca, la rama empieza a bifurcarse en varios tallos que se entrelazan siniestramente con mis dedos, floreciendo en el momento justo en el que tocan mi piel. De esta guisa, el rosa pálido de las flores se confunde con el blanco rosado de la palma de mi mano, mientras que la brisa primaveral, oreada con veleidosas promesas de dolor y belleza, mece al mismo tiempo los trémulos pétalos y el finísimo vello que cubre mis carnes. Entonces, repentinamente atemorizado, cierro la mano con un gesto brusco y rencoroso, haciendo que todas las flores se desprendan de los tallos y caigan al suelo con zalamera parsimonia.
No sé de dónde proviene esta imagen. No la he soñado, ni la he leído, ni la he visto representada en una pintura. Lo que está claro es que ningún peregrino del Amor restará indiferente ante los primeros brotes del almendro. Él es nuestro emisario, nuestro pendón de guerra, el sicofante que nos levanta de los fríos mármoles para entregarnos a la ternura destructiva del deseo. Ya viene, ya viene, nos susurra con delicada y jubilosa perversión. En su exceso, en su inocencia, el canto de la flor del almendro resuena en nuestros oídos como una liturgia olvidada, como un reclamo que corre por debajo de nosotros, como frías aguas subterráneas: Ya viene, ya viene.
En mis notas para la tesis, leo continuamente que la primavera es la estación propicia para el Amor. Los trovadores provenzales, por ejemplo, suelen iniciar sus canciones con un exordio primaveral, es decir, una descripción convencional de la naturaleza durante los meses de marzo, abril y mayo. Los poetas, así pues, evocan el tímido reverdecer de los campos, el trino de las aves cantoras, las auras suaves, el borboteo de las fuentes y la profusión de flores y frutos, que impulsan hacia el Amor a todos los corazones heridos. El recurso literario, por tanto, propone una correspondencia harmónica entre macrocosmos y microcosmos, entre la renovación de la naturaleza en primavera y la renovación del sentimiento amoroso en el alma del poeta. Véase, como ejemplo paradigmático, el siguiente exordio de Guilhem de Peitieu (1071-1127), el primer trovador conocido:
Con la dulzura del tiempo nuevo los bosques se llenan de hojas, y los pájaros cantan, cada uno en su latín, según el verso del nuevo canto: entonces conviene que cada cual se provea de lo que más anhela.
Otros trovadores, en cambio, subvierten el motivo tradicional y convierten la primavera en la estación de la tristeza y la añoranza. Este es el caso de Jaufré Rudel (c. 1110 – c. 1170), que contrapone las largas tardes de mayo con el dulce decaimiento que le inspira una amada ausente:
Cuando los días son largos en mayo, me es bello el dulce canto de los pájaros lejanos, y cuando me he separado de allí, me acuerdo de un amor lejano. Voy, apesadumbrado y agobiado de deseo, de modo que ni el canto ni la flor del blancoespino me placen más que el invierno helado.
Estos simbolismos primaverales se remontan al tópico clásico del locus amoenus, desarrollado por la poesía bucólica de Teócrito, Virgilio y Horacio, que se enriquece en la Edad Media con la imaginería bíblica del Jardín del Edén y del Cantar de los Cantares. No obstante, en el exordio primaveral también hallamos ecos de la vida real en la Edad Media. Después de todo, la primavera era la época en que se reunían las cortes y se reanudaban las guerras, pues las duras condiciones del invierno medieval impedían el uso de los caminos y el desplazamiento de grandes ingentes militares. Como es sabido, Felipe Augusto y Ricardo Corazón de León siempre se declaraban la guerra en primavera. También se conoce que compartieron lecho nocturno en las Cruzadas. Llegados a este punto, como decía Ovidio, las imágenes del amante y del guerrero se funden en un solo gesto: Militat omnis amans, et habet sua castra Cupido.
En todo caso, la imagen literaria se perpetúa después en la lírica castellana, donde la entrada en el jardín primaveral y la cogida de las primeras flores simboliza el despertar del deseo erótico y el encuentro (a veces soñado) con la persona amada. Véanse, verbigracia, estos dos villancicos extraídos del Cancionero musical de Palacio, que transmite el repertorio de canciones de moda en la corte de los Reyes Católicos:
Dentro en el vergel moriré. Dentro en el rrosal matarm’an. Yo m’iva, mi madre, las rrosas coger. Hallé mis amores dentro en el vergel. Dentro en el rrosal matarm’an.
No pueden dormir mis ojos, no pueden dormir. Y soñava yo, mi madre, dos horas antes del día, que me floreçía la rrosa, el lyno so ell agua frida. No pueden dormir.
Yo tampoco puedo dormir, ni aun descansar de día o de noche. En su crueldad, la primavera avanza como una Venus semidesnuda, cubierta de pieles reveladoras, como una sibila de Miguel Ángel o una cortesana de Tiziano, alta, robusta, voluptuosa y matriarcal. De esta guisa, la diosa me encuentra tendido en la cama, con el sol de marzo incidiendo suavemente desde la ventana, postrado y humillado y atrapado en el vergel que es mi cuerpo, un vergel radiante y punzante, pues siento que todo germina dentro de mí, todo medra y se despierta y se complace espesamente. Las ramas del florido almendro ya no crecen por mis brazos, sino que brotan directamente de mis huesos, hiriendo las carnes desde dentro, atravesando la piel con pequeñas y dilectísimas espinas, pues el dolor es bello y la sangre es sabrosa, ya que sangro por él, oh, hermanos, quiero decir por ella, por la primavera, porque él no está, pero ella ya ha venido, y yo me quedo sin aliento, ah, ah, qué deliciosa contradicción, qué fragrante oxímoron. Mi única alternativa a estas alturas es ofrecerle la piel de mi espalda, la piel de mi pecho y la piel de mis manos, porque la primavera es tiempo de sumisión, es tiempo de desnudarse, inclinarse de rodillas y, con lentitud ritual, besar la brillante bota de cuero: Strike, dear mistress, and cure his heart…
Cierro los ojos, aunque la luminosidad de la tarde atraviesa fácilmente mis párpados. La fuerza del tiempo nuevo me devasta, me enaltece, me levanta de los almohadones y me deja tirado entre las zanjas de tierra fértil. No quiero esperarlo, pero tampoco tengo ninguna voluntad de resistirme. El mandato, en definitiva, no podía ser más claro, tanto en la literatura como en la vida: yo soy tu sirviente.
Pero tu sirviente está cansado.
Está desgastado.
Y podría dormir durante miles de años.
Aun así, la primavera seguiría llegando…. y mi cuerpo, gozoso, seguiría respondiendo a tu espejismo.

Allí donde puedas leer a Abel, siempre es primavera.
Y cualquier época del año es buena para hacer brazo en el GLADIATOR Fitness & Gym y tener un roble en lugar de un almendro en los brazos.
La metáfora del almendro brotando de tus brazos es exquisita. Es curioso como nuestro corazón puede estar sumido en el invierno aunque la primavera llegue. Abrazo 🌿