Cuánto habrá que ocultar
Sobre el insomnio
En las noches de viento, el manojo de cables que cuelga del lateral del edificio aporrea sin piedad el vano de mi ventana. Toda mi habitación cruje y retumba como si fuera una balsa en medio de un océano tempestuoso, como si el viento fuera a arrancar el techo y a llevarme por los cielos hacia una espiral de pensamientos intrusivos y conversaciones imaginadas que nunca tendrán lugar. En medio de la oscuridad, sumido en este insomnio forzado, las molestias físicas que durante el día acarreo con más o menos estoicismo se hacen presentes de un modo rígido, obstinado, inapelable: la inflamación de las amígdalas, el resfriado a medio concluir, la boca irritada y picante a causa de la inmunosupresión, el pitido en el oído izquierdo que me acompaña desde 2024, esa dolorosa tensión en la cadera que augura una nueva visita al fisio… Revolviéndome entre las pesadas mantas de la cama de matrimonio, mi mente recupera ansiosamente fragmentos de la tesis que escribí el día anterior, imágenes borrosas de sonrisas y caricias, mensajes de WhatsApp que aún palpitan entre mis dedos y una obsesión recurrente, la forma inasible de sus labios, tan jugosos, tan brillantes, tan suaves al tacto. Oh, Dios, qué dolor de cabeza. Qué espesa fijación. Qué pesada indefinición. Ya no tengo fuerzas ni para resistirme a las rimas internas.
Hacia las cinco de la madrugada, enciendo la luz de la mesilla de noche e intento leer algunas páginas de Confesiones de una máscara, la novela de este mes, pero sus perturbadoras imágenes de sobacos peludos y cuerpos masculinos ensangrentados sólo consiguen hundirme aún más en el confuso embotamiento de la noche. Tras un rato obscenamente largo haciendo doomscrolling por la lupa de Instagram, abro la aplicación de Substack y leo algunos de los posts vampíricos de Fruska Gora, que aportan a la espera insomne una estética de lo más agradable, un toque de decaimiento autoindulgente. Después, aceptando que no me voy a volver a dormir, me levanto de la cama y voy al lavabo, evitando a toda costa mirarme en el espejo. La luz del techo es avasalladora e inclemente, pero me ayuda a aceptar la nueva situación.
Hoy también será difícil.
En el comedor oscuro reina el silencio. Al fondo, en el sofá que hay bajo la ventana, me espera un regalo inesperado y casi mitológico: un rayo de luna, un rayo de luna de verdad, plateado, yerto y desvelado, como el suspiro de un dios. Atravieso la sala con lentitud, sintiéndome fuera del tiempo, suspendido en un limbo ingrávido que es eterno e instantáneo, transcendente e inmanente, fútil y cargado de significado. Al sentarme pesadamente en el sofá, la mortecina luz de la luna se posa sobre mis hombros, mis brazos y mis manos, tiñendo mi piel con un resplandor tenue, casi asustadizo. Es una luz que se consume entre el rumor de sus propios susurros. Una luz que, al mismo tiempo, es incapaz de pronunciar palabra.
Un estremecimiento me recorre suavemente la columna. Con sorpresa, compruebo que hay algunas luces encendidas en las ventanas del patio de vecinos. ¿Qué deben estar haciendo a estas horas? ¿Están llorando? ¿Amando? ¿Escribiendo? Sea lo que sea, está claro que lo hacen a escondidas, como dictan las leyes de la noche.
Acurrucándome aún más en el sofá, me coloco los cascos en la orejas y reproduzco en el móvil Natalie, de Milk & Bone: I never meant to hurt you… Please never go away… I did it all for you, don’t say I never tried… I wanna protect you, so that you never die… Las notas pausadas se expanden por los ángulos oscuros del comedor, resucitando las tristes arpas olvidadas, esas arpas silenciosas y cubiertas de polvo que esperan la mano de nieve, la luz de luna que sepa tañerlas. Del salón en el ángulo oscuro, de su dueña tal vez olvidada… No sé por qué la rima de Becquer se ha entremezclado con mis pensamientos, pero sus metáforas y mis melodías han formado ahora un extraño continuum, un patrón metafísico que converge en mis ojos cansados y entrecerrados. Ah, me siento tan aislado del resto del mundo… Veíase el arpa, veíase el arpa… Tal vez… Tal vez…
Pero no. El sueño me rehúye definitivamente, como agua deslizándose entre los dedos. De vuelta a mi habitación, me tumbo en la cama y enciendo el ordenador portátil, rindiéndome al amable entretenimiento que ofrecen las plataformas de streaming. Tras un rato navegando entre títulos aborrecibles, abro Disney+ y reproduzco Mulán, una apuesta segura, un refugio sin sorpresas, una dulce llamada al recuerdo de esa otredad que yo no era capaz de comprender, solamente de intuir. Mulán también vive suspendida en el limbo, en las horas insomnes de la madrugada, en los intersticios ciegos de la sociedad. Su I Want Song, titulada Reflejo, se presenta como un solipsismo varado entre dos mundos, el mundo femenino de Nombre y honra nos darás y el mundo masculino de Todo un hombre haré de ti. La conciencia de esa indefinición resonaba muchísimo en mí cuando era pequeño, aunque todavía no entendía que el dilema de Mulán era también el mío. De hecho, no fue hasta alcanzar la adolescencia que el significado de estos versos se me reveló en toda su espantosa deformidad:
¿Quién es la chica que veo aquí, tras de mí? Guarda el mal reflejo de alguien que no soy. ¿Qué tengo que intentar? ¿Cuánto habrá que ocultar? Es la imagen que otros ven. No es la realidad…
Tengo un recuerdo muy vívido del momento en el que volví a escuchar esta canción, tal vez a los trece o catorce años, durante un brumoso fin de semana en el que prácticamente no salí de mi cuarto y me limité a ver vídeos de YouTube y películas pirateadas en la ya desaparecida Series.ly. Fue entonces cuando comprendí que el mundo de Mulán, igual que mi cuarto, igual que mi instituto, no era más que otro tipo de prisión: las líneas exóticas de su vestido chino, las brisas de pétalos de cerezo, el maquillaje blanco cubriendo elegantemente su rostro, los reflejos múltiples que le devuelven las tumbas de los antepasados… Esta atmósfera aparentemente gentil esconde una identidad amordazada, una identidad tan consciente de su propia desviación que no es capaz ni de reconocerse a sí misma. Mulán, después de todo, canta sobre unas expectativas que no ha podido cumplir, sobre un ideal al que no ha podido moldearse, sobre un futuro que se ha disipado antes incluso de dibujarlo en el aire. Mulán canta sobre lo que no es, pero en ningún momento de la canción se atreve a verbalizar lo que sí es, seguramente porque ni ella misma lo sabe. Seguramente porque teme hacerlo.
De esta guisa viví toda mi adolescencia y toda mi primera juventud. Durante esos años, habité en un estado de insomnio permanente, en un limbo oscuro hecho de trazos de canciones, arpas polvorientas y caras blancas que me devolvían una imagen hueca, una imagen lunar y desasosegante. También me sentía entre dos mundos en los que no terminaba de encajar, también me sentía atrapado en una frontera, en un eco liminar, en la fina línea que separa el sueño de la vigilia…
Puede que no lo hiciera por mi padre. Puede que lo que quisiera fuera… demostrar que podía hacer cosas. Para mirarme en el espejo, y ver a alguien de valía. Pero me equivoqué. No veo nada.
Al llegar a este punto, pauso la película y bajo la pantalla del portátil. Son las siete de la mañana. Sé que el entumecimiento de los músculos se debe a la falta de sueño, pero una parte de mí piensa que tengo el cuerpo dolorido simplemente por lo mucho que lo echo de menos.
Hoy también será difícil.

Un disco de culos se titula “Mañana será bonito”. Macbeth, en cambio: “Mañana, y mañana, y mañana se arrastra con paso mezquino día tras día hasta la sílaba final del tiempo escrito, y la luz de todo nuestro ayer guió a los bobos hacia el polvo de la muerte. ¡Apágate, apágate breve llama! La vida es una sombra que camina, un pobre actor que en escena se arrebata y contonea y nunca más se le oye. Es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.”
Hoy también será difícil.
Hola don Abel cuanto tiempo sin leerle uwu
Estoy pasmada con la belleza de tus palabras. No sé cuanto tiempo empleas en escribir estos textos, pero la profundidad emocional que hay detrás es digna de un premio literario (sin ser yo especialista en esto, yo te daría el premio literario a mis lecturas de Substrack).
La parte de la luz de la luna… me ha parecido hermosa a más no poder, he podido recrear esa escena en tu comedor contigo de noche, y ni si quiera sé tu aspecto físico. Llevo meses leyendo cuando substrack se digna a enseñarme tus publicaciones y por primera vez he leído sobre lo de la “inmunosupresión”. Estoy familiarizada con lo que eso supone y espero de corazón que sea un escenario que te permita llevar una vida lo más tranquila posible, no me atrevo a preguntar, pero espero que sea lo más leve posible.
Más allá de esto solo puedo aplaudir una vez más estas bellas palabras, dios mío, qué bien escribe ud.
Como siempre la reminiscencia hacia la infancia y adolescencia aparece en tus textos, y esta vez justo de noche, en una jornada de insomnio nocturno a la luz de la luna. No puedo no comentar lo que leí una vez de la cuenta de @Madrid por la noche que tanto citas y que te hizo una reseña de tu novela (la cual compraré en algún momento porque amo tus textos).
En esa reseña te relacionaban constantemente con el autor Marcel Proust y santo dios no puedo estar más de acuerdo. Desde la psicología es uno de los autores más influyentes porque fue de los primeros que encapsuló el concepto de la memoria sensionar, en psicología lo llamamos “efecto Proust”; recuerdo la diapositiva donde en clase nos la enseñaron y acabé leyendo algo del autor. Además él fue homosexual y murió muy enfermo de algo que ya ni recuerdo porque lo leí hace 2 años. Justo recuerdo que el inicio de uno de los libros inicia exactamente igual que el que tu relatas; de noche en insomnio intentando recordar la infancia y que bonito el paralelismo que “Madrid por la noche” hizo y que acertado. Tengo ganas de comprarme tu novela y comprobar si lo que Madrid dijo es cierto del todo.
No te culpes por no encajar en un molde heteronormativo, de hecho, algo me dice que si hubieras encajado no tendríamos estos textos tuyos, y eso para mí y cualquier persona que te de un corazón de me gusta, ¡hubiera sido una pérdida irremplazable!
Finalizo este comentario larguísimo diciendo que por favor no dejes de escribir, eres mi tipo de texto favorito en substrack. No sé donde has aprendido a escribir tan bien pero siempre que llego al final del post me quedo con ganas de más 🌈