Alegrémonos pues
Sobre lo que queda
Me he sentado en la grada más alta del aula, como viene siendo habitual desde que empezó el curso. De esta manera, nadie más puede verme. Ante mis ojos, las hileras circulares de asientos van descendiendo concéntricamente hasta la tribuna principal, situada en medio de la sala, donde el profesor dicta la conferencia. Sus palabras llegan hasta aquí arriba retumbando entre grandes ecos, porque, muy por encima de nosotros, se abre una cúpula siniestra y abrumadora, de dimensiones inacabables. El tambor que la sujeta está formado por una serie de ventanales alargados que se intercalan con esculturas de varios santos, profetas y arcángeles, todos representados con una musculatura tosca, largas barbas y túnicas clásicas cayendo en desordenados pliegues por sus piernas. La Universidad Gloriana es así: herreriana y grandilocuente, de proporciones que se pierden en el infinito, como si estuviésemos estudiando en un colosal Escorial del saber. Y aunque es agradable abandonarse a esa impresión, no puedo evitar pensar que todo este despliegue tiene algo de advenedizo, algo artificioso y altanero. Después de todo, la Universidad se fundó hace menos de diez años. ¿No es un poco deshonesto recrear un ambiente historicista con tanta complacencia? ¿O no lo es?
–¿Me permites? –oigo a mi izquierda.
H., el chico que está sentado a mi lado, ladea la cabeza y alarga una mano vacilante hacia mi hoja de apuntes, que orienta hacia él para poder leer mejor su contenido. Luego acerca su rostro a mi hombro, y entonces me copia las últimas palabras que ha pronunciado el profesor.
–Gracias –vuelve a susurrar. Me coloca la hoja en su posición original y se separa de mí.
Por un momento todo se ha detenido. La luz inmóvil que entra por las ventanas de la cúpula. La voz estática y reverberante del profesor. Las esculturas mudas, el silencio del auditorio, las espaldas rectas, la dignidad de la lección magistral.
Sé que si ahora respiro, aunque sea de la forma más lenta y cautelosa posible, todo saltará por los aires.
Los inviernos son suaves en la Ciudad Coronada. El sol envía largos rayos de luz sobre la llanura de césped de la Universidad, se cuelan entre las ramas desnudas de los abedules y por las tardes calientan las ventanas de la biblioteca. Las mañanas son algo húmedas, y hacia mediodía se suele levantar una leve brisa proveniente de las montañas, pero, aparte de eso, uno casi puede flotar en esta atmósfera gentil, como si la naturaleza entera se complaciera a sí misma entre largos suspiros.
Por eso H. desvía continuamente la vista hacia las ventanas de la biblioteca. Normalmente hacemos las traducciones de griego juntos, porque su diccionario, que tomó prestado de la reserva de material del colegio mayor, es terriblemente deficiente.
-No lo entiendo –dice H.–. Si navegan a Corinto tendría que ser acusativo, ¿no te acuerdas? Lugar «a donde».
A H. y a mí nos gusta trabajar en las mesas del tercer piso, en la sección de la biblioteca dedicada a las ciencias exactas. En cuanto nos escuchan hablar, nuestros vecinos paran de deslizar la regla de cálculo y levantan la vista de sus abstrusas tablas numéricas con aire confundido. A veces captamos cómo se dirigen unos a otros silenciosas miradas interrogantes, pero enseguida se encogen de hombros y empuñan de nuevo el compás, tomando una profunda respiración antes de volver a la carga, como si intentaran darse ánimos.
H. lo encuentra muy divertido, y suele comentar sus reacciones entre risas mientras bajamos las escaleras. Aunque una vez uno de nuestros vecinos me sorprendió: en cuanto nos oyó discutir, masculló hoi polloi con fastidio y se cambió de mesa con el disgusto grabado en su cara.
–Pero no puede ser –objeto tras una breve pausa–. No sólo navegan a Corinto, navegan para atacar la ciudad. Necesitamos un dativo… O tal vez un locativo. Así no necesitamos preposición, y tampoco tenemos que preocuparnos por ninguna de las dos formas. En cualquier caso, sería gramaticalmente correcto.
Segregación. Sí mismo. Concepto de sí mismo, lugar a donde, lugar de donde, confuso revuelo de papeles, sus bostezos y su mirada soñolienta y el tibio sol invernal, y esas ganas maravillosas de sonreírle porque sí.
–¿Un locativo arcaico? –inquiere, levantando una ceja–. Tiene sentido, aunque tal vez queda un poco fuera de contexto… No sé.
–Yo tampoco sé –respondo encantado. No olvidaré una sola palabra de griego hasta el día en que muera.
Otras veces, sin embargo, me cuesta tanto respirar que, cuando H. me adelanta un par de pasos en los pasillos, debo detenerme y apoyar una mano en la pared, casi desfallecido, invadido por una extraña ductilidad. Es como si el cuerpo entero se me derritiera, como aquel día en el que su novia caminaba al lado de H. y yo, que los seguía por detrás, intuí bajo su camiseta la goma de su sujetador. En ese momento, me invadió la ominosa certeza de que H. había deslizado la goma por ese hombro, e imaginé que se había reído delicadamente, en la intimidad, en un dormitorio oscuro y remoto, tan lejos de mí. El pensamiento aún me estremece de vez en cuando, y me asalta a cualquier hora del día o de la noche. Yo intento flotar hacia arriba, lejos del temblor y la angustia, pero el paroxismo se me aferra a la garganta y me arrastra de nuevo al interior del tórax. Atrapado, digo fe en la ceguera, pero, aun así, tengo que ponerme un puño en la boca para no llorar de insoportable pero exquisita opresión.
A ella la vamos a buscar casi cada día de la semana. Estudia Farmacopea en otro pabellón, y solemos esperarla en el porche de los laboratorios al anochecer. El edificio está construido en una variedad de neorrománico conmovedoramente austera, así que el porche tiene arcos de medio punto que proyectan largas sombras contra la pared de la fachada. H. y yo nos sentamos en los rincones más oscuros y tranquilos, y allí, con el corazón acelerado, le confieso mi pasión por el arte románico, por esa arquitectura centrípeta, tenebrosa y ascética destinada a albergar un cristianismo apétalo, con esos frescos parpadeantes iluminados por velas, esos altares de piedra de apariencia sacrificial, casi telúrica, que hablan de máculas ancestrales que deben ser restituidas. Y esos Cristos entronizados, esos ángeles bellos y altivos que son la forma más sublime del desprecio de la especie humana por sí misma: la sumisión ante fuerzas cósmicas incomprensibles, la naturaleza oscura y hostil, la sensación de no tener el control sobre tu propia vida, todas esas referencias al futuro acompañadas de un Si Dios quiere agotado y temeroso. Y esa aura de misterio ahora propia de las religiones orientales, que el cristianismo perdió con la modernidad y que ahora ha sustituido por un carácter parroquial muy desestimulante.
-Oh, no, yo tampoco soy religioso –me apresuro a aclarar–. Es una preferencia puramente estética.
H. asiente con cautela en la penumbra del fresco crepúsculo. Creo que lo he asustado. Dios mío, parezco un lunático, pienso desesperado, sobre todo cuando ella sale de los laboratorios, con su expresión risueña, sus pulseras de conciertos y su conversación amable, desenvuelta y normalísima. A su lado, yo debo parecerle un compungido ogro del Medioevo. Ambos se despiden de mí, alegres y resolutos, y bajan la pendiente hacia la Ciudad Coronada, a una de las discotecas de moda. Él, por última vez, me pide que los acompañe.
–Quién sabe –dice entre risas–. Tal vez Baco nos ayuda a desentrañar los misterios del griego antiguo.
–Quizá eso lo haría Dionisio, ¿no? –contesto. Él me guiña un ojo, se acerca más a mí y me da un abrazo de despedida. Te estaba poniendo a prueba, dice en mi oído.
Al instante, la vista se oscurece y la respiración se me interrumpe de pura embriaguez, pero no puedo evitar retraerme ante esta inmensa muestra de familiaridad. No estoy acostumbrado al contacto físico, y mucho menos lo estoy a estos abrazos, en los que intervienen un número de partes del cuerpo hasta ahora inverosímil.
Aun así, me sobreviene el deseo de apoyar la mejilla en su pecho, de apretarlo contra mí, de sentir que está a mi lado, delante de mí, conmigo. En cambio, solo soy capaz de darle un par de torpes palmaditas en la espalda, atontado, tembloroso, consumido por la duda. ¿Cómo debo proceder sin parecer demasiado anhelante ni tampoco demasiado huraño?
Espontaneidad, una cualidad que se me escapa de las manos.
Cuando ambos se van me doy cuenta de que, aparte de H., apenas tengo otros amigos en la Universidad Gloriana. Así que vago por los pasillos cavernosos y las aulas desiertas, y por las ventanas me persigue la monstruosa silueta de la Ciudad Coronada, iluminada por mil y un focos: obeliscos, cenotafios, arcos triunfales, fuentes doradas que alcanzan el cielo, palacios de acero y mármol rojo, colosales bosques de columnas. Parece en su conjunto el hogar de una raza superior, de un pueblo obsesivo y feroz, brutal, radiante, no del todo de este mundo.
Nunca puedo imaginarme a H. en un lugar tan aterrador.
Tras mi paseo, compruebo que en los dormitorios del colegio mayor apenas hay alumnos. Los que quedan se ocultan en las esquinas y rehúyen de las miradas de los demás. La juventud, templo de dádivas y placeres, cobra en nosotros la forma de una vorágine tormentosa, una espiral de ansiedad y de deseos eternamente postergados. ¿Pero qué buscamos, en realidad? ¿La vida en su plenitud, las experiencias inolvidables, el alma gemela, el cómodo silencio que surge tras la carcajada colectiva de un grupo de amigos? Me revuelvo entre las sábanas intentando conjurar esas imágenes, pero son como destellos fugaces, ecos que vienen de lejos, episodios de un mundo mitológico e improbable poblado por H. y otras sombras pálidas.
El arrepentimiento me carcome. Incluso el lema universitario, inscrito encima de la puerta del dormitorio, me reprocha mi falta de valentía, me recuerda todo lo que me estoy perdiendo, todo lo que no soy capaz de hacer. Una admonición ominosa y letal, que tiñe de negro la ya negra noche: Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus.
Este relato es el embrión de «Catálogo de enfermedades», mi primera y única novela. Los que la habéis leído habréis reconocido temas y expresiones recurrentes, además de párrafos enteros que lograron pasar a la versión final. Como veis, en su origen, la historia era más fantasiosa e indefinida, y poseía una pátina de estética «Dark Academia» inspirada por «The Secret History» de Donna Tartt, que fue mi novela preferida durante toda mi adolescencia. Al final, opté por un enfoque más decididamente autobiográfico, con la esperanza (aún no resuelta) de hallar un estilo propio.
Debo confesar que, hace unos días, soñé que el Amado y yo estábamos a la orilla del mar. Entonces, tras farfullar palabras ininteligibles, me abrazaba y me decía al oído: «Necesito perderme en ti». Quiero puntualizar, además, que no veo físicamente al Amado desde 2021, y que no somos amigos desde finales de 2016. ¿Dejaré de esperarlo algún día? ¿Dejaré de buscarlo en cada par de ojos nuevos? ¿Y qué queda de él a estas alturas? ¿Qué queda de H. en el Amado?
¿Qué queda?
¿Qué queda?
¿Qué queda…?

Será que eres el mejor escritor de Substack describiendo escenarios? Y será que, de algún modo, siempre te fijas en lo que ya desde el inicio es inalcanzable para así negarte de algún modo algo que crees que no vas a poder a alcanzar? Mi querido Abel, hay alguien esperando abrazar tanta sensibilidad pero también deberás dejarte querer. Yo te abrazo grande desde aquí.
Necesito leer esa novela 💔