Ay mis campos espaciosos
Sobre conversaciones nocturnas
Samar (سمر) es uno de los muchos conceptos árabes que están cargados de sensualidad. Tan sólo significa ‘conversar por la noche’, pero las palabras emitidas en voz queda, entre sedas y velos y la penumbra de una alcoba bañada por la luz de la luna pueden estimular a los amantes casi tanto como el beso más ardiente, como el lametón más parsimonioso o como la mirada más dulce y más enturbiada por el deseo. Así lo describe Fatema Mernissi, autora de El Harén en Occidente:
Entre las sombras de las noches con luna, los amantes viajan a su origen cósmico y se funden con el firmamento iluminado. Entre las sombras de las noches con luna, el diálogo entre un hombre y una mujer, tan dificultoso durante las horas del día, se convierte en algo posible. La confianza entre los dos sexos tiene más posibilidades de florecer cuando se desvanece el orden diurno, propenso a los conflictos. Con esta esperanza es con la que se cultiva el «Samar». La Sherezade oriental representa ese anhelo escurridizo y sin embargo tan intenso. Tan poderoso es el hechizo de su frágil llamada al diálogo que, en medio de la noche serena, nadie se fijaría en su aspecto físico.
Con estas palabras, Mernissi denuncia la erotización banal del personaje de Sherezade en la cultura occidental, pues, en Las mil y una noches, la princesa no se comporta como la odalisca semidesnuda que imaginan los artistas europeos, sino como una erudita en toda regla, versada en Teología, Gramática e Historia, cuyos cuentos suponen un desafío intelectual para el bárbaro rey, en lugar de una ladina (pero eventualmente vacía) maniobra de seducción. A través de sus historias encadenadas, Sherezade instruye al rey en valores como la justicia, la piedad y la medianía, de modo que, a la luz del último amanecer, su marido renuncia al loco propósito de seguir matando mujeres y, bien al contrario, reconoce a Sherezade como su reina, maestra y señora. Así pues, el restablecimiento de la harmonía, tan apreciado por la literatura antigua, se funda en una reconciliación entre sexos donde el erotismo tiene un papel muy secundario, aunque no inexistente. Sherezade y el rey, después de todo, comparten noche tras noche el lecho nupcial, y los cuentos se desenvuelven entre la voluptuosidad de los cojines y la trémula intimidad de sus carnes en reposo. Sobre estas sensaciones, sin embargo, se cierne una imagen cargada de terror y opresión: la amenaza del rey de matar a Sherezade si su cuento no le place. Por eso, a diferencia de los artistas, yo prefiero imaginar a la princesa a media mañana, después de un sueño intranquilo, aliviada por haber superado la prueba una noche más, pero angustiada (hoy diríamos ansiosa) ante la acuciante necesidad de hallar una nueva historia con la que apaciguar la ira del rey. Me parece una imagen más humana, sí, pero también mucho más dolorosa.
Por supuesto, si mis amaneceres en compañía han sido pocos e insatisfactorios, mis conversaciones nocturnas con chicos lo han sido aún más. De hecho, solamente puedo sacar a colación un recuerdo en ese sentido, una sola conversación que tuvo lugar en verano de 2022, en la segunda noche que pasé en casa de F. Tras amarnos toda la tarde en la cama, F. y yo cenamos pasta en su terraza, desde donde se divisaba el perfil de las montañas y la calle de una anónima urbanización cuyo espeso silencio sólo quedaba atenuado por el parpadeo de una farola y el lejanísimo ladrido de un perro. Me sentía tan apartado de la ciudad, tan lejos de mi propia vida… Una vida de anhelos, ansias y estrecheces que yo (erróneamente) creía que estaba a punto de cambiar. Recuerdo que cenamos en el mismo extremo de la mesa, uno al lado del otro, mientras él me iba acariciando la espalda desnuda con la vista fija en el horizonte, con ese aire de quietud que tanto le caracterizaba. F. siempre estaba tocándome y acariciándome, aunque la situación no fuera sexual, aunque estuviéramos en un lugar público, aunque yo no me mostrase especialmente encantador o ingenioso o lascivo o sugerente. El quid de la cuestión, lo verdaderamente fascinante, era que yo no tenía que hacer nada para merecer sus caricias: él me tocaba simplemente porque le gustaba sentir mi piel entre sus dedos. Sin negociaciones ni seducciones. Sin caídas de ojos, contrasentidos o silencios invitantes. Sin nada más que yo mismo.
Tras unos segundos de silencio, F. me preguntó qué era lo que más odiaba de mi personalidad. Yo dejé los cubiertos sobre el plato, lo miré a los ojos y dije en voz baja: Mi cobardía. Él, sin embargo, me acarició suavemente la mejilla, y yo me estremecí.
Aún ahora, cuando rememoro esa escena, no puedo evitar que se me humedezcan los ojos.
Aparte de este episodio, lo único que puedo aducir al respecto son los vanos susurros de mi imaginación. En mi mente, tras los mimos silenciosos y el sopor erótico, él y yo nos separamos un poco, todavía abrazados, apenas unos centímetros bastan para podernos mirar a la cara. La luz de la mesilla de noche, insuficiente y penumbrosa, recorre suavemente los pliegues de las sábanas y los contornos opacos de nuestros cuerpos desnudos. Más allá, tras la cortina de la ventana, se alcanzan a oír los ruidos nocturnos de la ciudad y tal vez una lejana melodía de piano. Después, me imagino que nos contamos historias, entre besos, fulgores y risas bajas. Yo tengo muy claro qué le narraría: el Lai de la Madreselva, la leyenda china del arriero y la tejedora, el mito egipcio de la Creación y ese cuento de Borges sobre los templos circulares. Luego le cantaría el canto nupcial sefardí que aparece en La Novia, en la escena del baile alrededor de la hoguera:
Dice la nuestra novia cómo se llama la cabeza. No se llama cabeza, sino campos espaciosos, ay mis campos espaciosos, pase la novia y bese al novio.
Y entonces un beso en la cabeza.
Dice la nuestra novia, cómo se llama el cabello. No se llama cabello, sino seda de labrar, ay mi seda de labrar, ay mis campos espaciosos, pase la novia y bese al novio.
Y entonces un beso en el cabello, y luego en la frente, y luego en las cejas, y luego en los ojos… Y así hasta llegar a los labios, a la última estrofa de la canción:
Dice la nuestra novia, cómo se llaman los labios. No se llaman labios, sino filos de coral. Ay mis filos de coral, ay mi rosa del rosal, ay mi dátil datilar, ay mis ricos miradores, ay mis cintas del telar, ay mi espada reluciente, ay mi seda de labrar, ay mis campos espaciosos, pase la novia…
… y bese al novio.
Levanto la vista de golpe. Es una de las primeras noches que paso solo en el piso. Se trata de un Samar diferente, sin luna, caricias ni estrellas, sólo un vaso de agua y una libreta roja encima de la mesa del comedor. Al otro lado de la ventana, en el patio de vecinos, las viñetas de la vida ajena resplandecen contra la oscuridad de la noche. Detecto una cena de amigos, una pareja recogiendo la cocina, muchos niños agolpados alrededor del televisor y un hombre solitario, cansado y de barba poblada, que echa una última mirada al exterior antes de correr su cortina. Si antes estas imágenes me inspiraban optimismo y vitalidad, ahora sólo imprimen en mi corazón una profunda melancolía, una vasta e indefinida desesperanza.
Aun así, intento seguir escribiendo. Mis esfuerzos por expulsar a X. de mis ensoñaciones amorosas han fraguado un chico nuevo, un ángel sin rostro, un cuerpo abstracto y vaporoso que apenas soy capaz de abrazar, aun en la soledad de mi propia mente. D., a todo esto, se ha marchado del piso hace un par de horas. Ayer por la noche conversamos brevemente por Grindr, y esta tarde, tras cerciorarme de que mis compañeras se habían marchado y no volverían hasta el lunes, le he avisado de que ya podía venir. El sexo resultante ha sido intenso y muy placentero, pero, como siempre, la complicidad más o menos fingida, los mimos automáticos, la vaga alienación que me invade tras el clímax, todo eso me ha dejado inquieto e igual de deseoso que antes de quedar con él. No sé si volveremos a vernos. Pero, hablando con franqueza, tampoco me importa.
¿Es así como quiero que sea mi vida a partir de ahora? Últimamente me cuesta mucho sentir una conexión real con los chicos que conozco. Antes, cada cita era un universo en sí mismo, un dechado de posibilidades, un torbellino acuciante de ansiedad, pasión, ganas de complacer y millares de escenarios futuros. Ahora todo se desenvuelve con más tranquilidad, pero también con más desapego, con más cansancio, con menos idea de lo que busco, lo que espero y lo que deseo. Y no es sólo por la acumulación de desengaños amorosos, por el fantasma inalcanzable de X. o porque me haya vuelto más exigente o más adulto, es algo más, o tal vez algo menos. Pero esta indefinición contrasta vivamente con mis ensoñaciones románticas, con la rumiación constante de las historias pasadas, con mis ansias de Eros y Deimos y Fobos y Tánatos. ¿A quién estoy cantando Dice la nuestra novia? ¿A quién quiero cantársela, en realidad? ¿Es sólo una imagen literaria, una consolación del espíritu? ¿Una inercia? ¿Un anhelo?
No lo sé. Creo que estoy hecho un lío. Por su fuera poco, la vida en general también se me presenta igual de desdibujada e inasible. Las oportunidades, que la semana pasada florecían en mi mente con tanta profusión, se han vuelto invisibles a medida que se han ido ramificando en el océano informe de los días. Supongo que yo sólo quiero hacer cosas, conocer gente, experimentar, saltar de pantalla. Pero no siento que esté haciendo nada de eso. Antes, en casa de mis padres, mi identidad era tranquilizadoramente palmaria: yo era el hijo mayor que iba y venía, que hacía la tesis en su cuarto, que quedaba con sus amigas y que seguía yendo al centro cultural los fines de semana. Esa identidad me aprisionaba, pero también me protegía de esta libertad, de esta libertad tan abrumadora que, paradójicamente, me paraliza como la más inasumible de las amenazas, como la condena a muerte de un rey.
Vaig a sopar amb els de la feina, dice A. Vaig a fer escalada amb una amiga, dice P. Vaig a la platja, vaig a un concert, surto de festa; tornaré tard. Y yo, y yo… yo no sé quién soy.
Menudo Samar tan poco fructífero. Debería empezar a preparar la cena y dejarme de tonterías. En esta velada nocturna no ha habido reconciliación, ni conocimiento, ni siquiera la suave suspensión del orden diurno, sólo un discurso autorreferencial, autosuficiente y quizás ligeramente autocompasivo. Auto, auto, auto. Yo, yo, yo. No sé. A lo mejor me siento más reticente al amor porque todavía no me conozco a mí mismo en esta nueva etapa. ¿Y cómo voy a dejar que me conozca él, entonces?
Ah… Creo que mañana pasaré el día en casa de mis padres.

Abel me ha encantado tu texto. Y me he sentido identificada de lo que viví en otras fases de la vida. Gracias por poner palabras a algo que yo en su día no supe. Qué difícil es escucharnos y aceptarnos en todas nuestras fases. Qué difícil aceptar no sentir "lo que las expectativas sociales nos imponen". A veces todos estamos más perdidos de lo que parecemos aunque los disfraces que permiten las grandes ciudades no nos permitan verlo. Un abrazo 😘
La libertad a veces asusta. Pero es bonito verse envuelto de dudas y jugar a resolverlas. Un abrazo enorme