Abel, Abelillo, Abelín
Fragmentos de un hombre a medio hacer
Michel de Montaigne inicia el segundo libro de los Ensayos con una deliciosa reflexión sobre la inconstancia de las acciones humanas. Con esa prudencia moral tan característica, que enmascara una compasión sin límites y un aprecio algo acomodaticio hacia la aurea mediocritas, Montaigne escribe:
Nuestra ordinaria manera de vivir consiste en ir tras las inclinaciones de nuestros instintos; a derecha e izquierda, arriba y abajo, conforme las ocasiones se nos presentan. No pensamos lo que queremos, sino en el instante en que lo queremos, y experimentamos los mismos cambios que el animal que toma el color del lugar en que se le coloca. Lo que en este momento nos proponemos, olvidámoslo en seguida; luego volvemos sobre nuestros pasos, y así todo se reduce a movimiento e inconstancia, pues flotamos entre placeres diversos y nada queremos libremente, absolutamente, constantemente (Libro II, Capítulo I).
Las opiniones de Montaigne sobre la identidad humana, que excede cualquier intento de sistematización filosófica e incluso de retrato artístico, ilustran muy bien el proyecto literario de los Ensayos, una colección miscelánea de citas, ejemplos, historias y digresiones diversas que no buscan agotar un tema ni presentar un discurso retórico cerrado, sino que, simplemente, ilustran los pensamientos erráticos de un escritor francés ya entrado en años, interesado en la filosofía y en la literatura, pero consciente, al mismo tiempo, de que tales disciplinas no pueden ofrecer al individuo una visión totalizadora de la realidad. Montaigne, en definitiva, no proscribe, sino que especula; no exhorta, sino que alienta; no trabaja con categorías preestablecidas, sino que diluye su prosa en un flujo azaroso, natural, casi oral, que se opone directamente a la majestuosa cultura renacentista francesa, de corte clásico y dogmático.
Dentro de este esquema general, sus reflexiones sobre la identidad responden a un vetusto debate filosófico que, desde los tiempos antiguos, se planteaba si el alma humana es sustancia o accidente, necesidad o contingencia, consciencia moral o instinto animal. Cada sistema de pensamiento ha elaborado sus propias categorías, desde la escolástica hasta la psicología moderna, pero la cuestión de base sigue siendo la misma: ¿existe algo que verdaderamente nos defina? ¿Existe algo subyacente, enterrado en lo más profundo de nosotros? ¿Algo que palpite bajo la psicomaquia diaria de vicios y virtudes? ¿Algo más real que un rasgo de carácter, más constante que una opinión, más esencial que una preferencia, un deseo, una visión o un sentimiento herido? A fin de cuentas, ¿qué es el alma humana? ¿Qué es el individuo? ¿Y quién soy yo, que estoy escribiendo estos ostentosos interrogantes como si en el siguiente párrafo fuera a dar con la respuesta?
Confieso que, en general, esta cuestión siempre me ha parecido un tanto bizantina. Todos tenemos una intuición natural de cómo somos y de cómo queremos ser. Aun así, nuestra percepción puede verse empañada en distintos momentos de nuestra vida por la inseguridad, la egolatría, el miedo, los celos o la incertidumbre, y también por el modo en el que nos demás nos perciben o creen percibirnos. La verdad es que, visto de esta manera, la identidad se convierte en un sutil juego de espejos, en un laberinto de perspectivas entrecruzadas donde la atronadora voz interior (tan clara algunas veces, pero tan confusa otras) se pierde entre ecos volubles y suaves ronroneos. Flaubert, después de todo, decía que la conciencia no es más que vanidad regalada. Y Elliot Anderson, de un modo mucho más elocuente, afirmó que We’re all living in each other’s paranoia. Nadie, en definitiva, sabe exactamente qué pensar sobre sí mismo. Nadie sabe a qué atenerse. Nadie sabe en quién confiar. Y entonces el individuo muere, y las voces (sean de quien sean) mueren con él.
Tampoco yo he logrado desentrañar mi particular nadería. Sí, me gusta escribir; sí, soy enamoradizo; sí, le temo al conflicto; sí, soy demasiado sensible a la opinión de los demás, etcétera. Pero, ¿qué hay de constante en todo eso? ¿De verdad soy exactamente la misma persona a lo largo de todo un día, y no digamos ya a lo largo de toda una vida? ¿Soy el mismo mientras ceno con mi familia, mientras redacto una nota a pie de página de la tesis, mientras fantaseo con la mirada límpida y dulcísima de M., mientras suelto tacos rabiosos con mis amigas, mientras imparto clases de literatura medieval o (¡ay de mí!) mientras le lamía el sudor del pecho a J. D.? ¿Cómo es posible que bajo tal cantidad de acciones y emociones esté una misma persona, una misma alma, un mismo yo? ¡Yo, yo, yo! ¡Qué tema tan cansino, por Dios!
Hay, no obstante, tres factores que me hacen idéntico a mí mismo en todos estos escenarios: el cuerpo, la memoria y el nombre. De los dos primeros ya he hablado largo y tendido en mis escritos; no ocurre así con el tercero, Abel, mi bello antropónimo bíblico. Las últimas investigaciones etimológicas lo hacen derivar del hebreo hébel (הֶבֶל), que significa ‘soplo’ o ‘aliento’, o bien del acadio ablu (𒌉𒍑), que significa ‘hijo’. Ambas etimologías casan muy bien con su portador legendario, pues Abel fue el primer hijo en ser llorado por sus padres y el primer ser humano cuyo aliento fue extinguido por la Muerte. El Génesis, por desgracia, no ofrece muchos más detalles sobre su vida: sabemos que fue pastor, que ofreció a Yahvé un sacrificio de carne y que obtuvo por ello el favor divino. Después, su hermano Caín, que era agricultor, lo invitó a pasear por el campo, y acto seguido lo mató por envidia.
Los exégetas abrahámicos han considerado a Abel un arquetipo de la fe, de la generosidad o del martirio. Los estudios bíblicos más recientes, en cambio, interpretan el episodio como un relato simbólico que refleja las tensiones sociales primigenias entre nómadas y sedentarios. Pero nadie conoce la opinión del propio Abel, porque él no dice una sola palabra en toda la Biblia, ni tampoco en los escritos apócrifos. Él sólo pastorea, sacrifica y es sacrificado. Su cuerpo inerte sobre las rodillas de Eva, pálido e hipnótico, representa la primera consecuencia del pecado: la inmolación de la inocencia. Aquí no hay épica, ni grandes discursos, ni prodigios ni misterios, como sí ocurre con otras historias sagradas. Sólo hay silencio.
Se trata de un legado poderoso, pero no demasiado halagüeño. Aun así, he de reconocer que mi nombre me complace enormemente. Yo siempre he sido el único Abel de mi clase, de mi promoción, de mis trabajos y de mi familia. De hecho, sólo he conocido a otro hombre que se llame así: el ex marido de la prima de mi madre, una referencia tan lejana e improbable que, a la fuerza, no sólo no me roba el protagonismo, sino que alimenta aún más mi vanidad. Tampoco quiero decir que mi nombre me haga sentir excepcional, o sí, un poquito. Lo justo. Después de todo, Ana María Matute lo empleó para titular su primera novela, Los Abel, que publicó con tan solo veintiún años. También aparece en Caín de José Saramago y en Balada de Caín de Manuel Vicent, un librito un tanto perturbador que compré en la tienda de objetos de segunda mano del pueblo. En él, el autor convierte el viejo mito en una tórrida relación incestuosa que compromete a los dos personajes adánicos, los cuales, más que hermanos, devienen símbolos de los dos estados del espíritu, la neurosis y la parálisis. Ambas conforman, a lo largo de la novela, una extraña eufonía que todavía hoy me sigue fascinando.
Por otro lado, la brevedad de mi nombre ha dado pie a todo tipo de variantes y diminutivos cariñosos que me han ido acompañando a lo largo de mi vida. Mi amiga C., por ejemplo, me suele llamar Abelo o Doctor Abelo desde que empecé la tesis. El origen del apelativo se encuentra en una lejana clase de Literatura Clásica, en nuestros años de universidad. Mientras el profesor comentaba la lista de lecturas obligatorias del curso, yo levanté la vista del papel que nos había repartido y, con cierto horror, dije en voz alta: ¿¿Cómo?? ¿¿Nos tenemos que leer todo esto?? Fue una exclamación involuntaria y espontánea (había más gente hablando en clase), pero el profesor me oyó, detuvo la explicación y se me quedó mirando con desconcierto, como si yo fuera un alumno conflictivo, o peor, un niño tonto. A C. y a mí nos hizo tanta gracia el episodio que, a partir entonces, empezamos a hablar con la voz de paleto que yo había empleado involuntariamente, pero la broma enseguida se redujo a terminar todas las palabras con “o”, que es la letra más cómicamente paleta de todas. Holoooo, Bondioooo, Com estasoooo. Meses después, una tarde, C. vino a verme a la entrada de la biblioteca para merendar juntos y, al verme bajar las escaleras, exclamó Holoo Abelooo, lo que me arrancó una carcajada estruendosa. Desde entonces, el rastro de esa risa no me ha abandonado. Tampoco esa calidez.
Mi amiga N., en cambio, me suele llamar Eibol, que es el apodo que me puso nuestro profesor de Inglés en la ESO. Él era lo que habitualmente se suele denominar un profe enrollado, cosa que incluía, aparte de hacer muchas bromas en clase y ser bastante permisivo en los exámenes, ponernos apodos divertidos que fueran versiones anglófonas de nuestros nombres. El mío procedía de able, que significa ‘ser capaz’. Hubo mucha gente que empezó a llamarme así a raíz de esas clases de Inglés, pero sólo N. ha mantenido esa costumbre. Han pasado casi quince años desde entonces, pero, entre ella y yo, hay cosas que nunca cambiarán, sin importar los avatares y los reveses de la fortuna. Eso siempre me ha consolado.
Mi hermana prefiere llamarme Abeleto, que es la derivación de otra broma con C. que consistía en abusar de los diminutivos catalanes -et y -eta porque nos parecían muy coquetos y graciosos. A partir de ahí, cada una de mis amigas ha ido adoptando espontáneamente un mote en particular: B. me llama Abelino, E. prefiere Abèlius y S. Abelillo, que siempre me ha parecido particularmente enternecedor. No hay un motivo o una broma en específico que expliquen su elección. Lo único que puedo decir al respecto es que oír cada uno de esos apelativos siempre es sinónimo de estar en casa.
Mi padre, contrariamente a esta tendencia, suele llamarme Crispín, que es el nombre del escudero del Capitán Trueno. En los cómics, Crispín es un joven intrépido, leal y voluntarioso que siempre salta nerviosamente alrededor del Capitán Trueno mientras le propone planes ingeniosos, a veces descabellados y otras veces francamente absurdos. Un poco como yo con mi padre cuando era niño. A mi hermana, mi padre también la llama Crispina de vez en cuando, de modo que el 25 de octubre, festividad de San Crispín, es también el día de nuestro santo conjunto, aunque nunca hayamos hecho nada especial para celebrarlo.
Y mi madre, cuando era muy, muy pequeño, me llamaba Abelito. A veces, por las noches, me cantaba una canción de cuna muy sencilla, que ella misma había compuesto, de apenas tres pares de notas silábicas: Abel, Abel, Abelito, Abel.
Abel, Abel, Abelito, Abel…
Ante todas estas muestras de amor, ¿qué puedo decir? La palabra gracias se queda corta, pues, amándome, todos ellos me han demostrado que puedo ser amado. Es una lección valiosa que, sin embargo, olvido con demasiada, demasiada facilidad.
Los chicos, en ese sentido, nunca han optado por ninguna variante en particular. La única excepción, nuevamente, fue S., que solía llamarme Abelín. Ay… aún se me encoje un poco el corazón cuando lo recuerdo.
De hecho, muchos chicos que he conocido han evitado activamente utilizar mi nombre en nuestras conversaciones. Preferían llamarme guapo, maco, cutie o incluso (¡qué indignidad!) tío. Una vez, esto fue tan evidente que llegué a preguntarle al chico en cuestión si se había olvidado de cómo me llamaba. Él me respondió muy apurado diciendo que le daba vergüenza dirigirse a otros chicos por su nombre. Decía que le parecía un acto demasiado íntimo y vulnerable… Creo que eso ilustra bastante bien el grado de desconexión emocional que podemos alcanzar los que, como yo y como él, seguimos atascados en el mal traído y mal llevado mundo de las citas.
A mí, en cambio, me encanta emplear el nombre de las personas que me importan. ¿No es uno de los mayores placeres de la vida? Me encanta invocarlas con mis labios, hacerlas presentes en la ausencia, reclamarlas para mi alma, como si, al pronunciar esos nombres amados, los vínculos se solidificasen y se volvieran más reales y patentes ante los demás e incluso ante mí mismo. Es una lástima que me haya impuesto la norma estilística de utilizar iniciales… Pero, por el momento, el decoro sigue prevaleciendo sobre el deseo.
En el Eclesiastés, en cualquier caso, se halla escrito: nadie sabe si es digno de amor o de odio. Álvaro Pombo comenta este insidioso versículo en su última novela, y añade que nadie sabe eso porque el conocimiento de nosotros mismos pasa por el conocimiento que los demás tienen de nosotros. No tenemos un acceso privilegiado a nuestra conciencia o a nuestras experiencias. Y se podría decir que ni siquiera existen, si llegaran a ser estrictamente privadas.
Después de escribir este post, yo añadiría que el autoconocimiento no se fundamenta sólo en cómo los demás nos conocen, sino también en cómo los demás nos nombran. Porque lo que se nombra existe, importa y goza de identidad propia, aunque el objeto nombrado no sea consciente de ello, o no libremente, absolutamente, constantemente, como puntualizaba el bueno de Montaigne. Al fin y al cabo, todos queremos ser nombrados, igual que todos queremos ser vistos y comprendidos. Así que di mi nombre, amor mío, di mi nombre como dice Rosalía en el capítulo VIII de El Mal Querer:
Di mi nombre aunque no haya nadie cerca. Que las cosas que me dices no saldrán por esa puerta. Y hazme rezar sobre tu cuerpo, en la esquina de tu cama, y en el último momento dime mi nombre a la cara…
Si ser nombrado es una bendición, entonces yo ya he alcanzado la bienaventuranza.
Pero, tal vez, cuando tú lo hagas, el silencio de Eva ante el cuerpo de Abel será por fin retribuido.
Dime mi nombre a la cara.
Y luego… bésame.
Sólo entonces, a través de tus labios, podré conocerme de verdad.

Mira, increíble, saltas a la comba con la vida real y los argumentos, con el texto y el sudor, ya te lo he dicho pero lo repito: Intertextualidad pura!
De la misma forma que Quevedo se tomaba la libertad de llamar Señor Montaña a Montaigne, en mi mente eres Abeliano, que es un concepto del álgebra abstracta. Se debe a que conversamos a menudo pero sin materializarnos.
Ya sabes lo que dicen de una rosa con otro nombre…
Está muy bien este texto nominalista, hoy me pagaron la nómina.
PD. No pido perdón por ese chiste.