Creía saber tanto de amor...
Sobre los amores imposibles
Mi poeta favorito de toda la Edad Media es Bernart de Ventadorn, un trovador provenzal que escribió durante las décadas centrales del siglo XII, aproximadamente entre la Segunda y la Tercera Cruzada. Su obra lírica está ampliamente representada en los principales cancioneros trovadorescos, pero, a pesar de su centralidad en el canon literario medieval, apenas sabemos nada sobre su vida. Es posible que estuviera al servicio de Leonor de Aquitania, pues dedica varias de sus poesías a la Reina dels Normans, pero su nombre no aparece en ninguno de los registros de la corte Plantagenet, ni tampoco en ningún otro documento de la época. No obstante, un trovador contemporáneo a Bernart, Peire d’Alvernha, afirma en una de sus composiciones satíricas que su madre era la panadera del castillo de Ventadorn y que su padre era cazador furtivo. Es difícil dar crédito a estas afirmaciones, ya que, con toda probabilidad, enmascaran maliciosas alusiones sexuales, pero todo apunta a que nuestro autor era de extracción social humilde, tal vez incluso plebeyo.
De entre todos los trovadores, Bernart de Ventadorn se distingue por la importancia que otorga a la sinceridad amorosa. Si, para otros poetas, las sutilezas y contradicciones del amor cortés son sólo un pretexto para exhibir virtuosismo retórico, Bernart de Ventadorn afirma que el canto lírico sólo puede brotar de un corazón auténticamente enamorado. El gozo del alma arrobada por el sentimiento amoroso, íntimamente sentido y libremente elegido, es lo único que debería impulsar al trovador a cantar los loores de su dama, no su deseo de prestigio social o de gloria mundana. El amor, entonces, se convierte en la raíz de la creación poética, en el sustrato base que garantiza la excelencia personal y literaria del trovador. Además, Bernart defiende constantemente el carácter ennoblecedor de este sentimiento, pues el anhelo frustrado impulsa al amante a mejorarse espiritualmente para hacerse digno de los favores de su dama. El amor, por ende, es el único sentimiento que otorga sentido y valor a la vida, ya que —afirma Bernart— quien no siente amor es como si estuviera muerto, pues no puede experimentar el mundo en toda su profundidad ni alcanzar la auténtica virtud.
La obra de Bernart de Ventadorn supone la culminación de todos estos tópicos corteses desarrollados por las primeras generaciones de trovadores. En sus poemas, Bernart se dirige a una dama idealizada, perfecta e inaccesible, elogia su belleza y cualidades morales y se proclama su vasallo a ultranza, presto a obedecer todos sus deseos con humildad, paciencia, lealtad y sinceridad. La dama, no obstante, se complace en mostrarse altiva y lejana, a veces abiertamente indiferente a los desesperados ruegos de su enamorado. En sus canciones, el trovador suele recrearse en este sufrimiento enaltecedor, en esta angustia gozosa, en esta suprema inmovilidad del espíritu que enflaquece sus miembros y fulmina todo su ser, pues, ¡ah!, la mera visión de la dama ya lo turba y lo deslumbra, como un ave que, desfallecida de dulzura, vuela hacia el sol y se deja caer, cegada por su luminosidad. En esta vocación de martirio, que el trovador entrega a su dama como prueba de su amor, se hallan también ecos de la literatura religiosa, de ese anonadamiento de sí que describen los poetas místicos y que, realizado correctamente, prepara el alma para la theosis, para la unión con Dios. Sin duda, el poema que mejor ejemplifica todos estos motivos es Can vei la lauzeta mover, la composición más famosa de Bernart de Ventadorn y (según mi opinión) una de las mejores canciones de amor de toda la lírica europea. Como siempre, cito la traducción al castellano del texto en occitano antiguo:
Cuando veo la alondra mover de alegría sus alas contra el rayo de sol y que se desvanece y se deja caer por la dulzura que le llega al corazón, ¡ay!, me entra una envidia tan grande de cualquiera que vea gozoso, que me maravillo de que al momento el corazón no se me funda de deseo. ¡Ay de mí! Creía saber tanto de amor, ¡y sé tan poco! Pues no me puedo abstener de amar a aquella de quien nunca obtendré ventaja. Me ha robado el corazón, me ha robado a mí, y a sí misma y todo el mundo; y cuando me privó de ella no me dejó nada más que deseo y corazón anheloso. Nunca más tuve poder sobre mí, ni fui mío desde aquel momento en que me dejó mirar en sus ojos, en un espejo que me place mucho. Espejo: desde que me miré en ti, me han muerto los suspiros de lo profundo, porque me perdí de la misma manera que se perdió el hermoso Narciso en la fuente.
Todas las palabras mueren en mis labios ante la belleza de estos versos. Los críticos han celebrado especialmente la excelencia poética de la primera estrofa, donde el vuelo de la alondra simboliza ese gozo inefable que ambiciona el trovador y que, en el momento presente, ha degenerado en padecimiento y desesperanza. A pesar del tono lamentoso que impera en la composición, podemos detectar igualmente las notas de ensimismamiento, ternura y nostalgia que caracterizan el estilo de Bernart de Ventadorn y que dotan a sus poemas de un acento peculiar, personalísimo e indefinible dentro del canon trovadoresco. En cuanto a mí, me resulta particularmente fascinante la alusión al espejo que cierra la tercera estrofa, pues acerca el sentimiento amoroso al narcicismo. La dama, en efecto, deviene en estos versos un simple espejo de las obsesiones del trovador, una imagen lejana, casi mitológica, que refleja sus propios anhelos de felicidad y virtud. Asimismo, la metáfora de la dama-espejo incorpora la noción medieval de la cogitatio immoderata, esa concepción del amor como un proceso meditativo e idólatra alrededor de la imagen de la amada, que el enamorado lleva grabada en el corazón y que constantemente recrea en el pensamiento. El trovador, por tanto, no se dirige a la dama en sus composiciones, sino a la imagen que se ha hecho de ella, al espíritu veleidoso que mora en su interior y que solamente refleja sus propias pasiones, tormentos y deseos. El amor, entonces, procede únicamente de la imagen interior hecha por el poeta, pues la mujer en sí misma es perfecta, muda, pasiva, casi irreal, incapaz de ser recíproca.
Por desgracia, todas mis experiencias amorosas hasta la fecha han sido bastante trovadorescas. Mi única relación tangencialmente parecida al amor correspondido tuvo lugar hace justo un año, entre noviembre y diciembre de 2024. Durante esas pocas semanas, me estuve viendo con un chico norteamericano que estaba en Barcelona terminando el Erasmus y aprendiendo, como yo, a transitar por su propio viaje. Fueron pocos encuentros, pero muy dulces y románticos, llenos de roces, conversaciones absorbentes, miradas íntimas y aéreos escarceos en las esquinas de la ciudad. Él era muy sensible, divertido e inteligente, y creo que conecté muy profundamente con él, pero su inminente partida aportaba a nuestros sentimientos un aire trágico, anhelante y fantasioso; en definitiva, trovadoresco. Yo me zambullí gustoso en esta particular reverie, por lo que no llegué a resquebrajar su imagen idealizada: apenas pude desempañar el espejo y él ya se había marchado. Ah, amor de terra londanha… Si me lees desde allí, que sepas que te guardo en el corazón y que me habría gustado conocerte de verdad.
Por lo demás, mi lista de amores imposibles es extensa, variada y desesperanzadora. Hay mucho donde elegir: chicos heterosexuales, chicos con pareja, chicos que vivían en el extranjero, chicos que buscaban relaciones abiertas o chicos que, simplemente, eran demasiado diferentes a mí, por un millar de motivos distintos. En el caso de las situationships consumadas, mis amantes siempre se mantenían elusivos e inconstantes, sumiéndome en un estado permanente de incertidumbre, obsesión y frialdad. No me detendré en describir con detalle las señales del tan manido He’s just not that into you: mensajes dejados en visto, conversaciones por WhatsApp interrumpidas súbitamente, comentarios crípticos sobre los sentimientos y las intenciones, reticencias, desdenes, migajas y ciclos de paranoias que terminan en una confesión lacrimógena y en muchos meses de duelo donde mi corazón, que parece herido de muerte, cruje y aúlla y se revuelve entre el rencor hacia él y el odio hacia mí mismo, un odio sutil pero pertinaz que me asegura día tras día que nunca, nunca, nunca seré suficiente para nadie.
Con el paso de los años, he aprendido a huir de estos engañosos altibajos, pero debo confesar que las delectables tristezas del amor imposible siguen seduciéndome con sus quimeras. En este tipo de relaciones, cada mensaje inesperado puede ser una promesa; cada mirada, un indicio de atracción soterrada; cada silencio, una tormenta de innominados deseos y pasiones contradictorias. La vida puede volverse árida e inclemente, hidrópica y batalladora, pero también puede adquirir la suavidad de una caricia en el momento en el que él levanta la vista y sonríe con complicidad. Se trata, en definitiva, de un ciclo pesaroso, exaltado y adictivo, una trampa en toda regla (o un parany, como diríamos los catalanes). Aun así, estos sentimientos también me protegen de la auténtica conexión con el Otro, que, me doy cuenta ahora, temo y deseo a partes iguales. De esta manera, puedo seguir sintiéndome enamorado (o vivo, diría Bernart de Ventadorn) sin el miedo a que me vean cómo soy realmente, sin la responsabilidad que ello acarrea, sin la revolución que ello desencadena. Como los trovadores, yo me limito a adorar internamente la imagen del Amado, triste y resguardado, melancólico y taciturno, hasta que la falta de aire me asfixie y me atreva, por fin, a conocerme y reconocerme de verdad.
En mis clases de literatura medieval, yo siempre recomiendo a los estudiantes leer a los trovadores cuando estén atravesando un amor no correspondido. Sólo desde ese estado psicológico tan particular podemos comprender el genio expresivo de estos poetas medievales, las metáforas que utilizan y las advertencias que nos hacen desde el pasado. A través de sus versos, los trovadores reflexionan sobre los peligros de la idealización extrema, sobre el regodeo narcisista, sobre ese uróboro que nos constriñe suavemente y nos hace perdernos en un laberinto de espejos amorosos. Con todo, las dobleces no cesan. Es verdad que terminé rechazando al único chico que quiso corresponderme porque sentía que no me gustaba lo suficiente. También es verdad que, si ahora picaran a la puerta X., J. D., S. o incluso A., yo me lanzaría a sus brazos sin dudarlo. ¿De verdad soy tan reticente? ¿O simplemente no he encontrado a la persona correcta? No sé si Bernart de Ventadorn se hacía esta clase de preguntas, pero, aun así, puedo imaginármelo perfectamente un día de primavera, saliendo a cazar con su padre por los bosques que rodean el castillo, amilanado, silencioso, aún demasiado joven, siguiendo el vuelo de un pájaro que se remonta hacia el astro rey y que, al alzar la mirada, se deja caer dulcemente, deslumbrado por los rayos del sol.
Así me siento yo cada vez que te miro.
Ah, creía saber tanto de amor…

Hola Abel!
No sabia que estaves fent classes de literatura medieval, que guai. El text m'ha recordat a les classes de literatura de batxillerat, com les enyoro. Em reconforta molt saber que no sóc la única que pensa sempre en amors completament idealitzats i que els poetes medievals ja estaven completament desficiats amb el mateix tema.
Me ha gustado aprender un poco sobre literatura medieval al leer tu post Abel. La verdad es que pensándolo un poco, mis experiencias amorosas también han sido bastante trovadorescas. Un abrazooo