Aún no está la palabra en mi lengua
Sobre quedarse callado
Un caballero de pálido rostro alza la mirada hacia el cielo y observa, en la cima de la montaña, una torre resplandeciente iluminada por los blancos rayos del amanecer. Se trata de Corbenich, el castillo del Santo Grial, aunque él todavía no lo sabe. Aun así, cansado y pesaroso, el caballero conduce su montura a través de umbrías florestas y extrañas abadías en ruinas hasta alcanzar, varios días después, la suntuosa barbacana del castillo, que está decorada con imágenes esculpidas de antiguas batallas y poderosos reyes ya olvidados. Allí, varios sirvientes invisibles dan la bienvenida al caballero, lo atienden, lo acicalan gentilmente y lo conducen en presencia del Rey Pescador, un guerrero moribundo que, desde hace miles de años, está postrado en un camastro de sedas y oro de Arabia, atormentado por varias llagas incurables que supuran una sangre brillantísima, una sangre que es roja como el vino de la Eucaristía y dorada como el pendón de guerra de los reyes de Jerusalén. A pesar de su dolorosa enfermedad, el señor del castillo aún tiene fuerzas para alzar una mano de entre las sábanas ensangrentadas y saludar cortésmente al misterioso caballero, al que pide que tome asiento a su diestra, junto al lecho regio. Sus suaves gemidos reverberan en los muros de piedra del oscuro salón del trono, que es vasto y tenebroso como una catedral sin consagrar. En cuanto el caballero ocupa el lugar designado, empieza a pasar ante ellos una procesión de doncellas fantasmagóricas, bellísimas, cubiertas de velos blancos y vaporosas faldas verdeazuladas. La primera porta en alto una lanza que sangra del extremo puntiagudo; la segunda, un plato de zafiros y esmeraldas; la tercera, un suntuoso Grial de oro. El caballero, atribulado ante la prodigiosa escena, no osa formular preguntas por temor a ser considerado rústico o descortés. Por su parte, el Rey Pescador derrama copiosas lágrimas mientras contempla los objetos sagrados siendo transportados ante él. De esta guisa, la procesión llega al final de la sala y desaparece sin dejar rastro.
Tras una noche de sueño reparador, el caballero despierta para descubrir, desconcertado, que el castillo está completamente desierto. Durante horas, atraviesa enormes salones en penumbra y recorre galerías, pasadizos y escalinatas, pero, a su paso, el caballero sólo encuentra silencio, polvo y la yerta luz del amanecer. Muchos años más tarde, en las ruinosas oquedades de un castillo muy diferente, Perceval conocerá el sentido de su aventura y asumirá el gravoso peso de la culpa, pues, si hubiera preguntado por qué sangra la lanza y a quién sirve el Grial, habría curado las llagas del Rey Pescador y habría restituido el reino en su antigua gloria. Como hacen explícito todas las fuentes medievales, el silencio conturbado de Perceval no es más que una manifestación física del pecado que emponzoña su alma, de ese estado anímico espeso, embrollado e impreciso que los teólogos denominaban desidia o, más generalmente, vivir de espaldas a Dios. El silencio ante lo sagrado, pues, deviene una señal de enflaquecimiento espiritual, un síntoma de que nos hemos perdido en el laberinto inextricable de la consciencia. Con tal cruz en su corazón, Perceval debe partir de nuevo, dispuesto a redimirse, confiando en ese verso del Salmo 139: Quia non est sermo in lingua mea, ecce, Domine, tu cognovisti omnia, es decir, ‘Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh, Señor, que tú la sabes toda’.
Como Perceval, yo también me he quedado en silencio cuando debería haber hablado. Los primeros ejemplos que me vienen a la cabeza son los numerosos episodios de acoso escolar que sufrí en la adolescencia. Hasta hace muy poco, lo que más me perturbaba de esos recuerdos no eran los insultos o las burlas que mis compañeros me dedicaban desde lejos (esa forma de imitar mis gestos amanerados, o de señalarme sus entrepiernas con ademán jocoso), sino mi absoluta incapacidad para defenderme, para protestar o para, simplemente, romper el silencio de mis labios. Ante sus sonrisas huecas, ante sus ojos teñidos de negro, yo me quedaba dolorosamente paralizado, sintiendo que el suelo temblaba bajo mis pies, que la intensidad de la humillación tañía el mundo con cruentos temblores rojos o violetas. En esos instantes, todo mi cuerpo parecía abultar de repente, todo en mí se volvía excesivo, risible, delatador, de modo que restaba inmóvil, abriendo y cerrando repetidas veces las manos. Eso era lo único que hacía mientras aguantaba sus burlas: abrir y cerrar las manos, abrir y cerrar las manos, un gesto impotente, bisoño, maquinal. Luego, en la soledad de mi habitación, me acurrucaba en una esquina de mi cama y me ahogaba en hondas y férreas culpabilidades, bien reprochándome lo que yo era, o bien lo que yo no lograba ser. Después de todo, la cobardía no era más que otra forma de ignorancia, un miedo crudo a creer en uno mismo, a asumir la propia dignidad con todas sus consecuencias, a vivir perseverando en el ser, como decía esa máxima de Spinoza. Pero el silencio de mi cuarto replicaba el silencio de mi propio corazón, esas palabras depositadas en el fondo de la conciencia como el magma petrificado de un volcán inactivo. Así vivía yo entonces, y así moría cada día: de espaldas a mi propia verdad.
Uno podría pensar que mis experiencias con el acoso escolar me hacían particularmente sensible a las injusticias que percibía a mi alrededor, pero me temo que no fue así. Prueba de ello es el lejano y casi desdibujado recuerdo de S., un chico marroquí que llegó al colegio en segundo de la ESO. S. era bastante feúcho y desgarbado, tenía una mandíbula muy prominente y hablaba castellano con un ligero acento árabe (de catalán apenas sabía unas cuantas palabras). Mis compañeros se burlaban sistemáticamente de su apellido, de su aparatosa ortodoncia, de sus tartamudeos al intervenir en clase e incluso de su madre, que a veces venía a buscarlo al colegio con la cabeza cubierta por un pañuelo. Yo nunca me sumé a las burlas explícitamente, pero sí que recuerdo fingir que su presencia me molestaba. Una vez, de hecho, nuestra tutora nos emparejó para hacer un trabajo de Naturales sobre las partes de la célula, y yo estuve toda la hora resoplando, poniendo los ojos en blanco, ignorando sus comentarios y tratando de captar la mirada cómplice de alguno de mis compañeros. Hacia el final de la clase, S. se hartó y me preguntó directamente: ¿Qué te pasa conmigo? No te he hecho nada. Yo me encogí de hombros, cobardica hasta el final, silencioso y avergonzado, patéticamente expuesto con todas mis contradicciones. Creo que, después de eso, no volví a hablar nunca más con él.
Otro día, recuerdo que estaba en el patio del colegio esperando a que mi madre viniera a recogerme. Me hallaba sumido en el caos intraducible de la última hora, rodeado de niños y adolescentes, mochilas, bocadillos de la merienda, gritos de euforia por el fin de las clases y conversaciones vehementes entre padres y profesores. En medio de la revoltosa multitud, distinguí un grupo de chicos que formaban parte del equipo de fútbol del colegio. Eran dos o tres años más pequeños que yo y ya estaban vestidos con el uniforme de deporte, que era azul oscuro con franjas amarillas, una combinación cromática que, todavía hoy, evito activamente a la hora de elegir mi vestuario. Todos los chicos estaban agolpados alrededor del más alto de todos, que era rubio, de piel sonrosada y ojos grandes y vulnerables. Recuerdo que le daban empujones, que le hablaban muy cerca del rostro, que hacían amago de golpearlo, de hacerle la zancadilla, incluso de bajarle los pantalones. Sus crueles risotadas resonaban en mis oídos como si estuvieran hablándome directamente a mí: Demuéstranos que no eres maricón, decían al unísono. Venga, ¿eres un hombre o no? ¿Eres un hombre o no? El chico alto trataba de esquivar los empujones de sus compañeros, girando bruscamente el cuerpo en todas direcciones, pero no se atrevía a responder a sus preguntas. Se quedaba en silencio, con una sonrisa vacilante en los labios, contrahecho y sudoroso, reprimiendo muy visiblemente las ganas de llorar. Yo lo observé todo desde la lejanía, abriendo y cerrando las manos, sabiendo que, si intervenía, seguramente lo dejarían en paz.
En mi vida adulta, las injusticias que presencio también suelen dejarme enmudecido. Ahora no hablo del acoso, sino de la pobreza, que en el centro de Barcelona es cada vez más visible y más difícil de ignorar. Cada día, durante mis paseos ajetreados por el Born, el Gòtic o el Eixample, distingo entre las multitudes de turistas a mujeres indigentes con bebés a la espalda, a alcohólicos prematuramente envejecidos, a personas con deformidades o amputaciones, a ancianas cargadas con iconos religiosos. Suelen pedir limosna en las esquinas de los edificios, frente a las iglesias o en las estaciones de metro más concurridas. De noche, duermen entre mantas sucias y cartones precariamente colocados en las entradas de los párquines, en los cajeros de los bancos, en parques y en solares vacíos, a veces en simples zanjas de tierra excavadas entre las obras de algún edificio a medio construir. Yo siempre detengo la vista en ellos, pero enseguida la aparto precipitadamente, sintiendo una difusa punzada de angustia. Tal vez temo que, si se dan cuenta de que yo los miro, entonces se acercarán a mí y me interpelarán directamente. Otras veces, para calmar mi conciencia, presto atención a las estúpidas paranoias psicosociales que todos hemos oído alguna vez, como que en realidad no viven en la calle, que sólo quieren aprovecharse de tu buena voluntad, que trabajan para mafias o bandas criminales, que la caridad no debería ser necesaria en un Estado del Bienestar, que yo no puedo hacer nada, que suficiente tengo ya con lo mío. Pero lo cierto es que me quedo en silencio cuando piden dinero o cuando tratan de vender flores, caramelos o pañuelos de papel entre los pasajeros del metro. También mantengo la vista baja cuando pronuncian sus discursos histriónicos, cuando muestran sus pequeñas mercancías y cuando se acercan a mí envueltos en una nube de desgracia que, tal vez, está más cerca de mi propia vida de lo que yo estoy dispuesto a aceptar.
Quizás, el recuerdo más vergonzoso en ese sentido tuvo lugar una tarde de principios de verano en la que yo volvía en tren de la universidad. Cerca de donde yo estaba sentado, había una mujer joven que lloraba suavemente. Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared del vagón y la cabeza entre las rodillas. A su lado, había una botella de alcohol medio vacía. Al observarla más detenidamente, vi que tenía varios cortes en la cara y en los brazos, la ropa muy sucia y un paquete de tabaco en la falda. Sus sollozos, en todo caso, se oían claramente en el ambiente frío y alienado del tren, pero, a pesar de la evidente tensión que se respiraba, ninguno de nosotros se atrevió a atender su llamada de socorro. Al final, tras varias estaciones en completo silencio, una mujer se levantó y se acercó a ella preguntándole qué le ocurría. La chica, entre sollozos, le contestó que su novio la había pegado, que no tenía papeles ni dinero y que no sabía adónde ir. La mujer sugirió llamar a la policía, a lo que ella aceptó no sin antes redoblar la intensidad de sus sollozos. Entonces, la mujer se incorporó de nuevo y preguntó en voz alta si alguien podía dejarle un móvil, porque el suyo estaba sin batería. Pero nadie contestó. Éramos muy pocos pasajeros en el vagón, tal vez cinco o seis, y ninguno quería realmente sostener aquella situación. Ninguno quería hacerse responsable. ¿Hola?, insistió la mujer. Yo flipo, bufó mientras negaba con la cabeza. Al cabo de unos cuantos segundos, otra mujer se levantó, pidió disculpas y sacó un Samsung del bolso. En la siguiente parada, las tres se apearon del vagón, y entonces todos pudimos respirar aliviados. Aliviados, sí: de la carga de sentirnos malas personas.
Recuerdo muy bien que, durante toda la escena, sentí un apretado nudo en la tripa, una mezcla de culpabilidad y aprensión que se disipó en cuanto las mujeres se bajaron del tren. Lo cierto es que estuve todo el rato deseando fervientemente que alguien hiciera algo, e incluso me visualicé a mí mismo ayudando a la chica y explicándoselo después a mis padres y a mis amigas de clase. Pero al final no hice nada, aunque una parte de mí pensó que, bueno, al menos me lo había planteado, así que algo contaba.
Era mentira, por supuesto.
Con el paso de los años, he aprendido que no puedo exigir que un chico adolescente defienda a los demás cuando él todavía no puede defenderse a sí mismo. Aun así, ahora que ya soy adulto, tal vez puedo empezar a luchar contra el silencio, contra ese abrir y cerrar de manos que me hiere a mí y que también puede herir a los demás, aunque sea solamente por omisión. En ese sentido, debo reconocer que estoy haciendo ciertos progresos, al menos, en lo concerniente a mi propia vida; al menos, en la pequeñísima e intranscendente esfera amorosa. Ya sabéis que yo siempre he acallado mis apasionamientos más tórridos por miedo a alejar a la otra persona, por miedo a agobiarla o a ser tachado de excesivo, pueril o apegado. Pero esta semana he aprendido a expresar más fluidamente mis sentimientos, por mucho que el otro no quiera conocerlos, por mucho que no quiera formular la pregunta porque, en realidad, ya conoce la respuesta, y esa respuesta le estorba. Por supuesto, mi relación con X. es solamente la última y la más larga de todas estas historias, pues, desde que lo conozco, he tratado de comunicarme con él mediante miradas, respiraciones e incluso dibujos, pero nunca con palabras. Eso también está a punto de cambiar.
Para Perceval, el silencio ante el Grial es una llamada a la búsqueda, a esa quête caballeresca que, ante todo, conduce directamente al interior, al camino del autoconocimiento. En mi caso, me gustaría concluir este soliloquio con una nota esperanzadora, pues, quizás, el silencio de mis labios se está transformando en algo nuevo, algo que rompe mi egocentrismo, mi indefensión aprendida, mi… miedo. Sí, mi miedo, porque el miedo es el mejor compañero del silencio. Ambos van de la mano como Phobos y Deimos, los hijos gemelos del Amor y la Guerra, y ambos sobrevuelan cada uno de mis días, desde que me levanto hasta que me acuesto.
Tal vez ya es hora de hacerles frente.
Y tal vez ya es hora de hallar la palabra en mi lengua.
Aunque Tú ya la conozcas.

Lloré tanto leyéndote. Te mando un abrazo. Me inspiras siempreeee! ♥️♥️♥️
Te desnudas en cada texto. Ojalá poder mostrar como tú haces mi alma gris y timorata, así como mis varoniles muslos. ¡Vaya ingles!