¿Cuándo llegará mi primavera?
Dos canciones y una historia floral
—Este es un buen lugar para que comience una historia.
Asterión dio un pequeño respingo al oír tu voz. Hacía rato que se había quedado dormido a tu lado, enroscado en posición fetal, con la capa del uniforme doblada por la mitad a modo de almohada. Permaneció así unos segundos más, inmóvil y obcecado, y luego rodó trabajosamente por la hierba hasta quedar boca arriba, revelando un rostro tenuemente enrojecido y perlado por el sudor de la siesta. Asterión empezó entonces a desperezarse, estirando brazos y piernas con un leve quejido de satisfacción que casi sonó a ronroneo. Sus articulaciones temblaron, sus costillas se marcaron bajo la camisa del uniforme, y entonces, en el momento de máxima tensión, todo su cuerpo se relajó súbitamente, y de sus labios entreabiertos se escapó un breve suspiro, húmedo y cálido, que se disipó en el aire sofocante de aquel mediodía de verano.
—Qué dices… —murmuró con voz adormilada, todavía sin abrir los ojos.
Pasabais el descanso de la comida a la sombra de la gran haya que crecía detrás del refectorio mayor. El lugar ofrecía una vista privilegiada de los prados silvestres que descendían en pendiente hasta las murallas exteriores del colegio magisterial. Al otro lado, una estrecha franja de tierra desbrozada separaba el muro de la linde del Bosque, que sólo los maestros y los acólitos mayores podían franquear. Desde vuestra posición, se vislumbraban los recios troncos de los primeros árboles y los rayos de luz que caían misteriosamente a través del tamiz de hojas. Era una luz inmóvil e hipnótica: la luz de otro tiempo, la luz de lo sagrado.
—Digo que este es un buen lugar para que comience una historia —repetiste con el mismo tono impasible.
Alrededor de Asterión crecían nomeolvides, margaritas, amapolas y otras flores del campo. Por un momento, recordaste las viejas canciones de amor que entonabais en el pueblo y te imaginaste cogiendo las flores una a una para adornar con ellas los suaves recovecos de su cuerpo en reposo: los cabellos oscuros, los párpados entrecerrados, el espacio detrás de la oreja y esos pliegues inefables de su camisa desabotonada, que dejaban entrever una piel pálida y bullente, espantosamente vulnerable, deliciosamente expuesta. Un estremecimiento de calor te invadió de nuevo ante la idea de Asterión como un cuerpo vivo, un cuerpo animado con sus inefables latidos y sus secretos efluvios corriendo bajo su piel, como agua que se desliza entre los dedos.
—¿Tú crees? —murmuró Asterión mientras se incorporaba sobre los codos. El gesto abrió aún más el cuello de su camisa, pero él no se dio cuenta—. ¿Qué puede ocurrir aquí que sea digno de una historia?
Con esfuerzo, levantaste la vista y lo miraste a los ojos. Las tupidas ramas del haya moteaban su rostro con luces y sombras verdeazuladas. Casi parecía una visión de ensueño, un encuentro con el Espíritu. ¿Y si, al levantar la mano para acariciarle la mejilla, tus dedos sólo aferraban el aire? ¿Y si sus ojos se diluían en aquella brisa estival, en aquellos destellos rabiosamente verdes que prometían gentileza y violencia al mismo tiempo?
—No lo sé —respondiste sin aliento—. Sólo dale una oportunidad a la idea.
—Está bien.
Ya despierto del todo, Asterión se sentó sobre la hierba y apoyó la espalda en el tronco nudoso del haya, justo a tu lado. Vuestros hombros se rozaron imperceptiblemente: erais como dos barcas atadas a un poste, meciéndose al ritmo de las olas, entrechocándose una con la otra por puro azar. De inmediato, evocaste los crujidos de la madera al colisionar, esos ecos hueros, mareantes y tan precisos como un instrumento musical. Asterión, mientras tanto, cambió ligeramente de postura, acercándose aún más a ti, y tú tuviste que contener el impulso de dejarte caer sobre su regazo, desfallecido de pura dulzura. Tu cuerpo se abría derrotado y deseoso, reposando sin fuerzas a su lado, pero atravesado al mismo tiempo por una tensión sin límites, por un espasmo de puro erotismo que enflaqueció todas y cada una de tus extremidades.
—Dos acólitos del colegio magisterial vaguean en un amodorrante día de verano —recitaste de carrerilla, haciendo un amplio gesto con el brazo que abarcaba el haya, el prado, el mundo entero—. ¿Qué te parece?
—¿Amodorrante? —se extrañó Asterión—. ¿Esa palabra existe? Se me antoja vulgar y refinada al mismo tiempo.
—Precisamente —repusiste con una sonrisa—. ¿Y ahora qué?
—Mmmm… Uno de los acólitos es incapaz de hallar consuelo en la serena contemplación de la naturaleza en su apogeo estival, así que, aburrido hasta la muerte, decide despertar a su compañero, que está gozando de una merecida siesta tras seis horas seguidas de exámenes orales.
—Yo también he tenido seis horas seguidas de exámenes orales.
—En cualquier caso —prosiguió Asterión lanzándote una pícara mirada de rojo—, el acólito es demasiado orgulloso como para admitir su descortesía ante su amigo. Aun así, acepta cantarle una canción para reparar el torpe desagravio y lograr que le conceda su perdón.
—¿Una canción? —exclamaste con un deje falsamente indignado—. ¿Ahora?
—El acólito se niega al principio, pero ambos saben que sus reticencias son una mera impostación. Lo que ocurre, en realidad, es que al acólito le gusta hacerse de rogar —Asterión arrancó una margarita de entre la hierba y te la ofreció inclinando galantemente la cabeza.—. Por suerte, su compañero improvisa un pequeño obsequio que alimenta la vanagloria del joven artista y lo convence para que empiece a cantar.
—¿Lo convence? —replicaste tomando la margarita entre tus dedos temblorosos. Tu sonrisa era tal vez demasiado pronunciada y entusiasta, como la de un lunático.—. Querrás decir que lo seduce —jadeaste—. Ahí va, entonces. Una tonada popular para implorar tu perdón:
En nuestro prado crecen los arándanos. Oh, dulce delicia. Y, si me quieres, allí nos veremos. Venid, lirios y aguileñas. Venid, rosas y salvia sagrada. Ven, deliciosa hierbabuena. Ven, alegría de corazón…
Te detuviste con un seco suspiro.
—¿Sigo?
Asterión asintió lentamente. Había cerrado los ojos.
Las flores hermosas tal vez nos inviten a bailar. Oh, dulce delicia. Entonces podré darte una corona de guirnaldas. Venid, lirios y aguileñas. Venid, rosas y salvia sagrada. Ven, deliciosa hierbabuena. Ven, alegría de corazón…
Alargaste la última sílaba para improvisar un suave gorjeo. Asterión abrió de nuevo los ojos y asintió con lentitud. Estaba complacido.
—Y fin.
Era un juego perversamente retórico, muy del gusto de los acólitos menores del colegio magisterial. Los participantes debían inventar una historia basándose únicamente en lo que simultáneamente estaba sucediendo a su alrededor. Tales normas promovían la fusión de los tiempos narrativos y suponían una delicia desde el punto de vista de la teoría literaria, ya que, en el transcurso de estos juegos, las fronteras entre texto y realidad se volvían dúctiles y desdibujadas. El texto, empero, dejaba de ser descripción, reflexión o superación de la vida y devenía vida misma, participando en igualdad de condiciones de su fluidez y de su inestabilidad. ¡Oh, inane rebeldía! Con tales cosas en la cabeza, no era de extrañar que los aspirantes a Maestro enloquecieran como mínimo un par de veces al año.
—Qué historia tan corta —comentaste para romper el silencio.
—Considéralo un ejercicio de prosimetrum —replicó Asterión imitando el tono pomposo de los profesores—. La acción es solamente un marco situacional, un decorado sin importancia. Lo verdaderamente importante es la secuencia lírica. La canción. En nuestro prado crecen los arándonos… —Asterión soltó un pequeño suspiro—. También la cantábamos en mi pueblo. En las fiestas de primavera.
—Creo que es bastante conocida en toda la región.
—Tuve un profesor, hace ya mucho… —Asterión frunció el ceño, tratando de recordar—. Era uno de los preceptores que mi padre contrató para ayudarme a preparar el examen de ingreso. Recuerdo que había hecho su tesis sobre poesía popular.
—¿En serio? Qué tema tan irrelevante.
—Siempre decía que estas canciones populares eran vestigios de antiguas salmodias paganas que se cantaban en los festivales de primavera. Aparentemente, las guirnaldas de flores se regalaban a los enamorados y se usaban para coronar las estatuas de los ídolos. Luego había una especie de danza ritual donde los jóvenes invocaban a Venus y celebraban la llegada del amor. Una vez me enseñó unos manuscritos…
—No empieces.
—Sí, sí, ahora lo recuerdo. Era mi preceptor de ecdótica y de crítica textual. Un día, me acompañó a la biblioteca magisterial, me señaló los tres cancioneros que habían transmitido una de esas cancioncillas paganas y me pidió que reconstruyera el texto crítico según el método lachmanniano. Fue muy fácil. Uno de los cancioneros tenía notación musical, así que lo tomé como testimonio base. Déjame ver si…
Asterión, bajando la vista con una sonrisa repentinamente recatada, empezó a arrancar otras margaritas que florecían a su alrededor y a entretejerlas con sus dedos. Entonces, en voz muy baja, empezó a cantar:
Ipsa florum delicatis educavit osculis. Illa cantat; nos tacemus; quando ver venit meum? Quando fiam uti chelidon, ut tacere desinam? Perdidi Musam tacendo, nec me Phoebus respicit. Sic Amyclas, cum tacerent, perdidit silentium. Cras amet qui nunquam amavit; quique amavit cras amet.
Casi no podías ni respirar por miedo a espantarlo. Asterión nunca cantaba, ni siquiera en la capilla magisterial, donde simplemente pronunciaba los versos de los himnos con los labios. Siempre decía que le daba vergüenza, que no le gustaba su modulación vocal, que se liaba con el canto litúrgico y los melismas y las secuencias de estrofa y antístrofa. Que su voz era una ofensa a la música. Una ofensa a Dios. Pero tú, en ese momento, parecías sumido en un trance místico, en una de esas transverberaciones que describían los poetas sacros de la Antigüedad. Anonadado de sí. Sujeto y a la vez abandonado al rumor divino. Y tan, tan, tan bello…
—No… No conocía el texto —dijiste a duras penas cuando Asterión hubo acabado.
—Me he liado un poco con la pronunciación —reconoció éste con una inclinación de cabeza—. Creo que he mezclado la dicción clásica con la eclesiástica, pero es difícil precisar el sistema fónico en textos tan tardíos.
—Claro… Es…
Pero la campana os interrumpió en ese momento. Su tañido grave y solemne resonó por todo el colegio magisterial, anunciando a maestros y a acólitos que la pausa de mediodía (llamada oficialmente hora de expansión) estaba a punto de concluir. Tú sabías que algunos clérigos carolingios habían comparado el sonido de las campanas con las admoniciones de los profetas y con las trompetas jubilosas de los ángeles que convocaban a todas las criaturas para la Alabanza Eterna. A ti, sin embargo, el tañido de la campana se te antojó amargo y funesto, agitado y truculento, como el anuncio de una fatalidad inevitable. Asterión, en efecto, se sacudió las margaritas de su regazo, se desperezó una última vez y recogió del suelo la capa de su uniforme.
—Debo irme —anunció—. He sido llamado a capítulo por el preceptor de latín. Dice que mi última traducción de Virgilio es… poco dogmática.
—No tienes nada que temer de ese viejo morrocotudo —aseguraste vehementemente—. Si se molesta mucho, recítale una declinación al azar. Eso siempre lo calma.
—Como una bestia amansada por la música.
Los dos soltasteis una carcajada al mismo tiempo. Se trataba de una broma antigua, compartida por todos los acólitos menores. Tras una última cabezada, Asterión se levantó de un salto, se abrochó los botones de la camisa y se arregló la caída de la capa. No podía presentarse ante el resto del colegio con pintas de desharrapado: solamente tú tenías el privilegio de verlo in such fashion, como decían los bárbaros protestantes.
—Bueno, adiós —dijo sin más ceremonia—. Nos vemos en clase.
—Benedicamus Domino.
—Deo gratias.
Asterión odiaba las despedidas, incluso las más rutinarias e intranscendentes, por eso siempre recurría a la fórmula ritual, ese recurso de pusilánimes. Tú no lo presionaste para que dijera nada más, sólo lo seguiste con la vista, callado, respetuoso, esforzándote por recuperar el aliento. En realidad, tú nunca habías tenido mucha vocación, ni tampoco afán de misticismo, sólo una tibia pasión por el conocimiento que se iba atenuando o intensificando en función de los ritmos oscilantes de tu propia vanidad. Para ti, las sutilezas de la disputatio, los retorcidos placeres del latín, las alevosas apostillas de la exégesis, la hermenéutica y la escolástica, todo eso merecía la pena únicamente por Asterión, el príncipe encerrado en el laberinto, el luminoso hilo de Ariadna que te llevaría, en ausencia de Dios, a la bienaventuranza.
Sólo entonces volviste el rostro hacia mí. Sólo entonces recordaste que yo también existía, que yo estaba sentado a tu otro lado, que llevaba encima seis horas de exámenes orales igual que vosotros y que otra vez, como cada día, había sido testigo de vuestro oprobio, un testigo mudo e inmóvil, pétreo, estremecido, dolorosamente cómplice, como otra mujer de Lot convertida en pilar en sal por abandonarse al peor pecado de todos: la curiosidad. No os confundáis, triste rebaño de infieles, pues siempre fuimos tres y siempre seremos tres, como el trío de amigos de cualquier novela de aventuras: el protagonista, el mejor amigo y el interés amoroso. Yo soy el vértice menos interesante del triángulo, como Craso en el Primer Triunvirato o como el Espíritu Santo en la Santísima Trinidad, una presencia invisible que complementa, mantiene y sujeta, pero que nunca ascenderá al acto aristotélico, al grado sumo de ontología, pues su destino es mantenerse en la superficie del mundo como un borrón opaco, como una excrecencia o tal vez como uno de esos marginalia que decoran los manuscritos de la biblioteca, un garabato risible, ocasionalmente ingenioso pero siempre olvidable, siempre callado, siempre impotente. A esas alturas de la vida, lo único que se me permitió hacer, la única alternativa a mi alcance, fue esperar a que Asterión se alejara por el prado para acercarme a tu oído y, mientras lo mirabas como si quisieras comértelo, murmurarte inocentemente: Quando ver venit meum?
¿Cuándo llegará mi primavera?1
Muy a mi pesar, creo que este post merece una brevísima nota filológica. El primer texto que canta el protagonista es la traducción castellana de Uti vår hage (‘Aquí en nuestro prado’), una canción popular sueca que escuché por primera vez en Young Royals. El texto latino con el que le responde Asterión es la última estrofa del Pervirgilium Veneris (‘La Vigilia de Venus’), un poema latino del siglo IV d. C., de autoría desconocida, que describe una fiesta primaveral celebrada en Sicilia en honor a Venus.

Chulísimo!!!!! Intertextualidad al estilo de los diálogos platónicos!! Enhorabuena Abel, chulísimo
Vaig tard, però m’ha agradat molt! ❤️