Amado mío (I)
"Sufrimiento es amor"
Noviembre de 2103, Universidad Europea Central
El ayuno es un signo de pureza. Practicado con rigor y convencimiento, el ayuno purga nuestra alma de las tentaciones de la carne y la acerca al estado de limpieza primitiva del que gozaron nuestros Primeros Padres en el Jardín del Edén. Mi mente, entonces, formula la pregunta de forma inevitable: ¿qué comían Adán y Eva durante esa época dorada? Al instante, aparecen ante mí las formas pálidas de sus cuerpos libres de faltas, esos cuerpos secretos y anhelados que se enroscan y se acarician impunemente bajo las tupidas sombras de los árboles. Adán y Eva, en efecto, ríen con suavidad en medio del silencio majestuoso del Paraíso, corren por pendientes mullidas, se zambullen en ríos cristalinos y abren sus bocas a todo tipo de dulzuras, a ese fruto prohibido que se refleja dos veces en sus ojos vacíos y que tímidamente rozan con sus labios, ah, helos ahí, hundiendo los dientes en la pulpa húmeda de los secretos de Dios, con ese jugo tibio que baja por sus gargantas desnudas, hambrientas y vulnerables, todavía inocentes…
Abro los ojos de golpe y me agarro el estómago con las dos manos. En los últimos tres días, mi dieta ha consistido en agua hervida con menta y en las pastillas de paracetamol prescritas por la Regla para atenuar los calambres del abdomen. Como Acólito Intermedio, la Regla me exime de los ejercicios ascéticos más duros y me asigna un pequeño botiquín médico para aliviar los efectos de las mortificaciones. Así es el espíritu de la Nueva Regla: firme como un padre, pero suave como una madre. Yo, desde luego, no sé qué me conviene. Solo debo obedecer.
El reloj digital marca las doce de la noche. Con movimientos lentos, me coloco de rodillas en el suelo de la habitación, levanto los brazos hacia los lados y cierro los ojos, desnudando mi alma en el placer desfallecido de la oración. El dolor de cabeza me martillea las sienes, los brazos me tiemblan por la falta de alimento y mi garganta reseca clama como el Bautista en los yermos de Judea, pero, aun así, me siento desbordado de placer místico, porque estos sufrimientos me acercan aún más a Él. Ah, Dios mío, alabado seas por los siglos de los siglos, porque hoy se hará justicia en Tu nombre. Los cielos y la tierra resplandecen con Tu gloria. Hosanna, hosanna, aleluya. Mi corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti…
—¿Sergio? ¿Sergio?
Me tropiezo inexplicablemente y me doy un golpe en la rodilla con el borde del escritorio. Desorientado por el dolor, avanzo a tientas hasta la cama y busco entre las sábanas deshechas mi holo-móvil.
—Espera, que no te encuentro… —jadeo con la voz tomada. Es la primera vez que hablo en tres días.
—Tranquilo —dice el Amado—. Tu sólo sigue el sonido de mi voz.
—Tus cantos de sirena…
—¿Qué?
Por fin, localizo el dispositivo debajo de la almohada y acciono el sistema de proyección de hologramas. Al instante, el rostro del Amado emerge en medio de la oscuridad emitiendo una suave luz azul. Parece uno de esos gráciles querubines alados que decoran las esquinas de los mosaicos bizantinos. El azul, después de todo, es el color celeste, el color mariano por excelencia, pero azules eran también los ojos deslumbrantes de Lucifer… De cualquier manera, yo observo sin aliento sus rasgos aéreos, que flotan apaciblemente sobre mí e iluminan tenuemente los relieves oscuros de este cuerpo semidesnudo que reposa sobre las sábanas.
—No me mires así. —El Amado aparta la mirada con gesto recatado, pero sé que está conteniendo una sonrisa—. ¿Ya te ha bajado la fiebre? ¿Te encuentras mejor?
—Sí. De hecho, estoy preparándome para partir.
—¿Estás seguro? Tienes muy mal aspecto…
—Estoy preparándome para partir —repito evasivamente—. ¿Cómo va tu investigación?
El Amado desvía nuevamente la vista hacia algo que se encuentra detrás de mí. El gesto revela el adorable alzacuellos clerical que lo identifica como diácono de la antigua Iglesia Vaticana. La cinta blanca se le ha desabrochado, y ello expone a la inclemencia de los elementos una garganta pálida y de apariencia espantosamente delicada. Salta a la vista que está muy poco familiarizado con las opresiones que impone el uniforme sacerdotal.
—Bueno —responde con un deje de ansiedad en la voz—. Creo que los secuaces de los Borgia siguen sospechando de mí. Ayer por la mañana di esquinazo a uno durante la ceremonia de Pentecostés… Pero no importa, no importa. —El Amado sacude las manos por encima de su cabeza, como si intentase espantar pensamientos deprimentes—. Esta tarde tengo una audiencia con el cardenal Della Rovere. Me ha costado mucho ganarme su confianza, pero, con suerte, me revelará la ubicación de la escultura.
—¿Y no hay documentación de la época que puedas consultar?
—Ojalá fuera tan fácil. El Apolo de Beldevere fue expuesto por primera vez al público en 1511, cuando el cardenal ya había sido nombrado pontífice. Pero las circunstancias de su descubrimiento aún están poco claras… Y todas apuntan al cardenal Della Rovere. Oh, monsignore! Che grande piacere!
No puedo evitar que se me escape una carcajada. Su acento es suave y musical, con el toque justo de dulzura. Él es, como dirían mis maestros, una criatura bendecida, a medio camino entre el estado angélico y el estado humano. Es un aliciente, un pábulo… Una tentación. Ya lo advierte el Apóstol: Et non mirum, ipse enim Satanas transfigurat se in angelum lucis.
—Seguro que el cardenal caerá rendido ante tus encantos —afirmo con ímpetu—. Por cierto, se te ha desabrochado el alzacuellos. Sé que la Roma renacentista puede ser sofocante, pero eso no te da excusas para ir provocando al personal.
—¡Sergio! —El Amado se recoloca el alzacuellos con gestos rápidos, pero en sus labios se asoma una sonrisa pícara—. Yo no puedo provocar a nadie. O, al menos, no a quien a mí me gustaría… Al fin y al cabo, sólo soy un humilde diácono que busca servir a Dios y a la Iglesia.
—Un diácono de incógnito —me apresuro a puntualizar—. Que no se te suba a la cabeza.
—Tranquilo. El ascetismo me atrae desde un punto de vista puramente estético. Sé que los votos sacerdotales no están hechos para mí… —El Amado se ruboriza levemente. Parece sorprendido de su propio atrevimiento—. Bueno, te tengo que dejar. Ya oigo el redoblar de campanas.
—I hear Jerusalem bells are ringing…
—¿Qué?
—Nada.
—¿Seguro que estás bien? ¿No deberías descansar un poco más antes de partir?
—Estoy bien —respondo con firmeza—. Venga, ¡vete! Arrivederci! Esa escultura no se estudiará sola.
—Vale, vale… Arrivederci, Sergio.
El rostro del Amado desaparece tras un último destello azulado y yo me incorporo del lecho extrañamente estremecido. Sé que la despedida ha sido abrupta e inclemente, y sé que mi hermetismo lo decepciona. Pero es vital mantenerlo al margen de mis investigaciones. Solo así puedo proteger las exultantes dádivas de la Obra.
Abro la pequeña nevera de mi apartamento y saco el cuenco de arroz hervido con manos temblorosas. Tras una rápida oración de gratitud, destapo el plástico que envuelve el cuenco y como el arroz con gestos parsimoniosos, porque la contención de los instintos físicos debe prevalecer sobre cualquier otro deseo, incluso si estamos al borde de la inanición. Los sufrimientos, después de todo, son un tributo a Su sacrificio. Ya lo dicen las letanías: Sufrimiento es amor.
Sufrimiento es amor.
Sufrimiento es amor.
Suspiro tenuemente. Los viajes en el tiempo llegaron casi a la par que el nuevo siglo, así que, por el momento, el Gobierno Mundial sólo los autoriza por motivos académicos o militares. Se trata de una tecnología experimental que, en principio, garantiza hasta setenta y dos horas ex tempore sin apenas efectos secundarios, a excepción de una enigmática vibración en el lóbulo occipital que se suele desvanecer al cabo de dos o tres días. Como todo el mundo sabe, los dispositivos de materialización altercrónica (denominados popularmente Cronópteros) son desarrollados de forma exclusiva en el CERN de Ginebra, que ostenta el monopolio absoluto sobre su producción y comercialización, siempre bajo el sello omnímodo del Gobierno Mundial. Así pues, con el objetivo de acceder a un Cronóptero autorizado, la Obra me ordenó infiltrarme en el Doctorado de Historia de Arte de la UEC, una empresa que resultó ser harto sencilla. Mi supervisor, el Dr. Johannes Cingolani, es un decadente postestructuralista que todavía cita a Panofsky y afirma sin ironía que Winckelmann era «homosexual». Su texto filosófico preferido es De lo anal al ideal, una conferencia dictada por Lacan en el marco de los seminarios sobre psicoanálisis que impartió durante el curso 1972-1973 en la Escuela Normal Superior de París. El Dr. Cingolani tiene el texto de la conferencia imprimido y enmarcado en la pared de su cubículo, circunstancia que, por sí sola, ya revela la naturaleza aviesa de sus inclinaciones. Desde luego, se mostró obscenamente entusiasmado por el tema de tesis que le propuse: el desarrollo iconográfico del martirio de san Sebastián en el Barroco temprano. Aun así, han hecho falta dos años de zalamerías para que el profesor autorizase mi Solicitud de Materialización Altercrónica. Tal y como expuse en el informe, la crítica todavía no ha logrado precisar cómo se desarrollaron los circuitos de influencia iconográfica entre los caravaggistas de la primera mitad del Seicento. En relación al tema de san Sebastián, demostré que la documentación conservada no permite realizar un listado exhaustivo de las obras, ni tampoco identificar a los comitentes o determinar con seguridad la cronología. Es cierto que la Comisión Académica me afeó algunas imprecisiones bibliográficas y una bochornosa errata en la página 19 de mi Solicitud, pero, al final, tras superar incontables trámites burocráticos y aguantar algunos comentarios fuera de lugar por parte de Cingolani, logré obtener el ansiado Cronóptero, en cuya tapa puede leerse la siguiente inscripción: «ONLY FOR ACADEMIC USES». Por lo demás, se trata de un aparato muy sencillo, casi más pequeño que mi holo-móvil. Ahora mismo, lo tengo cargándose encima de mi mesilla de noche, junto al paquete de pañuelos y mi ejemplar de la Biblia Vulgata.
Tras acabarme el cuenco de arroz y colocarlo en la pica, abro el armario del apartamento y empiezo a vestirme parsimoniosamente. Siguiendo las directrices de la Regla, he ocultado el espejo interior del armario con una tela oscura, y he bordado sobre ella el Hexameron, el Tratado de los Seis Días, el texto fundacional de la Obra. Mientras me visto y me preparo, recito en voz baja mis pasajes favoritos: Redemptio nobis offertur eo sensu quod spes data est nobis… Unum dumtaxat ad extremum conquirimus: beatam vitam, vitam quæ simpliciter est vita, est simpliciter felicitas… En los medios de comunicación (tras el veto de las redes sociales en 2075, el periódico vuelve a ser el principal fuente de información de la ciudadanía), la Obra aparece retratada como una simple organización terrorista de fanáticos cristianos criptotestamentarios. No obstante, nuestras ambiciones van mucho más allá de poner dos o tres bombas al año en alguna estepa olvidada del centro del continente. También nuestras influencias y recursos son mucho mayores de los que imagina el público general, y no digamos ya los petulantes magistrados del Gobierno Mundial. Nuestro propósito, ni más ni menos, es la completa redención espiritual de la humanidad. A través de las ciudades y los siglos, nuestras legiones purifican las almas, rectifican el corrupto orden social y preparan el mundo para la inminente Parusía. Y en este Novus Ordo, naturalmente, el arte no tiene cabida. El Éxodo se muestra inconfundible en este punto: Non facies tibi sculptile, neque omnem similitudinem quæ est in cælo desuper, et quæ in terra deorsum, nec eorum quæ sunt in aquis sub terra. A pesar de las desviadas interpretaciones que proponen los exegetas católicos, es evidente que la representación artística es una ofensa a ojos del Señor. Toda criatura debe alabarlo a Él y únicamente a Él en toda su gloria eterna. El resto es pura vanidad: vanitas vanitatum, como dice el Eclesiastés. Porque así es el pensamiento del auténtico creyente: unívoco y totalizador. Las categorías mentales que empleamos definen la realidad sin fisuras, sin excepciones ni matices. Todo cae ante el peso de la Palabra, pues la Palabra todo lo engloba y todo lo acalla. Ite missa est, y no hay nada más que hablar.
Esta firmeza de espíritu es fomentada desde los primeros estadios de nuestra educación como Acólitos. Todas las acciones van encaminadas a este mismo objetivo: el sometimiento absoluto a la Regla, las oraciones recitadas antes y después de cada acontecimiento diario, las largas horas de contrición en la rigurosa soledad de nuestras celdas, las puntuales correcciones físicas a manos de los maestros, el silencio en las comidas, la tenue amenaza del escarnio público, el tembloroso deseo reprimido, el místico ahogo, la perenne agonía. Levantarse, sentarse, genuflexionarse. Todos a la vez, en monstruosa y catecúmena sincronía.
Nadie podría haber deseado jamás una infancia más feliz.
La Obra, en todo caso, ha colocado a cinco Acólitos de incógnito en diversos departamentos de la UEC. Nuestro objetivo es acceder al uso reglado de los Cronópteros y corregir así algunos acontecimientos de la historia humana. Se trata de una empresa extremadamente peligrosa: uno no puede, pongamos por caso, matar a Hitler en la cuna, pues ello acarrearía consecuencias impredecibles para el devenir del hombre contemporáneo. Nuestras instrucciones son mucho más prudentes: tan sólo alterar pequeños procesos históricos que originen condiciones más favorables a nuestros intereses en el presente. Un canon eliminado del Concilio Vaticano II. Un conflicto armado que se extiende algunas semanas más. O un encuentro entre dos empresarios multimillonarios que, por una mala sincronización del Google Calendar, no se termina llevando a cabo. Al volver al presente, claro, solamente el Acólito es consciente de que esos hechos sucedieron de forma distinta en la historia original. Es su deber, por tanto, comprobar que la modificación altercrónica ha causado el efecto deseado y escribir un informe al respecto, donde registra el desarrollo de ambos eventos, el original y el modificado.
Bajo esta filosofía, mi objetivo específico es viajar al pasado para destruir obras de arte figurativo y así borrarlas para siempre de la memoria de los hombres, ad maiorem gloriam Dei. La destrucción debe llevarse a cabo in situ, es decir, en el período histórico en el que fue creada, pues sólo así podemos garantizar que desaparezca completamente del registro escrito. Obviamente, estas eliminaciones altercrónicas infringen los protocolos establecidos por el Gobierno Mundial, pues, en general, tenemos prohibido alterar el curso de la historia humana. Nuestro único cometido es observar y documentar. Cualquier otra anomalía se castiga con la pena de muerte, que fue reestablecida hace apenas unos años, en enero de 2099, coincidiendo con el fin del Siglo de las Ansiedades.
Para asegurar el cumplimiento de la ley, el Gobierno Mundial monitoriza todos los movimientos altercrónicos, que quedan registrados in æternum en la memoria interna de cada Cronóptero. Por ello, ante el riesgo de ser descubierto, mi proceder debe ser extremadamente cauteloso: sólo puedo destruir una obra de arte en cada viaje, y sólo aquellas que estén directamente relacionadas con el tema de mi tesis. Sé que, al destruir progresivamente mi objeto de estudio, llegará un momento en el que volveré al presente y yo ya no formaré parte del programa de Doctorado (o ya no habré formado parte, para ser precisos). Pero es un riesgo que estoy dispuesto a asumir. Por supuesto, ninguno de mis compañeros alcanza a imaginar que mis objetivos apuntan mucho más alto que la vana erudición académica. Pero pronto el pie de ellos resbalará, y entonces la verdad será revelada. Tú mismo lo profetizaste: Non est enim occultum, quod non manifestetur. Nec absconditum, quod non cognoscatur, et in palam veniat.
Mas, oh, Señor, ¡confúndelos y mantenlos en las sombras!
¡En las sombras, sí!
¿Sí…?
De repente, mi corazón evoca la figura fantasmagórica del Amado, ocultándose en la penumbra de un callejón renacentista. Por supuesto, mi relación con él no es más que un subterfugio para mantener mi tapadera. ¿Quién podría sospechar de mí cuando a ojos de todo el mundo estoy profundamente enamorado de uno de mis compañeros? Es un ardid perfecto. Totalmente indetectable, incluso ante mí mismo. Por eso lo llamo «el Amado». Es cierto que mis torpes inclinaciones naturales ronronean satisfechas cada vez que pienso en él en esos términos, pero yo me tomo todo este asunto como una prueba, como una tentación a la que voluntariamente me expongo para mortificar mi espíritu y hallar la gracia ante Él. Además, ¿quién puede considerarse verdaderamente puro si no se ha enfrentado nunca a la faz del abismo?
La clave está en mantener la vigilancia. Sé que no puedo confiar en los volubles susurros que anidan en mi corazón. Cada pensamiento, cada uno de ellos debe ser analizado, discriminado y desechado. Como decía San Juan del Desierto, es como separar el trigo de la cizaña, pues de igual manera debemos separar los pensamientos que nos acercan a Dios y los que nos alejan de Él. Sin tregua, sin reposo. No en vano dice el Salmista: et omnes vias meas prævidisti, quia non est sermo in lingua mea…
Estoy especialmente obsesionado con sus labios. Son brillantes y jugosos, de una sensualidad hipnótica. Me pasaba horas enteras admirándolos mientras trabajábamos codo con codo raspando el moho de los viejos manuscritos que custodia la biblioteca del Departamento. Así fue como nos conocimos: con miradas, parpadeos, roces deliberadamente lentos, sonrisas amables y unas pocas bromas susurradas en el silencio amodorrante de la sala de consulta. Y esos dedos voluptuosos, y esos contornos suaves, y esa forma que tenía de apoyar la cabeza en mi hombro, a última hora de la tarde, fingiendo agotamiento o inconsciencia, y aquella vez que me visitó por sorpresa en mi apartamento, y cómo se sentó en un extremo de mi cama, alisando con una mano las arrugas de las sábanas deshechas…
¿Lo ves? ¿Cómo engañarte a Ti, oh, Señor? En el fondo, nada enturbia la pureza de mi soledad, este vaso reino de pesadumbre, perfecto e infinito.
En fin. Estos días, me estoy centrando en el estudio de un Martirio de San Sebastián pintado por Nicolas Régnier, un olvidable seguidor de Caravaggio que estuvo activo en Roma y Venecia durante las décadas centrales del siglo XVII. En teoría, me trasladaré a esa época para verificar la datación de la obra y comprobar su emplazamiento original. Eso es, al menos, lo que he hecho creer al Amado y al maestro Cingolani. Al acercarme al Cronóptero, compruebo que la batería ya se ha cargado completamente, y que el dispositivo desprende, a ratos, un tenue resplandor plateado.
Respiro hondo una última vez. Los tres días de ayuno han concluido. Y la Obra de Dios puede comenzar.

Lo iba leyendo y me parecía una mezcla entre 1984 y el cuento de la criada, pero actualizado. Las referencias al doctorado y la distopía planteada. Bufffff. Me quito el sombrero.
Me encanta!!!!!! qué divertido y qué ganas de asomarme a tu novela de dos mil páginas, increíble Abel, qué cosa tan divertida e interesante. Muy fan de tu capacidad de mezclar teología, historia del arte, psicoanálisis y viajes en el tiempo. Eres un genio Abel.