Altos son los montes
Pensamientos en las cimas del mundo
Halt sunt li pui e li val tenebrus.
Altos son los montes y tenebrosos los valles.
Con este único verso, tan enjuto y lacónico, el poeta de la Chanson de Roland es capaz de evocar de un plumazo el majestuoso escenario de Roncesvalles, donde, según la leyenda, el ejército de Carlomagno sufrió una terrible derrota a manos de las huestes de Marsil, el rey árabe de Zaragoza. Mediante estas pocas palabras, el poeta describe un paisaje de una verticalidad angustiante, de una estrechez que ahoga y oprime, como si los desfiladeros de Roncesvalles ya presagiaran el destino funesto que les espera allí a los caballeros francos. Así es el universo de la épica medieval, un género hiperbólico y estilizado, casi bidimensional, donde la realidad se reduce a unos pocos elementos nítidamente sustantivados que poseen una fortísima carga simbólica: un pino, un monte, las murallas de una fortaleza, la cámara dorada del palacio de Aquisgrán… En este espacio compacto y maniqueo, los personajes épicos se mueven rígidamente, sin posibilidad de cambiar, aprender o simplemente desenvolverse. De hecho, no son personajes en el sentido moderno del término, sino arquetipos ideales de conducta: el guerrero prudente, el guerrero temerario, el emperador, el arzobispo, el traidor… No existe margen de duda en la épica medieval, no existe la ambigüedad, ni el psicologismo, ni las torvas contradicciones que caracterizan la vida humana: Paien unt tort e chrestïens unt dreit. Y punto.
Mi escena favorita de la Chanson de Roland tiene lugar cuando Oliveros, el guerrero juicioso, sube a la cima de un monte y observa desde allí la avanzada del ejército musulmán, todo lanzas en ristre, tambores de guerra y diabólicos pendones al viento que claman por la sangre de los enemigos. La angustia abarca todo el horizonte hasta donde alcanza la vista, y Oliveros, solo y momentáneamente perdido en la cima de la montaña, siente que sus ojos se oscurecen y que las piernas le flaquean. Mientras tanto, el viento se cuela entre las rendijas de su armadura y el imponente cielo de los Pirineos desciende sobre él con una fuerza extraña, como si quisiera engullirlo o sofocarlo en su inmensidad.
Del mismo modo, yo me encuentro observando el perfil de Barcelona desde la colina de los búnkeres, en el barrio de El Carmel. Toda la ciudad se extiende a mis pies, desde la sierra hasta el mar, con su infinita maraña de tejados, ventanas y ansias furiosas que se disipan en el aire frío de las alturas, tan apacible e indiferente. Hasta hace muy pocas décadas, los montes de El Carmel y La Rovira estaban cubiertos de barracas construidas por la población andaluza, extremeña y castellana que emigró a Barcelona después de la Guerra Civil. Aún detecto restos de esa memoria olvidada entre la vegetación que cubre la colina: baldosas de colores, precarias escaleras excavadas directamente en la roca, cimientos desdibujados y un muro derruido junto al bosquecillo de robles. ¿Cómo debían sentirse los habitantes de estos barrios invisibles, sabiéndose marginados de una ciudad que sólo podían contemplar desde la lejanía, prepotente y orgullosa, abierta al mar, pero cerrada a cal y canto para ellos? Ahora, sus sueños y sufrimientos se han convertido en una atracción turística, en una oportunidad para el exhibicionismo, en una experiencia tan impresionante como vacía de significado.
Esta tarde estoy rodeado de grupos de turistas, especialmente asiáticos y nórdicos, que resoplan bajo sus gruesos abrigos tras la inclemente subida por la cuesta de la colina. También hay grupos de adolescentes, una pareja mayor y muchos deportistas con perros. Además, pasada la barandilla de madera, casi al filo de la acantilado, se adivina la figura de una chica sentada de piernas cruzadas. Está escuchando música con los ojos cerrados y la espalda apoyada contra el tronco de un pino. La verdad es que no parece interesada en las vistas de la ciudad, ni tampoco en ninguno de nosotros. Como un buda de otros tiempos, su rostro pálido brilla a la luz del ocaso, que incide con suavidad en sus mejillas desnudas.
Por supuesto, nadie se atreve a molestarla.
Suelto un suspiro tembloroso mientras me anudo la bufanda al cuello. Me siento más solo que nunca, indefinido y minúsculo como Oliveros ante las huestes enemigas. Puede que mi cuerpo esté sobrevolando los altos montes de Barcelona, pero mi mente continúa atrapada allí abajo, en los valles tenebrosos, entre las cinco paredes de mi habitación, donde el pasado domingo por la tarde, tras casi un mes de encuentros, miradas y silencios elocuentes, R. y yo nos besamos.
Halt sunt li pui e la voiz est mult lunge.
Altos son los montes y la voz llega muy lejos…
El abrazo en el umbral fue un tanto superficial. Tras indicarle dónde podía dejar su abrigo y enseñarle brevemente mi nueva habitación, hice pasar a R. al comedor, donde le serví un vaso de agua no sin cierta dificultad (aún me cuesta manejarme con las garrafas de ocho litros que compran mis compañeras). Una vez se hubo terminado el vaso, tomamos asiento con mucha lentitud en la mesa de madera, que de repente se me antojaba amplísima, inhóspita, desierta, como la superficie congelada del lago Baikal. Seguíamos un poco cohibidos, pero, como suele ocurrir en estos casos, la conversación fue desenvolviéndose por sí sola, como si nuestras palabras conformasen un ente independiente, un cómplice metafísico, un amable flujo de energía que nos iba acercando pacientemente con sus vórtices… Al cabo de un rato, R. ladeó la cabeza y dijo que necesitaba un café. Temiendo que propusiera bajar a la calle, yo me ofrecí inmediatamente a prepararle uno en la pequeña cafetera americana que utilizan mis compañeras de piso, lo que implicó un primer cambio de escenario, del comedor a la cocina. Allí, R. se apoyó con cuidado en la encimera y se cruzó de brazos mientras yo trajinaba nerviosamente de aquí para allá. Nunca antes había preparado café en una cafetera americana y no tenía ni idea de cómo funcionaba, pero me dio demasiada vergüenza admitirlo, así que improvisé. Por ende, coloqué el agua en el compartimento erróneo y le serví en la taza un humillante chorrillo grisáceo, ardiente e imbebible, que me hizo ruborizarme y alzar la vista hacia R. con una sonrisa apurada, deshaciéndome en disculpas y explicaciones a destiempo. No pasa nada, no pasa nada, dijo R. entre risas, con un tono tan enternecido como lleno de esperanza.
Sólo eran las cinco de la tarde, y los rayos de sol inundaban la cocina.
Tras conseguir prepararle un café en condiciones, R. y yo volvimos al comedor, tomamos asiento de nuevo y él se llevó la taza a los labios con mucha parsimonia, sonriéndome con aire pícaro. Yo solté una carcajada, ya más relajado, y le aseguré que no había envenenado la bebida. De este modo, el sol se hundió bajo el perfil de los tejados. Aún estuvimos conversando un rato más, pero, cuando por fin se terminó el café, le propuse que volviéramos a mi habitación porque quería enseñarle algo. Él aceptó (o eso creo), se levantó y me siguió sin decir nada.
En el cuarto, le pedí que se sentara en la cama, que se quitara los zapatos, que se pusiera cómodo. Yo me senté a su lado, saqué la kalimba del cajón de la mesilla de noche y le toqué Mo Li Hua, la canción china que él había tarareado entre dientes durante nuestra partida de mahjong. La fina melodía resonó tímidamente entre las paredes blancas, a pesar del ligero temblor que mis dedos anhelantes imprimían a cada nota. Tras acabar la canción, R. me aplaudió con delicadeza, menos impresionado de lo que yo había supuesto: What a beautiful music, comentó con voz queda. Fuera ya estaba oscureciendo, de modo que accioné la estufa y encendí la lámpara de la mesilla, lo que arrancó un breve destello al cristal de sus gafas. Entonces, R. se levantó para coger mi novela de la estantería: Catálogo de enfermedades, Abel Vázquez Márquez, leyó en voz alta con su acento cantarín. Luego volvió a sentarse a mi lado (ostensiblemente más cerca) y empezó a leer el primer capítulo, donde el protagonista, como sabéis, intenta tomar apuntes en clase de Filosofía mientras el Amado le zarandea un hombro, le cuchichea algo al oído y lo llama «tío». R. se atascaba en las subordinadas demasiado largas y perdía con facilidad el hilo de la narración, pero yo iba ilustrándole el significado de todos esos verbos nuevos con mis propias manos y mis propios labios, ya casi encima de él, susurrándole pacientemente al oído: «cuchichear» means this. Whispering in a very intimate way.
A lo que él asentía lentamente, pronunciando la palabra con el mismo tono de voz: cuchichear. Cuchichear. Cuchichear.
La unión de los cuerpos tuvo lugar apenas unos minutos después. Al principio, el sexo fue más lírico que físico, como una línea melódica que hubiese sido separada de su polifonía original. Pero enseguida cogimos el ritmo.
Are you sure about this?, preguntó justo antes de la consumación.
Yo asentí una sola vez, sin apenas entreabrir los párpados. Pero él formuló otra pregunta:
Do you think this will ruin our friendship?
¿Friendship?
¿Friendship?
¡¡¿¿??!!
Yo no supe qué contestar.
Pero mi cuerpo lo hizo por mí.
Tras finalizar la douleur exquise, me vi empujado a invitarlo a cenar, aunque solo me quedaba en la nevera un tupper que me había traído de casa de mis padres el día anterior. Después, en medio de la quietud nocturna del comedor, R. y yo tuvimos lo que P. llama la clàssica conversa íntima post-sopar: yo le hablé de mis inseguridades y él me confesó que a veces se siente solo en esta urbe gigantesca. Luego lo acompañé hasta su casa, nos reímos por el camino y nos despedimos con un abrazo igual de superficial. Esa madrugada, justo antes de irme a dormir, le escribí que había disfrutado mucho y que me sentía muy agradecido por el rato que habíamos pasado juntos. Pero él no me contestó: sólo me reaccionó al mensaje con el emoji estándar de Instagram.
¡¡¿¿??!!
Durante los días siguientes, intenté seguir a rajatabla los consejos de C. y P.: no construirme un relato en base a su silencio, no victimizarme, no idealizarlo en contrapartida y, sobre todo, ser muy consciente de que yo no podía estar enamorado de él, sino sólo de mi ilusión y, si acaso, de la propia narrativa, de la dulce incertidumbre que nos había conducido hasta ese punto. También tuve muy presente sus numerosas faltas: la ocasional ausencia de complicidad, las barreras culturales, los desconciertos y las abulias, incluso el agobio que seguramente me habría hecho sentir si él se hubiese mostrado demasiado deseoso, demasiado convencido. Por supuesto, durante estos extensos procesos de rumiación, mi trabajo con la tesis se redujo a su manifestación más externa y testimonial. Durante esos días, me limité a ocupar mi escritorio en el despacho de doctorandos, abrir el documento del segundo capítulo en el ordenador e ir pasando páginas del manual de Doss-Quinby et al. 2001 a la espera de hallar una referencia útil. Ante este panorama, me vi forzado a llenarme las tardes de actividades para neutralizar el ruido mental. Así pues, el lunes fui solo al cine a ver Arco, el martes asistí a la misa vespertina de Santa Maria del Mar y el miércoles limpié furiosamente las zonas comunes del piso, un rasgo ansioso heredado de mi madre. Pero esa noche, mientras esperaba a que se hirviera el arroz de la cena, cogí el móvil de encima del microondas y le tecleé un par de mensajes cuyo contenido ya había sido rigurosamente planificado de antemano, aunque de cara a la galería prefiero decir que le escribí lo primero que se me pasó por la cabeza.
Y ya está.
Halt sunt li pui e tenebrus e grant.
Altos son los montes y tenebrosos y grandes.
Doy la espalda al perfil de Barcelona y empiezo a descender la colina. ¿A santo de qué tantos lamentos, en realidad? Hace tan solo una semana, escribí que no estaba preparado para encontrar el amor porque todavía no me conocía a mí mismo en esta nueva etapa. Pero basta que alguien me ilusione para que la narrativa cambie bruscamente de dirección: ¿qué estoy esperando?, me pregunto ahora continuamente. ¿Qué estoy buscando? ¿De verdad me gustaba tanto? ¿De verdad… me ha hecho sufrir tanto?
No lo sé.
No lo sé.
No lo sé.
Cuando Oliveros baja del monte, se acerca a su camarada Roldán y le exige que toque el olifante para avisar del inminente ataque enemigo a la vanguardia del ejército imperial. Pero Roldán se deja llevar por su orgullo desmesurado, rechaza gallardamente pedir ayuda y decide enfrentarse él solo a las huestes paganas. De inmediato, los caballeros que forman la retaguardia lo siguen al campo de batalla, donde son masacrados por el ejército de Marsil. De todos ellos, Roldán es el último en morir: muere tendido en la hierba, bajo un pino, con la cabeza en dirección a España, sin dejar nunca de mostrar la faz al enemigo. Entonces, antes de que se le cierren los ojos, levanta un brazo hacia el cielo y ofrece su guante a Dios.
Yo también levanto el brazo al cielo, acariciando con las puntas de los dedos los últimos rayos de sol. Ojalá fuera yo también un personaje épico, un arquetipo íntegro y unívoco, una mirada decidida, un gesto simbólico. Ojalá supiera qué tengo que decir. Qué tengo que enseñar. Qué tengo que representar.
Ah, altos son los montes… y tenebroso es mi corazón.

Para mí sí eres un personaje épico. Tu sinceridad me hace gracia y al final me dejas con el corazón en la mano. Espero que nunca dejes de sentir así.
Me ha enganchado mucho tu texto Abel. Qué puedo decir… me veo muy reflejado con la historia de R. solo puedo decir: espero que no duela mucho. Abrazossss 🫶🏻✨